UNA CUESTIÓN DE DERECHOS
por Rubén H. Mileca
Geralt, Pixabay License

—¿¡Y recién ahora me lo dice!? —aulló el Jefe con la cara congestionada por la furia.

El Gerente de Seguridad de la BACTRIX se encontraba evidentemente en una situación delicada. El Jefe lo congeló con su mirada más terrible.

—Verá... es que... nosotros... —La posición que Klatz había adoptado en su asiento indicaba a las claras que estaba totalmente aterrado.

—¿Se da cuenta, pedazo de imbécil, que mi cuello pende de un miserable hilo? Una fuga de seguridad ahora que nuestra competencia reúne el cincuenta y cinco por ciento de los contratos nos pone en una situación demasiado delicada!

—Bueno, Jefe... Ud. ya sabe que estas cosas a veces pasan.

—Si, pasan, pero nunca con esta clase de bichos... ¿cómo dijo que se llamaban? —preguntó el Jefe mientras hacía lugar sobre el desordenado escritorio.

—No tienen un nombre oficial todavia, Jefe, nosotros los llamamos por ahora los comebasura —dijo Klatz—. Como están en estado de experimentación, Ud. sabe... Son las pruebas que pidió la TELK INTERGALACTICA para eliminar los residuos industriales que se generan en el proceso de…

—¡Y ustedes se pusieron a joder justo con el contrato de la TELK! —exclamó el Jefe.

—Mire, Jefe, no fue enteramente culpa mía. Resulta que estábamos limpiando la zona R para recuperación bacteriológica cuando…

La expresión desorbitada del Jefe clavó a Klatz en el sillón. La adjudicación de la zona R les había costado sumas fabulosas en sobornos, coacciones, chantajes y hasta algún asesinato.

—¡La zona R! ¡-Nuestra mejor zona, y la más próxima al sector del Control! —El Jefe ya se veía desclasificado y mendigando hasta el fin de sus días— ¿Y cuánto hace de esto?

—Mas o menos quince días. Fue cuando uno de los muchachos del sector de transferencia confundió los malditos cilindros y mandamos a los comebasura en lugar de las habituales bacterias de limpieza. Ud. sabe, estas cosas pasan bastante a menudo. Recuerde la vez que soltamos por equivocación a las BZ-15 sobre el biosector J y contaminamos todo el sector de Canopus.

—Espere —dijo el Jefe—. Recurrir a errores pasados para justificar éste no nos conducirá a ninguna parte. Pensemos mejor en la forma de echar tierra al asunto sin que pase a mayores. ¿Qué medidas de seguridad tomaron?

—Es que la cosa ya pasó a mayores, Jefe —dijo Klatz—. Cuando nos dimos cuenta del error, lo primero que hicimos fue bombardear la bioárea con rayos cósmicos en gran escala. Ud. sabe que es el método de rutina, inclusive lo dice el manual.

—¿Y?

—Bueno... resulta que estos organismos son un poco más resistentes que los demás, recuerde que tienen que sobrevivir y reproducirse en ambientes bastante jodidos.

—¡Eso ya lo se! —mintió el Jefe.

—Se produjo una primera mutación. Según los muchachos de Limpieza que investigaron la bioárea, los comebasura no solo no murieron, sino que empezaron a agruparse en una forma primitiva de autoprotección para resistir el bombardeo. Se unieron en grupos diferentes entre sí y con variadas características. De éste modo, la radiación sólo afectó a unos pocos grupos cuya combinación molecular era sensible, pero otros resistieron.

—Sigue sin decirme nada —dijo el Jefe con voz helada.

—Después, a los dos días —continuó Klatz—, cuando nos dimos cuenta que el método no servía, introdujimos materiales radiactivos para obligarlos a degenerar en mutaciones menos virulentas.

—Y terminar así con la mejor bioárea y dejar nuestra tarjeta de identificación! —se lamentó el Jefe.

—Pero eso no es todo, Jefe, las radiaciones sí produjeron mutaciones, pero no las esperadas. Estos malditos bichos, y digo malditos incluyendo al que los diseñó, son tan resistentes que nuevamente mutaron de diferentes formas, en una reacción genética de supervivencia. Probamos inclusive atacarlos con temperaturas lo más elevadas posibles sin delatarnos ante Control, pero solo logramos extinguir algunas de las mutaciones. Otras sobrevivieron.

—¡Pero no me venga a decir que con todo el arsenal de desinfectantes de la Compañía no es posible acabar con unos bichos de mierda! —gritó el Jefe.

—Yo no soy bacteriólogo, Jefe, sólo me encargo de la seguridad. Los chicos de Limpieza y Saneamiento creyeron saber lo que hacían. Provocaron cambios cíclicos de calor y congelamiento sobre la zona, pero solamente murieron los más débiles. Tienen una resistencia increíble. Lo lamento, Jefe, asumo la responsabilidad.

—Por supuesto —ironizó el Jefe—. Su pellejo va a colgar al lado del mío. ¿Qué otra maravillosa idea se les ocurrió?

—Hace unos nueve días atrás comenzaron a agruparse en pequeñas colonias independientes. Las más fuertes devoran a las débiles y con eso se mantienen lo suficientemente activas para reproducirse.

—Hace cosa de una semana —continuó Klatz— revisamos datos sobre experiencias con errores anteriores, y le aclaro que son varios, y nos propusimos emplear métodos más efectivos. Hubo algunos casos en que la sobresaturación de un elemento simple, como el agua ligeramente alcalina provoca reacciones antígenas suficientes para eliminar por completo una población. Inundamos la bioárea, pero se las ingeniaron, no sé cómo, para sobrevivir unos pocos de cada mutación, y su alto grado de capacidad reproductiva hizo que estuviésemos como al principio.

—¿...? —el Jefe suspiró con cara de no entender nada.

—Fué cuando probamos de introducir nuestras bacterias desorganizadoras ZV/7, esas que inhiben la reproducción incontrolada, las que les fabricamos a la HOEKT hace unos años, y dieron buenos resultados en otros casos. Bien, las ZV/7 lograron su cometido parcialmente, retardando su evolución, pero sólo en los bichos más débiles. Unicamente nos dio un par de días de respiro. Anteayer los observadores vieron que sólo una pequeña parte de los comebasura se vio afectada, y se podría decir que ya no son de importancia para nosotros, pero el resto solamente sufrió un atraso mínimo en su evolución, y luego continuaron como si nada.

—Veo que por ahora seguimos igual —dijo resignado el Jefe.

—Igual no. ¡-Peor! —se lamentó Klatz— Comenzaron a amontonarse en grupos cada vez mayores. Hubo algunas escaramuzas entre diferentes sectores hasta que algunos tomaron las riendas. Era de esperarse que se autofagocitaran —continuo Klatz— pero parece que el afán inconsciente de superar los límites que le imponía el área pudo más. Y después…

—¿Después qué? —tembló el Jefe.

—Intentaron desbordar el área —suspiró Klatz—. Ud. sabe que esos límites son imposibles de traspasar, pero cuando dejaron el estadio de simples bacterias parecen haber adquirido un grado de astucia increíble. Las observamos husmeando los límites del contenedor y, créame, no tenían hasta ese momento capacidad para alejarse ni un milímetro más.

El Jefe, presintiendo lo peor, se levantó lentamente de su asiento. Tenía la vista fija en un punto situado sobre la pared frontal de su oficina, justo sobre una fotografía de él, su esposa y su pequeño hijo. Estaban los tres en el parque, frente al edificio central de la BACTRIX. Había sido tomada el día de su ascenso. -¡Qué poco duran las cosas buenas!

—Pensábamos que habían llegado a su máxima capacidad y que ahí se quedarían. Pero no —suspiró Klatz—. Ayer desbordaron el área.

La expresión del Jefe no podía ser más desoladora. Caminó rodeando el escritorio. Faltaban pocos años para su retiro como funcionario de la BACTRIX, y había contado con que éstos años fueran transcurriendo en forma pacífica y sin demasiados sobresaltos. La falla de seguridad era inaceptable. El Consejo penaría a la BACTRIX con cifras siderales. La competencia —feroz como siempre— haría que el escándalo llegara a la opinión pública. Cancelarían sus derechos sobre los comebasura, y seguramente la competencia pondría sus garras sobre ellos. Más de setenta contratos en curso se perderían casi con total seguridad. Le sacarían la licencia sobre el sector R. Y la multa por contaminación ambiental equivaldría a varios años de las ya escasas utilidades de la Compañía. La ruina era total.

—¿El Consejo ya está enterado? —dijo el Jefe resignadamente.

—Todavía no, pero no tardará en hacerlo. La infección global es inminente. Cuando perdimos el control sólo nos quedaba atomizar la zona a pesar de las consecuencias, pero vimos que era imposible. Ya hay áreas pobladas en curso de contaminación. Sería un genocidio. Según los analistas, el desborde llevó a la situación a un punto crítico y es necesario llamar a reunión general. Le juro, Jefe, hubiéramos podido controlar cualquier cosa, pero esta plaga es demasiado virulenta, se expande con demasiada rapidez, y cuenta con recursos genéticos que no hubiéramos podido imaginar. Hemos cometido errores en el pasado, lo reconozco, y alguno de ellos fueron culpa mía, pero siempre los tapamos y logramos salir mas o menos limpios. Pero ahora…

—¿Ahora qué?

—Hay algo que todavía no le dije, Jefe.

El teléfono sobre el escritorio comenzó a zumbar insistentemente. Con desgano, el Jefe levantó el auricular.

—¿Si? —el Jefe.

—Soy Kirna, Jefe —la secretaria privada estaba evidentemente excitada— aquí en recepción hay alguien... bueno, alguien no, yo diría que algo que pregunta por Ud. Ah... le aclaro que renuncio. ¡-El miserable sueldo que me pagan no es suficiente para aguantar estas asquerosidades! —y cortó.

La puerta del despacho se descorrió de golpe. El Jefe abrió desorbitadamente sus dieciséis pares de ojos, llevándose un tentáculo a la verrugosa cara, como queriendo tapársela para no ver la horripilante y pequeña figura recortada contra el marco de la puerta.

El diminuto ser, de asquerosa simplicidad, sólo disponía de dos miembros inferiores —sobre los cuales se mantenía erguido— rematados por algún primitivo protector que seguramente los mantenía protegidos del suelo. El tronco principal y la parte abdominal eran de raquítica consistencia, recubiertos —gracias al cielo— por un burdo tapiz que tal vez le sirviese de abrigo. Sobre la parte superior del tronco principal tenía otros dos pares de miembros más pequeños, uno de los cuales sostenía un recipiente abombado, del tamaño aproximado de lo que el Jefe suponía era la cabeza. Pero ésta parte era tal vez la más repulsiva.

Estaba recubierta parcialmente con una pelusa amarilla y retorcida. Sobre el centro de lo que podría denominarse el rostro, sobresalía un apéndice carnoso con dos perforaciones inferiores, bajo los cuales se abría un orificio de repugnante aspecto. A los costados del apéndice central, sobre la mitad superior de la cabeza, un solo par de ojos de un sucio color azul le miraban fijamente.

El Jefe no pudo soportar la visión. Giró su gelatinoso cuerpo, enredando uno de sus ocho tentáculos inferiores en la pata del sillón de Klatz. Estaba completamente aterrado.

—¡Klaaaaaatz! —gimió— ¡-Por el amor del cielo, qué es ésto!

—Le dije, Jefe. Lograron traspasar los límites. Vinieron a hablar de sus derechos.

© Rubén H. Mileca, (1.746 palabras) , 1992 Créditos