Alien Geographic, 6
LA GUERRA Y LA PLAGA
por Manuel Nicolás Cuadrado
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I

LOCUSTA (Entomoterra. Fam/sim. Mirmidónlocusta. Grecolatino.

1. f. Especie animal original del planeta Entomoterra, similar en morfología a ciertos insectos extintos de la tierra madre. De costumbres migratorias en forma de enjambre. 30 cm de tamaño medio por ejemplar. Adaptable a casi cualquier ecosistema excepto en climas fríos.

2. Fig., fam. Lo que destruye una cosa.

En el planeta Entomoterra, el reino de los parainsectos, la arcaica denominación de plaga cobra sentido cuando conocemos la verdadera etología de las locustas.

Observando desde nuestra cámara de altura una zona de pasto bulboso abundante a varios parámetros de distancia, casi podríamos asegurar que las 32 hectáreas de semivegetales se está moviendo. Pero si la cámara se acerca más, lo que en realidad detecta es que está siendo literalmente devorada.

Unas 300.000 locustas verdes se están dando un banquete a costa de la abundante y prolífica semivegetación entomoterrestre.

Al cabo de una hora standard solo queda una vasta extensión pelada de arena morena. Las locustas, satisfechas, se lanzan al aire formando una nube animal inmensa, con una autonomía media de vuelo de 16 días, según las corrientes de aire, y capaz de localizar campos de pastos bulbosos a 160 kilómetros de distancia.

Afortunadamente, los pastos bulbosos del planeta poseen un mecanismo de defensa inigualable. Sus raíces están enterradas a mucha profundidad y las locustas son solo capaces de arrancar la parte exterior más blanda, mientras que la que está enterrada es de tipo cortezoide y por consiguiente mucho más dura y resistente. Combinando además unos factores climáticos húmedos y cálidos, propios de Entomoterra, el pasto no tardará más de dos meses en volver a brotar a la superficie.

Dejamos ya nuestro temporalmente masacrado terreno de pasto para seguir a nuestra nube de voraces locustas verdes. Dotadas de cuatro pares de alas, con ojos octogonales, dos cabezas, tres pares de antenas y seis de patas (tres de ellas realmente poderosas) se mueven dirigidas por un solo objetivo: volver a encontrar más comida. No se separarán nunca. Ni siquiera se molestarán en mandar exploradores que tanteen el terreno. No tienen ningún rival depredador ni en la tierra ni en el aire, debido a su ferocidad y a su número.

De repente, tan solo dos horas después de su anterior festín, el enjambre se lanza en picado contra una zona de paramatorral bajo, llena de jugosos frutos usiformes, propios de la especie semivegetal de la estación lluviosa ecuatorial de Entomoterra.

Lo hacen de manera automática, ciega, voraz. Aunque aún no han terminado de digerir su último alimento, la oportunidad en este caso es estacional y no pueden dejar pasar la ocasión. Treinta metros antes de tocar el suelo, el enjambre cambia repentinamente de dirección, ya que ha detectado un peligro. Debido a su obsesión por los frutos usiformes, las locustas verdes no han detectado otro enjambre de locustas pardas, que en un número dos veces mayor se abalanza a 50 kilómetros por hora contra ellas. Decíamos antes que las locustas no tenían depredadores. Pues sí los tienen, pero solo en su propia especie. La guerra está servida. Y será terrible.

II

Guerra (planeta madre. fam. werra. germánico)

1. f. Lucha armada entre dos o más naciones planetarias, colonias o facciones internas.

2. Pugna, enfrentamiento, oposición entre dos o más biorganismos capaces por la posesión territorial de zonas de alimento, de apareamiento o de protección contra los elementos.

3. Combate o lid, aunque sea en sentido moral.

Las locustas verdes se preparan para repeler el asalto, en la medida de sus posibilidades. La enorme multitud de locustas pardas choca en pleno vuelo con sus enemigas, que han sido totalmente sorprendidas. La superioridad numérica de las pardas puede hacer estragos en las filas volantes de las verdes, ya que las pardas son excelentes atacantes en el aire y poseen un espolón en su abdomen que expele ácido mírmico. Por ello, las locustas verdes tienen que alcanzar el suelo cuanto antes, ya que en al aire no son rivales para sus adversarios. Cuando el ejército verde toca tierra firme, ya ha sido masacrado en 1/3 de sus fuerzas. A pesar de ello, todas poseen el instinto de juntarse abdomen contra abdomen, apiñándose para formar una especie de cuadro multitudinario. Este comportamiento defensivo masivo, que los etólogos denominan como actitud legionaria, es muy efectivo frente a un ataque desde el aire o desde tierra, con miles de mandíbulas cerradas en apretadas filas.

Pero las locustas pardas están furiosas. Cuando prueban la acuosa sangre transparente de sus enemigas no hay nada que las pare. Para ellas sus enemigas tienen que morir. De hecho, cuando se dan estos enfrentamientos, las locustas pardas anulan químicamente su instinto de supervivencia y se lanzan a un ataque suicida, sin importarles la táctica defensiva que emplee su contrincante. Por ello mismo, el enjambre de pardas se abalanza sobre el cuadro defensivo de las verdes sin orden ni concierto, desde el aire y la tierra, desde todos los ángulos posibles, con el único objetivo de matar. Al principio parece que el sistema de cuadro funciona. Cientos de pardas chocan contra la muralla de mandíbulas de las verdes. Las locustas verdes también emplean sus poderosas patas traseras con las cuales cocean a las atacantes. Como respuesta, chorros de ácido mírmico vuelan por el aire y derriten patas, abdómenes y alas.

Aún así, las pardas son demasiadas y abren una brecha en las filas verdes, con un ataque frontal y colectivo. Todo el ejército pardo se cuela por esta brecha, mordiendo, pateando y matando. Las filas verdes se desintegran y dejan de defenderse, aunque lo extraño es que no huirán. Se quedarán quietas, pasivas, esperando a sus enemigos. No hay rendición en el planeta Entomoterra. Tampoco habrá piedad. Una de las vencidas alarga sus extremidades para coger un fruto usiforme y llevárselo a una de sus bocas mientras 16 pardas la descuartizan. Se pensó en su momento que las pardas se comían a sus adversarias como fuente de proteínas adicional, pero una minuciosa observación asevera que esto no es cierto. Lo que hacen es ensañarse sin razón aparente, exterminando a su víctima para que sea imposible una recuperación de sus heridas. En poco tiempo el terreno de 15 hectáreas de matorral bajo se convierte en un horrible espectáculo, con todas y cada una de las 300.000 locustas verdes muertas y despanzurradas.

En su locura genocida, las pardas continúan ciegamente atacando a las verdes, incluso cuando llevan muertas más de una hora. Una hambrienta y segura de si misma avispa carroñera trepadora, de más de dos metros de envergadura, se apresta a comerse el festín gratuito de cadáveres, pero lo hace demasiado pronto. Miles de pardas se abalanzan sobre ella y la destrozan. Todavía tendrán que pasar dos días standard para que las locustas pardas se den por satisfechas y emprendan el vuelo. Mientras tanto, eliminarán todo lo vivo o muerto que se encuentre en su territorio de matorral bajo, que por cierto terminarán abandonando debido a su comportamiento migratorio. Lo curioso es que en ese tiempo pasarán hambre, pues no tocarán los cientos de frutos usiformes. ¿Por qué? La comunidad científica aún no ha encontrado respuesta para todas las incógnitas que plantean las locustas. Tal vez en un posterior reportaje de la Alien Geographic, podremos desentrañar su mortífero secreto.

Todos estos y muchos más enigmas sin resolver, se plantearán en el próximo programa de la Alien Geographic. No se lo pierdan, se encuentren en la galaxia que se encuentren.

© Manuel Nicolás Cuadrado
(1.242 palabras) Créditos