NO TENGO MENTE Y ME PREGUNTO POR QUÉ
Antonio Sanmartín Atienza
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Me despierto en España y el cielo está gris. Entonces pienso en lo bien que estaría ahora en Roma, donde me imagino que luce el sol y los helados son estupendos. Como tengo poderes, el deseo se cumple. Estoy comiendo un helado italiano de pistacho. El helado se acaba pronto y decido pasar el día en París, paseando entre floridos jardines. Cansado de tanto andar, me siento en el suelo. Pero ya no estoy en París, sino en Ducie, una pequeña isla de coral en uno de los lugares más remotos de la tierra, al oeste de la Isla de Pascua, alejado de cualquier parte. Toco el mar con mi mano y la luz rojiza del atardecer con mis retinas. Nadie en kilómetros a la redonda. La sensación de comunión con el universo en una isla del Pacífico es ciertamente bella y poética, pero yo soy demasiado frágil como para no sentirme abrumado por la aplastante soledad al cabo de unos cuantos minutos. Es un momento ideal para estar en la bulliciosa capital de China, haciendo cola para comprar empanadillas fritas en un puesto callejero. Mi panza está repleta y tengo sueño. Hora de volver a España y meterme en la cama, satisfecho del día que está a punto de acabar, recordando los bellos momentos y las hermosas imágenes que he vivido.

Por supuesto esta historia sólo es un producto de mi imaginación. Me imagino todo esto en el trabajo, pues me gusta soñar despierto. Aunque mucha gente me dice que tengo un empleo emocionante, a mí me suele aburrir la mayor parte del tiempo. Ya desistí de buscar el empleo ideal, así que me conformo con el que tengo: trabajo en un laboratorio bastante importante, participando en investigaciones sobre biología y tecnología: ingeniería genética, células madre, inteligencia artificial, neurología, cibernética. Aquí, podríamos decir, es el lugar donde los hombres juegan a ser dios.

Pensarán que soy un científico, pero no lo soy. Soy filósofo. No me gusta demasiado la senda que tomé en mis estudios, y descubrí que las ciencias me gustaban más que las letras demasiado tarde. Por eso soy tan afortunado de trabajar con científicos en un ambiente científico. Hace dos años, en una reunión general de la empresa, se decidió que se necesitaba a un filósofo para cuestiones de bioética. Cuando leí la oferta y la descripción del puesto, me compadecí de las personas que creyeron que un filósofo les resultaría útil, pero al mismo tiempo comprendí que esa era la oportunidad de mi vida. Me dijeron: En un lugar donde jugamos a ser dioses, necesitamos a un filósofo. Yo no dije nada. Me limité a sonreír.

Ahora comprenderán por qué me suele aburrir mi trabajo y por qué suelo soñar despierto: demasiado tiempo libre. Un filósofo no tiene mucho que hacer aquí, así que normalmente me suelo meter en donde no me llaman. Soy un intruso dicharachero y amigo de las polémicas. Algunos científicos aquí aprecian mi trabajo y mis opiniones. Otros huyen de mí como de la peste. Me imagino a mí mismo como un hurón de largo hocico, olfateando por aquí y por allí en un mundo ajeno que no me pertenece del todo. Cuando no puedo entrometerme en algún asunto, divago. Y mi vieja fantasía de poder teletransportarme por todo el mundo siempre está para entretenerme un rato. Lo que yo no sabía es que un joven compañero de trabajo tenía exactamente la misma fantasía.

Les presento a Roberto. Es el prototipo de científico despistado. Alto y delgado, las patillas de sus gafas entran y salen constantemente de su cabello negro siempre despeinado. Cuando me presentan a un nuevo científico, los tiendo a clasificar en dos grupos: o en el grupo de los prometedores o en el grupo de los poco prometedores. Roberto pertenecía al grupo de los indecidibles. Llamaba indecidibles a una clase de científicos que parecían inmaduros, excéntricos, despistados, y, hasta cierto punto, estúpidos. Pero por supuesto, ningún estúpido ingresa en Dennettics. Para explicar lo que eran para mí los indecidibles, necesito que se imaginen que están viajando en un transporte público, por ejemplo en el metro. Es un día cualquiera. Un ejecutivo bien vestido con cara de cansado, dos jóvenes charlando, una madre alimentando a su bebé... Pero fíjense bien: en un asiento, un hombre con enormes gafas parece hablar solo y sonreír sin motivo. A veces hace muecas, su ropa está pasada de moda y parece que no se ha dado cuenta de que la etiqueta de su camisa está sin arrancar, y aún cuelga de la parte de atrás. Entonces se dicen para sí mismos: Este hombre o bien es algo estúpido o bien es un genio excéntrico de esos. Esos para mí eran los indecidibles, y los llamaba así porque no podía decidir a qué grupo pertenecían. A veces me parecían inteligentes, a veces no. Exhibían esa curiosa dualidad.

Pero para ser honesto, Roberto no era tan indecidible. Ya me había comenzado a dar muestras de su inteligencia. Y para bien o para mal, no le disgustaba mi compañía, así que solía conversar con él. Les expondré la última conversación que tuve con él, en la cafetería:

—Alex... ¡¡Alex!!

—¡Sí! Perdona Roberto, no te estaba escuchando... —me quito el mp3.

—He, he, he.

Roberto reía como un mono, a menudo injustificadamente, incluso en ocasiones en las que no era en absoluto adecuado reírse. Aunque Roberto me caía simpático, no es que fuese un maestro de las relaciones humanas. Le cuesta comportarse de forma normal, como a todos los indecidibles. No es que fuese un grosero o un pesado, pero desde luego, está a años luz de ser lo que catalogaríamos como un líder nato. Aunque bueno, para ser francos, yo tampoco es que sea un relaciones públicas, así que no estoy en la mejor situación para criticar.

—¿Escuchando a Bach, eh?

—Por supuesto, una música siempre maravillosa para escuchar —digo sonriendo—.

—¿Qué número? He, he, he.

—BWV244.

—He, he, he... Qué gracioso eso de llamar a las piezas por su número... ¿Cómo dijiste que...?

—Bachwerkeverzeichnis. Así se llama el catálogo BWV para clasificar todas las obras de Bach. A cada obra le corresponde un número.

—He, he, he... Qué gracioso eres, Alex. Dime ¿Qué has hecho esta mañana?

—Oh, nada de especial interés... pensando en mis cosas, en mi mundo, en la parra... absorto como casi siempre.

—He, he, he... ¿Soñando con chicas… sin ropa…? He he he.

—¡Ja, ja! —Como les decía, Roberto tiene una forma particular de relacionarse con los demás, y eso significa que a veces creo que estoy hablando con un niño de nueve años—. No, hombre. En mis cosas. Hoy por ejemplo he estado pensando en lo fantástico que sería poder teletransportarse a cualquier parte del mundo. Ahora quiero estar en París, ahora en Buenos Aires.

Roberto entonces puso una cara rara. Abrió los ojos como platos.

—¡Increíble!

—¿El qué?

—Estoy trabajando precisamente en esto, precisamente.

—¿Estás inventando un teletransportador? Venga hombre.

Roberto sonrió.

—Ya verás, ya verás.

Esta fue mi última conversación con Roberto. Si de verdad ha inventado un sistema de teletransporte, ciertamente le tendría que borrar definitivamente de mi lista de indecidibles e incluirlo en la de genios excéntricos. O mejor aún, tendría que crear una lista nueva para él solo. Me parecía increíble que hubiera inventado un teletransportador. ¿De veras en Dennettics estamos tan avanzados?

* * *

Han pasado tres semanas y me encuentro mirando a los ojos de un ratón. El pobre está atado de pies y manos y está a punto de ser teletransportado. Roberto me sonríe, a punto de mostrarme su genial creación. Previamente me ha explicado como funciona su máquina de teletransporte. Me sorprendí mucho de que funcionara como siempre yo me lo había imaginado: un ordenador ultra-potente escanea cada átomo del cuerpo y su posición con un detalle inimaginable sobre una plataforma creada para tal fin. Separa los átomos, los envía por un tubo, y en el otro extremo, en la otra plataforma, el cuerpo es reconstruido. La verdad es que me pareció una explicación demasiado simple.

Un zumbido extraño que casi no deja hablar inunda la fría habitación del laboratorio. El escaneado ha terminado y el ratón se empieza a desintegrar ante mis ojos. Lo hace de abajo a arriba, así que lo primero en desaparecer son los pies, luego las patas... No era instantáneo, más bien el proceso duraba unos treinta segundos. ¡Eso me revolvió las tripas, pues el ratón parecía estar totalmente consciente!

—¿No sufre? — pregunté—.

—¡No! ¡En absoluto!

A medida de que se iba desintegrando, el ratón se iba integrando al otro lado. Se reconstruía de arriba a abajo. Me pareció un sistema muy extravagante.

—Oye, ¿por que narices el ratón se desintegra de abajo a arriba y se integra de arriba a abajo?

—¡Oh! Cosas del sistema. Si no lo hiciera así, los rayos desintegradores-integradores coincidirían en el mismo plano y entrarían en fase... Se produciría demasiado calor y la carne se quemaría o incluso podría llegar a explotar... Algo complicado de explicar ahora.

Por fin se paró el horrible zumbido. El ratón, recién teletransportado, cayó unos centímetros desde el lugar en el que se había integrado, hasta posarse encima de la plataforma. Parecía sano. Tan sano, que se puso a corretear —yo diría más bien huir— y Roberto tuvo que esforzarse un poco en atraparlo. Finalmente, lo agarró y me sonrió.

—¿Qué te parece, Alex?

—Maravilloso. Simplemente maravilloso.

—He, he, he.

—Sólo que...

—¿Qué?

—Tu sistema de desintegrar al ratón de abajo a arriba e integrarlo de arriba abajo me ha llamado mucho la atención. Sobre todo por el hecho de que, en cierto momento, había dos cabezas del mismo ratón.

—¿Y?

—Pues... que en un momento dado, habría dos individuos diferentes. Dos cabezas conscientes de ratón, cada una con sus propias ideas.

Roberto me miró, desorientado.

—¿Dos individuos diferentes? ¿Insinúas que mi máquina ha creado dos individuos donde sólo había uno? Esto es absurdo, Alex... ¿Cómo sabes que las dos cabezas estaban conscientes? Quizás solamente una de ellas estaba consciente, o una era el reflejo de la otra. A mí me ha parecido ver, en todo caso, dos manifestaciones del mismo individuo. Era el mismo ratón. ¿Quién si no? Además, tú no puedes saber si las dos cabezas estaban conscientes a la vez, ya que la consciencia es algo que no se ve. Y en todo caso... sólo habrían sido unos segundos. Ahora puedes ver claramente a un solo ratón, sano y feliz, en su jaula.

—Las cosas no son tan sencillas, Roberto... No puedes pretender pensar que el alma del ratón ha saltado instantáneamente de un ratón a otro.

—Pero es que insistes en hablar como si hubiera dos ratones —me dijo Roberto, algo extrañado por el tono crítico de mis observaciones—. No ha saltado el alma de un ratón a otro. Siempre fue el mismo ratón. Las manchas en su pelaje son las mismas, ningún ratón intruso del hiperespacio ha bajado para suplantarlo. Además, suponía que tú no creías en el alma. Somos científicos.

—Claro que no creo en el alma... pero sí en la mente. Y es, al menos, perturbador, pensar que en un momento haya podido haber dos mentes del mismo individuo.

—No veo por qué te preocupas tanto. Aunque fuesen dos mentes ¿Y qué? Serían dos mentes durante menos de un minuto. Ahora sólo hay una. ¿O crees que ese ratón tiene dos mentes en el mismo cerebro ahora? ¿Le diagnosticamos un transtorno de doble personalidad? El ratón estaba en un sitio y luego en otro. El experimento ha sido un éxito. Fin de la historia.

—Mira, Roberto... te voy a ser franco. Desde que me has dicho lo de tu máquina, mi mente no ha dejado de pensar en una cosa... una cosa que seguramente no te vaya a gustar.

—Te escucho —me dijo Roberto, intranquilo pero expectante—.

—En filosofía tenemos una disciplina llamada Teoría de la mente, que se ocupa, entre otras cosas, de la relación cuerpo-mente. Y los teóricos de la mente conocen muy bien una vieja paradoja... una vieja paradoja que era ciencia-ficción hasta tu descubrimiento. Trata, precisamente, sobre teletransportadores. Tu experimento es, incluso te diría, el ejemplo paradigmático.

Roberto escuchaba atentamente. Parecía de verdad interesado.

—Imaginamos que teletransportas a un humano en tu máquina. Escaneas sus partículas, lo desintegras, sus partículas viajan por el cable, y se integra en el otro extremo. Bien ¿Cómo sabes que lo que has hecho no es matar a un ser humano desintegrándolo y lo que hay en el otro extremo no es sino un clon, una réplica de él creada por una máquina, con el mismo cuerpo y cerebro y por lo tanto mente y recuerdos? Nadie se daría cuenta de esa muerte, ni siquiera el propio teletransportado... Es decir, ninguno de los dos: ni el original, muerto en el acto, ni la copia, con sus recuerdos intactos. Sería una muerte invisible.

Roberto se puso blanco. Al fin, había comprendido lo que me inquietaba.

—No... pero... err.

—Esa es la paradoja. Quizás tu has copiado fielmente al ratón, y has destruido al original. Y en el momento en que había dos cabezas, una era la del original, y otra la de la copia.

—¡No! Esto sólo es una paradoja, una treta filosófica. Yo no he matado al ratón porque sigue allí. La muerte sólo existe en tu mente. Las paradojas filosóficas sólo existen en la ficción, no en la realidad.. ¿Qué quieres, que abandone mi investigación? ¿Dejo a medias el proyecto de uno de los más asombrosos inventos de este siglo? El progreso es el progreso, y no voy a detener el progreso de la humanidad por un simple juego de palabras. ¡Tonterías!

Roberto estaba claramente alterado. Había atacado mortalmente a su creación, y él lo sabía. No consentía que alguien desmontase sus sueños, sus aspiraciones. Seguramente ya se había imaginado la fama, el dinero y la gloria. Motivos suficientes para cegar a un hombre. El miedo que yo tenía ahora era que esa ceguera fuera permanente, y no temporal.

—¡Tonterías! ¡Tonterías...!

Roberto se fue de la habitación dando un portazo. Aunque lo veía bastante nervioso y enfadado, tenía la esperanza de que fuera lo bastante inteligente como para darse cuenta de que su actitud era sólo un mecanismo de defensa ante la terrible verdad de mis palabras. Un buen científico ha de tener una inmensa capacidad para dejar de lado sus prejuicios, sus metas y sus deseos para así poder ver sólo la verdad de la forma más objetiva posible. Un buen científico no ve lo que quiere ver, sino lo que es tal cual es. Eso es lo que distingue a los verdaderos científicos, en mi opinión. Y Roberto está ante la prueba de fuego.

* * *

Han pasado dos días desde la pequeña discusión. No he dejado de pensar en el invento prodigioso de mi amigo. La perspectiva de un genocidio silencioso me apabullaba. Cientos, miles de esos teletransportadores funcionando, matando a una conciencia, a una mente a cada viaje, incluso matando la copia, y la copia de la copia... Se podría matar a una misma persona varias veces, en cierto sentido... Curioso.

Aunque debo hacer honor a la verdad. Cuando le dije a Roberto que su máquina era mortal, yo sabía perfectamente que eso no tiene porque ser necesariamente así. Si fui tan categórico es porque quería ser el abogado del diablo. Una paradoja se caracteriza por estar irresoluta, y hoy por hoy, no existe una solución. No se puede saber si el ser vivo teletransportado moriría o no durante el proceso sencillamente porque aún no sabemos lo que es la vida y lo que es la muerte. No sabemos como definir a un ser vivo. No sabemos lo que es una mente. No sabemos lo que significa ser consciente. Una computadora puede hacer complicados cálculos matemáticos, y sin embargo no ser consciente de ellos. Podríamos teletransportarla en la máquina sin problemas, pues no es posible matar a una computadora. No es consciente, no está viva. Los seres vivos también pueden hacer cálculos matemáticos, pero ellos están conscientes, están vivos. Y no sabemos que es lo que diferencia a unos de otros. La concepción moderna de la conciencia es tan etérea y tan escurridiza como el alma en la que creían los antiguos griegos.

En ese instante, Roberto abrió la puerta de mi despacho. Parecía bastante serio.

—Hola Alex.

—Hola Roberto.

—He estado leyendo filosofía. ¿Sabes? Creo que puedo contestar a los argumentos que expusiste la última vez que hablamos.

—Oh —dije yo, imaginándomelo con los ojos inyectados en sangre leyendo Crítica de la razón pura a las tres de la madrugada—.

—Verás, leí una frase de Heráclito: Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.

—Una frase interesante.

—Un río en movimiento cambia a cada vistazo, al igual que un hombre. Cada día un hombre sufre la muerte de miles de millones de células. Su hígado no es el mismo al cabo de un mes. Cada vez que piensa algo, o aprende algo, cambia su mente. Todo es cambio, nada es inmutable.

—Te sigo.

—Cuando tú me dijiste que teletransportar a un ser vivo significaba matarlo y hacer una copia, presupusiste que en el momento de la desintegración se rompía una continuidad, la continuidad de la conciencia, de la vida. Ese hombre, que había sido el mismo desde que nació, ahora se desintegra, la continuidad de su conciencia se rompe, y por eso muere.

—Ya veo donde quieres ir a parar, y no estoy de acuerdo contigo. Una cosa es que las células de mi organismo se reemplacen continuamente y otra cosa es que mi cuerpo se desintegre. En el primer caso, yo sigo siendo el mismo, con la misma conciencia. En el segundo, muero. Yo sigo siendo yo, es decir, no he muerto, a pesar de que mis células se reemplacen cada segundo.

—¡Error! ¿Cómo sabes que eso es así? Tú mismo me dijiste que si teletransportásemos a alguien, nadie se daría cuenta de la muerte. ¡Ni siquiera el teletransportado! El clon tendría su mismo cuerpo, su misma memoria. El recién teletransportado recordaría entrar en la máquina y aparecer en otro sitio, con todos sus recuerdos pasados intactos. Del mismo modo, ¡Tú tampoco te habrías dado cuenta de que ya has muerto y ahora eres una copia! ¡El reemplazo celular podría funcionar exactamente igual que mi máquina!

—Ehm.

—¡He, he, he! ¡Has caído en tu propio argumento!

—No está tan claro, no está tan claro... Me parece que ser desintegrado, aunque sea por un momento muy breve, es algo más radical que la cotidiana y natural muerte celular.

—Aún no me comprendes. Mi razonamiento va más allá de lo que te he contado, pues se puede extrapolar. Mi conclusión es más drástica de lo que tú te crees. Yo creo que no existe continuidad en la conciencia.

—¿De veras?

—Yo no veo una continuidad en la conciencia, sino máquinas pensando, simplemente. Máquinas biológicas o metálicas. Continuidad en la conciencia es una expresión ilógica. ¿Qué se supone que mantiene esa continuidad en la conciencia? Esa continuidad no es nada, no tiene sentido postular su existencia. Si la gente presupone que sigue siendo la misma persona que ayer es por una ilusión, una alucinación humana, de la misma manera en la que actúan las ilusiones ópticas.

—¿Una ilusión?

—Verás, como quizás ya sabes, hace más de un siglo, los científicos estaban buscando el éter, esa sustancia por la que discurría la luz. Se consideraba que la luz era una onda, y todas las ondas necesitan un medio para desplazarse. La luz parecía saltarse esa norma, ya que podía viajar del Sol a la Tierra a través del vacío del espacio sideral. Por eso se postuló la existencia del éter, el medio invisible por el cual la luz ondulaba, y que estaba presente en todo el universo. Por supuesto, el problema era que la ciencia no podía proclamar la existencia de algo totalmente indetectable. Era una sustancia incolora, inodora, sin masa, etérea... ¡Hasta que decidieron que lo más lógico era que el éter no existía en absoluto!

—Michelson y Morley descubrieron que la existencia del éter era inconsistente con las observaciones. Eso dio origen a la teoría de la relatividad.

—Exactamente. Lo que quiero decir es que cuando se presupone la existencia de algo que no existe, las cosas no cuadran y surgen las paradojas. Exactamente igual que en todos los sistemas de lógica formal. Tus paradojas del teletransporte surgen porque se presupone la existencia de una continuidad en la conciencia. Yo digo que la continuidad en la conciencia no existe. Si no existe, adiós paradoja.

—¡Cómo puedes estar tan seguro! Es tan poco intuitivo.

—Es poco intuitivo, como todas las grandes teorías de nuestro siglo. La teoría de la relatividad no es intuitiva, la mecánica cuántica tampoco.

—Ajá —dije yo, notando como a mi joven amigo se le había hinchado demasiado el ego —.

—Mira, tú piensas que cuando un cuerpo se desintegra y se vuelve a integrar, aunque sólo sea por un instante, o incluso por un microsegundo (podemos imaginarnos a las células de nuestro organismo pegando un saltito todas a la vez) se ha producido un ciclo de muerte-copia. ¿Quién te dice que cada vez que te vas a dormir no se produce ese hecho? Como mínimo, la continuidad de la conciencia se ha roto. Tu conciencia se vuelve inerte durante unos instantes. Tu conciencia se va, tu cuerpo sigue ahí. Cuando te despiertas, tu cuerpo se anima, quizás con una conciencia distinta, pero que comparte tu cuerpo, tu personalidad y tus recuerdos. Cada noche podría darse una muerte invisible.

—Oh.

—Pero yo voy más allá. Yo creo que esa continuidad no existe ni siquiera durante la vigilia. Sólo hay neuronas funcionando y nada más en el escenario. Eso quiere decir que el yo que esta hablando ahora por mi boca, el yo del presente, morirá, y otro tomará el relevo, con mi cerebro. Sólo esta vivo el ser presente, y su vida es infinitesimalmente efímera. El proceso de morir se da continuamente. Sólo que nadie se da cuenta, porque otro posee nuestro cuerpo en cada instante futuro. Cada persona arrastra una infinidad de muertos a sus espaldas. Todos mis yoes del pasado han muerto: el niño que quería un libro de cuentos infantiles, el adolescente que quería fumar para parecer mayor... Todos han muerto.

—Estás hablando de metáforas o.

—¡No! ¡En absoluto! Yo creo realmente que mi conciencia, la que ahora está hablando en este pequeño instante, morirá y desaparecerá en la negrura de la no-existencia. Y que otra conciencia diferente poseerá mi cuerpo al instante, emergida, convocada si lo prefieres, por la bulliciosa actividad de mis neuronas. Si me mataran en este mismo momento me daría exactamente igual, porque de igual modo, muero en cada instante.

—Si, claro. ¿Si tan convencido estás, por qué no lo haces? ¿Por qué no coges una pistola y te pegas un tiro en la boca?

—Mis instintos.

—Ya.

—Los instintos son una fuerza poderosa. La evolución me impulsa a mantener este cuerpo vivo, al igual que me impulsa a comer, dormir y reproducirme. Quizás la evolución es la misma que nos impulsa a mantener la ilusión de que somos una conciencia, una unidad, desde que nacemos hasta que morimos, para así tener un motivo por el que vivir, un espíritu de lucha.

—Hablas como si la evolución natural fuese Stalin.

—He, he, he... En cierto modo. La evolución natural no tiene sentimientos.

—Entonces resumamos: si lo he entendido bien, aceptas que tu máquina mata a la gente, o en otras palabras, destruye la conciencia. Pero como eso es lo que pasa cada segundo en un cuerpo humano, no hay ninguna diferencia entre meterse en tu máquina, estar abrazado a una bomba nuclear mientras explota, o incluso no hacer nada en especial.

—Exactamente.

—Bueno, creo que tu teoría es interesante. Pero no es a mí a quien tienes que convencer, sino a todos tus futuros usuarios. Yo, personalmente, no entraría en tu máquina ni a punta de pistola.

—¿Me estás diciendo que no te he convencido?

—Mucho me temo que no.

La cara de Roberto se puso roja de rabia.

—Si no puedo convencer a alguien que se supone que era mi amigo y además inteligente... ¡¿A quién voy a convencer?!

Roberto arrojó su libreta de notas al suelo. Creo que nuestros debates filosóficos no estaban contribuyendo demasiado a nuestra amistad.

—¡La gente no es tan remilgada como tú! —prosiguió—. La gente no se estruja tanto los sesos buscando paradojas filosóficas funestas. Aceptarán entrar en mi máquina encantados si les digo que por una cantidad irrisoria de dinero pueden viajar de París a Londres en un minuto.

Y como la otra vez, Roberto se fue dando un portazo. Estaba claro cual era su postura: quería lanzar su invento a toda costa, y mis objeciones filosóficas no eran más que un incómodo obstáculo a sus pretensiones.

* * *

Creo poder decir que este incidente acabó definitivamente con nuestra amistad. No nos volvimos a hablar durante meses. Durante las primeras semanas estuve pensando en la paradoja y en la interesante aportación de Roberto. Pero yo ya soy perro viejo y sé que pensando en esos temas tan complicados nunca se llega a ninguna parte, así que dejé de pensar. Los filósofos nunca resuelven sus paradojas. Así que acabé enfrascado en mis viejas fantasías de viajes instantáneos: voy a Bulgaria, huelo una rosa, veo un atardecer en el desierto de Gobi, paso la noche en una playa de Indonesia llena de hogueras y gente... Me gustaría imaginármelos sobrios, pero las fantasías para que tengan éxito deben partir de una base real, así que no tengo más remedio que imaginármelos a todos borrachos como una cuba, saltando sobre las brasas al amparo de la luna llena. Estoy sentado sobre la arena, apoyándome en una palmera. Entonces se me acerca una chica... Es bastante guapa. Agarra la parte posterior de su falda para colocársela mientras se sienta a mi lado. Me llama por mi nombre... Alex.

—¡Alex!

—¿Mmm...?

—¡Alex! Oye, ha pasado algo terrible.

Vuelvo a la realidad. Es Roberto, que me habla por primera vez desde hace una eternidad. Está pálido y parece de todo menos enfadado.

—He matado a un hombre... en mi máquina.

—¿Cómo? Quieres decir, que al teletransportale le has matado... Como cuando hablábamos de.

—No me entiendes. Lo he matado, lo he matado de verdad. Justo después de teletransportarlo, algo ha fallado y ahora su cuerpo está muerto, tendido sobre el suelo del laboratorio. Había conseguido un voluntario para probar por primera vez mi máquina con humanos y bastantes colegas estaban allí para verlo. Fue horrible. Una vez teletransportado, el cuerpo se desplomó y estaba muerto.

—¿Pero cómo? ¿Qué paso?

—¡No tengo ni idea! Aparentemente nada. Todo funcionó como siempre, el cuerpo está entero... Había probado la máquina con ratones, perros e incluso una oveja, siempre con éxito.

—Entonces... ¿Crees que van a juzgarte por homicidio?

—No lo sé. Espero que no me caiga nada, ha sido un accidente en un experimento. Hay muchos testigos, y todo el experimento está grabado en vídeo. Pero aunque así fuera, créeme que no me siento nada bien... He matado a un hombre, y me siento culpable, me siento muy culpable.

—Tranquilo, no era tu intención.

—Tenías razón. Tenías mucha razón. No se puede tomar algo tan serio a la ligera. Yo sólo veía el éxito, y ahora hay una persona muerta en mi laboratorio... Te tenía que haber escuchado... La historia esta llena de científicos que se apresuraron a lanzar sus inventos sin preocuparse demasiado por las repercusiones: Albert Einstein destapó el horror de la bomba atómica, Egas Moniz fue el pionero de la lobotomía... ¡Ambos premios nobel! El científico busca la gloria, la empresa dinero. La ética queda relegada a un segundo plano. No quiero cargar con vidas humanas a costa del progreso. Quiero ser un benefactor, no un codicioso cegado por su propia grandeza.

—Te honra, amigo, te honra.

Me he convertido en muerte, destructor de mundos...

La verdad es que no sabía qué decirle. En estos casos, quizás mejor no decir nada. Se le veía bastante alterado. Y la verdad es que yo también lo estaba un poco. Había un cadáver a dos habitaciones a distancia, y eso no me hacía sentir muy cómodo.

* * *

Han pasado dos meses desde el incidente. Hubo un gran jaleo, muchos policías, y varios colegas tuvieron que declarar como testigos. Después de la investigación, se concluyó que la víctima había muerto de un ataque cardíaco, probablemente por la fuerte impresión de ser sometido a una teletransportación. El caso se cerró. Mi amistad con Roberto se recuperó. Vuelta a la normalidad. Vuelta a las conversaciones en la cafetería.

—¿Me puedo sentar? ¿Interrumpo una pieza especialmente buena? ¿Qué estás escuchando?

—BWV245.

—He, he, he.

—¿Cómo estás, Roberto?

—Bueno... Si te digo la verdad, aún estoy pensando en lo que pasó. Me pregunto por qué tuvo que suceder.

—Fue un ataque cardiaco. Pudo pasarle a cualquiera. Pasa todos los días.

—No... No finjas que el experimento no tuvo nada que ver en todo aquello. Si tuvo el ataque cardíaco, fue por mi máquina. Pero... ¿Por qué se puso tan nervioso? ¿De verdad ser teletransportado es tan aterrador?

—Tiene que serlo, por lo visto.

—Quizás su mente murió, como tú decías... Y tal vez su alma contempló la muerte, al demonio esperándole en el infierno... y su cuerpo, teletransportado, tuvo el ataque cardiaco.

—¡Oh!

—¿Qué?

—Tengo una corazonada... una sospecha... Creo haber comprendido lo que le mató.

—¿No me dirás que vio al demonio, verdad?

—¡No! Claro que no. Pero antes de decirte lo que pienso, quiero ver la cinta. ¿Me dijiste que el experimentó se grabó en vídeo, verdad? Necesito confirmar mis sospechas.

Roberto y yo fuimos a la sala de vídeo para buscar la cinta que registraba el momento del accidente. Después de verla un par de veces, ya lo comprendí todo.

—Creo, Roberto, que todo ocurrió en cuestión de pocos segundos, quizás menos de diez. Voy a tener que pausar el vídeo varias veces mientras te lo explico.

—De acuerdo.

—Mira, en este momento aparecen dos cabezas, dos cabezas diferentes de la misma persona, al igual que cuando asistí a la teletransportación del ratón.

—Sí.

—Y ahora, unos segundos después, se cruzan las miradas. Ambas parecen del todo conscientes, y la expresión es totalmente humana.

Roberto callaba, muy serio. Vuelvo a darle al botón de play. Escojo el momento preciso y vuelvo a pausar.

—Y en este momento, la cabeza del sujeto pre-teletransportado mira de una manera peculiar a la del post -teletransportado. Creo que en este preciso instante, la cabeza pre comprende asombrada que la cabeza post tiene vida propia. ¿Ves su cara de terror? Quizás vio como la cabeza post se movía y gesticulaba de forma independiente. Y pensó que si el individuo en el otro extremo no era él, era otro. Y comprendió que iba a morir, que a partir de ahora, él mismo sería el otro.

Busco el momento oportuno y vuelvo a pausar. Roberto no me miraba, quizás estaba concentrado en sus propios pensamientos.

—Entonces ahora la cabeza post empatiza con la cabeza pre. Comprende lo que está pasando, ya que observa que la cabeza pre es independiente y habrá llegado a la misma conclusión que ella. En este momento es cuando sucede el fatal desenlace... Porque la cabeza post, o ahora, el recién teletransportado, comprende que ha contemplado... ha contemplado... su propia muerte.

FIN.

© Antonio Sanmartín Atienza, (5.269 palabras) Créditos