GAIJIN RUNNER
Ignacio Regalado
djedj, Pixabay License

Jessie se despertó. Se sentó al borde de la cama. Nadie había dormido con ella esa noche. Unas luces de baja intensidad se encendieron y el samsung se puso en marcha, sonando a bajo volumen. Le encantaba la opción automática del reproductor, su sensor de movimiento era capaz de programar la música inteligentemente. Si se quedaba quieta o se largaba se desconectaba a los cinco minutos. Aunque era una putada, en su opinión, despertarse bruscamente de madrugada con jaqueca y ser recibida por una orgía de decibelios. Por eso ponía la música al mínimo.

Se apartó el pelo negro de la cara. Sentía la camiseta de tirantes azul marino empapada en sudor. Decidió no correr todavía las cortinas. Las desnudas paredes de yeso tenían un suave tono oscuro, acorde con su estado de ánimo. Se descamisó, dejando al descubierto sobre la pálida piel un enorme tatuaje que recorría su espalda: un dragón oriental de vivos colores. Se dirigió al armario con la intención de cambiarse, pero antes encendió el ordenador telefónico. Diez segundos después se reproducía un mensaje de Kobashi.

Qué feo era Kobashi, con su pelo lacio, aquel horrible flequillo y las gafas de pasta, que según él siempre estaban de moda. Su cara inundó la pantalla. Jess pensaba con acierto que era su mánager por dos razones: una, era buena corredora; dos, quería meterse en sus bragas. Lo segundo solo podía pasar estando ella muerta o inconsciente.

—¡Quinientos veinte! ¡Subaki llegó a los quinientos veinte kiporas!

Quinientos veinte, se dijo Jessie, Así no se puede correr.

—Los alcanzó en la avenida Otomo. Estaría trucado, pero menuda pasada. Mako me dijo que había sido cuesta abajo, con un motor Honda, pero creo que ese usurero me mintió.

Pero si a ti todos te mienten, mamón.

—Bueno, quiero ver ese culito esta noche por el Yatta. Coge el tren y alójate en el Holiday Inn de la autopista.

Fin del mensaje, bajó la pantalla. Corrió el shôji de la habitación, se lavó la cara en el baño y fue a la cocina. Vivía en un pequeño apartamento, en los extrarradios de Sapporo.

Dos meses antes, Rumo se mató. La nave se deslizó hasta destrozar las vallas metálicas de seguridad. Ella quedó ensartada entre el amasijo de hierros. Era la única que llevaba compitiendo tanto tiempo como ella. Todos los que estaban ahora eran aspirantes y en su mayoría recién llegados. No había llegado a ser tan buena como Rumo Kirasawa, pero era la más famosa del Japón. Incluso dentro de los circuitos ilegales había famosos, y más si eras gaijin.

Las japos que no habían salido nunca de las islas parecían desesperados por tirarse a cualquier gaijin, pensaba. No le faltaban las ofertas pero tampoco las deseaba. Algún rollo ocasional, pero siempre sin compromiso. Su único lío serio había sido con Marc, extranjero como ella. Lo conoció en una vídeo galería de Sapporo. Era español, diseñador de videojuegos, y todo un adicto a las pantallas de los recreativos. Llegaba a un salón de juego y no volvía al piso hasta el amanecer. Tenía el pelo teñido de rubio y siempre andaba con camisetas de manga corta que rezaban cosas como NEXT LEVEL? o NO GAME OVER FOR ME. En efecto era presumido, y siempre que podía exhibía su habilidad con los mandos y teclados. No hay juego que desafíe mis reflejos. Por suerte, era cariñoso y atento, suficiente para ella. Todo se fue al traste cuando alguien le dijo que su novia era toda una estrella, una de las pilotos más rápidas del ilegal mundo de las carreras. La gaijin runner. Al principio fingió encajar bien la sorpresa. Pero la realidad era distinta. Se sentía cohibido e inferior. Se veía un completo imbécil por haber estado presumiendo tanto delante de ella. Él acababa con una horda de alienígenas virtuales y ella asentía con su rostro alegre, aplaudiendo su hazaña para después escaparse en la noche para poner bólidos a cuatrocientos cincuenta kiporas. No funcionó, demasiado para el ego masculino. Ahora estaba sola y empezaba a sentir miedo. La veterana del circuito. Tarde o temprano caería. Había sufrido algunos accidentes, pero nadie tentaba tanto tiempo a la suerte.

A los quince años, la pequeña Jessie Shallow ya le robaba el porsche a papá. Creció un poco más y le convenció de que quería estudiar en una universidad japonesa. Al cabo de una semana, esta metida en un mundo completamente ajeno al de la enseñanza pública, compitiendo en carreras. Era peligroso, pero disfrutaba, además de ganar mucho, mucho dinero. Y era toda una celebridad en la red. Portada en páginas del mundo del motor y con suculentas tentativas de grupos como Suzuki o Toyota. Tendría que dejarlo pronto. La policía acabaría por detenerla y expatriarla.

A las doce de la mañana ya estaba en la estación con el billete en la mano. Montó en clase turista y se acomodó los cascos del reproductor de discos. Al cabo de pocos kilómetros arribó al mar, o mejor dicho al puente.

El Gran Puente era una locura, a pesar de la confianza ciega de sus ingenieros. Una colosal estructura de hormigón armado que cruzaba mar e islas, conectando Hokkaido con Honshu. Una apuesta arriesgada si se tenía en cuenta que Japón tonteaba sobre varias placas tectónicas. Alguna clase de amortiguador tendría que hacer soportar maremotos y terremotos a tales cimientos, pensó Jessie.

La extensión de la línea de alta velocidad a todo el país había costado mucho dinero, pero Japan Railways lo consideró más que rentable a largo plazo.

El caso es que sin apenas darse cuenta, el shinkansen 04, un tren de levitación magnética que alcanzaba los seiscientos kiporas, había pasado de una isla a otra. Decidió dormirse.

En el año 2057 el área metropolitana de Tokyo ya era el doble de grande de la que tenía sesenta años antes. Ciudades como Yokohama, Urawa o Chiba eran ahora meros distritos del gigante urbanizado. Infinitas autopistas e incontables líneas de metro a la sombra de gigantescos rascacielos. Ya no había casas unifamiliares ni en las afueras.

Por eso vivía en Hokkaido. Salvo Sapporo, aquello era como un inmenso parque natural. Lo disfrutaba mucho, antes con Marc y ahora sola.

Una vez instalada, cogió el metro hasta el lugar de encuentro: el Yatta. Gente de apuestas y mecánicos siempre frecuentaban antros como aquel. Cerca del circuito, tetas de silicona bailando sobre las mesas, música sin ritmo mezclada con alcohol, neón rosa...

—Hola Jess, ¿te unes a nosotras? —preguntó Rumiko Senda, mientras bailaba junto a su pareja, la también piloto Tima Fujita. Eran unas amantes intensas que disfrutaban la una de la otra siempre que tenían ocasión. Se conjuntaban tan bien que a alguien se le ocurrió apodarlas Kami y Kaze, suponiendo que el día en que se estrellase una, la otra también.

—Más tarde —respondió Shallow desestimando la oferta.

Normalmente se apartaba, buscaba un rincón donde estar sola y allí se quedaba, bebiendo sake con limón. Los apostantes y entendidos discutían, amontonándose en grupos alrededor de las mesas. Los pilotos se quedaban al margen, eran de otra calaña. Solo les gustaba tratar con mecánicos.

—¿Lista? —preguntó Subaki.

—Yo qué sé... —respondió Jessica.

—Te entiendo.

Subaki Oshima. Una nipona increíblemente guapa. Lucía una cresta punk y llevaba siempre unas lentillas de un rojo tan intenso que resultaba incómodo mirarla directamente a los ojos.

—Ya me han hablado de tu hazaña —comentó Jess refiriéndose al reciente record de su compañera.

—No ha sido cosa mía. Además, no se puede maniobrar así. Creo que pude haber ido más rápido de no asustarme con el velocímetro.

—Estoy pensando en dejarlo.

—¿Qué? —inquirió, pero Jessie no lo repitió—. De estar en tu situación quizás hiciese lo mismo. Tienes fama y dinero. Y ya habrás corrido lo suficiente como para cansarte. La motivación se acaba.

—No sé si he nacido para morir haciendo esto, si a eso te refieres.

—Algunos no pueden parar —sentenció Subaki.

Domingo, 4:13 de la mañana. Calles desiertas. Los bólidos estaban casi listos. La calle había sido cortada minutos antes y las cámaras de Tráfico manipuladas. No había pasado ningún vehículo que pudiese informar a la policía. Algunos coches caros de los apostantes permanecían aparcados en el arcén, otros directamente a ambos lados de la calzada. La superficie de la improvisada pista era un espeso enchapado metálico, electro-imantado por Tráfico, sobre el cuál los vehículos levitaban como imanes repelidos.

Después de tomar una pastilla de cafeína, Jessie se puso el casco decorado con motivos fluorescentes. El traje amarillo fosforito de kevlar hacía juego con su bólido naranja.

—Fuka me ha dicho que tuvo en pequeño golpe fuerte la parte delantera, contra la pared del camión, al cargarlo... —comentó Kobashi.

—¿Pequeño golpe fuerte? En la delantera está el motor...

—Sí, sí, pero no lo ha revisado, todo está bien. Tú gana la carrera. El ochenta por ciento del botín a tu cuenta numerada.

—Sé de cuanto es el premio, Koba, así que no me engañes. La vez anterior transferiste solo un sesenta.

—Vale, tú no te preocupes —su mánager le dedicó una de sus asquerosas sonrisas, mostrando sus dientes, pequeños y amarillentos.

Cerdo, pensó para sus adentros la piloto. La mayoría tenía un trato de esclavos con sus mánagers, pero dado el número de carreras que había ganado, era ella ahora quien se veía en posición de exigir y negociar.

Subaki, enfundada en un mono rojo y negro se acercó.

—¿A qué te dedicarías? —preguntó.

—Lo creas o no —le dijo Shallow—, trabajo tres días a la semana en una floristería.

—¿Tú? ¿En serio? No te veo cultivando plantas.

—Ya te enviaré un ramo de rosas.

—Creía que estabas en la universidad.

—Eso no es para mí.

—Suerte en la carrera —dijo Subaki a modo de despedida.

—Vamos nenas —gritó un organizador—, salís en dos minutos.

Acomodó las manos al volante, retirando antes los mandos opcionales, que recordaban más a los de un avión. Revisó los niveles principales en el panel.

Aunque ya lo hablaba con cierta fluidez, no era capaz de leer japonés correctamente. Los caracteres le resultaban más que complicados. Lo único que había memorizado eran las palabras escritas en el panel. Encendió luces y preparó motores.

—¿Tenemos seguimiento visual, Okada? —preguntó uno de los organizadores.

—Completo. He dividido la pantalla de su portátil en seis subventanas, cada una sigue a un piloto: Shallow, Omura, Subaki, Kami, Kaze y Maeda. Basta con que presione con un dedo sobre cualquiera para maximizarla, y otra...

—No soy subnormal, Okada. ¿El otro ordenador sigue las cámaras de Tráfico?

—Correcto.

—¡Muy bien pilotos! —gritó una voz por radio—. Diez segundos.

Kami y Kaze intercambiaron gestos obscenos con la lengua. Jessica Shallow se concentraba, con la mirada perdida a través del vidrio laminar reforzado del parabrisas.

—La última carrera. dieciseis kilómetros y se habrá acabado todo.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno...

Los motores en punto muerto cambiaron la marcha y despegaron a una velocidad brutal. Mecánicos y jugadores vieron desaparecer las luces de colores, perdiéndose en la vía de cuatro carriles.

Aceleraban muy deprisa. Procuraban no bajar de los trescientos cincuenta kiporas, solo en las curvas poco pronunciadas se pisaba el freno: la desactivación momentánea de los chorros propulsores, acompañada del efecto de unos turbomotores orientados en sentido contrario al de la marcha. El estómago de más de uno se resentía con el viaje.

La distancia de separación de las naves con la superficie imantada era de un metro, superior a la normal. A tanta altura el control del aparato se volvía más inestable, pero de esa manera se evitaban golpes y baches. Un salto en las escasas cuestas y el vehículo podía dar contra el suelo, descuartizándose.

Un mendigo, apoyado en la pared de una estrecha callejuela, perpendicular a la carretera, miraba adormilado el contenido de su botella. Sumido en la oscuridad de pronto un haz de luces se dejó ver a su lado, acompañado del sonido del trueno.

Jessie Shallow iba en tercera posición, con el modo visión nocturna del parabrisas activado. Kami y Kaze iban justo detrás, entrelazándose, dibujando una estructura de doble hélice. Subaki iba en cabeza, rozándose con el bólido azul de Shinji Maeda.

Omura se había retirado por problemas en la transmisión, después de haber despotricado contra su mecánico en un dialecto incomprensible para Shallow.

Activó los motores adyacentes, cuantrocientos veinte kiporas. Se acercaba peligrosamente a la posición de Maeda y Subaki. Estos últimos, lado a lado, intentaban apartar al contrario a golpes.

—¿Pero qué coño haces? —preguntó la piloto.

—Esta carrera es mía... Quítate de en medio y confórmate con acabarla.

Pero ella hizo caso omiso de sus palabras.

Kilómetro Trece.

Kami y Kaze adelantaron a Jessica con un clásico engaño. Explotaron al máximo el chorro de gas de los propulsores y se situaron detrás. Una intentó pasar y el bólido de Jessie se interpuso, dejando libres los otros carriles. Entonces Rumiko aprovechó el hueco y pasó. Reaccionando instintivamente, Jess movió el volante para impedir que le adelantara, pero llegó tarde, y por el otro lado Fujita también se coló.

Permaneció detrás de ellas. Llegaron a un tramo ascendente. Sin previo aviso, las pilotos de los bólidos rosas se apartaron cada una a un lado de la calzada, dejando libres los carriles centrales. Unos focos deslumbraron los ojos de Shallow: un camión de mercancías. Pudo apartarse a tiempo y una décima de segundo después el camión quedaba veinte metros detrás.

—Ha estado cerca... —dijo alguien.

Siguiendo su forcejeo particular con Subaki, apenas se dio cuenta Maeda de lo que tenía doscientos metros por delante. Un transeúnte cruzaba por un paso de cebra. Doscientos metros que se pasaron en un instante. Maeda gritó por el intercomunicador. Subaki se hizo a un lado para dejarle sitio. El transeúnte apenas había girado la cabeza cuando se cruzaron. Maeda se elevó un metro girando bruscamente el ala derecha de la nave, que no pudo evitar rebanarle la cabeza al hombre, lanzando un chorro de sangre. Mientras el cuerpo decapitado caía en el asfalto por su propio peso, el vehículo sin control de Maeda daba vueltas de campana, chocó contra las vallas metálicas al caer, y siguió rodando por la vía. Kami y Kaze frenaron bruscamente, golpeando el coche de la última con los restos en llamas del vehículo accidentado.

—¡Frena Shallow! —gritó Kobashi.

Subaki prefirió callar. Al ver lo ocurrido, Jessie tiró de una palanca hacia abajo, el bólido golpeó contra el suelo, rebotó, y al subir dio un giro sobre si mismo en el aire, saltando sobre los vehículos accidentados.

—Joder... —exclamó Kobashi a través del micrófono.

Pulsó el mando para activar los turbomotores de reserva, y tras estabilizar el coche alcanzó los cuatrocientos veinte. Tenía a Subaki Oshima a un palmo.

—Muy impresionante, jefa —dijo Subaki por el intercomunicador.

Cruzaron un puente sobre el río en el tiempo en que se tarda en encender y apagar la luz. Un resplandor instantáneo sobre quienes pudieran estar contemplando la bahía.

Pasaron diez segundos, y Shallow se percató de algo.

—Me he quedado sin motores de frenado. Han debido estropearse con el impacto.

—¡Vas a llegar al Estrecho ahora! ¡Arréglalo! —chilló Kobashi. Jessie cerró el micrófono, tratando de ignorarlo.

El Estrecho era una serie de calles adyacentes a la circulación, un desvío muy utilizado por los corredores. No había vehículo alguno porque era zona cerrada al tráfico. Formaba parte de un complejo industrial abandonado. Solo había dos carriles, sin iluminación alguna. Los callejones estaban cubiertos por una especie de bajo tejado formado por vigas y cuchillos oxidados. La chatarra abundaba, y la intensidad de los imanes de los vehículos disminuía. Un lugar diseñado para provocar accidentes.

Al final del camino se encontraba una última curva pronunciada. Tenía a Subaki cinco metros atrás cuando paró el motor del vehículo, con la esperanza de que decelerase lo suficiente.

—Se comerá la pared —dijo Subaki.

—Tú sigue a lo tuyo —replicó su mánager.

Ignoró el comentario y deceleró, situándose a la derecha de Jess, forzándola a apartarse.

—Sabes lo que quiero hacer, ¿no?

Shallow tardó solo un instante en asentir.

El vehículo negro se acopló al naranja. Frenó con suavidad y con un seguro giro de volante arrastró al coche todavía embalado de la norteamericana. Destrozó parte de la carrocería contra la pared, pero salvó a su compañera de morir estrellada.

—Me debes un ramo de rosas.

Un mes después...

Jessica Shallow trabajaba cinco días a la semana en una floristería de Sapporo. No volvió a matricularse en la universidad. Llevaba una vida tranquila y no echaba de menos las carreras. Firmó un par de exclusivas publicitarias para ciertas marcas de automóviles y terminó por redondear su jugosa cuenta bancaria. Ahora salía con un nuevo chico, un carpintero de su mismo barrio.

Subaki Oshima, estudiante de último año del instituto público Kenzo Tange de Tokyo, murió en una carrera disputada en el paseo marítimo de Chiba. Tras leerlo en la edición electrónica del Japan Times, Jessie encontró el modo de hacer llegar a su familia un ramo de rosas.

© Ignacio Regalado, (2.838 palabras) , 2005 Créditos