Y VI UN CIELO SIN ESTRELLAS
Fabián Álvarez López
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Corre el año 2440, y los seres humanos seguimos haciéndonos daño unos a otros; a veces con la excusa de la pasión o de la ambición; a menudo, con la excusa de la ley. El siglo XXV se acerca a su punto medio, y si uno tiene interés por tales cosas, aún puede encontrar, en los mundos que nacieron del Éxodo, muchos infiernos.

En la Confederación de Weissman, en el planeta Santuario, los criminales sexuales son sentenciados a trabajos forzados en los pozos de sal. Tan sólo se les da un sudario al año, y una taza de agua salobre y un mendrugo de pan al día. Realizan turnos de 12 horas, trabajando incansablemente bajo el sol; la sal se les mete en las llagas, y en ocasiones, las temperaturas son tan altas que el sudor les cristaliza sobre la piel, produciéndoles terribles dolorosas úlceras. Cuando mueren, sus cuerpos son dejados a la intemperie, hasta que el viento pela sus huesos. Un infierno.

Sin salir de la Confederación, en el planeta Tyrone, las mujeres son consideradas posesiones, y no tienen ningún derecho. Los hombres de Tyrone las utilizan como moneda de cambio, como mano de obra, incluso como bestias de carga. A las que son genéticamente aptas se las encierra, se las ceba y se las mima. Se les extraen los óvulos mes tras mes; y en todo, salvo en la forma, se las convierte en obesas e indefensas mascotas, incapaces de valerse por sí mismas. Otro infierno.

Ya dentro de nuestra II República, uno de los mundos más ricos del Borde Exterior, Benefactor, está gobernado por los descendientes de una secta que culpaba a la visión de todos los males del mundo. Los benefactitas practican la selección genética, cultivando cuidadosamente varias líneas familiares que producen ceguera hereditaria. En Benefactor, un niño que nazca con el sentido de la vista está condenado a una vida de servidumbre, ignorancia, desprecio, pobreza y miseria. Un infierno más.

También dentro de nuestra República, en las cuevas subterráneas del planeta Miseria, iluminado por la luz roja y mortecina de una estrella moribunda, se encuentra la prisión llamada el Yunque de Lucifer. Quizá llamar a ese lugar prisión sea un error, pues en otras prisiones hay esperanza -por mínima que sea- de redención, y con la redención, de libertad. Pero la única esperanza que les queda a los que son llevados al Yunque es la de morir cuanto antes, y muchas veces, incluso esa magra esperanza les es negada. El Yunque es una abominación, un pozo sin fondo en el que las víctimas odian a los verdugos y tan sólo pueden aspirar a morir, o a llegar a ser como ellos.

Miseria es un planeta espantoso; volcánico y de atmósfera sulfurosa. La Antigua República instaló allí unas minas de azufre, que fueron desmanteladas cuando se demostró su inviabilidad económica; las cuevas quedaron vacías durante décadas. Finalmente, hace 90 años, la Iglesia Inmaculada, el cuerpo legislativo teocrático que gobierna el sistema Edén, compró las antiguas instalaciones mineras.

Los eclesiásticos edenitas ordenaron la construcción de una prisión bajo la corteza volcánica de Miseria, y la llamaron 'El Crisol de la Ira del Padre'. Su propósito: hacer sufrir a los pecadores en este mundo los castigos que les esperan en el otro. A uno de los administradores que supervisaban la construcción de la prisión se le ocurrió el nombre 'El Yunque de Lucifer'. Y ése es el que ha sobrevivido; nadie utiliza el nombre original, y es dudoso que alguien lo recuerde.

La construcción se llevó a cabo en un tiempo récord; tan sólo 2 años fueron necesarios para terminar el ensamblaje de aquel lugar de terrible nombre y opresiva aura. Pronto empezaron a llegar los prisioneros, traídos desde los penales de Edén. Los que demostraron ser más inhumanos, crueles y sádicos fueron ascendidos al rango de torturadores; como saben los eclesiásticos de la Iglesia Inmaculada, 'si quieres destruir a un grupo de personas a las que oprimes, tan sólo tienes que elevar a uno de ellos por encima del resto, y darle poder para hacer el mal. Si alguien se niega a pisotear a sus antiguos compañeros, devuélvelo a su posición anterior, humillado y con el espíritu roto. Si es en verdad un altruista rebelde, de esos que aún siendo escasos aparecen de cuando en cuando, mátalo.' (del Libro de notas del Archiprelado Domingo de Castro, Edén, año 2350)

Miseria fue durante décadas un pozo en el que los obispos de Edén arrojaban a los miembros 'podridos' de su sociedad. Hace 20 años, sin embargo, hubo una disputa fronteriza entre Edén y Nueva Anatolia, un cercano planeta perteneciente a la Confederación de Weissman. Hubo un par de batallas espaciales entre ambas flotas, pero finalmente los políticos se impusieron a los militares; se firmó un tratado, y se reajustaron las fronteras. Miseria quedó dentro de las fronteras de la Confederación, bajo la jurisdicción de Nueva Anatolia, mientras que -a cambio- Edén recibió porciones sustanciales de los territorios fronterizos neoanatolios. Así, muchos pensamos que Miseria sería evacuado, y que ése lugar, vergüenza de la República, desaparecería. No fue así: los edenitas se habían guardado un as en la manga. Apelaron a la doctrina de libertad religiosa de la República; ofreciendo un trato ventajoso a las exportaciones de cuero y ganado de Nueva Anatolia, obtuvieron del gobierno neoanatolio un segundo tratado en el que se les reconocía la jurisdicción sobre las 'instalaciones penitenciarias conocidas como el Yunque de Lucifer, situadas bajo la corteza del planeta Miseria'.

El mapa jurisdiccional del espacio de Miseria es una pesadilla burocrática; la flota de Nueva Anatolia controla el sistema, salvo una serie de pasillos muy concretos reservados a las naves prisión de Edén. A veces hay errores en los mapas, o un controlador aeroespacial se duerme, y entonces una barcaza de ganado es derribada y se estrella en Miseria, o una nave llena de 'pecadores' entra en el sistema neoanatolio, y aterriza en un espaciopuerto antes de que nadie se dé cuenta del problema.

Tomado de ¿Aún se tortura en nuestra República?
Profesor Arturo Santos
laneta Terranova, 2440.

* * *

Querido amigo, a quién nunca volveré a ver:

Ha caído sobre mi nombre la vergüenza y el oprobio; no hubo compasión, tampoco la esperaba de un tribunal edenita. Me señalaron con el dedo, y recitaron mis pecados para que todo el mundo los conociera: tú sabes cuáles son, no hace falta confesárselos al papel. Y ahora, tienes un motivo para decirme que estoy loco. He sido condenado a pasar el resto de mis días en ese lugar que temo nombrar; para atormentarme, los sacerdotes han enviado a Laorie al destierro en el desierto, donde morirá sola, lejos de mí. Yo también moriré sólo, en los pozos de tormento. ¿Y por qué tienes un motivo para d... d... (perdóname, te escribo con sangre porque no me dan tinta...) decir que estoy loco? Porque me ofrecieron una copa de veneno, me ofrecieron el suicidio, y lo rechacé. Y por negarme a darme muerte, me enviarán al infierno en vida...

Siempre tuyo:
Sebastián de Castro
12-10-2444. Escrito esperando el traslado.

Estrujé la carta entre los dedos, tras releerla por enésima vez, y la lancé al incinerador de documentos. Me recliné en la butaca... luego me tomé un buen vaso de algo fuerte, con bastante alcohol, y me froté las sienes...

* * *

Eso fue hace 2 meses. Entonces no tenía la barba cerdosa que tengo ahora; entre otras cosas, entonces estaba viviendo en un cómodo apartamento en Edén, y ahora, me pudro en una celda en el planeta Miseria, en el infierno para los vivos llamado El Yunque de Lucifer o simplemente, El Yunque. La celda mide tres metros cuadrados; tiene el suelo de rejilla, bajo el cual corre un agua hedionda en la que flotan las heces y los orines de todos los presos de este módulo. Hay una puerta con barrotes que siempre está abierta, y que a veces chirría. En el Yunque no hay cerraduras ni cadenas, por lo menos no a la vista. Como muchas cosas en el mundo, las cadenas de esta prisión están ocultas; ocultas tras capas de mentiras, de mugre, de sangre, de piojos aplastados entre los dedos, de traición, soberbia y malevolencia.

Recuerdo que cuando bajé de la aeronave que me había llevado a Edén, y contemplé los campos de trigo que se extendían hasta el horizonte bajo un cielo azul, pensé: Esto es el Paraíso terrenal que ofrece su religión. ¿Por qué todo el mundo, entonces, parece tan triste? Me costó descubrirlo, pero... el enigma de Edén es como uno de esos artefactos de siglos atrás, uno de esos cuadros llenos de puntos y rayas. Si los mirabas mucho tiempo, se supone que veías un barco; si nunca eras capaz de verlo, era inútil que te lo señalaran; una vez que lo habías visto, era imposible volver a mirar aquella imagen sin ver al barco. Cuando por fin me di cuenta de lo que pasaba en Edén, se me hizo imposible no ver pistas en todas partes, y pensé que era imbécil por haber tardado tanto tiempo en comprenderlo.

La religión edenita desciende de una de las grandes religiones de la antigua Tierra, antes del Éxodo; el judaicismo, creo que se llamaba. Al parecer, había surgido en algún lugar del planeta entre un pueblo de pastores, y postulaba la existencia de un único, solo, omnipotente, omnipresente Dios. Para los edenitas, ese Dios habla a través del archiprelado, los arzobispos y los demás clérigos de la Iglesia Inmaculada. El libro en el que se recoge su doctrina, 'Novus', está en todas partes en Edén; había al menos un ejemplar en cada casa; en la calle, la gente lo lleva bajo el brazo. Sus versículos están inscritos en todas las paredes y en la capital de Edén, Nova Spes, todo te hace pensar en el Novus. Desde las proporciones de los edificios hasta los grabados en los muros. Porque, como está escrito en el Novus: En el principio era el cosmos, y el cosmos era Dios, y Dios estaba en todas partes.

Nunca he sido religioso, y ahora que estoy en este infierno, lo soy menos que nunca. Me trasladaron a Edén desde mi planeta natal, Terranova, para trabajar en nuestras oficinas (soy, o era, economista) El banco para el que yo trabajaba, el Banco Interplanetario, es quizá el segundo o el tercero más grande de la República. Aunque en un principio el traslado iba a ser temporal, se convirtió en definitivo. Yo hablo edenio, lo he hablado desde pequeño; mi madre era edenita. Cuando el director de personal lo descubrió, me asignó a un puesto de mayor responsabilidad, y me aumentaron el sueldo. Al principio me alegré, y me sentí importante; pronto descubrí que lo habían hecho porque nadie quería (ni quiere) ser destinado a trabajar en Edén.

Yo no lo entendía; el planeta es seco y caluroso, pero la región central está surcada por grandes y caudalosos ríos que proporcionan abundantes cosechas. El cielo es de un hermoso azul, y hay muy pocas nubes; el planeta tiene un campo magnético poderoso, y por la noche suelen verse hermosas auroras. Edén es un mundo rico, próspero, y bendecido por la naturaleza.

También es un mundo jerárquico, gobernado por una Iglesia Inmaculada opresiva y tiránica. Es un mundo en el que todos tienen lo necesario para vivir, pero en el que la moral es un asunto público, y no privado. Es un mundo en el que el concepto 'pecado' y el concepto 'delito' son indistinguibles. Para los teóricos edenitas, la naturaleza humana es frágil, y todos estamos condenados al infierno desde nuestro nacimiento. Debemos pagar durante toda la eternidad el error que cometieron los primeros seres humanos al rechazar a Dios. Sólo el Santo Padre, el Dios creador infinito, puede redimirnos; y el signo de que está contento contigo es que tu vida es próspera. Por eso en Edén todos son ricos; pero sólo los clérigos son libres.

Al poco de instalarme en Edén, conocí a una pareja: Sebastián de Castro y su esposa, Laorie. Ella era edenita, perteneciente a una respetable familia que había dado muchos de sus hijos a la Iglesia Inmaculada; él, Sebastián, era de Terranova, como yo. Se habían conocido en una fiesta de recepción ofrecida por la embajada edenita en la capital de la República, un acontecimiento al que acudieron muchos estudiantes de los últimos cursos de la Universidad de Terranova. Sebastián, un brillante estudiante de cirugía, se convirtió en un objetivo para los agentes del archiprelado. Creo que le deslumbraron hablándole de las capacidades e instalaciones del Sacro Hospital de Nova Spes; y cuando ya habían captado su interés, le presentaron a Laorie.

* * *

Si has sido asignado al Crisol de la Ira del Padre, que tu alma se regocije.

Si has sido nombrado Martillo del Padre, que tu alma se regocije.

Porque tus días serán cortos en este mundo, pero tu recompensa muy grande allá en el Jardín del Padre, donde no hay pena ni dolor alguno.

Porque tú eres digno, y tú has sido elevado por encima de los pecadores; por ello, que tu alma se regocije.

Porque no hay más dios que el Padre, y sólo él es justo, omnipotente y omnipresente.

Amén.

[...]

Artículo 12: De los Réprobos.

12.1 Son Réprobos todos aquellos residentes del Crisol que no pertenecen al cuerpo de Martillos ni al de Torturadores, ni a ninguna de sus ramas o divisiones.

12.1.1 Todos los réprobos han sido juzgados, encontrados culpables y condenados por los tribunales de Edén, bajo la responsabilidad de la Iglesia Inmaculada, sea santa y bendita por los siglos de los siglos.

12.1.2 Siendo la Iglesia Inmaculada la mano derecha del Pantocrátor, y la representación visible de su autoridad, todos los designios de la Iglesia Inmaculada provienen, a través de la figura del Archiprelado, del Pantocrátor mismo. Así, los Réprobos han sido encontrados culpables por el Pantocrátor, y tras su muerte en el Crisol se enfrentarán al fuego eterno e inextinguible del Infierno.

12.2 Los Réprobos tuvieron ocasión de arrepentirse, y no lo hicieron; tuvieron ocasión de enmendar su conducta, y no lo hicieron. Por tanto, puesto que pudiendo arrepentirse no se arrepintieron, y pudiendo enmendarse no se enmendaron, el Pantocrátor y la Iglesia Inmaculada los declaran anatema.

12.2.1 Siendo anatema, los Réprobos no recibirán más alimento que el mínimo indispensable para prolongar su vida, ni más agua que la necesaria para prolongar su vida, ni más cuidados médicos que los mínimos para prolongar su vida, y, en general, no recibirán nada más que lo mínimo indispensable para seguir viviendo.

12.2.2 Será anatema quien haga a un Réprobo objeto de las virtudes cardinales; será por tanto anatema quien consuele, acoja o alimente a un Réprobo; quien le conforte en su dolor y, en fin, cualquiera que trate a un anatema con la consideración con la que trataría a cualquier siervo del Pantocrátor.

12.2.2.1 Pues el Réprobo ha despreciado al Padre, y le ha vuelto la espalda. Por tanto, es justo que sea expulsado de la Creación, y se le trate como a un demonio rabioso, cuya mera cercanía puede traernos la ruina.

12.2.3 El destino de los Réprobos es, por tanto, sufrir incesantemente durante su estancia en el Crisol, y sufrir eternamente tras la muerte.

[...]

Tomado de Martillos de la Fe
Varios autores
Planeta Edén, 2420

* * *

Cuando pensaba en Laorie, a menudo me ponía furioso. Hace sólo 2 meses que estoy aquí, y ahora cuando pienso en ella tengo ganas de llorar. Pero no puedo; no puedo llorar en este aire que hiede a azufre, no puedo llorar delante de los Martillos, no puedo derramar lágrimas ante los Torturadores. No quiero morir, todavía no.

Ella y Sebastián, como digo, se conocieron en una fiesta. Se cayeron bien desde el principio, y pronto empezaron a verse con frecuencia. Sebastián fue invitado a casa de los padres de ella, y les pareció interesante; él envió una holografía de los dos a sus padres, allá en Terranova, y su madre escribió en una postal: Me gusta esa chica. Cásate con ella. Sebastián se convirtió al inmaculismo, y aceptó al Pantocrátor como su Creador y Salvador. El padre de Laorie movió algunos hilos, y la ceremonia de conversión de mi amigo fue celebrada por el Obispo de Bienaventuranza, la ciudad costera en la que iban a instalarse.

A los seis meses de la ceremonia, Laorie y Sebastián se casaron, y se fueron a vivir a aquella ciudad, pequeña, pero cosmopolita y pulcra. Allí, la familia de Laorie tiene grandes posesiones; el regalo de boda del padre de la novia fue una hermosa, discreta y agradable casa situada cerca de una pequeña playa. Está a veinte minutos de la ciudad, y Sebastián se compró, con sus ahorros, un aerodeslizador, rápido y eficiente, de forma que el ir del trabajo a casa se convirtió para él en un placer.

Aunque yo seguía viviendo en Nova Spes, iba a menudo a casa de Sebastián y Laorie para hablar con ellos; solía ir durante los fines de semana. Tomaba el avión al mediodía del viernes, al terminar mi jornada laboral, y me quedaba en Bienaventuranza hasta el sábado por la noche, pues en Edén, los transportes públicos no funcionan los domingos. Bienaventuranza y Nova Spes están tan sólo a tres horas de viaje en aerodeslizador, así que algunos fines de semana Sebastián cogía su vehículo y me llevaba de vuelta a casa. Esos días, me quedaba con ellos hasta el domingo a la hora de comer. Esas ocasiones eran raras, sin embargo, porque el domingo es un día de estricto descanso para los creyentes de la Iglesia Inmaculada, un día que debe ser dedicado por entero al Pantocrátor. Pero yo disfrutaba de tales días, y además, yo no era inmaculita.

Un día, el director de nuestra sucursal en Nova Spes me mandó llamar; sin perder tiempo, fue directo al grano, y me dijo que se nos había visto a mí, y a un amigo mío, circulando en un vehículo en domingo. Yo dije que así era, y que al fin y al cabo, yo no era inmaculita, y no tenía porque cumplir los preceptos de la religión Inmaculada. El director asintió con gravedad, y dijo: Ahí es donde reside el problema. Me planteó la situación con claridad y sencillez; había presión sobre el Banco Interplanetario para que no se contratara a empleados que no fueran inmaculitas.

En cualquier otro planeta que yo conozca, eso no hubiera resultado un problema, pero en Edén... hacerse miembro de la Iglesia Inmaculada implica automáticamente aceptar la nacionalidad edenia (en verdad, los inmaculitas consideran que todos los edenios que viven en otros planetas y han abandonado la religión Inmaculada son anatema; mi madre lo había sido hasta su muerte) Yo inmediatamente pregunté cuáles podrían ser las consecuencias, y como en todo, el director fue claro: negarme a aceptar la conversión supondría mi traslado inmediato a otro planeta. Convertirme, sin embargo... no sólo me permitiría quedarme en Edén, sino que además, me haría merecedor de una bonificación especial. Entonces, el director del banco me dejó ver la cruz inmaculada que llevaba al cuello, y puso un cheque sobre la mesa, y un formulario de solicitud de conversión.

A mi no me importaba, ni me había importado jamás una mierda el Pantocrátor; y, sin embargo, contemplé con asombro el número de ceros del cheque, y entonces rellené los datos de la solicitud de conversión, y la firmé. El director respondió a mi sonrisa estúpida con una sonrisa satisfecha, cogió el formulario, y lo guardó detrás de sí, en una carpeta. Luego, me dio la mano, me felicitó por haber tomado la opción correcta, y me pidió que volviera a mi trabajo. Así lo hice.

Me busco en los bolsillos del mono una barrita de nicotina, pero no encuentro ninguna; carraspeo y escupo, y mi flema cae en el agua sucia que corre bajo las celdas, y se pierde por el desagüe, entre orines y heces. La puerta de mi celda, que siempre está entornada, y chirría de cuando en cuando, se abre de golpe, y entran un Martillo de la Fe y un Torturador. Los Martillos son jóvenes miembros del Ejército de Edén, sus túnicas blancas bordadas en fibra de vidrio pronto pierden su bello color en esta atmósfera purulenta y repugnante. Los Torturadores siguen siendo prisioneros, pero han sido alzados por encima de los otros reclusos; nos odian, y nosotros les odiamos. En este lugar, el infierno está dentro y fuera de uno mismo, al mismo tiempo.

Me piden que me levante, y lo hago con desgana, pero sin rezongar. A los Martillos les gusta abusar de nosotros, y aprovechan cualquier oportunidad para golpearnos. A veces son peores que los Torturadores... no, nada podría ser peor que los Torturadores. El que se ocupa de mí no tiene ningún nombre concreto; viste una túnica marrón con bordes rojizos, manchada de sangre, pus y barro verdoso; sus manos son largas y de apariencia frágil, pero sus huesos son fuertes. Su voz es melosa, pero sus palabras son crueles: mientras caminamos por los pasillos hacia una de las celdas de tortura, me habla del cielo de Edén, y de cómo echa de menos a su esposa, a su hija, y los ríos que nunca ninguno de los dos volverá a ver. Y entonces, justo antes de llegar a la sala de tormento, le arrojan algo a la cara; él lo coge, y lo examina sin interés (lleva una máscara hecha de piel humana, y sus ojos, verdosos, están ahora fijos en la tira de carne sanguinolenta que tiene entre los dedos) Luego se encoge de hombros, y lo deja caer al suelo; una enorme rata aparece de ninguna parte, y desaparece con la misma celeridad. El Martillo entra en la celda del infractor, y lo muele a palos, metódicamente mientras el Torturador y yo esperamos en el pasillo.

El silencio y los gritos se mezclan en este lugar, este horrible lugar, en este mundo al que no llega la luz del Empíreo, el paraíso del Pantocrátor. No tengo duda de que el Pantocrátor existe, pues sólo una entidad omnisciente podría inspirar a la imaginación humana un lugar como éste, donde todo está pensado para prolongar el sufrimiento, sin incrementarlo ni reducirlo nunca. Donde los Torturadores estudian anatomía para saber donde se puede provocar mas dolor causando menos daño, y psicología para saber que cosas decir en el momento más apropiado, de forma que la herida mental esté siempre abierta, y no cierre nunca.

Nada puede ser peor que este lugar, este lugar donde, a nuestro alrededor, tras los barrotes y las puertas abiertas, sólo hay celdas; este lugar donde los Torturadores y los Martillos recorren en parejas la prisión, en silencio. Y bajo nuestros pies, el canal fluye hacia los desagües, y las heces y la orina caen en la lava, donde se vaporizan.

* * *

Figura decimoquinta: El almendro eleva sus ramas al cielo

Esta figura debe realizarse tan sólo en aquellos que sean jóvenes y fuertes, pues el almendro es un árbol cruel que clava sus raíces con ira en la tierra, sin importarle cual sea el coste que haya de sufrir su huésped, y así es que muchos que han asumido su carga han muerto a los pocos días, quebrantando así al almendro y anulando la belleza de sus ramas y brotes. Para la elaboración de esta figura, se tomará con delicadeza una vara de mimbre larga y flexible, y se procederá a hervirla durante tres o cuatro horas en agua salada, en una proporción del 15%. Después, se tomará al lienzo en que vayamos a trabajar, asegurándonos de que haya sido lavado y preparado con meticulosidad.

Se procederá entonces a realizar una serie de golpes largos y lentos sobre el lienzo, procurando que queden marcas bien definidas y rojas, pero evitando en todo momento rasgar la superficie. Si así ocurriera, por torpeza o debilidad del material, se interrumpirá inmediatamente la sesión, y no se volverá a trabajar con ese lienzo hasta que las rasgaduras hayan curado. El almendro no debe dar sus flores hasta el último momento, y cualquier mancha carmesí desmejora gravemente el efecto final.

Aunque cada uno es libre de dar a su almendro la forma que uno quiera, yo me inclino por seguir los pasos definidos por Raúl Adrián Marcus en su Tratado de Dermatografía, obra que ya he citado anteriormente en este mi humilde catálogo de figuras dermatográficas. Siguiendo al maestro Marcus, pues, trazaremos dos líneas verticales curvadas grácilmente sea a la izquierda, sea a la derecha, y después de detenernos para comprobar el efecto, limpiaremos el lienzo de todo rastro de sudor, y comenzaremos a trabajar en las ramas. Para ello, realizaremos golpes más rápidos y vivos, acelerando nuestro trabajando según nos vayamos aproximando a los brotes, y disminuyendo el ritmo si nos encontramos en las gruesas ramas principales.

Así daremos forma entonces a las ramas del almendro, y procederemos al punto a interrumpir la sesión brevemente, y haremos lavar el lienzo primero con agua salada, y luego con aceite aromático, de aloe o de almendras. Una vez haya transcurrido un tiempo prudencial, empezaremos a trabajar en las flores. Para ello, sustituiremos la varilla de mimbre por una maroma con hijos, a ser posible con piedrecillas ensartadas entre sus fibras, y la maroma golpearemos y azotaremos repetidamente la superficie del lienzo, cuidándonos mucho de no ser perforarla. De nuevo, si así ocurriera, interrumpiremos la sesión. El propósito de estos golpes suaves pero firmes y continuos es el de romper y quebrar los vasos superficiales del lienzo, provocando así que la sangre se acumule en forma de glóbulos, que intentaremos crear de forma estética, y adecuadamente distribuidos por las ramas trazadas con el mimbre. Procedemos entonces a efectuar pequeñas incisiones, punzantes y delicadas, provocando así que la savia del almendro brote a la superficie en forma de pequeños ramilletes de flores rosadas.

De Lienzos humanos: manual básico de dermatografía
Nicholas Beauxmains
Planeta Benefactor, 2230.

* * *

El torturador me devuelve a mi celda, después de haber trazado en mi espalda la figura XV del libro de Nicholas Beauxmains, maldita sea la que le trajo al mundo y maldito sea el muy bastardo. A los torturadores les gusta ese libro prohibido, y del que yo tuve noticia por primera vez aquí, en esta prisión. Lo de que está prohibido me lo confirmó un compañero de pasillo, que había sido bibliotecario en Edén; incluso pude leer unas pocas páginas, que un torturador arrojó al suelo después de haberlas usado como envoltorio para transportar su almuerzo. Hasta que llegué aquí, pensaba que era un hombre fuerte de ánimo; juro que lo que leí en aquellos fragmentos de papel me hizo vomitar.

Llevo aquí dos meses, y aún no he encontrado a Sebastián. A veces pienso en lo que será de mí si no lo encuentro; en ocasiones, cuando vago por el patio sin saber que hacer, mirando este cielo sin estrellas que cubre nuestras cabezas, me preguntó que ocurrirá cuando al fin le encuentre, y que es lo que le voy a decir. Me preguntará porque estoy aquí, y yo le diré...

Cuando recibí la carta, la carta de Sebastián en que me contaba que le habían condenado a cadena perpetua en el Yunque de Lucifer, recuerdo que sentí una rabia fría en todo el cuerpo, subiéndome desde los dedos de los pies hasta la cabeza, y bajando después por mi columna vertebral, erizándome el vello de la espalda. La leí varias veces, y luego la estrujé entre mis dedos; me tomé algo fuerte, no estoy seguro de qué era... cerveza con miel, tal vez, o vino especiado de Edén. Luego salí a la calle, y contemplé las estatuas de los santos edenitas que se acumulan en la fachada de la iglesia que hay ante mi casa, allí en Nova Spes, y seguí con la mirada sus contornos, deteniéndome en sus facciones, ora suaves y delicadas, ora terribles y rígidas.

Los edenitas afirman que su religión tiene muchos santos; ¿quién, habiendo vivido en Edén, podría dudar de tal cosa? Y presidiendo sobre todos ellos, vestido de luz y fuego, orlado de poder y majestad, severo y paternal, se encuentra el Pantocrátor, más allá del punto mas alto al que pueden ascender los hombres. En la iglesia que yo veía todas las mañanas al levantarme y asomarme al balcón, el adusto Dios Padre de la religión de Edén se encuentra tallado en mármol blanco en la sección superior de la fachada, y sus manos se alzan de la piedra para abrirse con las palmas hacia abajo, extendidas sobre la calle. A su sombra están de pie, sonrientes y distantes, dos Guardianes de la Paz. Éstos son jóvenes de buena familia, a los que sus padres envían a servir durante dos años a la Iglesia Inmaculada; no llevan otra arma que no sea un bastón aturdidor, y sus ligeros petos de cerámica dejan a la vista las livianas túnicas que son todo su uniforme.

Con el sabor del vino en mi lengua, caminé hacia ellos tras haber arrojado a la papelera la carta. Les saludé con una inclinación de cabeza, y entré en el templo. Pasé de largo ante las vidrieras que glorificaban las hazañas de San Juan de Terranova, a quien está dedicada la iglesia, y que nunca habían llamado mi atención mas que de forma pasajera. Tomé las escaleras que ascendían las torres, y me crucé con varios sacerdotes, que me sonrieron o me ignoraron, cada uno según su ánimo y disposición. Atravesé la tercera planta, y salí a la balconada; desde allí se pueden ver las ventanas de mi casa en Nova Spes, si uno sabe como buscar. Recuerdo que miré hacia arriba, y contemplé la barba de la grandiosa estatua, que un artista anónimo había tallado en aquel mármol reluciente, y admiré como se curvaban las manos sobre la calle; y entonces miré hacia abajo, y vi a los Guardianes de la Paz.

Me acerqué a la balaustrada, y oriné sobre ellos.

* * *

Llanto por Edén

¡Ay! Ay de ti, Edén el bendito, pues atesoras tus dones

y matas a los tuyos, arrojándolos al infierno en vida;
no habrá piedad para ti cuando llegue el final,
el lamento con que acabará todo; y llorarán tus hijos,
y buscarán en balde la luz, y la luz huirá de ellos;
y tus obispos y sacerdotes dirán: ¿qué hemos hecho?
Y nadie les responderá por vergüenza,
pues grande es el mal que en ti vive
-ay cruenta crueldad, de piedad vestida;
y eres como una perla en una corona de espinas;
no la adornas, la haces más pesada.

Cantos religiosos de nuestro siglo
Terranova, Ediciones República, 2426

* * *

Con ser terrible el dolor que siento ahora en mi espalda, es pequeño comparado con lo que me hicieron pasar cuando me arrestaron. Me llevaron inmediatamente a las mazmorras de la iglesia, en el mismo edificio en el que había cometido mi terrible ofensa, y me arrojaron a un pozo oscuro y estrecho, en el que a duras penas podía estar de pie. Allí estuve tres días con sus noches, sin recibir ni agua ni comida. Me llevaron a rastras a un tribunal eclesiástico, y no hablaré de las cosas que ocurrieron allí. Como ya he dicho, eso fue hace 2 meses.

Al final del pasillo en que se encuentra esta celda, hay un corredor poco frecuentado que lleva a unas habitaciones vacías y polvorientas, en las que apenas se puede percibir un ligero olor a carne quemada. Al final de esas habitaciones, hay un ventanal desde el que se puede ver el interior del planeta Miseria; las cuevas que encierran en su seno a este lugar, el Yunque de Lucifer. He subido hasta allí, y ahora estoy contemplando la lejana lava, cuyo fulgor tiñe de rojo las cavernas, y veo como las nubes de azufre brillan, amarillas y tóxicas. Oigo pasos a mi espalda, y me giro, pues temo recibir un latigazo en la figura XV de Nicholas, el almendro tallado en mi piel. Es un torturador al que no he visto nunca; aunque todos ellos parecen iguales, es vital saber distinguirlos por los pequeños detalles que los diferencian: el número de desgarrones en la túnica, su porte, su forma de andar, o las diversas máscaras con las que se cubren el rostro.

El rostro de éste está oculto por varias tiras de cuero atadas en torno al cráneo, y unas gruesas gafas de cristales verde oliva le cubren los ojos. Ni un solo centímetro de su piel queda al descubierto; las tiras de cuero se entrecruzan, y se van sumergiendo bajo piezas mas anchas del mismo material, que parecen unidas entre sí con remaches cubiertos de óxido.

Ahora, el torturador se lleva una de las manos al cinturón, y coge un largo látigo de varias colas, formado por cuerdas bañadas en agua y sal; en las cuerdas hay pequeños nudos a intervalos. Camina hacia mí, pero se mantiene a distancia, a unos diez o doce metros de mí. Y cuando se levanta las gafas, corro hacia él para abrazarle. Me rechaza de un golpe de látigo, y caigo al suelo. Empieza a darme patadas, en los hombros y en las costillas; yo sollozo, mientras me cubro el rostro con las manos, y grito, grito, grito.

Pero nadie me responde; ya no puedo contar las patadas que Sebastián, Sebastián mi amigo, Sebastián el preso, Sebastián el torturador (hombre-amigo-torturador) me ha dado, y nadie ha entrado en la habitación. Y me ayuda, me obliga a levantarme, y me lanza contra las ventanas de la habitación. Y a través de la sangre que me cae sobre los ojos puedo ver que su piel está marchita y quemada, y que sus dientes están sucios y cubiertos de sarro.

Me levanto y me zafo de sus manos.

Como gritamos, giramos, aullamos el uno contra el otro, en este cuarto vacío, bajo las nubes de azufre, sí, sí, gritamos-giramos-aullamos, como lobos bailarines, como los condenados al Infierno del Pantocrátor, sí, sí, giramos y aullamos mientras la sangre brota de mis heridas, mientras mi puño le parte el labio superior, y el cuero negro se empapa de sudor. Bailamos, sí, sí bailamos, llorando, cubiertos de sudor, bajo este cielo sin estrellas, en este mundo en que Satanás es carcelero y pastor al mismo tiempo, y habla desde los púlpitos.

Bajo nuestros pies, las rejillas están secas, pero en toda la prisión, las heces y la orina fluyen hacia la lava, donde se desvanecen, como mi sudor, como mi sangre.

* * *

El clérigo edenita frunció el ceño, y echó un vistazo de reojo al torturador que tenía delante mientras leía con concentración el informe. Al parecer, había habido un incidente; uno de los réprobos había atacado a uno de los Torturadores, sin duda guiado por un impulso satánico. Habían luchado y, finalmente, el réprobo había muerto. Llevado por un acceso de terror, el torturador había desenvainado su cuchillo, y se lo había clavado al réprobo en las costillas. Luego, a pesar de que había corrido a informar a sus superiores, había sido imposible salvar la vida del preso, a pesar de los esfuerzos de los médicos penales. Aunque estos incidentes no eran excepcionales, había algo en este caso en concreto que lo hacía digno del interés de la Oficina del Archiprelado para la Gestión del Crisol de la Ira del Padre: el torturador y el réprobo muerto se habían conocido antes de su entrada en el presidio.

Sin embargo, los informes de los Torturadores Superiores eran claros; este Torturador en concreto era digno de confianza, y en ningún momento desde su llegada a la prisión había cometido ninguna falta. Era cruel, metódico en sus obligaciones, y nunca se le había sorprendido hablando con los prisioneros de forma contraria al espíritu o la letra marcados en Martillos de la Fe.

Aún así, el padre Álvaro Sánchez Cristófero dudaba. Había algo, había algo en su interior que le decía que allí se había cometido un asesinato. Y que el móvil del asesinato había sido la herejía, es decir, la creencia de que matando al cuerpo se aceleraría la llegada del juicio del Pantocrátor (y ahí estaba la herejía) quizá con la creencia de que la sentencia sería diferente a la emitida por la corte de Edén en nombre del Archiprelado. Cerró la carpeta, miró directamente al torturador a los ojos, y dijo:

—¿Mataste a ese réprobo en la creencia de que el Pantocrátor perdonaría sus pecados y le enviaría al Empíreo?

—No, padre. No le maté por voluntad propia.

Y el padre Álvaro Sánchez supo que el torturador mentía, pero lo mantuvo en su puesto.

© Fabián Álvarez López 2001 (6.049 palabras) Créditos
Publicado originalmente en el número 10 de fanzine Pulsar