Parodias irreverentes, 7
LA BELLA DURMIENTE DEL ASTEROIDE
José Carlos Canalda

Reprimiendo su excitación Kaar-Rus, príncipe heredero de los Siete Soles de Ulión tecleó con nerviosismo el código alfanumérico que tantos esfuerzos, tantas riquezas y tantas vidas sacrificadas le había costado conseguir en los más sórdidos rincones de la galaxia.

Tras culminar la secuencia, observó expectante la urna criogénica que se erguía ante él, con el bulto difuso por la escarcha que se entreveía en su interior. Sabía que no tendría una nueva oportunidad para intentarlo y que, en caso de fracasar, su ocupante continuaría en hibernación tal como había venido ocurriendo desde hacía tantos siglos, sin que los anteriores intentos de numerosos vástagos de casas reales hubieran logrado romper la maldición.

Pero en esta ocasión habría de ser diferente. El tenue zumbido del aparato aumentó en intensidad y frecuencia como si de un diapasón se tratara e, instantes después, un brusco chasquido advertía de que el hechizo había quedado roto. Detrás del anhelante príncipe, los siete ewoks que desde tiempo inmemorial venían custodiando a la princesa yacente, rompieron en súbitos gritos de júbilo y gloria.

La urna se elevó retirándose a las entrañas de la máquina para dejar libre a la princesa, que poco a poco recuperaba la vida. Ésta estiró sus gráciles tentáculos a la par que, alzando su doble cabeza, preguntó con un armonioso trino salido de su dorado pico:

-¿Dónde estás, amado mío?

Pero el príncipe ya no se encontraba en la gruta que albergaba el mecanismo criogénico sino que, poniendo pies en polvorosa, a los mandos de su pequeña astronave huía despavorido del asteroide maldito. Podían habérselo advertido, pensó con amargura lamentando el tiempo y el dinero perdidos.

© José Carlos Canalda,
(273 palabras) Créditos