Historias del Alcaudón 7
DIES IRAE
José Carlos Canalda

-¿Qué tal andáis ahora de trabajo?

—Vamos tirando... Al menos, comemos todos los días —suspiró Luiggi da Vico mirando con filosofía el fondo de su vaso.

—Aunque a veces nos quedemos con hambre —gruñó Miguel Salazar apostillando a su compañero.

—Entonces, nada fuera de lo habitual —se burló su interlocutor, un desgarbado escandinavo que atendía al nombre de Olafsson—. Realmente, la vida de los astronautas independientes suele ser bastante dura...

—Sobre todo, contando con nuestra habilidad para meternos en berenjenales —le interrumpió el astronauta español con ironía—. La verdad, es que no sé cómo nos las apañamos para acabar siempre complicándonos la vida.

—Bueno, eso nos pasa un poco a todos; recordad cuando yo tuve que salir por pies de Palas porque a la Policía Interplanetaria le habían dado el soplo de que en el Thule llevaba whisky de contrabando... Me escapé por los pelos, y lo peor de todo fue que tuve que deshacerme del cargamento lanzándolo al espacio.

—No creo que fuera para tanto —respondió con sorna el italiano—; conociéndote, apostaría que se trataba de garrafón. Bien mirado, les ahorraste una buena resaca a los sufridos mineros.

—¡Muy gracioso! —se amostazó el nórdico mientras sus dos amigos se reían a carcajadas.

—¿Y qué tal te va a ti? —preguntó finalmente da Vico—. De un tiempo a esta parte no se te veía demasiado ese estropajo que tienes por pelo.

—De eso quería hablaros. Veréis, he estado trabajando para los chiflados de una secta religiosa... No son mala gente, pero más raros que un perro verde. Imaginad, dicen que el fin del mundo es inminente, y como por mundo entienden a la Tierra, sólo se les ha ocurrido emigrar en masa a Marte.

—Cada tonto con su tema —sentenció Salazar—. Pero tú, ¿qué pintas ahí? Los vuelos entre la Tierra y Marte están excluidos de nuestras licencias.

—Dejad que os explique. Esta gente, que además rechaza todo cuanto suponga, según ellos, una perversión del alma, fundaron una colonia hace algún tiempo en la región de la Gran Syrte, más o menos allá por donde el aire marciano da la vuelta... Pero como al parecer hasta el propio Marte les resultaba pecaminoso, les dio por arrendar un asteroide para establecer allí una especie de santuario o algo por el estilo... Y ahí es donde he intervenido yo, transportando materiales y obreros desde Marte hasta allí.

—Parece un buen trabajo, siempre claro está que no blasfemes —bromeó da Vico—; lo cual en tu caso no debe de resultar fácil. Por cierto, ¿qué tal te pagan?

—Religiosamente... Nunca mejor dicho.

—Chico, nos das envidia —confesó el astronauta español, apurando de un trago su bebida al tiempo que hacía un mudo gesto al vigilante camarero para que le rellenara el vaso—. Nosotros no hemos tenido suerte; desde hace varios meses venimos sobreviviendo a base de pequeñas chapucillas.

—Podríais tenerla... Si os interesa, os puedo traspasar el contrato.

—¿Quéee? —exclamaron a dúo los propietarios del Alcaudón abriendo los ojos como platos.

—Chicos, no es por presumir, pero lo cierto es que últimamente las cosas me han ido bastante bien; no sólo con estos beatos, eso ha sido lo de menos, sino sobre todo con mis otros negocios... Y bueno, la verdad es que me apetece tomarme unas vacaciones en la Tierra.

—Ya —sentenció el italiano con socarronería—. ¿También whisky esta vez?

—¿Qué más da eso? No es elegante hablar de estas cosas en un lugar público —zanjó Olafsson sonriendo de oreja a oreja—. Baste con saber que todo salió bien, pero me conviene un cambio de aires. Así pues, si queréis haceros cargo de mi trabajo... El legal, por supuesto.

—¡Hecho! Y te estamos muy agradecidos.

—¡Bah! ¿Para qué estamos los amigos? Por cierto —exclamo haciendo una mueca de desagrado—, este matarratas es todavía peor que el que traigo yo.

* * *

—A mí esto me huele a gato encerrado.

—Hombre, no seas tan suspicaz; yo no lo veo mal, y teniendo en cuenta que estamos a la quinta pregunta...

—Olafsson siempre ha sido un marrullero.

—¡Toma! ¿Y nosotros no? —da Vico no pudo evitar la carcajada—. ¿Qué diferencia hay entre él y nosotros?

—Mucha, y tú lo sabes.

La discusión tenía lugar en la sala común del Alcaudón, a donde se habían retirado sus dos propietarios tras despedirse del noruego. Como solía ocurrir prácticamente siempre, ambos no conseguían ponerse de acuerdo acerca del camino a seguir, en este caso refiriéndose a la tentadora oferta de su amigo.

—Sí, no necesito que me lo recuerdes; sé positivamente que Olafsson no tiene demasiados claros los límites entre lo que es legal y lo que no lo es tanto... Aunque eso es lo habitual entre los pilotos independientes. Lo que ya no me gusta tanto es que acostumbra a arriesgar demasiado; pero ahí lo tienes, de vacaciones en la Tierra con los bolsillos llenos —suspiró el italiano—. Ya me gustaría estar en su pellejo.

—Pues a mí no —objetó su compañero—. A saber lo que habrá hecho para tener que salir por pies del Cinturón; porque de vacaciones nada, esto ha sido una huida pura y dura.

—Probablemente; supongo que se tratará de algún asunto de contrabando. Pero eso no tiene que ver con nosotros; lo que nos ha ofrecido es su tapadera legal, no sus otros negocios, y yo no me imagino a estos meapilas traficando con mercancías prohibidas.

—¿Quién sabe? Cosas más raras se han visto en el mundo.

—Pero no en este caso. He estado consultando la red, y resulta que son una asociación religiosa legal y respetabilísima. Se llaman Iglesia de la Purificación Divina y, tal como nos explicó Olafsson, planean trasladar su sede marciana a Protesilao aprovechando las instalaciones de una antigua estación minera abandonada.

—Protesilao... —silbó sorprendido Salazar—. Eso queda lejos.

—Lo que me extraña, visto como las gasta esta gente, es que en vez de un asteroide troyano no eligieran un transneptuniano... Porque raritos sí que son; los puritanos más furibundos, a su lado, serían unos sibaritas decadentes. Fíjate que rechazan todo cuanto pueda suponer el menor placer, tanto para el cuerpo como para el alma, desde el alcohol y el tabaco hasta la música, el cine o la televisión; sus únicas lecturas autorizadas son las de sus propios textos sagrados, e incluso tienen estrictamente reglamentada la forma de cocinar los alimentos para evitar que éstos les resulten mínimamente apetitosos.

—Pues como no capten a sus adeptos ya adultos, mucho me temo que la secta se les va a acabar como quien dice en cuatro días... —se burló Salazar.

—No lo creas —da Vico le adivinó el pensamiento—. Por supuesto, también tienen estrictamente prohibido cualquier tipo de relaciones sexuales; pero recurren a la inseminación artificial para tener hijos sin necesidad de contacto carnal alguno. De hecho tienen bastantes, y todavía tendrían más si cupieran en su colonia. Pero afirman que cuando Dios purifique la Tierra exterminando a los impíos serán ellos, únicos supervivientes de la furia divina, quienes tendrán encomendada la misión de repoblarla conforme a las pautas marcadas por sus profetas.

—¡Estos tíos están como cabras! ¿Y con esos zumbados es con quienes pretendes que tengamos tratos? Estás todavía peor que ellos.

—Escúchame, Miguel, antes de embestir. A pesar de su rechazo frontal hacia cualquier tipo de placer mundano, no son tan estúpidos como para renunciar a los avances tecnológicos siempre y cuando les resulten útiles para sus fines; nada tienen que ver con sectas tecnófobas como los amish o los neojerosolimitanos, y de hecho están muy tecnificados. Además, tienen dinero a espuertas y saben administrarlo.

—Vamos, que están como para que los encierren en un manicomio, pero no son imbéciles...

—Yo no lo habría sabido expresar mejor —respondió el italiano con una cínica sonrisa—. Y como lo que nos interesa de ellos es su dinero y no sus rituales religiosos, no veo razón por la que no podamos entendernos amigablemente con esta gente; eso sí, tendrías que moderar tus modales y tu lenguaje, que nos conocemos.

* * *

Sin embargo, a la hora de la verdad las cosas no resultaron ser tan sencillas como pronosticara da Vico. El representante de los Puros, calificativo con el que se autodenominaban los sectarios, era un hombrecillo de mediana edad y aspecto tranquilo que no daba la menor impresión de ser un iluminado; antes bien, se asemejaba a un atildado ejecutivo. Cortés en el trato y educado en los modales, tan sólo un ligero aire de superioridad dejaba traslucir, estando sobre aviso, su exaltada ideología.

Míster Godloving —nunca llegarían a saber si se trataba de su verdadero nombre o de un simbólico apelativo—, que así se llamaba el personaje, resultó ser un negociador avezado dispuesto a recompensar convenientemente los servicios prestados pero mostrándose asimismo seguro de sí mismo y extremadamente exigente con sus interlocutores. Si sentía algún tipo de repulsión, tal como solía ser habitual en los fanáticos religiosos, hacia la forma de vida de los gentiles se había cuidado muy mucho de mostrarla, limitándose a negociar desde un punto de vista exclusivamente comercial con sus dos anfitriones a los que había aceptado, les dijo, gracias a la recomendación de Olafsson.

La misión del Alcaudón sería, en principio, la misma que la del Thule haciendo de correo ente Marte y Protesilao, donde sus nuevos propietarios estaban rehabilitando y ampliando las instalaciones de la estación minera abandonada. Por esta razón, tendría que transportar hasta allí tanto mercancías diversas —desde materiales de construcción hasta medicinas y alimentos— como a los obreros que participaban en los trabajos junto, eso sí, con un supervisor de los Puros encargado de verificar que todo se realizara conforme a los deseos de la secta.

Aunque los Puros renunciaban, y así lo manifestó explícitamente Godloving, a cualquier tipo de proselitismo con los astronautas, éstos se deberían comprometer a no mostrar ningún tipo de comportamiento que pudiera atentar contra los preceptos morales de su iglesia, ya que de ocurrir esto el contrato quedaría automáticamente rescindido.

Las condiciones impuestas eran, por decirlo de una manera suave, bastante leoninas. Quedaba tajantemente prohibido no sólo embarcar mujeres a bordo, algo que no les suponía mayor problema puesto que era lo habitual, sino también cualquier tipo de material erótico o pornográfico independientemente de cual pudiera ser su soporte —revistas, fotografías, vídeos, programas informáticos—, algo que especialmente a Salazar le fastidiaba bastante más. Tampoco estaban permitidos el alcohol, el café —en realidad la única bebida autorizada era el agua—, el tabaco, la carne de cerdo, el marisco y los dulces.

No se podrían tener ni libros —salvo los píos autorizados por la secta— ni periódicos, y para evitar tentaciones debería ser desconectado el sistema informático en toda la nave excepto en la cabina, estando autorizado su uso sólo para las necesidades de la navegación. Por supuesto tampoco habría nada de música, aunque si Salazar y da Vico lo deseaban sus huéspedes les podrían proporcionar edificantes himnos religiosos. Los Puros se reservaban el derecho de inspección de cualquier rincón de la nave siempre que su supervisor lo considerara oportuno, incluyendo los camarotes privados de sus propietarios e incluso la propia cabina.

—¿Podremos al menos hacer crucigramas? —había preguntado un irritado Salazar.

—Nuestros ancianos han debatido convenientemente sobre este tema —en la respuesta no había, fingido o real, el menor asomo de sorna—, y han llegado a la conclusión de que este tipo de ejercicios intelectuales son lícitos siempre y cuando no tengan como fin obtener placer, sino un edificante conocimiento de las Sagradas Escrituras.

—¡Pues sí que estamos apañados! Me dedicaré entonces a pensar en las musarañas, algo que ni usted ni nadie me podrá impedir.

—Nada tengo que objetar a ese tipo de comportamiento, puesto que usted es un gentil y no está sometido a nuestra disciplina; pero sería una lástima que no invirtiera ese tiempo muerto en beneficio de su alma. Eso sí, le ruego que sea tan considerado con nosotros como nosotros lo estamos siendo con usted.

Una oportuna intervención del diplomático da Vico dando por zanjado el tema consiguió evitar que su impulsivo compañero echara a perder el jugoso negocio.

* * *

Tres días más tarde el Alcaudón partía de Marte rumbo a Protesilao, llevando en su bodega un cargamento de víveres y materiales de construcción. Junto con sus dos propietarios, el único pasajero del mismo era un tal Mr. Heavenworthy, el censor —oficialmente supervisor— que les había asignado la Iglesia de la Purificación Divina. Nadie más viajaba en este primer trayecto, aunque les habían advertido de que a la vuelta regresaría con ellos —y con el cargante Heavenworthy— un grupo de varios técnicos que habían concluido ya su misión en el asteroide.

Heavenworthy era, para desgracia de los astronautas, el reverso de la moneda del educado Godloving. Completamente imbuido en su papel de inquisidor, nada más poner el pie en la astronave procedió a escudriñar minuciosamente hasta el último rincón de la misma, descubriendo —y requisando— algunos pequeños alijos previsoramente camuflados por Salazar. Una vez concluida esta tarea procedió a purificar al Alcaudón, para lo cual ejecutó ciertos pintorescos exorcismos que hubieran divertido sin duda a sus dos descreídos anfitriones de no haberse dado la circunstancia de que se empeñara en exorcizarlos a ellos también. Tras declarar a la nave y a sus ocupantes libres de influencias malignas —él, por definición, era ya puro —, dio su aquiescencia para el despegue.

Mitad perplejos mitad humillados, y con Salazar al borde del infarto a causa de la incautación de sus reservas alcohólicas, los astronautas decidieron a poco, y de común acuerdo, encerrarse en la cabina o en sus camarotes ignorando olímpicamente al intransigente puritano, el cual no perdía ocasión para recriminarles su pecaminoso ateísmo. Por fortuna para ellos a éste no pareció importarle demasiado el ostracismo al que se vio sometido, aprovechando la soledad para orar y meditar... O al menos, eso parecía hacer en la sala común de la astronave, en la cual había asentado sus reales convirtiéndola en una exótica capilla donde entonaba continuamente sus melopeas y gorigoris.

Esto no era algo que preocupara especialmente a los propietarios del Alcaudón, antes bien les traía sin cuidado siempre que no les incordiase... El problema estribaba en que, como buen fanático que era, sí acostumbraba a hacerlo para desesperación de ambos.

Por si fuera poco, el viaje sería largo puesto que, dada la órbita troyana de Protesilao, el Alcaudón debería abandonar el cinturón de asteroides hasta alcanzar la órbita del lejano Júpiter, la cual compartía el minúsculo asteroide aunque siempre precediendo sesenta grados al gigantesco planeta. Así pues, deberían armarse de paciencia, una paciencia puesta constantemente a prueba por el impertinente Heavenworthy.

Como por ejemplo, cuando sucedió el incidente de la cabina apenas tres días después de iniciado el viaje. Da Vico había estado buscando en la red datos sobre Protesilao, y se los estaba mostrando a Salazar cuando el pasajero irrumpió sin previo aviso conculcando todas las normas posibles de urbanidad y buena educación. Tras descubrir lo que campeaba en el monitor, una inocente página astronómica dedicada a los asteroides troyanos, montó repentinamente en cólera increpando a los dos sorprendidos pilotos por su presunta falta de piedad, recordándoles acto seguido su compromiso de no utilizar nada que pudiera atentar contra los rígidos preceptos morales de su secta.

—¡Oiga usted! —exclamó molesto da Vico al tiempo que intentaba calmar a su compañero—. Aparte de que no habría estado de más que hubiera llamado a la puerta antes de entrar, me gustaría saber qué tiene de malo consultar la información referente al asteroide hacia el cual nos dirigimos. ¿O es que ni siquiera podemos disponer de aquello que necesitamos para nuestro trabajo?

—¡Eso es falso! —exclamó el iracundo santón con los ojos inyectados en sangre—. Salvo las coordenadas astronómicas necesarias para navegar y la información requerida para el aterrizaje, que les será proporcionada en su momento por la torre de control de Nueva Sión —éste era el nombre con el que los Puros habían rebautizado por su cuenta y riesgo a Protesilao—, nada más necesitan; no desde luego esta blasfema página.

—¿Blasfema? —gruñó Salazar burlando por un momento el férreo marcaje de su amigo—. ¿Qué tienen ustedes en contra de la astronomía?

—Son conocimientos vacíos, cuya única finalidad es la de proporcionar placer intelectual distrayendo al verdadero creyente de la adoración a Dios. Todos los placeres son invención diabólica y, como tales, han de ser prohibidos.

—Olvida usted que nosotros no somos verdaderos creyentes —el tono de voz del italiano era educado, pero firme como una roca—, y que nos comprometimos a no herir sus sentimientos religiosos, pero no a compartirlos. Y si usted no hubiera entrado sin avisar, no habría visto herida su fina sensibilidad.

—¡Informaré de este impío ultraje a mis superiores! —chilló el fanático, con el rostro rojo como la grana.

—Si ya ha dicho todo lo que tenía que decir le ruego que abandone la cabina, puesto que está entorpeciendo nuestro trabajo. Yo también informaré a sus superiores sobre sus actividades proselitistas, algo que se nos garantizó explícitamente que no ocurriría. Ah, y otra vez antes de entrar le recomiendo que procure llamar a la puerta, por el bien de todos.

La discusión concluyó, tan bruscamente como se había iniciado, con la despedida a la francesa de Heavenworthy el cual, corrido como una mona, se refugió en sus dominios para desahogar su despecho recitando una larga retahíla de salmodias.

—¡Será...! —exclamó Salazar al tiempo que cerraba malhumoradamente la puerta.

Un hosco gruñido de aprobación fue la única respuesta del italiano.

* * *

Frente a la proa del Alcaudón, iluminado débilmente por los pálidos rayos del lejano Sol, se alzaba Protesilao, un minúsculo cuerpo celeste de forma irregular y tan sólo unos pocos kilómetros de longitud máxima, apenas algo más que una mota de polvo perdida en la inmensidad del cosmos. Tiempo atrás se habían descubierto en sus entrañas unos importantes yacimientos de rodio e iridio, pero el hallazgo posterior de otros filones en asteroides más cercanos a Marte había provocado su abandono, convirtiéndose a raíz de entonces en un olvidado mundo fantasma.

Su gran lejanía, combinada con la existencia de unas antiguas instalaciones mineras susceptibles de ser fácilmente rehabilitadas, habían motivado su elección por la Iglesia de la Purificación Divina como residencia principal de sus acólitos, algo que ni da Vico ni Salazar alcanzaban a comprender dado que, una vez instalados allí, los sectarios quedarían aislados por completo del resto del universo, dependiendo en exclusiva del cordón umbilical de unas comunicaciones propias —evidentemente no existía nada parecido a una línea regular— para su subsistencia en el inhóspito guijarro, algo que no resultaría nada fácil cuando éste entrara en oposición con Marte o con los principales asteroides en los que existían una población y una infraestructura estables. Pero... ¿quién entiende a un fanático?

Por fortuna para ellos, el cargante Heavenworthy no les había vuelto a incordiar tras la discusión en la cabina; perteneciente a la abundante casta de los perros ladradores pero poco mordedores, el cobarde personaje había optado por evitar su compañía, algo que no preocupaba especialmente a sus anfitriones... Eso sí, cada vez que se cruzaban en cualquier recinto de la astronave, algo inevitable dada su angostura, no perdía la ocasión de barbotar una mezcla de imprecaciones y amenazas, siempre cortadas de raíz por una mirada del astronauta de turno, en especial si se trataba de Salazar, tras lo cual se refugiaba precipitadamente en su cubil invocando todo tipo de maldiciones divinas.

El aterrizaje en el pequeño astródromo de Protesilao, poco más que un muelle minero apresuradamente parcheado por sus nuevos ocupantes, se realizó sin ningún tipo de incidente. Apenas el Alcaudón estuvo posado, Heavenworthy lo abandonó cual alma que lleva el diablo, mientras sus tripulantes preparaban la desestiba de la bodega al tiempo que aguardaban ser recibidos por alguien, vista la precipitada fuga de su teórico introductor de embajadores.

Ese alguien no se presentó hasta casi una hora más tarde, cuando ya empezaban a impacientarse y, aunque se presentó como el reverendo Hope —al menos su nombre no era esdrújulo— y se trataba evidentemente de una persona distinta, Salazar y da Vico hubieran podido jurar que se encontraban de nuevo frente al mismísimo Godloving que habían dejado en Marte, tal era la similitud existente entre ambos.

Para alivio suyo, el parecido entre ambos personajes no se limitaba a la apariencia física, extendiéndose también al talante. Hope comenzó pidiéndoles disculpas por las molestias que les hubiera podido ocasionar Heavenworthy, un piadoso hermano al cual su exaltado fervor religioso le llevaba en ocasiones a extralimitarse en su celo catequizador... Pero no tendrían por qué preocuparse puesto que en sucesivos viajes el problema no se volvería a repetir, aunque no especificó si se debería a un cambio de cancerbero o, por el contrario, de una severa llamada al orden al exaltado Heavenworthy. Y aunque da Vico, más perspicaz que su amigo, creyó detectar un tono de hipocresía en las palabras de su interlocutor, prefirió dar por buenas las excusas fingiendo un total beneplácito.

Zanjado el contencioso, los astronautas fueron amablemente invitados a disfrutar de la hospitalidad de los Puros. El Alcaudón permanecería en Protesilao apenas veinticuatro horas, lo justo para vaciar sus bodegas y recibir a los pasajeros que retornaban a Marte. Sus propietarios hubieran preferido pasar este tiempo a bordo de la nave sin poner el pie siquiera en el asteroide, pero al parecer los responsables de la Iglesia de la Purificación Divina tenían otros planes; el reverendo Hope se empeñó en alojarlos en sus dependencias sin atender a sus excusas, apelando a las reglas sagradas de la hospitalidad... Aunque, según sospechara da Vico, quizá la verdadera razón fuera la de controlarlos más estrechamente mientras permanecieran allí.

Así pues, Salazar y da Vico tuvieron ocasión de disfrutar largo y tendido de los atractivos turísticos del minúsculo asteroide troyano, el cual quedaría vetado a los gentiles una vez que, terminadas las obras, fuera ocupado por los acólitos de la secta. En realidad, lo único que habían hecho los sectarios consistía en rehabilitar las antiguas instalaciones, muy deterioradas tras varios lustros de abandono, adaptándolas a sus propias necesidades. Los dormitorios comunales de los mineros habían sido transformados en un conjunto de celdas que nada tenían que envidiar a las monacales, mientras lo que fuera el área de esparcimiento, es decir, la cantina, era ahora un flamante templo. Las oficinas, los comedores y el pequeño botiquín eran las únicas dependencias que conservaban su función original tal como fueran diseñadas.

Y eso era todo. La antigua mina, excavada a cielo abierto, se encontraba en el hemisferio opuesto del asteroide, pero tanto da Vico como Salazar se excusaron de visitarla alegando cansancio... Aunque en realidad, maldito lo que les importaba el dichoso agujero.

Sus acompañantes, solícitos, se aprestaron a alojarlos en sendas celdas, invitándoles amablemente a visitar el templo... Lo cual, dada su indiferencia absoluta en materia religiosa, estaba claro que no tenían la menor intención de hacer, prefiriendo recluirse en sus alojamientos sin abandonarlos ni tan siquiera para comer... Conocían lo suficiente de la dieta de los Puros como para preferir pasar hambre antes que someter a sus estómagos a semejante tortura. Y como el asteroide estaba completamente vacío de ocupantes a excepción de los operarios encargados de las obras —que no les fueron presentados— y de los Puros responsables del control de las mismas, los atractivos del mismo resultaban ser completamente nulos.

—¡Ni tan siquiera hay mujeres! —había gemido, medio en broma, medio en serio, el rijoso Salazar.

—Te iba a dar lo mismo —fue la respuesta de da Vico—. Para empezar, no te dejarían acercarte a ellas, pero es que además tengo entendido que siempre que están en presencia de un hombre van completamente cubiertas con una especie de hábito que les tapa hasta la cara...

Las celdas, como cabía esperar, eran espartanas hasta la exageración, unos simples cubículos donde apenas cabían en apretada hermandad una cama y una mesa con su correspondiente silla. Los aseos, huelga decirlo, eran comunitarios. Completaban el mobiliario una pequeña biblioteca de temas religiosos y un sistema de megafonía imposible de desconectar, como descubrieron desolados, aunque sí era factible elegir entre más de una docena de canales, todos ellos dedicados a rezos diversos.

—¡Chico, esto es peor que la cárcel! —protestó Salazar en cuanto se vieron libres de sus empalagosos guías—. Allí al menos no te torturan con esta tabarra.

—Bueno, Miguel, será mejor que nos lo tomemos con filosofía —respondió su amigo comprobando la dureza del catre—; tan sólo vamos a estar aquí unas horas, así que ¿para qué amargarnos la vida? Yo también estaría más a gusto en el Alcaudón, pero qué se le va a hacer... Por cierto, ¿prefieres quedarte aquí, o te vas a la celda de al lado?

Ante el elocuente silencio del malhumorado español, da Vico se encogió de hombros tumbándose cuan largo era en el incómodo lecho. Instantes después, roncaba como un bendito.

* * *

Salazar no tuvo tanta suerte, pues no pegó ojo en toda la noche. Gracias a ello, pudo oír un pequeño ruido en el pasillo al que se abría la puerta de su celda. Intrigado se asomó al mismo, descubriendo una sombra furtiva que se escabullía sigilosamente dos puertas más allá. Puesto que la celda contigua a la suya era la de da Vico, cuyos estentóreos ronquidos traspasaban la débil mampara que separaba a ambas, era evidente que no se podía tratar de su amigo.

Nada de particular hubiera tenido es un lugar donde existían una docena de habitaciones, de no darse la circunstancia de que ese ala estaba todavía sin habitar y ellos eran los dos únicos ocupantes de la misma. Y como entre los hábitos de los Puros no figuraba el de trasnochar, la situación bien podía calificarse de insólita.

Así pues la curiosidad venció a la prudencia, y Salazar se precipitó hacia la puerta que el desconocido había dejado ligeramente entreabierta. En el interior del cuarto reinaba la oscuridad, pero el sonido entrecortado de una respiración jadeante denunciaba su presencia allí. Sin pensárselo dos veces el español empujó la hoja entrando resueltamente... estallando ante él una pléyade de multicolores estrellas.

Aunque el golpe recibido habría bastado para tumbar a una mula, Salazar solía presumir de tener una cabeza realmente dura; lo que debía de ser cierto a tenor de los resultados, ya que no llegó a perder totalmente el conocimiento pese al brutal golpe, cayendo de bruces sobre su agresor. Éste chilló como una rata al verse atrapado bajo el cuerpo del astronauta, y al intentar liberarse de su involuntaria presa tan sólo consiguió enredarse todavía más con él.

Instantes después un estallido de luz cegaba a ambos, al tiempo que la voz de da Vico intentaba imponerse sobre la barahúnda de gritos y jadeos.

—Miguel, ¿qué es este escándalo? ¿Qué pasa aquí? ¿Quién es usted?

El desconocido, viendo frustrada la fuga, se derrumbó pidiendo entre sollozos que no lo mataran, mientras el perplejo italiano intentaba calmarlo y Salazar, incorporándose a duras penas, intentaba recuperarse del porrazo recibido mirándole torvamente sin decir palabra.

Su agresor era un hombrecillo menudo cuya tez cetrina denunciaba su origen sudamericano, lo cual quedaba confirmado por el hecho de que hablara en español. Sus entrecortadas frases mostraban una obsesión enfermiza por evitar ser castigado, lo que hacía sospechar que pudiera tratarse de un adepto de la secta que, por las razones que fuesen, hubiera infringido alguna de las severas normas de la misma.

—Tranquilícese, no queremos hacerle menor daño —insistía una y otra vez da Vico—. Pero para poder ayudarlo, necesitamos saber qué es lo que le ha ocurrido.

—El hermano Buenaventura ha sufrido una pequeña crisis nerviosa, de la que se recuperará pronto —dijo una voz a sus espaldas—. Tranquilícense, no es nada importante. Les agradezco su interés y les pido disculpas por las molestias que el hermano les ha causado, en especial al señor Salazar; huelga decir que deploro profundamente este incidente.

Hope, pues de él se trataba, estaba acompañado de dos fornidos acólitos con caras de pocos amigos. Era evidente que venían en busca del fugitivo, el cual al descubrirlos se parapetó cuanto pudo tras los astronautas al tiempo que en su rostro se reflejaba una expresión del más profundo pavor.

—Si ustedes son tan amables, les agradecería que volvieran a sus alojamientos. Nosotros nos encargaremos de él.

—Un momento —respondió da Vico cerrándoles el paso—. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Este hombre está aterrorizado, y a juzgar por su aspecto no creo que sean ustedes los más idóneos para tranquilizarlo.

—Señor da Vico, le ruego que no intervenga en nuestros asuntos —el tono de voz de Hope había dejado de ser amistoso para convertirse en glacial—. Ustedes no tienen el menor derecho a entrometerse en nuestra Iglesia, por lo que les ruego que se limiten a cumplir con su trabajo... So pena de ser expulsados de Nueva Sión con el contrato rescindido. La elección es suya.

—¡Pero no podemos consentir que se maltrate a una persona! —exclamó Salazar apoyando a su compañero.

—Nadie va a maltratar al hermano Buenaventura... A no ser que, como gentiles que son, consideren como tal a nuestras reglas disciplinarias de obligado cumplimiento para todos los fieles, yo por supuesto incluido.

—¿Nos garantiza usted que este hombre va a ser tratado de forma civilizada?

—Le puedo asegurar que somos civilizados y nos comportamos como tales —Hope mordía literalmente las palabras—. Puede que nuestra disciplina repugne a los espíritus ateos, pero todos nosotros, y por supuesto también él, la hemos elegido voluntariamente para mayor gloria del Señor. Pueden estar ustedes tranquilos, no vamos a torturarlo ni a hacer con él nada que contravenga a las leyes de Dios; lo crean o no, no somos ningunos salvajes.

Haciendo un mudo gesto a su amigo para que lo imitara, da Vico se apartó franqueando el paso a los acólitos. Éstos agarraron sin muchas contemplaciones al desdichado arrastrándolo a lo largo del pasillo, mientras éste no cesaba de gritar con desesperación que no quería ser sacrificado por Dios.

—No se tomen al pie de la letra sus palabras —se disculpó Hope ante los ceñudos astronautas—. Es una forma metafórica de hablar. Les puedo asegurar que jamás recurriríamos a ningún tipo de violencia física contra un hermano, ni siquiera con los descarriados.

Y se marchó, dejándolos sumidos en un mar de dudas.

* * *

—Me siento como un criminal. No deberíamos haber consentido que se llevaran a ese hombre.

Los dos astronautas se encontraban sentados en el borde de la cama de una de las celdas, discutiendo sobre lo sucedido. Obviamente, ni siquiera habían intentado volver a dormir después de lo ocurrido.

—¿Y qué querías que hiciéramos? —respondió da Vico a su compañero encogiéndose filosóficamente de hombros—. De haberles plantado cara hubieran traído a más gorilas, nos habrían llevado a rastras hasta el Alcaudón y, una vez allí, nos habrían puesto de patas en el espacio con la recomendación expresa de que no apareciéramos por aquí... Previa rescisión del contrato sin derecho a indemnización alguna, por supuesto. Y no hubiera servido además para nada, puesto que habrían echado el guante a ese pobre diablo de idéntica manera.

—No, si tienes razón —rezongó el español—; pero me desazona pensar que podríamos haber hecho algo por ayudarlo.

—¿Qué? ¿Denunciarlos cuando volvamos a Marte? Son una secta legal, y las autoridades ponen mucho cuidado en no herir sensibilidades religiosas. Sí, ya sé que lo que hemos visto huele a coacción a cien kilómetros, y eso sí es ilegal; ¿pero quién lo demuestra? Además, hay que partir de la base de que todas las sectas, y ésta no iba a ser una excepción, coaccionan a sus fieles, y por muy violación de los derechos humanos que sea esto, quienes podrían impedirlo no mueven un dedo por evitarlo. ¿Propones que lo hagamos nosotros? Tendríamos que estar muy locos. Además, ¿qué nos importa? Muy zumbado hay que estar para meterse en uno de estos manicomios, y quien lo hace... Bien empleado le está, por gilipollas —sentenció lapidariamente—. No es culpa nuestra que haya tanto grillado suelto por el mundo, ni es mi intención redimirlos.

—¡Pero el tipo ese no hacía más que gritar que su vida estaba en peligro! Y su pánico era real.

—Claro. ¿Pretendías acaso que se quejara de aburrimiento por rezar tanto? Amigo mío, a veces me asombra tu ingenuidad. Aunque esta gente tiene una comedura de coco de padre y muy señor mío, a veces alguno de ellos se debe de hartar de hacer el indio, que es lo que le ha debido de ocurrir a este tipo. Y como lo normal es que no les dejen irse por las buenas habrá intentado escaparse de este agujero, probablemente como polizón en nuestra nave. Al descubrirse el pastel se ha puesto a chillar como una rata intentando engañarnos para que lo lleváramos con nosotros, y habrá creído conveniente recurrir a cierta dosis de dramatismo para convencernos. Eso es todo. Y ahora, si me lo permites, voy a intentar descansar un rato hasta que tengamos que embarcar en el Alcaudón. Buenas noches... O lo que quede todavía de ellas.

Lejos de allí, en un rincón oculto en las entrañas del asteroide, una grabadora registró hasta la última palabra de la conversación mantenida por los dos amigos, remitiéndosela inmediatamente a Hope. Éste, tras oírla detenidamente, decidió que un cambio de planes podría resultar conveniente para sus proyectos.

* * *

—Estaba deseando largarme de ese agujero. Que les den por ahí a esos zumbados.

—¡Silencio, Miguel, no vayan a oírte! Está en juego el contrato.

—¡A la mierda el contrato! Estoy harto de estos capullos.

—Sí, Miguel, es cierto. Son unos capullos, unos insoportables capullos, pero nos pagan; y bastante bien, por cierto. ¡Nos pagan! ¿Sabes lo que significa esto? Dinero. Dinero fresco para pagar nuestras deudas, para modernizar el Alcaudón, que buena falta le hace, e incluso puede que para ahorrar algo con vistas a nuestra cada vez más cercana vejez... Una minucia comparado con tu incapacidad para soportar a unos fanáticos tan estúpidos como inofensivos.

—Está bien, Luiggi, tú ganas; me aguantaré. Aunque estos tipos no me gustan lo más mínimo. Lo más mínimo —enfatizó.

A Salazar no le faltaba razón en sus quejas. Si bien era cierto que Heavenworthy había desaparecido del mapa, su sucesor, un tal Godbrother, tampoco se podía decir que les inspirara demasiada simpatía... Ciertamente no era un moscón insoportable como su antecesor, sino más bien todo lo contrario; pero su adustez era tan exacerbada, y su talante tan altanero, que pese a no incordiar a los astronautas —de hecho, los ignoraba— éstos no las tenían todas consigo de haber salido ganando con el cambio.

Por si fuera poco, los técnicos y obreros que teóricamente deberían haberlos acompañado en el viaje de vuelta, una gente presumiblemente más normal al no ser miembros de la secta, habían sido reemplazados por media docena de Puros que, en su extrema inexpresividad, más bien semejaban ser zombies. Para sorpresa de ambos uno de ellos resultó ser el mismísimo hermano Buenaventura, el cual, tan ausente de este mundo como el resto de sus compañeros, ni tan siquiera se dignó a dirigirles la palabra para enojo de Salazar, que vio en ello el reflejo de la más despreciable ingratitud.

El cargamento del Alcaudón, por último, lo constituían unas voluminosas cajas herméticamente cerradas, de cuyo contenido no fueron informados Salazar y da Vico, las cuales iban custodiadas por los seis acólitos que, renunciando a las camas libres existentes en los camarotes, habían acampado en la inhóspita bodega tal como si estuvieran protegiendo un preciado tesoro. Y de esta guisa habían partido rumbo a Marte, hartos ya de sus pasajeros casi, incluso, desde que éstos hubieran puesto el pie en la nave.

Por fortuna para ellos ninguno de sus pasajeros, ni Godbrother ni, mucho menos, los acólitos que le acompañaban, les molestaban lo más mínimo; de hecho, ni siquiera les dirigían la palabra excepto el primero, y sólo para darles las instrucciones imprescindibles. Si solamente hubiera sido eso, a Salazar y a da Vico les hubiera traído sin cuidado el mutismo de los Puros; pero lo que les soliviantaba, en especial al español, era que los sectarios les impidieran el paso, bajo ningún pretexto, a la bodega de la nave, manteniendo a buen recaudo los enigmáticos contenedores. Al prurito de dignidad que incomodaba a los astronautas, imposibilitados de disponer libremente de su propio navío, se sumaba además el malestar producido por su desconocimiento de la naturaleza del cargamento que transportaban.

Al manifestarle su disconformidad a Godbrother por este hecho, éste se había limitado a advertirles que no era éste un asunto de su incumbencia, y al insistir ellos recordándole que podían rehusar legalmente a llevarlos a su destino siempre y cuando tuvieran sospechas fundadas de que la carga fletada pudiera ser peligrosa o ilegal, recibieron como única respuesta una seca reiteración de lo anterior, con el único añadido —a Godbrother había que arrancarle las palabras una a una— de que los contenedores estaban precintados y así llegarían a Marte, donde él personalmente se las entendería con los aduaneros.

De momento ahí quedó la cosa, pero los acontecimientos no tardarían en precipitarse. Un día, cuando el Alcaudón se encontraba ya a mitad de camino entre la órbita de Júpiter y Marte, Godbrother entró sin llamar en la cabina seguido por dos de sus secuaces. Antes de que ninguno de los dos sorprendidos astronautas pudiera articular palabra, les espetó secamente:

—Señores, les ruego que abandonen la cabina.

—¿Qué...? —preguntaron ambos a dúo.

—Por favor, no me hagan repetir la petición. A partir de ahora seremos nosotros los que pilotemos la astronave.

—¿Pero qué dice? —exclamó Salazar levantándose furioso de su asiento—. ¿Está usted loco?

—No, señor Salazar, estoy completamente cuerdo. Y le recomiendo que refrene sus impulsos si no quiere sufrir daño alguno —zanjó el fanático apuntándole al pecho con una pistola de aguja.

—¿Qué es esto? ¿Un secuestro?

—Llamémoslo un préstamo temporal de su astronave... Debido a razones que no les es necesario conocer, hemos decidido realizar ciertas modificaciones en el plan de vuelo; en lugar de dirigirnos directamente a Marte, necesitamos desviarnos hacia un asteroide en el que descargaremos esa cajas que tanto les intrigaban.

—No sabía que su secta se dedicara al contrabando —gruñó Salazar fulminándolo con la mirada.

—Se equivoca de nuevo. Nuestros motivos no son otros que los de servir mejor a Dios.

—Pues se me antoja una extraña manera de conseguirlo; ¿acaso piensan erigirle una ermita en ese pedrusco?

—No debería consentirles semejante irreverencia, pero ya hemos perdido demasiado tiempo. Salgan de aquí y reclúyanse en sus camarotes; detesto recurrir a la violencia, y lamentaría profundamente verme obligado a hacerlo.

—¿Podemos al menos quedarnos juntos? —preguntó da Vico al tiempo que se incorporaba.

Una muda respuesta fue interpretada por éstos como signo de asentimiento.

* * *

—Bueno, pues ya estamos otra vez metidos en un buen lío... Por variar.

Ambos astronautas se encontraban recluidos en uno de los camarotes del Alcaudón, el estoico da Vico tumbado en la cama mientras el inquieto Salazar daba vueltas por el estrecho recinto como un león enjaulado.

—Tú lo has dicho —respondió el italiano a su amigo—. Lo que me gustaría saber es qué traman estos fulanos.

—Para mí que la historia de la secta es tan sólo una tapadera para camuflar sus actividades delictivas.

—Pudiera ser, no te digo que no; existen precedentes de ello. Pero yo personalmente no lo creo; encuentro demasiado sinceros a estos fanáticos.

—Entonces, ¿qué piensas que pueda ser?

—No lo sé —suspiró da Vico—. Estoy desconcertado. Conviene que tengamos paciencia y andemos ojo avizor.

—¿Con estos gorilas sueltos por ahí y dos de esos angelitos custodiando la puerta? Me temo que va a ser imposible zafarse de ellos.

—¿Quién sabe? De momento lo mejor es que nos mantengamos relajados; nunca se sabe lo que podrá pasar, y más vale estar preparados. Así pues, siéntate, túmbate o haz lo que prefieras, pero por favor estáte quieto; me estás poniendo nervioso.

Un gruñido fue la única respuesta del español a su amigo. Ciertamente intentó calmarse, pero lo de estarse quieto sería demasiado para él.

Varias horas más tarde era madrugada según el horario de a bordo. Da Vico dormitaba plácidamente, mientras Salazar permanecía despierto sentado en la única silla existente en el camarote. De pronto, unos discretos toques en la puerta advirtieron a los reclusos del deseo de alguien de entrar en su improvisado calabozo, e instantes después el rostro cetrino del hermano Buenaventura asomaba cautelosamente por la rendija abierta en el umbral haciéndoles ostensibles gestos de que se mantuvieran en silencio. Por fortuna da Vico había despertado y pudo tomar las riendas de la situación refrenando a tiempo a su compañero, el cual probablemente se habría tirado al cuello del visitante, sin pensárselo dos veces, de haber estado solo.

—¿Qué desea? —preguntó el italiano a su carcelero—. ¿Por qué nos molesta a estas horas?

—¡Silencio! —susurró éste con expresión intranquila—. Podrían oírnos. Me estoy jugando el cuello por ayudarles, y disponemos de muy poco tiempo. He enviado a mi compañero a rezar las oraciones de maitines a la capilla, pero Godbrother no tardará en enviar un relevo. ¡Ah! Diga a su amigo que no me mire con esos ojos asesinos; no soy ningún desagradecido y estoy en deuda con ustedes, pero tuve que simular indiferencia al embarcar en su nave para no echar a perder nuestra única oportunidad de conjurar el peligro que se cierne sobre la Tierra. Después de mi rebelión en el asteroide, bastante trabajo me costó engañarlos fingiendo estar arrepentido. Aunque oficialmente me perdonaron sospecho que no se fían mucho de mí, y si no me apartaron del plan fue porque carecían de un sustituto suficientemente preparado para reemplazarme por él.

—¿Qué ocurre? —respondió da Vico bajando el tono de su voz.

—El santuario de Nueva Sión es sólo la tapadera de un plan diabólico de los jerarcas de la Iglesia, su verdadera finalidad es la de construir secretamente artefactos con los que atacar a los gentiles. ¿Saben lo que transportamos en la bodega? Varias bombas atómicas de gran potencia listas para ser detonadas.

—¿Pretenden hacerlas estallar en la Tierra?

—Peor aún. Nos dirigimos hacia uno de esos asteroides que pasan tan cerca de la Tierra...

—Supongo que se referirá a los asteroides Apolo —puntualizó da Vico.

—Sí, eso es. Ellos han calculado el momento exacto en el que, haciendo estallar varias bombas atómicas en su superficie, se conseguiría desviarlo de su órbita cayendo sobre la Tierra. Luego dirían, claro está, que se trataba de un castigo divino a la iniquidad humana...

—¡Pues vaya manera de hacerse propaganda! —exclamó Salazar abriendo la boca por vez primera—. Por cierto, amigo, ¿conoce usted el nombre del asteroide elegido, que supongo será hacia el que nos dirigimos?

—Miguel, ¿qué más da eso? —le espetó su compañero.

—Es importante. Por muy fuerte que fuera la explosión, tan sólo lograrían desviarlo ligeramente de su ruta, y tendrían que hacerlo no ahora, que andará supongo cerca del afelio, sino dentro de varios meses, cuando éste se aproxime a la Tierra. Evidentemente, cuanto más lejos lo hicieran menor sería la potencia de la explosión necesaria, pero la desviación sería detectada con la suficiente antelación como para corregirla... Pero si lo hacen cuando el asteroide cruce por las cercanías de la Tierra, la colisión sería inevitable. ¿Me equivoco?

—¿A dónde quieres llegar con eso?

—Esto descarta a la mayor parte de los asteroides Apolo ya que no serviría cualquiera, sino solamente aquél cuyos elementos orbitales encajaran en esta carambola espacial —prosiguió impertérrito el español sin prestar la menor atención a las objeciones de su amigo—. Además, tendría que ser uno que estuviera deshabitado y no resultara previsible que fuera a recibir visitas en todo ese tiempo. Sabiendo de cual se trata, quizá podríamos intentar enviar un mensaje a la Policía Interplanetaria para que lo ocupara desbaratando los planes de esta gentuza...

—He oído hablar del asteroide, pero no consigo recordar qué nombre le daban... —titubeó Buenaventura—. Sonaba algo así como tus tetas —concluyó, ruborizándose.

—¡Tutatis! —exclamó da Vico—. ¿Era Tutatis?

—Creo... Creo que sí, que era el que usted dice. Pero ¿qué ganamos con saberlo? Godbrother no se separa un solo instante de la cabina, hasta come y duerme en ella siempre acompañado por alguno de los hermanos. Nunca lograrían llegar hasta allí para enviar su mensaje.

—Nosotros no, pero usted quizá sí...

—Olvídelo. Yo también tengo mis turnos de guardia en la cabina, por supuesto, pero no sabría cómo utilizar la radio; ni tampoco me dejarían hacerlo. Lo siento —la desilusión traslucía en el rostro del sectario arrepentido—. Fui entrenado, al igual que el resto de mis compañeros, para colocar las bombas en los lugares del asteroide que fueron calculados para conseguir la desviación deseada, así como para hacerlas detonar... Pero nada más. Ninguno de nosotros, salvo el propio Godbrother, tiene la menor idea de cómo se pilota una astronave. Lo planearon a conciencia, por supuesto.

—¿Qué tienen previsto hacer cuando lleguemos a Tutatis, además de poner las bombas? ¿Volver a Protesilao?

—No. Permaneceremos allí hasta que llegue el momento de activarlas. Y luego... Bien, para nosotros no sería un suicidio, sino una inmolación a la gloria infinita de Dios —explicó Buenaventura con abatimiento.

—Ya... —respondió da Vico—. Puede creerme si le digo sus superiores no han inventado nada nuevo; pero dejemos eso. Me interesa más saber otra cosa: ¿qué pensaban hacer con nosotros? ¿Matarnos?

—¡Oh, no! Dios nos prohibe derramar la sangre de un semejante. Permanecerían encerrados en la nave hasta la llegada del Día de la Ira, y entonces correrían la misma suerte que nosotros.

—Un panorama realmente halagüeño —ironizó Salazar—; sobre todo, teniendo en cuenta su hipócrita afirmación de que Dios les prohibe matar semejantes. ¿Y nosotros? ¿Y los millones de víctimas inocentes que causaría su locura?

—No habríamos sido nosotros los causantes del desastre, sino la mano justiciera de Dios de la cual los Puros somos tan sólo un mero instrumento —musitó Buenaventura avergonzado, a la vez que incómodo por su condicionamiento mental tan sólo parcialmente superado—. Además, ya les he dicho que yo quiero evitarlo; pero no sé cómo.

—Pues nosotros tampoco —gruñó el astronauta español—. Al menos a mí no se me ocurre nada, salvo la necesidad de impedir por todos los medios que el Alcaudón llegue a Tutatis.

—Quizá... —interrumpió da Vico, más para sí mismo que para sus nerviosos interlocutores.

—¿Qué? —preguntaron ambos ansiosamente.

—No sé, puede que sea una tontería, y no quisiera que nos hiciéramos falsas ilusiones.

—¡Por Dios, Luiggi, desembucha ya!

—He pensado que quizá inutilizando el sistema de navegación automática... Pilotando en manual encontrar ese pedrusco sería más difícil que buscar una aguja en un pajar.

—Pudiera funcionar... —respondió Salazar con un atisbo de esperanza—. Pero eso nos dejaría a la deriva.

—No necesariamente; tanto tú como yo seríamos capaces de llegar hasta Marte navegando a ojo... Pero tenemos el problema de nuestros amigos de ahí afuera, que se iban a enfadar bastante. Buenaventura, ¿qué harían si les chafamos sus planes? ¿Cortarnos el cuello?

—¡Oh, no, eso no! Nunca recurrimos a la violencia física —respondió el aludido—. Pero no tengo forma de averiguar cual sería la reacción de Godbrother, ya que por la misma razón por la que no podríamos llegar a Tutatis, supongo que tampoco nos sería posible volver a Nueva Sión.

—En efecto. Sin sistemas de navegación un buen piloto podría volar hasta un planeta, Marte por ejemplo, pero nunca podría hacerlo con un asteroide puesto que a causa de su minúsculo tamaño resultan ser prácticamente invisibles hasta que no los tienes delante mismo de las narices.

—Intentémoslo pues. Buenaventura, la responsabilidad es suya. ¿Está dispuesto a asumir el riesgo?

—¿Qué remedio me queda? En cualquier caso, ya estamos muertos. Díganme lo que tengo que hacer.

* * *

Godbrother estaba furioso. Muy furioso. En un descuido suyo Buenaventura había destrozado el sistema de navegación automática del Alcaudón, lo que le impedía tanto arribar a Tutatis, como retornar a Protesilao. Mediocre piloto e incapaz de gobernar la nave sin el auxilio de sus sofisticados sistemas informáticos, el fanático se sentía perdido en la inmensidad del cosmos. Y lo peor de todo era que no sabía qué hacer, puesto que no podía arriesgarse a lanzar por la radio una petición de socorro.

El renegado Buenaventura había sido encerrado en un camarote; en su momento ya recibiría su castigo, que sería severo, pero ahora las prioridades eran otras. Tenía plena certeza de que los instigadores del sabotaje habían sido los propietarios del Alcaudón, pero, le gustase o no, no tendría más remedio que recurrir a ellos para salir del atolladero. Claro está que pretenderían imponerle sus condiciones, pero... Todo sería cuestión de ser más astuto que ellos. De momento, se imponía la diplomacia.

Para sorpresa suya, ambos astronautas se mostraron sumamente receptivos; algo que, bien pensado, no era de extrañar dado que, al menos por el momento, tenían la sartén por el mango. No ocultaron su responsabilidad en el incidente, ni su voluntad de frustrar los planes desarrollados por los jerarcas de la Iglesia de la Purificación Divina; pero en un alarde de cínica sinceridad recordaron a Godbrother que estaban —nunca mejor dicho— en el mismo barco, y que la única posibilidad de salvación pasaba por llevar al Alcaudón a Marte... Pilotado por ellos, por supuesto.

Claro está que quedaba por dilucidar la nada baladí cuestión de decidir lo que harían una vez llegados al planeta rojo. Salazar y da Vico propusieron un pacto entre caballeros consistente en desembarcarlos en algún astródromo poco frecuentado, desde el cual ellos podrían ponerse en contacto con sus hermanos de religión; sus forzados anfitriones se comprometerían a guardar silencio sin denunciarlos a la Policía Interplanetaria. Ésta podría haber sido una solución aceptable para ambas partes de no haber mediado el espinoso problema del cargamento que el Alcaudón transportaba en su bodega; los astronautas exigieron que fuera arrojado al espacio como la mejor forma de zanjar el peligro, pero Godbrother se negó de plano alegando que donde fueran ellos irían también las bombas.

Era evidente que esta exigencia complicaba notablemente las cosas a los sectarios, ya que el riesgo de ser pillados por la Policía Interplanetaria con las manos en la masa era muy elevado; pero Godbrother respondió secamente a sus circunstanciales aliados que ése no era asunto suyo. Así pues, ambas partes convinieron en aterrizar en algún apartado rincón de Marte, a resguardo de la vista de las autoridades, donde desembarcarían los sectarios junto con su infernal cargamento, alcanzándose asimismo un compromiso de mutuo silencio sobre la rocambolesca aventura. Por supuesto ninguna de las dos partes estaba dispuesta a respetarlo a la menor oportunidad que se le presentara de hacerlo, por lo que era de prever que, tarde o temprano, el conflicto se recrudecería de nuevo... Resultando imposible predecir quien lograría llevarse finalmente el gato al agua.

Implantado por la fuerza de los hechos un provisional y frágil armisticio, el Alcaudón se fue acercando a trancas y barrancas a Marte, dando a las autoridades como excusa del abandono de su ruta y del consiguiente retraso, una avería que paradójicamente era real, la pérdida del sistema de navegación automática. Si la Policía Interplanetaria se lo creyó o no fue algo que no llegarían a saber, puesto que recibieron autorización para aterrizar, tal como estaba previsto en el plan original de vuelo, en el astropuerto de la capital marciana. Más peliagudo iba a resultar desviarse hasta el remoto astródromo que Godbrother había elegido para escabullirse, pero en realidad ni él ni los propietarios del Alcaudón estaban convencidos de que pudiera realizarse con éxito tan arriesgada maniobra... Como quedó fehacientemente demostrado cuando el secuestrador volvió a asumir de nuevo el control de la astronave.

—¡Pero si usted no sabe aterrizar manualmente! —había objetado Salazar con alarma—. ¿Pretende acaso que nos estrellemos?

Una enigmática sonrisa de Godbrother tuvo la virtud de helarles la sangre a los dos amigos. Instantes después eran encerrados en su camarote.

* * *

—Debimos haberlo pensando antes —gruñía Salazar—. De un fanático dispuesto al suicidio se puede esperar todo... Hasta que estrelle el Alcaudón con nosotros dentro.

—A mí no me ha sorprendido en absoluto —respondió su compañero—; si te he de ser sincero, yo temía algo así desde el principio. Si no han podido inmolarse en Tutatis como pretendían, es lógico que ahora intenten hacerlo en Marte, a ser posible haciendo mucho daño; ¿cómo se iban a quedar sin su martirio?

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —gimió el español.

—Porque te conozco, y sé que no habrías sido capaz de soportarlo.

—Algo habrá que hacer por evitarlo... ¿Tienes alguna idea?

—Ninguna en absoluto —zanjó da Vico, al tiempo que le hacía un expresivo gesto cruzando el dedo índice sobre los labios; podrían estar escuchándolos, como efectivamente así ocurría.

Durante algún tiempo el italiano permaneció tumbado en su litera, aparentemente con indolencia pero sin perder de vista un solo instante al reloj situado frente a él, en la pared. De repente se incorporó tan rápido como le permitieron sus músculos, abalanzándose sobre la puerta al tiempo que gritaba al perplejo Salazar que le siguiera.

Puesto que los camarotes del Alcaudón no estaban diseñados como calabozos, las puertas disponían de cierre tan sólo por la parte interior pero no por el pasillo, razón por la que Godbrother se había visto obligado a apostar a dos de sus acólitos para evitar que los prisioneros pudieran burlar el encierro. Así pues, da Vico no tuvo el menor problema para franquear el umbral, dado que los dos cancerberos yacían inertes en el corredor mostrando síntomas evidentes de haber padecido una asfixia por descompresión súbita.

—¡No te quedes parado como un pasmarote, hay que comprobar que los demás hayan quedado también fuera de combate! —le espetó a su amigo—. ¡Vamos a la cabina!

Allí el espectáculo era similar, con el cabecilla derrumbado sobre los mandos y el tercero de sus subordinados caído cuan largo era en el suelo.

—¡Vamos, ayúdame a quitarlo de aquí! A saber qué barrabasada estaría planeando... ¡Santa Madonna! —exclamó espantado al descubrir la imagen que mostraba la pantalla de proa.

No era para menos. Frente a ellos, tan cercana que parecía poderse tocar con la mano, se alzaba la inmensa mole de la Torre Burroughs, el edificio más alto de Marte con casi un kilómetro de altura y orgullosa seña de identidad no sólo de la capital, Nemania, sino también de la totalidad del planeta. El Alcaudón se precipitaba contra ella en rumbo de colisión y, a juzgar cómo se agigantaba por momentos, el choque se adivinaba inminente.

—¡Miguel, agárrate donde puedas...! —aulló da Vico para haciéndose oír a duras penas por encima de la barahúnda de alarmas de todo tipo que atronaban en la cabina—. Si te da tiempo.

Tanto Salazar como da Vico eran unos experimentados pilotos, y el italiano lo demostró fehacientemente en tan comprometida situación forzando una arriesgada pirueta que hizo crujir hasta el último tornillo de la sufrida astronave, pero que logró el milagro de desviarla lo justo para pasar rozando la cornisa del edificio antes de zambullirse, con los motores aullando a toda potencia, en las capas superiores de la enrarecida atmósfera marciana.

Salvado el peligro da Vico se derrumbó en su sillón dejando que el Alcaudón fuera frenando por su propia inercia. Tras descansar unos segundos volvió su rostro, pálido y desencajado, al no menos asustado Salazar.

—¡Uf, chico, creía que no lo contábamos! Llama enseguida a la Policía Interplanetaria, aunque sospecho que debemos de llevar pisándonos los talones al menos la mitad de todas sus patrulleras... Bueno, deja, eso lo haré yo. Es mejor que bajes a la bodega a comprobar que los dos fulanos restantes estén también fritos... ¡Pero no toques nada! Mucho me temo que estos hijos de mala madre han debido activar los detonadores de las bombas para que estallaran con el choque. No, mejor pásate antes por el camarote donde estaba encerrado Buenaventura; espero que a ese infeliz no se le ocurriera asomar las narices mientras se producía la descompresión, al fin y al cabo es a él a quien tenemos que agradecer que todavía estemos vivos. Si no está demasiado nervioso llévatelo a la bodega para que desactive las bombas, no me hace ninguna gracia estar sentado encima de un polvorín.

Y viendo que su estupefacto amigo no movía un solo músculo de su cuerpo, le apremió:

—¡Vivo, que no tenemos todo el día! Ya habrá tiempo de sobra para las explicaciones.

* * *

—Os juro que, por más que lo intento, jamás consigo agotar mi capacidad de asombro con vosotros. ¿Cuándo vais a dejar de meteros en follones? —Matías M'Babane, comandante en jefe de la Policía Interplanetaria, se encontraba sentado frente a los compungidos propietarios del Alcaudón con una mezcla de seriedad y diversión contenida en su rostro—. Realmente lo vuestro es de película.

—Le aseguro que esta vez no tuvimos culpa alguna, señor M'Babane, el negocio era completamente legal... —protestó da Vico con gesto contrito—. O al menos, así lo creíamos nosotros.

—Pues lo cierto es que, legal o no, organizasteis un zipizape de mucho cuidado: Ponéis en estado de alerta a la mitad de mi departamento, sembráis el pánico en Nemania, estáis a punto de llevaros por delante la Torre Burroughs... Y cuando finalmente logramos abordar el Alcaudón, nos encontramos con el bonito espectáculo de media docena de cadáveres y una colección de bombas atómicas listas para detonar. Chicos, realmente les habéis puesto el listón muy alto a todos aquéllos que pretendan emularos.

—Ya le hemos contado toda la historia —gimió Salazar—. Y en vez de reprendernos deberían estarnos agradecidos, de no ser por nosotros la Tierra primero, y Marte después, habrían sido víctimas de enormes catástrofes.

—Sí, ésa es vuestra versión, pero también contamos con la otra... La de los portavoces de la Iglesia de la Purificación Divina, que niegan en redondo haber tenido nada que ver con los incidentes ni, mucho menos, con el cargamento que encontramos en la bodega de vuestra nave. Tan sólo reconocen haberos contratado para un viaje de ida y vuelta de Marte al asteroide troyano donde están instalado su sede transportando personas y materiales de construcción, y dicen desconocer lo que pudo ocurrir en el transcurso del mismo en el Alcaudón para que seis de sus siete adeptos que viajaban en él fallecieran en tan extrañas circunstancias. Por supuesto, huelga decir que declinan cualquier tipo de responsabilidad en lo sucedido.

—¡Pero eso es completamente falso! Pregunten a Buenaventura...

—Si os referís al único superviviente que quedó de todos ellos, más vale que os vayáis olvidando de ese pobre diablo. Está tan loco, que ha habido que internarlo en un centro psiquiátrico; no serviría como testigo.

—Y usted... ¿nos cree? —musitó el italiano con un hilo de voz.

—He de confesaros que vuestra situación podría llegar a ser bastante comprometida —el policía se estaba divirtiendo de lo lindo—; imagináos los cargos que pesan sobre vosotros: Homicidio múltiple, navegación temeraria, transporte ilegal de armas prohibidas... Chicos, la cosa se os puede poner bastante negra.

Compadecido al ver cómo a los dos astronautas se les demudaba el semblante, continuó:

—Pero quiero dejaros clara una cosa, ya que no es cuestión de que os dé un infarto en mi propio despacho: nosotros, como Policía Interplanetaria, creemos en la veracidad de vuestra versión, que coincide además con las conclusiones de nuestras propias investigaciones. El problema no es, pues, policial, sino judicial; no va a resultar nada fácil conseguir pruebas que incriminen a esos fanáticos, y por la misma razón tampoco tenemos demasiado claro cómo podríamos exculparos a vosotros... Los muertos, el pánico de los habitantes de Nemania y las bombas atómicas siguen estando ahí.

—¿Qué podemos hacer entonces? —preguntó Salazar, tan sólo en parte aliviado.

—No os preocupéis, estáis bajo nuestra protección y tenemos la firme voluntad de defenderos; ¡faltaría más después de la que nos habéis librado! Ya veremos cómo lo hacemos. Lo que no os puedo ocultar, es que el asunto está muy embrollado.

—¿Tan difícil es demostrar la culpabilidad de esos fulanos?

—Por desgracia, sí —suspiró el policía restregándose los ojos en un gesto de momentáneo abatimiento—. Ya sabéis que toda esa gentuza acostumbra a aprovecharse del derecho a la libertad religiosa utilizándolo como una coraza protectora para sus tropelías... Y lo peor de todo, es que no existe la menor voluntad política para atajar estos abusos, ya que los gobernantes de turno temen ser tildados de antidemócratas si intentan ponerles coto. No sé, a veces pienso que este mundo es demasiado complicado para mí.

—Pues si no les meten mano, corremos el riesgo de que vuelvan a intentar una nueva barrabasada...

—No, eso no —atajó M'Babane—. Son fanáticos, pero no estúpidos. Sabían que andábamos detrás de ellos desde hacía tiempo, y pueden imaginarse que a partir de ahora seguiremos sus pasos con lupa. Además, no todos son iguales, por fortuna; al parecer fue un tal Hope, que en realidad se llamaba Wilbur Smith, el responsable de toda esta historia. Por cierto ha desaparecido del mapa sin dejar el menor rastro, y suponemos que han debido de ser sus propios compañeros quienes lo hayan depurado, mitad para borrar posibles pruebas, mitad para evitar que les siga creando problemas.

El viejo funcionario hizo una breve pausa y continuó:

—Por otro lado, no les resultaría posible volver a conseguir más bombas atómicas; como comprenderéis, no se trata de algo que pueda ser comprado así como así en el mercado negro. De hecho, éstas eran las únicas que andaban descontroladas por ahí, y mira a donde fueron a parar... A saber el dineral que les habrá costado. No, en este punto estamos bastante tranquilos, el peligro de que un loco pueda volver a intentarlo es mínimo, yo diría que prácticamente inexistente.

—¿Y cómo quedamos nosotros?

—No sé si resulta conveniente que os diga esto, pero la verdad es que os lo merecéis —sonrió de oreja a oreja—; gracias a vosotros estoy todavía aquí en vez de estar flotando en la atmósfera marciana en forma de polvo radiactivo. Veréis, a veces la política sigue caminos tortuosos que conducen, no obstante, a la meta deseada... O no demasiado lejos de ella. Digamos que hemos llegado a un acuerdo tácito con esta gente: ellos guardan un discreto silencio sobre la muerte de sus adeptos y se comprometen, por supuesto, a no volver a jugar con fuego. Nosotros, en compensación, hacemos la vista gorda...

Claro está que tiene que haber una investigación sobre lo ocurrido en el Alcaudón, es algo que no podemos evitar habiendo muertos por medio... Pero os puedo anticipar la conclusión oficial de la misma, por supuesto bajo compromiso de absoluta confidencialidad por vuestra parte: en el camino de vuelta a Marte sufristeis una grave avería que os desvió de vuestra ruta. Cuando con muchos esfuerzos lograsteis llegar hasta Marte, un fallo en el sistema regenerador de aire de la astronave provocó la muerte de la mayor parte de los pasajeros y el desfallecimiento del resto. Perdido el control el Alcaudón se precipitaba sobre Nemania cuando, tras recuperar el sentido, hicisteis un heroico esfuerzo por evitar la catástrofe. Por supuesto, las causas del accidente fueron totalmente fortuitas. ¡Ah, se me olvidaba! Huelga decir que esas bombas atómicas nunca existieron; nada más lejos de nuestros deseos que permitir que se extienda el rumor de que unos artefactos tan peligrosos puedan haber estado rodando por ahí sin control alguno.

—Pierda cuidado, seremos una tumba. ¿Eso es todo? —preguntó Salazar sintiendo un irresistible deseo de marcharse lo antes posible.

—Casi —le atajó su interlocutor—. Quiero vuestro compromiso formal de que no os iréis de la lengua ni siquiera estando tan borrachos como una cuba; nos va mucho en ello, tanto a vosotros como a mí. Y como sé que vuestra economía no suele andar demasiado boyante y en un futuro pudierais ser tentados por algún periodista sin escrúpulos, conseguimos convencer a los responsables de la Iglesia de la Purificación Divina para que incluyeran en vuestros honorarios una generosa propina en concepto de compensación por las molestias sufridas... Que no tendréis necesidad de declarar al fisco.

—Señor M'Babane, le estamos muy agradecidos...

—¡Bah, no es nada! Es lo menos que podía hacer por vosotros. Y además —añadió con sorna— conste que lo hacemos, me refiero al Departamento, claro está, no a mí, no por generosidad, sino por propio interés; quien quita la ocasión quita el peligro —rió—. Con el bolsillo lleno, siempre tendréis menos tentaciones de hablar más de la cuenta.

—Esperad un momento —añadió al ver que sus inquietos interlocutores estaban empezando a intranquilizarse—. Ahora que ya hemos dejado zanjada la cuestión, digamos, desde un punto de vista oficioso, me quito mi uniforme de comandante de la Policía Interplanetaria y me dirijo a vosotros en calidad de amigo vuestro para haceros una pregunta... Que no estáis obligados en modo alguno a responder, por supuesto; pero si decidís hacerlo, tenéis mi palabra de que jamás lo utilizaré con fines profesionales ni, por supuesto, en contra vuestra. Se trata únicamente de... curiosidad personal.

—Usted dirá... —se resignó da Vico.

—Me gustaría saber cómo os las apañasteis para deshaceros tan limpiamente de esa cuadrilla de indeseables... Porque el trabajo no pudo ser más fino.

—Fue idea mía —confesó el italiano tras constatar el tácito consentimiento de su amigo—. Miguel no tuvo nada que ver, y ni tan siquiera me atreví a comentárselo... No las tenía todas conmigo, y prefería asumir en solitario el riesgo de un fracaso.

—Adelante —complacido, el policía se retrepó en su asiento pulsando un botón de llamada en su atestado escritorio—. Por cierto, ¿os apetece tomar una copa de algo bueno, no esos brebajes con los que os envenenáis en las cantinas de los astropuertos? Tengo un brandy español excelente...

—En sí el plan era sencillo, pero se trataba de un palo de ciego... —continuó el astronauta— y las posibilidades de fallo muy elevadas. Como usted sabe el Alcaudón es una astronave bastante antigua, y está provista de unos sistemas de seguridad que, en ocasiones, han quedado ya obsoletos. Uno de ellos provoca una descompresión rápida equilibrando la presión interna con la del exterior; está pensado para que, en caso de una perforación accidental del casco, se pudiera evitar que éste reventara agravándose los daños. Claro está que esto sólo puede ocurrir dentro de ciertos márgenes, porque si la presión exterior es demasiado baja, lo único que se conseguiría sería matar a todos los pasajeros. Por eso...

—Disculpa un momento, Luiggi —le interrumpió M'Babane al comprobar que su asistente había llegado—. Ahmed, yo quiero una copa de Cardenal Mendoza, y los amigos lo que prefieran... Bien, pues Cardenal Mendoza para los tres; trae tres copas y déjanos la botella.

—Le decía que el Alcaudón tenía un sistema de descompresión automática —explicó el italiano una vez que el asistente hubo desaparecido— regulado por unos sensores que impiden que éste se ponga en funcionamiento si la presión exterior está por debajo de ciertos límites, como ocurriría, por ejemplo, con la atmósfera marciana; pero este mecanismo se estropeó hace tiempo y, como tampoco era tan necesario, de hecho las astronaves modernas ya no lo tienen, y además la reparación hubiera sido muy cara, optamos por desconectar todo el sistema de seguridad para no correr riesgos innecesarios.

Tras una nueva pausa producida por la llegada de las bebidas, Salazar tomó el relevo de su compañero.

—Ya puede usted imaginarse lo que hizo Luiggi; conectó el circuito defectuoso sin que Godbrother se apercibiera de ello...

—Pero con eso no bastaba, hubiera sido necesario además que se produjera una fuga de aire en el casco... —objetó M'Babane— demasiada casualidad.

—Claro. Por esta razón manipuló también el sensor de forma que, pasado cierto tiempo, éste se cortocircuitara provocando una caída de presión en la nave hasta que ésta se igualara con la de la atmósfera marciana... Mortal de necesidad. El resto es fácil de imaginar.

—Cayeron como pajaritos —comentó para sí el policía—. Pero decidme, hay dos cosas que no acabo de comprender todavía. ¿Cómo lograsteis evitar que ocurriera lo mismo en los camarotes? ¿Cómo volvió la presión a sus valores normales?

—Ventajas de tener un cacharro que se cae a trozos de puro viejo —sonrió da Vico—. Por fortuna para nosotros, los camarotes forman un sistema estanco diferente del resto de la nave; ya sabe, esto se hacía para evitar molestias a los pasajeros en caso de que hubiera que modificar temporalmente la presión de la cabina o la bodega, algo que en su día sucedía bastante a menudo... eso nos libró, a nosotros y a Buenaventura, de correr la misma suerte que nuestros captores.

—En cuanto a lo segundo...

—Fue algo automático. Todos los sistemas de seguridad son redundantes, y cuando pasado cierto tiempo los circuitos interpretaron lo ocurrido como una falsa alarma, devolvieron a la presión sus valores normales.

—Jugaste una espléndida carambola —comentó el policía con admiración.

—No nos quedaba otra opción. Por fortuna, todo salió bien. Lo más difícil fue, sin duda, calcular correctamente el tiempo.

—Y fuiste además oportuno; un retraso de segundos habría bastado para que se estrellaran contra la torre.

—Sí, le anduvo cerca. Y ahora, si no le importa —añadió apurando su copa—, a Miguel y a mí nos gustaría retirarnos, estamos realmente agotados.

—Por supuesto, podéis iros... ya os ingresaremos el dinero en el banco, es más discreto que andar con cheques. Eso sí, os ruego que estéis disponibles para las diligencias judiciales; es un puro trámite, no tenéis que preocuparos, pero no dejan de ser una molestia. Adiós, amigos —concluyó, estrechándoles la mano.

Nada más salir a la calle los astronautas se dieron de boca con un grupo de Hare Khrisnas que desfilaban por la amplia avenida arropados por su parafernalia habitual. Cuando uno de ellos intentó inocentemente dar un folleto a Salazar, da Vico tuvo que llevarse a rastras a su compañero para evitar que éste la emprendiera a puñetazos con el pacífico individuo.