Parodias irreverentes, 18
ENÉSIMA FUNDACIÓN
José Carlos Canalda

La Oficina de Registro era tan apabullante como todas las dependencias oficiales de Trántor, la Capital Imperial. Por supuesto no se trataba de algo accidental, sino minuciosamente premeditado.

Hari Seldon no se amilanó; no había cruzado media galaxia abandonando de joven su planeta natal, ni había consagrado tantos años de su vida, para echarse ahora atrás por culpa de una simple, aunque sin duda muy efectiva, tramoya teatral.

Esto no quería decir que no se sintiera amedrentado; lo estaba, por supuesto, pero haciendo de tripas corazón atravesó el majestuoso vestíbulo semejante a una catedral, al cual la ausencia de gente hacía parecer todavía de mayor tamaño, y se dirigió en derechura a la funcionaria que, parapetada tras una barroca y elevada mesa, parecía presidir mayestáticamente el recinto.

Seldon sabía que se trataba de una simple administrativa de bajo nivel, pero el hecho de haber podido sentar sus reales en el mismísimo Trántor en vez de vegetar en uno cualquiera de los miles de mundos desparramados por la galaxia, con toda probabilidad merced a unas oportunas y poderosas recomendaciones, la colocaban de facto por encima de multitud de funcionarios de categoría superior a la suya, pero desterrados a provincias a causa de su falta de agarraderas... y desde luego, cabía pensar que ella estuviera dispuesta a dejar bien patente su prepotencia frente a cualquier infeliz que osara importunarla.

—¿Qué desea? —el tono de la pregunta era tan glacial como innecesario, puesto que en su negociado se gestionaban trámites muy concretos y poco habituales.

—Yo... —balbuceó Seldon con timidez al tiempo que tragaba saliva— deseaba realizar un registro.

—¿De qué? —por supuesto, no estaba dispuesta a ponérselo fácil; primero le dejaría hablar, y luego vendrían las cortapisas. ¡A ver si se creía este palurdo que iba a ser llegar y besar el santo!

—Aquí le traigo todo —explicó humildemente el visitante alargándole una unidad de memoria que extrajo del bolsillo, la cual su interlocutora no se dignó siquiera en mirar.

—Bueno, si usted no tiene a mano un lector se lo podría explicar de viva voz... —titubeó el cohibido Seldon sintiéndose ridículo con la mano extendida sin que la funcionaria hiciera el menor ademán de recoger el objeto que le tendía.

Finalmente replegó la mano y añadió:

—Quisiera registrar una Fundación.

—¿Una qué? —la sorpresa de ella era real.

—Una... bueno, no resulta fácil de explicar en pocas palabras, ya que se trata de algo bastante complejo. Por eso habría preferido que usted leyera.

Viendo la cara de palo de su interlocutora, prosiguió:

—En realidad se trata de una especie de colonia que deseamos fundar en un extremo de la galaxia, concretamente en un planeta deshabitado llamado Términus.

—Señor Seldon, éste no es el negociado que tramita las licencias para el asentamiento de nuevas colonias —gruñó la arpía, satisfecha de haber hecho presa en su víctima—. Mucho me temo que usted se ha equivocado.

—¡Oh, no, no me he equivocado! —respondió el aludido con nerviosismo— Me aseguré bien de que fuera aquí, no me gusta molestar a nadie sin necesidad. Verá —Seldon iba cobrando aplomo conforme hablaba—, es que en realidad no se trata de una colonia normal sino de algo muy diferente, una fundación cultural en la que nos reuniríamos un elevado grupo de científicos, artistas e intelectuales de todas las ramas del saber; deseamos redactar una Enciclopedia Galáctica que recoja todos los conocimientos de la humanidad, un trabajo realmente ciclópeo que no se podrá concluir probablemente hasta dentro de varias generaciones, por lo que pensamos que la mejor manera de hacerlo sería alejarnos del mundanal ruido recluyéndonos en el último rincón de la galaxia, donde nadie nos pudiera molestar. Su Majestad Imperial conoce nuestra iniciativa y la ve con buenos ojos, pero eso no nos exime de realizar los trámites burocráticos preceptivos. Por eso estoy aquí —concluyó esbozando una tímida sonrisa.

Así que este palurdo intenta convencerme de que cuenta nada menos que con el padrinazgo del mismísimo emperador en persona... —pensó para si la funcionaria, irritada por lo que para ella era una muestra de la desfachatez de su visitante— ¿Por quién me ha tomado? ¿Piensa que soy imbécil? Le voy a dar para el pelo, por listo.

—Acaba de hacer usted una afirmación muy fuerte —objetó, mordiendo literalmente las palabras—. Supongo que sabrá que tomar el nombre de su majestad imperial en vano está penado por la ley.

—¡Pero es verdad! —protestó Seldon interrumpiéndole la admonición— ¡Aquí tiene usted un edicto imperial firmado por el propio edecán de su majestad, tan sólo tiene que molestarse en leerlo!

Amedrentada por la vehemencia de su interlocutor, la funcionaria aceptó al fin la memoria que de nuevo éste le ofrecía, insertándola en un lector encastrado en la mesa. Inmediatamente se desplegó frente a su vista un holograma que Hari Seldon conocía bien: era la autorización imperial para llevar a cabo su ambicioso proyecto.

—¿Qué es lo que desea exactamente usted? —el tono de voz de la burócrata se había suavizado considerablemente tras comprobar la veracidad del documento, que refrendaba el peso de los avales con que contaba el presunto palurdo.

—Ya se lo he dicho antes, somos un grupo de científicos e intelectuales que deseamos establecernos en Términus para realizar nuestra labor; necesitamos que nos tramite una licencia especial Modelo 100 junto con los anexos TC-1 y TC-2, ya que Términus se encuentra en el Borde, fuera de la jurisdicción ordinaria y de la zona de libres desplazamientos. Ah, se me olvidaba, necesitaríamos también un R2D2, tengo entendido que el comandante militar del sector es bastante quisquilloso, y nos perturbaría bastante que quisiera meter las narices en nuestra colonia.

—Veo que ha venido bien preparado —ironizó ella; viniendo de quien venía, casi podía considerarse como un elogio—; miraré a ver que puedo hacer, no soy ustedes los únicos que llegan aquí con peticiones similares. ¡Oh, vaya! -exclamó en tono de falso disgusto.

—¿Qué ocurre? —preguntó alarmado Hari Seldon, que seguía sin tenerlas todas consigo.

—Pues que alguien se les ha adelantado, lo siento —respondió la mujer al tiempo que le mostraba un nuevo holograma que hizo surgir entre ambos—. Términus fue reservado hace apenas un par de meses, y sus promotores curiosamente también han utilizado el nombre de Fundación para lo que pretenden hacer allí... un complejo de ocio, creo.

—¿Y qué hacemos ahora? —Seldon era la viva imagen de la desolación— Tardamos años en encontrar la ubicación adecuada para nuestro proyecto.

—No sé, podían probar a buscar otro sitio... hay montones de planetas vacíos en toda la galaxia.

—No es tan sencillo como usted piensa; no nos sirve cualquiera, y buscar otro que pudiera servir para nuestros fines nos llevaría demasiado tiempo; y ya hemos esperado bastante. ¡Es una catástrofe, una auténtica catástrofe!

—Bueno, quizá yo pudiera ayudarles —se conmovió su interlocutora, que pese a todo también tenía su corazoncito—. Cruzando los datos de su informe con mi base de datos, si éste es lo suficientemente preciso, puede que consigamos algo; raro sería que no encontráramos ninguno. Déjeme probar... —manipuló en el teclado ante la mirada expectante de Seldon— Quizá en Última Thule... no, aquí ya hay también otra Fundación. Xanadú... tampoco, se han encontrado nativos y lo han convertido en reserva. Avalon... mala suerte, también está cogido. Shangri La... vaya, allí se han ido los Neo Hare Krishna. Narnia... ¡hum! Lo han declarado Parque Nacional y no se puede meter allí ni un tornillo. Atlantis... Camelot... Empíreo... Campos Elíseos... Hespérides... Atlantis... Oz... Nunca Jamás... Barsoom... Nahum.... Arcadia... ¡Demonios, le juro que esto no me había pasado nunca! ¿Será posible que no haya ninguno libre?

—¡Déjelo ya, no merece la pena que se siga molestando! —masculló un contrito Seldon—. Ya veremos como nos apañamos.

—De eso nada, me he comprometido a buscarle un planeta disponible y pienso hacerlo —el orgullo profesional había triunfado finalmente sobre la inercia burocrática—. En esta base de datos no he podido encontrar nada, pero todavía tenemos otra oportunidad.

—¿Sí? —se interesó de nuevo el futuro padre de la psicohistoria— ¿Es cierto?

—Lo que ocurre —concedió la funcionaria a media voz—, es que estos planetas no son tan... acogedores como los anteriores, pero bueno, a falta de pan buenas son tortas. Digamos que son más incómodos, pero tienen certificada su habitabilidad. Ya sabe, algo de actividad volcánica, climas un tanto extremos, gravedades desviadas del estándar, fauna potencialmente agresiva... pero se puede vivir en ellos, se lo aseguro.

—Está bien, si no hay otra cosa... —suspiró.

—Aquí supongo que no tendremos tantos problemas para encontrarlo, ya que estos astros suelen tener bastante menos demanda. Veamos —desgranó—. Mordor... Innsmouth... Tártaro... Estigia... Averno... Salsipuedes... Quintopino... Gotham... Kripton... Chimbambas... no, éste no nos vale, hace un año su sol se convirtió en nova; no sé por qué todavía no lo han borrado del listado. Klingon... Móstoles... éste no es tan malo, ¿qué pinta aquí? Cimeria... Laputa... Bueno, no sigo, pero hay bastantes más. ¿Cuál de ellos prefiere?

—Yo... ¿qué me recomienda?

—Hombre, eso depende de ustedes, hay quien tolera mejor una gravedad de 1,5 que una temperatura media de 50 grados centígrados... Además, según me dijo, lo que desean por encima de todo es estar aislados y tranquilos, ¿no?

—Sí.

—Entonces yo casi me decantaría por... vaya, este aún no tiene nombre oficial, está catalogado como LV-426, pero aquí, entre nosotros, le llamamos Gomorra; salvo por las lluvias de fuego que padece de vez en cuando, algo relativamente fácil de evitar protegiéndose con una cúpula blindada, en lo demás es un planeta bastante aceptable. Le habría recomendado Sodoma, su vecino, pero desde que le cayó encima un asteroide la verdad es que preferimos mantenerlo en cuarentena.

—Bien, sea LV-426, Gomorra o como se llame. En cuanto a los papeleos para registrar la Fundación.

—Esa es otra, señor Seldon. Ese nombre ya está registrado, tendrán que buscar otro.

—Pero... Ya tenemos hechos todos los membretes.

—Bueno, ¿por qué no le ponen un ordinal por delante o por detrás? Es lo más sencillo.

—¿Valdría Segunda Fundación?

—Pues no, ése también está cogido... y los siguientes, por cierto. Al parecer los registró una misma persona, y además están sin utilizar. Supongo que si se ponen en contacto con él —obvió decir que se trataba de un conocido suyo con el cual tenía montado un lucrativo e ilegal negocio de reventa de nombres— podrían llegar a un acuerdo.

—No disponemos de presupuesto, nuestro proyecto se lo ha comido todo —rezongó Seldon, nada dispuesto a rascarse el bolsillo—. ¿Podría decirme cuál es el primer ordinal que queda libre?

—El trigésimo primero, creo; la ley no permite registrar más de treinta a una misma persona —mentalmente se maldijo por su falta de previsión, de haberlo sabido antes podría haber buscado a algún testaferro—. No, me equivoco, del trigésimo primero al trigésimo tercero también están registrados, concretamente por una empresa especializada en terraformar planetas, una promotora inmobiliaria y una asociación religiosa, los Renegados de la Impía Galaxia... —vaya, tendría que advertir a su socio para que anduviera más espabilado— El trigésimo cuarto sí está libre. ¿Lo pongo a su nombre?

—Sí, por favor.

Poco después Hari Seldon abandonaba el lugar con los preciados documentos en su poder. Bien, no sería la Fundación radicada en Términus tal como hubiera deseado, sino la Trigésimo cuarta Fundación con sede en Gomorra; pero pese a todos los inconvenientes con los que había tropezado a última hora, confiaba en que su magno proyecto pudiera salir adelante y, bajo la tapadera de la redacción de la Enciclopedia Galáctica, él y sus compañeros alcanzaran a paliar, siquiera en parte, el inminente colapso del Imperio Galáctico gracias a las previsiones de su gran creación, la psicohistoria.

© José Carlos Canalda,
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