Historias del Alcaudón 6
VADE RETRO
José Carlos Canalda

A 17.000 kilómetros de altura sobre el ecuador marciano, el Alcaudón navegaba por la órbita geoestacionaria del planeta rojo dedicado a la tarea de recoger los numerosos residuos de todo tipo que a lo largo del tiempo se habían ido acumulando en tan concurrida zona. Desde un punto de vista estricto no se encontraba en órbita, ya que en este caso no se hubiera desplazado sobre la vertical de la superficie marciana, sino que, combinando frecuentes aceleraciones, frenados y cambios de dirección, describía una compleja trayectoria que le llevaba a barrer lentamente un área del espacio de forma toroidal y varios cientos de kilómetros de radio con centro en la órbita propiamente dicha.

A popa remolcaba una especie de sombrilla, de sección parabólica y diez kilómetros de diámetro, que era el embudo colector encargado de recoger cuanto objeto de tamaño superior al de un tornillo anduviera rondando por allí. En realidad la labor que desempeñaba el Alcaudón no se diferenciaba demasiado, salvando las distancias, de la tradicional y milenaria pesca de arrastre, similitud acentuada todavía más por el hecho de que el colector no era una estructura rígida, sino una compleja y sutil malla metálica que recogía toda la chatarra cósmica interpuesta en su camino.

Pese a que esta recolección podía parecer sencilla a los ojos de un profano, en realidad resultaba una tarea sumamente engorrosa y complicada. El principal peligro estribaba en una posible colisión con un objeto cuya velocidad relativa respecto a la astronave fuera lo suficientemente elevada como para provocar daños de consideración, bien en la frágil estructura de la red, bien el propio casco del Alcaudón. Aunque la nave se desplazaba de forma que pudiera capturar a sus presas por detrás y con un ligero incremento de velocidad respecto a ellas, esto solamente era válido para los cuerpos que se encontraran en órbita estacionaria; pero siempre existía el riesgo de tropezar con algún residuo que, describiendo una trayectoria de colisión, impactara en ángulo oblicuo o incluso frontal. Tales objetos no podían ser de un tamaño demasiado grande —otro inconveniente añadido, no los detectaba el radar hasta que no tenía lugar el impacto— ya que los satélites obsoletos o las piezas de grandes dimensiones eran retirados lo antes posible, pero bastaba a veces con una esquirla del tamaño de un garbanzo para provocar un desgarrón de varios metros cuadrados en la superficie del colector, el cual se veían obligados a remendar Salazar y da Vico antes de seguir con su monótona tarea.

No acababan ahí los inconvenientes. También era preciso evitar los satélites operativos que jalonaban la órbita geoestacionaria, algo que no siempre resultaba fácil debido a que cualquier movimiento brusco tendía a arrugar la delicada malla del colector, la cual conservaba su forma gracias únicamente a unos generadores magnéticos que la mantenían desplegada al tiempo que conducían a los objetos recogidos —siempre que fueran metálicos— hasta el depósito situado en el fondo de la misma. Incluso la propia tarea de desplegarla al inicio de cada jornada de trabajo, o de recogerla una vez terminada ésta, presentaba grandes dificultades, ya que era preciso evitar que se enredara.

Todo ello hacía que los propietarios del Alcaudón, y en especial el siempre irascible Salazar, estuvieran ya hartos de su trabajo como chatarreros espaciales apenas un mes después de haber comenzado éste; ¡y solamente habían limpiado cinco grados escasos de la órbita!

El ya de por sí hosco humor de Salazar se avinagraba todavía más cuando era a él a quien tocaba salir a desenredar la malla o a reparar un desgarrón... Algo que solía ocurrir con una desagradable frecuencia. En aquella ocasión había sido un objeto oblongo, de unos treinta centímetros de largo, el que había quedado enredado entre los jirones de la destrozada red, con tan mala suerte que había impactado en un sector ya muy remendado.

—Aparentemente es un paquete de basura —explicó a su compañero, que le escuchaba desde la cabina—. Debía de estar lleno y se ha congelado, así que el impacto ha sido de aúpa. ¡Serán guarros! Como si no supieran que está prohibido tirar desperdicios aquí.

—Tantas cosas están prohibidas... —respondió filosóficamente el italiano—. Anda, recógelo y procura reparar el roto.

—Espera que mire a ver quiénes han sido los cerdos. Valera... —leyó en el envoltorio—. ¿Qué diantre será eso?

—Probablemente el nombre de una nave bastante antigua, ya que al parecer carece de un sistema cerrado de reciclado de residuos.

—Pues podían haberse ido con viento fresco en lugar de andar guarreando esto; con lo grande que es el universo...

—Venga, déjalo estar; ya no tiene remedio —insistió da Vico.

—Luiggi, maldito, ¿qué quieres que haga yo aquí? El puñetero paquete se ha llevado por delante un buen trozo de malla. No puedo coserlo —gruñó el astronauta español al tiempo que lanzaba al fondo del colector al causante del desaguisado.

—Coge de la bodega un trozo de malla nueva y suéldalo.

—Apenas si quedan unos retales, y no sé si dará para tanto; sin contar los jirones, falta más de un metro cuadrado.

—Haz lo que puedas.

—Lo que pueda... —renegó Salazar—. ¡Lo que debería haber hecho es partirte la cara en su momento!

—Ya me adornaste un ojo —respondió su amigo, recordando el refrán Perro ladrador, poco mordedor —. ¿No tuviste suficiente desahogo?

—¡Tendría que haberte cortado el cuello! ¿Sabes, tío listo, cómo nos conocen por medio Marte? Ya no somos los del Alcaudón, sino los de la Urraca. ¡Y te ríes encima!

—¡Mientras no nos tilden de escarabajos peloteros! —exclamó da Vico entre carcajadas—. ¡Vaya! —se interrumpió al oír un zumbido procedente de la radio—. Parece que tenemos visita.

—¿Una visita ahora? ¡Lo que nos faltaba! Que vinieran a reírse de nosotros delante de nuestras propias barbas.

—¡Hola, chicos! ¿Qué tal estáis? —se oyó una voz femenina en el receptor—. Soy Federika. Pasaba por aquí camino de Deimos y me dije: Voy a parar a saludarlos.

—¿Has oído, Miguel? Es tu amiga Federika —recalcó el italiano enfatizando exageradamente el adjetivo.

Federika Schwartz era la propietaria y única tripulante —su perro Adolf, evidentemente, no contaba como tal— del Walkiria... Y una astronauta veterana que hacía honor al guerrero nombre de su astronave. Acostumbrada a desenvolverse —y a defenderse— entre los toscos y machistas astronautas de los asteroides, un lugar donde las mujeres brillaban por su ausencia excepto para aquellos menesteres que no habían cambiado significativamente desde los últimos cinco o seis mil años, Federika era respetada y temida por sus compañeros, alguno de los cuales había acabado en el hospital víctima de la contundente respuesta de la alemana a sus no deseadas efusiones amorosas...

Y no es que, en su rudeza, Federika no fuera femenina; lo era, incluso, en exceso. Pero también era extremadamente selectiva. Por los tugurios de medio cinturón circulaban jugosas historias, verídicas o apócrifas, pero nunca reconocidas ni desmentidas por la interesada, acerca de su desmedido apetito carnal, y eran muchos —demasiados, sin duda— los astronautas que presumían de haber gozado del mismo. En lo que sí existía consenso era en reconocer que a Federika le gustaba llevar la voz cantante y no consentía ser cortejada por nadie. Era ella la que elegía... Siempre.

Para desgracia de Salazar y regocijo de su amigo, Federika se había encaprichado tiempo atrás de él. Ciertamente al astronauta español le gustaban mucho las mujeres, así en plural, pero como solterón empedernido que era, huía como alma que lleva el diablo de las posibles consecuencias, para él indeseables, que pudiera acarrear toda relación que se prolongara más de una noche. Y si podía ser pagando todavía mejor, puesto que quedaba bien claro que se había tratado de una mera transacción comercial.

Al parecer, aunque sobre esto Salazar no soltaba prenda ni siquiera a da Vico, entre él y Federika había habido algo. El problema estribaba en que el español lo había dado por zanjado fiel a su costumbre de no repetir jamás salvo en caso de extrema necesidad, mientras que la alemana no pensaba precisamente lo mismo. Desde entonces lo perseguía con un tesón que habría hecho palidecer de envidia a la mayor parte de la población heterosexual masculina residente entre las órbitas de Marte y Júpiter, pero que hacía temer consecuencias funestas —incluso el terrorífico matrimonio— al bueno de Salazar. Y así estaban las cosas.

La sarta de tacos de grueso calibre que constituyeron la respuesta de Salazar mostraba de forma harto elocuente su opinión sobre tan inoportuna visita. Pero la emisora de radio de su traje carecía de suficiente potencia para llegar al receptor del Walkiria, por lo que la alemana se vio privada de tan entusiasta mensaje de bienvenida.

—¿Qué os pasa, chicos, se os ha comido la lengua el gato? —preguntó al cabo, viendo que ninguno de ellos contestaba—. Oye, que si molesto me voy.

—¿Cómo vas a molestar, mujer? —da Vico era pura miel—. Lo que ocurre es que nos has pillado enfrascados reparando la red. Pero ya terminábamos. Abórdanos, pero ten cuidado de no enredarte. ¡Ah! si no te importa, deja a Adolf en el Walkiria; ya sabes que Miguel no es demasiado aficionado a los perros...

—Está bien, señores delicados; pero conste que el pobrecito Adolf no puede ser más pacífico.

Ni más guarro. Estuvo a punto de decir el italiano, recordando que había tenido que ir fregando toda la nave cada vez que el dichoso chucho se dedicó a explorar el interior del Alcaudón. A continuación cerró precavidamente el canal por el que se comunicaba con Federika y dirigió un mensaje a su amigo en un tono que no admitía réplica.

—Miguel, deja eso y vuelve a la nave. Y no quiero caras largas. Yo te relevaré cuando Federika se haya ido.

La respuesta del español dejó bien patente lo que opinaba sobre la inoportuna visita, pero eso no preocupó demasiado a da Vico; estaba acostumbrado al carácter bronco de su compañero el cual a buen seguro, de no contar con el freno del italiano, a estas alturas ya estaría enemistado con la inmensa mayoría de los astronautas. Por suerte para él, da Vico era su apagafuegos.

El metro ochenta y los casi ochenta kilos de la alemana entraron impetuosamente en la cabina del Alcaudón desembarazándose del traje espacial; aunque ambas naves habían enlazado sus esclusas con un túnel presurizado, las ordenanzas espaciales ordenaban, como medida de precaución, embutirse en el traje cada vez que fuera necesario pasar de una a otra astronave... Algo que muy pocos astronautas cumplían. Pero Federika tenía sus propios planes, como demostró fehacientemente cuando, tras despojarse de tan incómodo atavío, apareció vestida tan sólo con una ropa interior varias tallas inferior a la necesaria para cubrir decorosamente las partes más íntimas de la generosa anatomía de la teutona.

—¡Uf, chicos, qué calor hace aquí! ¿Os importa que me quite el traje? —preguntó cuando ya se había desembarazado por completo de él. Yo es que suelo andar así por mi nave —en realidad iba con mucha menos ropa, pero no era cuestión de quemar todos los cartuchos en el primer asalto—, y como hay confianza... Nada odio más que la etiqueta.

—Ni nosotros... —se apresuró a responder da Vico al tiempo que daba un codazo a su enfurruñado, pero con unos ojos como platos, compañero—. Ponte fresca —añadió innecesariamente—. Y no te preocupes, una chica tan guapa como tú no tiene por qué avergonzarse de lo que Dios le ha dado.

—Hombre, Luiggi, no es para tanto... —se esponjó la alemana, satisfecha por la lisonja.

Frisando ya la cuarentena, no se podía decir que Federika fuera bella, ni tan siquiera que lo hubiera sido nunca; pero rotundidad no le faltaba en sus carnes, y eso en un lugar donde las mujeres escaseaban —salvo, claro está, las profesionales— le confería un éxito absoluto entre sus poco exigentes compañeros varones. Y ella, como es natural, lo explotaba a conciencia.

—¿Quieres tomar algo? ¿Café, un refresco...?

—¿Por qué no una copita de ese aguardiente de la tierra de Miguel? Orujo, creo que se llamaba...

—No queda —gruñó el español, abriendo la boca por vez primera.

—Sí, hombre, sí... —le contradijo da Vico, divertido como hacía mucho tiempo que no lo estaba—. Ayer vi una botella en el fondo de la despensa. Ve a por ella.

Echando chispas por los ojos Salazar abandonó la cabina, momento que aprovecharon los otros dos para lanzarse una mirada de inteligencia acompañada por una sonrisa de oreja a oreja.

—Estaremos más cómodos en la sala —propuso da Vico—. ¿Vamos para allá?

Instantes después ambos se reunían con Salazar, el cual asía por el gollete una botella de auténtico orujo gallego como si el alma le fuera en ello, algo que no era de extrañar ya que ésta era la última que le quedaba, sin posibilidad alguna de reponerla en mucho tiempo. Atesorada como oro en paño para las grandes ocasiones, maldita la gracia que le hacía tenerla que compartir con nadie, y todavía menos con esa insufrible Federika... Ya arreglaría cuentas con el canalla de Luiggi en cuanto desapareciera la alemana.

—Luiggi, ¿quieres tú también? —preguntó con la boca pequeña, intentando dejar bien claro cual era la respuesta que esperaba.

—Hombre, ya que lo has sacado no te voy a hacer el feo... —da Vico estaba haciendo oposiciones para ser asesinado—. Échame un chupito.

Salazar, previsoramente, había preparado los vasos más pequeños que encontró, apenas algo más que unos dedales grandes; pero Federika acabó de truncarle sus ahorrativos planes arrebatándole la botella para beber directamente de ella.

—¡Trae acá y déjate de mariconadas! —exclamó impetuosamente antes de echarse al coleto casi la cuarta parte de su contenido de un trago—. Donde hay confianza da asco. ¡Ah, está bueno! —exclamó tras terminar la generosa libación—. Toma, Luiggi, ahora te toca a ti.

El italiano, viendo la expresión del rostro de su amigo, prefirió ser prudente temiendo haber llegado demasiado lejos. Así pues, se limitó a servirse una pequeña cantidad de aguardiente en un vaso devolviendo la menguada botella a su irritado propietario, el cual rehusó beber tapándola y haciéndola desaparecer para evitar el riesgo de una segunda ronda.

—¡Ahhh! ¡Esto es vida! —exclamó Federika retrepándose en el sillón, maniobra que aprovechó sabiamente para resaltar de forma fugaz las partes más interesantes de su anatomía—. Bueno, chicos, ¿qué tal os va con vuestro actual trabajo?

Probablemente no había el menor rastro de sarcasmo en la pregunta, pero Salazar estaba tan encendido que no tuvo por menos que explotar mostrando un perfecto dominio de las palabras más malsonantes en tres o cuatro idiomas distintos.

—Discúlpale —intervino da Vico intentando evitar que la cosa pasara a mayores—. Pero es que no lleva demasiado bien la rutina de este trabajo. De todos modos, tampoco es tan malo...

—Sí, pero a Miguel no le falta razón —resultaba evidente que la alemana pretendía congraciarse con el huraño astronauta—. A mí tampoco me gustaría dedicarme a ello. Claro está que los tiempos son difíciles. Mirad yo, que tampoco he tenido un maldito flete en los últimos meses; gracias a los ahorros, que si no...

Gracias también a otras fuentes atípicas de ingresos que a ellos les estaban vedadas a causa de su sexo. Pensó Salazar, rumiando todavía su enfado.

—Pero ahora he tenido suerte —prosiguió ella—. Acaban de ofrecerme un contrato para hacer de correo entre Vesta y Leucotea, donde han comenzado a explotar unos importantes yacimientos de niobio. Tendré trabajo al menos durante un año, probablemente más, y lo mejor de todo es que necesitan al menos otra nave de características similares a las de la mía. Me pidieron que la buscara y yo pensé en vosotros... ¿Aceptáis?

—¿Qué? —el salto que dieron sus dos anfitriones casi los tiró del asiento, con grave peligro para la integridad de la preciada botella de Salazar.

—Lo que habéis oído. Pagan bastante bien, y en efectivo, a cada entrega de flete... Aprovechando también el viaje de vuelta a Vesta, con lo cual el beneficio es doble. El flete será normalmente de mercancías diversas para el avituallamiento de la colonia minera de Leucotea, y de niobita en bruto de vuelta a Vesta, aunque ocasionalmente podría ser necesario transportar algún pasajero. Por esta razón prefieren naves mixtas como las nuestras en lugar de un transporte especializado, y además con astronautas independientes les sale más rentable que recurriendo a una compañía de transportes.

—¿Dónde hay que firmar? —preguntó el impaciente Salazar.

—Espera, Miguel, no te precipites —recomendó su amigo—. Federika, ¿esto es legal? Porque estamos muy escarmentados.

—Completamente, Luiggi —sonrió la alemana, conocedora de sus pasadas desventuras—. La empresa concesionaria es la Asteroids Mining Co., una de las más importantes del sector; sí, son bastante negreros con sus empleados, pero pagan bien. Además, el niobio es un metal caro; ya sabéis que lo emplean para construir superconductores y esas cosas. Parece ser que los yacimientos descubiertos en Leucotea son muy importantes, y eso significa mucho dinero.

—Lo que yo no entiendo, es la razón por la que no utilizan sus propias naves —objetó el italiano,

—Las usan. Pero están a tope, y temporalmente necesitan algunas más para reforzar el servicio; les es más cómodo contratarnos a nosotros que comprar o alquilar las necesarias. No te preocupes, Luiggi; se trata de algo completamente limpio.

—Menos mal... Por cierto, Federika, ¿has hecho ya algún viaje?

—Todavía no; mañana será el primero. ¿Os animáis?

La rotunda interjección de Salazar insinuando por dónde podían meterse las autoridades marcianas la red de recogida de residuos, fue la elocuente respuesta a su pregunta.

* * *

Tres días más tarde el Alcaudón, desembarazado ya de la rémora de la red colectora y resueltos todos los trámites administrativos, navegaba a toda velocidad rumbo a Vesta. Aunque Federika había intentando retrasar su partida para hacerla coincidir con la de sus amigos, la premura de los plazos impuesto no lo había hecho posible, por lo cual se vio obligada a adelantarse a ellos para disgusto suyo y satisfacción de Salazar, que seguía sin tenerlas todas consigo. Pero se mantenía en contacto por radio con el Alcaudón y había prometido reunirse con ellos una vez llegados a su destino para desesperación del español, que había visto dispararse todas las alarmas de su celibato.

Los papeleos fueron rápidos. Al funcionario que les había encargado la limpieza de la órbita geoestacionaria de Marte le dejaron con dos palmos de narices sin esperar siquiera a que éste pudiera encontrar un sustituto, mientras los responsables de la Asteroids Mining Co. no hicieron demasiadas preguntas, limitándose a extenderles un contrato que se apresuraron a firmar. De Marte a Vesta viajarían de vacío y, una vez allí, recibirían el primer cargamento constituido, según les dijeron, por víveres, medicinas y utensilios diversos. Tal como había afirmado Federika esta vez era todo escrupulosamente legal, algo que prudentemente da Vico había procedido a comprobar preguntándoselo directamente al propio Matías M'Babane, comandante en jefe de la Policía Interplanetaria. Eso sí, les advirtió éste, las actividades de esta multinacional minera eran fuertemente cuestionadas por los grupos ecologistas, que la acusaban de provocar daños irreparables en el cinturón a causa de los expeditivos métodos empleados para la explotación de los ricos yacimientos minerales existentes en los asteroides.

—¡Serán capullos! —había sido la explícita reacción del deslenguado Salazar cuando su amigo le hizo partícipe de ello—. ¿Cómo quieren que se excave un asteroide? ¿Acariciándolo?

—Hombre, la verdad es que los tipos de la Mining son un poco brutos —contemporizó su amigo—. Por lo visto, atiborran de explosivos un asteroide y lo hacen saltar en pedazos, en lugar de excavarlos sin necesidad de reventarlos tal como hacen otras compañías...

—Pedrusco más, pedrusco menos... —se burló el español—. ¡Como si hubiera pocos!

—Sí, pero los ecologistas están que trinan. Exigen que se conceda a los asteroides la categoría de patrimonio natural protegido, al igual que se hizo en su día con muchos parajes de la Tierra. Por eso han propuesto un boicot a los productos de la compañía y sus filiales, con escaso éxito hasta ahora, todo hay que decirlo.

—¡Bah! Ahí nos las den todas. Por cierto, ¿no pensarán hacer lo mismo con Leucotea?

—No te preocupes —rió el italiano—. Los yacimientos de niobio están en la superficie, y las minas son a cielo abierto. Puedes estar tranquilo, no volarán el asteroide estando nosotros allí.

El viaje resultó tranquilo, sin más incidencias que las periódicas —y demasiado frecuentes, para el gusto de Salazar— llamadas de Federika que, con cualquier excusa, no perdía ocasión para pegar la hebra a la menor oportunidad. Y fue llegando ya a Vesta cuando comenzaron a surgir los problemas.

Federika les llamó para comunicarles que, una vez completada la estiba del Walkiria, partía rumbo a Leucotea, donde esperaba poder reunirse con ellos. A título de curiosidad les comentó que andaban rondando por allí varias naves fletadas por el grupo ecologista Universo Virgen, principal opositor a las actividades de la Asteroids Mining Co., entre las que se encontraba el Guerrero de la Galaxia, buque insignia de la citada organización famoso por haber intervenido en numerosos actos de protesta contra todo cuanto consideraran como delito ecológico... Entendiendo como tales no la defensa de una inexistente vida en el Sistema Solar, sino la conservación de los espacios naturales de los diferentes astros tal como los encontraron los humanos al llegar por vez primera a ellos.

—¡No tendrán otra cosa mejor que hacer estos niñatos! —bufaba Salazar, pronto a irritarse contra cualquier cosa que se interpusiera en su camino—. Si tuvieran que ganarse la vida como nosotros en lugar de estar mantenidos por sus papás, sabrían lo que es bueno.

—Déjalos estar —apaciguaba su compañero—. Mientras no nos entorpezcan...

Pero sí les entorpecieron. Y mucho, además, puesto que cuando un día más tarde el Alcaudón llegó a su destino, se encontraron con el astropuerto privado de la Mining, lugar desde el que la compañía controlaba todas sus actividades mineras en el cinturón, bloqueado por las naves ecologistas, recibiendo instrucciones de mantenerse al pairo sobre la vertical del astropuerto hasta nueva orden. La protesta de Universo Virgen era pacífica, como todas las suyas, pera la actividad portuaria estaba completamente interrumpida.

—¡Pero qué se creen esos...! —explotó el astronauta español al borde del paroxismo—. Y la policía... ¿Qué hace que no lo impide? ¿Dónde está la autoridad?

La autoridad eran dos pequeñas naves patrulleras que constituían toda la dotación policial del asteroide. Una de ellas se encontraba allí, vigilando a la media docena de naves ecologistas sin hacer nada —tampoco hubiera podido romper ella sola el bloqueo—, mientras su compañera, como supieron más tarde, llevaba averiada varios meses en el astropuerto público de Vesta.

—Tranquilo, Miguel, ya se resolverá todo.

—¿Tranquilo dices? ¿Es que nos regalan el combustible? Ganas me dan de enfilar contra esos mastuerzos y llevarme a alguno por delante...

—No seas bruto; eso no solucionaría nada. ¿Por qué no nos vamos al otro astropuerto? Supongo que ése no estará bloqueado.

—¡Pero si está en el otro hemisferio! Si aterrizamos allí, despegamos, venimos hasta aquí y aterrizamos de nuevo, ¿sabes cuánto combustible vamos a gastar por culpa de estos fulanos?

—Bastante... Pero no nos queda otra solución que ir hacia allá o esperar aquí; al menos, merecería la pena subir hasta la órbita geoestacionaria para ahorrar combustible.

Pero no les dio tiempo a ello, puesto que desde la torre de control les ordenaron que se dirigieran al astropuerto público, donde recibirían instrucciones. Así lo hicieron, con un Salazar rumiando interjecciones irreproducibles contra los ecologistas y un da Vico mucho más flemático que su irascible compañero, pero no menos inquieto que él.

El representante de la Mining, un estirado ejecutivo de inconfundible aspecto anglosajón, los aguardaba a pie de pista y no se anduvo con florituras. Partirían inmediatamente hacia Leucotea tal como estaba previsto, pero en lugar de suministros transportarían a una docena de pasajeros.

Cuando Salazar puso el grito en el cielo, su interlocutor se limitó a responder adustamente que el contrato contemplaba la posibilidad de que la compañía alterara sin previo aviso la naturaleza del flete en función de las circunstancias, y eso era precisamente lo que había ocurrido por culpa de los ecologistas. Aunque estaban a la espera de la llegada desde Ceres de fuerzas policiales suficientes para romper el bloqueo, calculaban que éstas tardarían al menos dos días en llegar allí, y la compañía no podía esperar tanto. Temían, con bastante fundamento, que los activistas de Universo Virgen se dirigieran a Leucotea, una vez fueran expulsados de Vesta, por lo que los responsables de la compañía habían decidido reforzar la dotación de vigilantes jurados existente en el asteroide. Y, puesto que sus propias naves se encontraban bloqueadas en las pistas de su astropuerto, habían decidido utilizar al Alcaudón para este fin.

—Pero los ecologistas se han limitado a bloquear el astropuerto desde el espacio sin tomar tierra en él, y cabe suponer que hicieran lo mismo en Leucotea... ¿Para qué hacen falta entonces los vigilantes? —preguntó ingenuamente Salazar.

Una mirada glacial fue la muda respuesta de su interlocutor.

—La compañía les paga por realizar su trabajo, no por hacer preguntas —dijo al fin—. Limítense a cumplir con sus instrucciones y todo marchará bien. Estos hombres son profesionales, y no les causarán el menor problema.

—Si usted lo dice... —refunfuñó disgustado.

* * *

Los vigilantes jurados, tal como les denominó el agente de la Mining, tenían en realidad más aspecto de comandos especiales que de pacíficos guardianes. Cuadrados como armarios roperos y con un aspecto inequívocamente militar que era realzado aún más por el diseño de sus uniformes y un llamativo corte de pelo a cepillo, los doce pasajeros del Alcaudón se presentaron en la nave cargando con unos aparatosos pertrechos palpablemente excesivos para ser usados en una simples labores de vigilancia. Pero Salazar y da Vico habían tomado buena nota de la advertencia recibida, por lo que optaron por guardar un discreto silencio.

El gorila que aparentemente llevaba la voz cantante en el grupo, al cual el resto de sus compañeros llamaban señor, se constituyó en portavoz único del grupo presentándose como Míster Smith. Puesto que ellos mismos traían sus propios víveres, lo único que solicitó a los propietarios del Alcaudón fue permiso para guardar sus pertenencias en la bodega así como para instalarse ellos mismos en los distintos habitáculos de la nave —cuatro en cada uno de los dos camarotes libres, y el resto en la propia bodega— tras lo cual, realizado todo ello con una eficiencia típicamente castrense, rogó a sus forzados anfitriones, de forma tan cortés como firme, que procedieran a despegar sin la menor demora.

* * *

—Estos tipos no me gustan un pelo. ¿Has visto el arsenal que traían? Había armas suficientes como para conquistar todo Marte.

—A mí tampoco me gustan, Miguel; pero lo cierto es que no nos crean ningún problema; de hecho, ni siquiera salen de su encierro como no sea para usar el retrete; incluso Smith viene por aquí sólo cuando es estrictamente necesario.

—¡Eso es lo que tú te crees! Hace unas horas intenté entrar en la bodega con la excusa de que necesitaba reemplazar un piloto del panel de control que se había fundido, y los cuatro fulanos acampados allí me impidieron entrar. Smith apareció al momento preguntándome muy amablemente qué tipo de componente necesitaba, y me lo trajo a la cabina apenas diez minutos después... ¡En nuestra propia nave!

—Bueno, chico, no te sulfures; el viaje no durará demasiado. En cuanto lleguemos a Leucotea estos gorilas desembarcarán dejándonos en paz, cargaremos una partida de mineral de niobio y a Vesta de nuevo...

Lo que ambos ignoraban era que da Vico estaba muy equivocado.

A diferencia de Vesta la situación de Leucotea era tranquila... Por el momento. Los responsables de la Policía Interplanetaria estaban convencidos —y se lo habían advertido a la Mining — de que los ecologistas trasladarían la protesta a este último asteroide, y no a cualquier otro de los varios en los que esta multinacional mantenía explotaciones mineras, debido tanto a su cercanía momentánea a Vesta, como por el hecho de que se trataba de la última adquisición de la Mining y su perla de la corona, con lo cual el efecto propagandístico estaba más que asegurado pese a que, paradójicamente, en Leucotea no estaba previsto utilizar los métodos de explotación que denunciaban los militantes de Universo Vivo.

Puesto que el Guerrero de la Galaxia y sus acompañantes todavía se encontraban bloqueando el astropuerto de la Mining en Vesta, el Alcaudón contaba con una ventaja de varios días que sus arrendatarios estaban dispuestos a aprovechar... Y bien que la aprovecharon. Nada más aterrizar en Leucotea, los comandos —Salazar y da Vico no tenían la menor duda de que lo eran— que constituían su pasaje desembarcaron ordenadamente llevándose consigo todos sus bártulos, y los mismos astronautas fueron invitados a abandonar su nave sin que sirvieran de nada sus protestas alegando que preferían permanecer en ella tal como solían hacer habitualmente en todos sus viajes. A esas alturas quedaba ya meridianamente claro que la multinacional no se andaba por las ramas.

Finalmente fueron alojados en una lujosa habitación de la residencia de técnicos y ejecutivos de la compañía, alejados de los barracones en los que se hacinaban los mineros y el resto de los trabajadores del asteroide; se trataba de una medida inusual —normalmente los astronautas independientes solían ser asimilados al último escalón social y laboral por las multinacionales— que se debía no a deferencia alguna, sino a palpables razones de seguridad. Evidentemente no estaban retenidos —eso hubiera resultado completamente ilegal—, pero se les recomendó, alegando ambiguos riesgos de conflictos con el personal de las minas, que no abandonaran el edificio bajo ningún concepto, algo en lo que parecieron mostrar especial empeño los porteros de mismo cuando, pese a todas las advertencias recibidas, Salazar se empeñó en visitar la cantina.

Alegando que la residencia disponía de una excelente cafetería en la cual disponían de barra libre, los dos astronautas vieron frustrado su intento, lo cual les convenció todavía más de que algo grave se estaba cociendo.

—Luiggi, esto cada vez me gusta menos —Salazar y da Vico se encontraban sentados en una mesa de la aséptica cafetería, hablando en voz baja pese a que los empleados de la compañía allí presentes mostraban hacia ellos la más olímpica de las indiferencias—. Me temo que nos hemos vuelto a meter en un lío.

—A mí lo que más me preocupa es que nos hayan sacado del Alcaudón —respondió el italiano con tono sombrío—. Y por si fuera poco... ¡Oye, ahí está Federika!

En efecto, la alemana acababa de entrar en la sala acompañada por un tipo que, a juzgar por su atildado aspecto, parecía ser un pez bastante gordo de la compañía.

—¡Hola, chicos! ¿Qué tal estáis? —su saludo, convencional y formalmente correcto, sonaba claramente forzado—. Os presento a James McNamara, jefe de seguridad del asteroide.

—Les ruego acepten nuestras disculpas por las molestias que involuntariamente les estamos causando —añadió éste al tiempo que estrechaba la mano a ambos—. Por supuesto, la compañía les compensará sobradamente por ello.

—¿Qué es lo que ocurre, señor McNamara? —preguntó da Vico.

—Como ustedes saben, los ecologistas nos están creando bastantes molestias últimamente. La Policía Interplanetaria expulsó a sus naves de Vesta, y ahora se dirigen hacia aquí con la intención de repetir el bloqueo.

—Ya fuimos advertidos de ello, pero ¿por qué nos han sacado de nuestra nave recluyéndonos aquí? Me temo que nadie se ha molestado en explicarnos nada.

—De nuevo les pido que disculpen a mis subordinados; los últimos acontecimientos han alterado de forma grave la habitualmente plácida vida de Leucotea. No obstante, les aseguro que pediré explicaciones al responsable —era evidente que no tenía la menor intención de hacerlo—. Tal como ya he explicado a la señorita Schwartz, sospechamos que los ecologistas pudieran contar con agentes infiltrados entre el personal de las minas, y en previsión de posibles sabotajes hemos preferido traerlos aquí. En cuanto a su nave, no tienen por qué preocuparse por ella; todos los vehículos existentes en el astropuerto están siendo custodiados por nuestras fuerzas de seguridad, algunos de cuyos miembros son los que vinieron con ustedes.

—¡Pero esto es absurdo! —exclamó Salazar—. La gente de Universo Vivo hace gala de su rechazo total a cualquier tipo de acto violento...

—Mi querido amigo, no sea usted tan ingenuo. Cierto es que los líderes de ese movimiento ecologista utilizan siempre medios pacíficos en sus protestas, pero existen elementos radicales infiltrados en estas asociaciones que, aprovechándose de su cobertura, planean realizar acciones mucho más drásticas... Incluso, si me guardan el secreto, les confesaré que sospechamos de la existencia de vínculos entre estos topos y alguna de nuestras competidoras, a las que beneficiaría cualquier tipo de perjuicio que sufriera la Mining. Esto es lo que tememos, y créanme si les digo que todas nuestras precauciones están plenamente justificadas.

—Bien, ahora parece bastante claro... —contemporizó el italiano—. Pero, dígame, ¿qué va a pasar con nosotros?

—No tienen por qué preocuparse; su misión sigue siendo la misma, retornar a Vesta con un cargamento de niobita. Pero como no podrán despegar hasta que se rompa el inminente bloqueo del astropuerto, mientras tanto tendrán que armarse de paciencia y gozar de nuestra hospitalidad, que les prestamos muy gustosos... Serán tan sólo unos días, justo lo que tarden en llegar los ecologistas primero, y en echarlos de aquí las patrulleras después...

—¿Y luego?

—Suponemos que seguirán intentando jugar al ratón y al gato saltando de una a otra de nuestras explotaciones en el cinturón —suspiró el norteamericano—. Pero eso no será ya responsabilidad mía, sino de mis compañeros de los otros asteroides. Y ahora, si me lo permiten, tengo que retirarme. Federika, ¿viene usted conmigo?

—¿Cómo no? —respondió la germana mientras Salazar sentía que se le hacía un nudo en el estómago.

* * *

—Tranquilos, chicos, soy yo.

La voz femenina resonó, pese a su bajo tono, en el silencio de la habitación donde da Vico y Salazar dormían. Evidentemente, intentaba que éstos no se alarmaran ante su sigilosa incursión nocturna.

—¿Federika? —preguntó el español, con la mente todavía embotada por las brumas del sueño—. ¿Qué demonios haces tú aquí?

—¡Silencio, no grites! Podrían oírnos. Y lamento desilusionarte, pero no vengo a lo que seguramente estarás pensando... Nunca me han gustado los ménages á trois. ¡Y no enciendas la luz! Nos vigilan.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez da Vico.

—Algo grave... Y no me interrumpáis, porque no tengo mucho tiempo para explicároslo; ese cerdo de McNamara está roncando en mi habitación, y no puedo correr el riesgo de que se despierte mientras yo esté con vosotros.

Obviando explicaciones por lo demás innecesarias, continuó explicando:

Estamos metidos en un buen lío. Estos fulanos de la Mining planean tomarse la justicia por su mano y dar un escarmiento a los ecologistas, y para ello sólo se les ha ocurrido aprovecharse de nosotros... O, más concretamente, de nuestras astronaves.

—¿Cómo...?

—Sí, hijos, nos han contado una milonga —suspiró—. No existe el menor movimiento subversivo entre los mineros, ni hay infiltrados de ningún tipo entre ellos. ¡Pobrecitos! Si los tienen esclavizados; bastante tienen con sobrevivir y evitar ser despedidos. Todo lo que nos han contado es mentira. Quieren nuestras naves para dar un golpe de mano a los ecologistas; ésta es la misión de los angelitos que trajisteis a Leucotea.

Su plan es sencillo. Tras introducir en el Alcaudón y el Walkiria a esos energúmenos armados hasta los dientes, fingirán despegar cargados con la niobita. Nuestras naves no despertarán recelos entre los capullos de Universo Vivo que, creyéndolos inofensivos cargueros, saldrán a su encuentro para impedirles el paso. Acto seguido habrá un abordaje a su buque insignia y, probablemente, una pequeña degollina. Y santas pascuas...

—¿Cómo te has enterado de todo eso? —preguntó ingenuamente Salazar.

—Chico, ¿acaso eres imbécil? ¿Cómo crees tú? Parte se lo sonsaqué al rijoso del McNamara, algo que por cierto no me resultó demasiado difícil... Y el resto lo deduje yo misma. No hacía falta ser ningún Sherlock Holmes para adivinarlo.

—¿Qué piensan hacer con nosotros? —intervino da Vico, más sensato que su compañero.

—Ojalá lo supiera... Pero mucho me temo que nada bueno. Para ellos tan sólo somos un estorbo. Tened en cuenta que tienen que justificar de alguna manera el asalto al buque de los ecologistas, y lógicamente no van a decir la verdad. Nos cargarán con el muerto, estoy convencida de ello.

—¿Acaso insinúas...?

—Poneos en su lugar. Se cargan el Guerrero de la Galaxia, todo el mundo sabe que han sido ellos, y por supuesto los propios ecologistas a los que va dirigida la advertencia. Pero no existe la menor prueba legal que los incrimine, e incluso los gobiernos involucrados prefieren hacer la vista gorda. M'Babane es un buen hombre, y además honrado, pero está sometido al arbitrio de los políticos y su cargo depende de esa entelequia llamada Consejo Interplanetario... que en realidad está controlado por las malditas multinacionales. Así pues, llevamos todas las papeletas para que nos acusen de haber obrado por nuestra cuenta y riesgo. Imaginad los titulares de los periódicos que les son afines: Astronautas independientes provocan un accidente al intentar romper el bloqueo de los ecologistas. Y los de la Mining, claro está, jurarán por sus antepasados que nada han tenido que ver en el asunto.

—Realmente nos lo pones muy negro...

—Ojalá pudiera ser de otra manera. Sospecho que, tras el abordaje, provocarán la destrucción de las dos naves, el Guerrero de la Galaxia y una de las nuestras, probablemente la vuestra, para hacer desaparecer cualquier posible prueba... Bastará con provocar una explosión, aparentemente accidental, en los motores de cualquiera de ellas. Ellos huirán en la otra y, probablemente, vosotros os iréis al infierno junto con el Alcaudón. Lo siento, chicos, pero la realidad es cruda.

—Eso sólo les resuelve la mitad de la coartada —gruñó el italiano—. Se supone que los comandos se pondrán a salvo en la nave superviviente y, aunque consigan esconder su identidad, los tripulantes del resto de los buques naves ecologistas serán testigos de que una de las dos astronaves retorna a Leucotea; eso significa que alguien, supongamos que tú siguiendo tu propio razonamiento, se librará de la trampa...

—Pretenden que sea yo. McNamara me ofreció el oro y el moro si accedía a sus componendas y, de paso, le premiaba con mis favores. Su plan es que yo me quede en tierra y, posteriormente, corrobore la versión oficial de que vosotros os habíais vuelto locos suicidándoos al tiempo que destruíais al Guerrero... Y al Alcaudón.

—¿Y si no aceptaras? —insistió da Vico conteniendo a su impulsivo compañero—. ¿Y si finges aceptar y más tarde los traicionas?

—La Mining cuenta con medios sobrados para hacerme callar... Para siempre —musitó Federika con amargura—. Y lo más probable es que lo hicieran una vez dejara de serles útil. Pero tengo un plan; aunque es arriesgado, se trata de lo único que se me ocurre. Escuchadme bien y no me interrumpáis...

* * *

—Yo no puedo hacer nada. Habrá que llamar a un médico.

McNamara, con el ceño fruncido que cabía esperar en alguien que es arrancado bruscamente de la cama, a horas intempestivas y gozando de compañía femenina, miró con irritación a da Vico quien, a su vez, mostraba una inocente expresión en su rostro. En el dormitorio que había sido asignado a los astronautas se encontraban, además de ellos dos, el silencioso vigilante nocturno —en Leucotea, con un día de apenas cinco horas de duración, se seguía un horario convencional de 24 horas— del edificio, que hacía evidentes esfuerzos por pasar desapercibido, y el propio Miguel Salazar, postrado en el lecho con lívido aspecto. Aparentemente estaba enfermo, razón por la que da Vico había llamado al vigilante y éste, a su vez, al jefe de seguridad del asteroide.

—Ejem... Si no le importa, señor McNamara, me gustaría poder hablar con usted a solas...

—Está bien —gruñó el aludido—. Morgan, puede retirarse a su puesto. Yo me encargo de todo.

Visiblemente aliviado, el vigilante se esfumó sin tener que hacerse repetir la orden. Una vez hubo desaparecido, el yanqui insistió con irritación:

—¿Y bien?

—Verá, señor McNamara —al italiano se le veía indeciso o, cuanto menos, esa era la impresión que pretendía dar—. En realidad enfermo, lo que se dice enfermo, Miguel no está...

—¿Qué quiere decir con eso? —explotó el sabueso—. ¿Acaso se está burlando de mí?

—¡Oh, no, Dios me libre! Miguel está mal, bastante mal. Pero no es algo que un médico pueda remediar... Bueno, sí, pero hablando con mayor propiedad, digamos que no hace falta ningún médico para solucionarlo.

—Le agradecería que se explicara mejor; mi tiempo es muy valioso, y ya me ha hecho perder demasiado.

—Es que... Verá. Mi amigo es un buen chico, pero... Como todos, tiene sus defectillos. Y es aficionado a ciertas substancias que no está demasiado bien visto tomar...

—¿Drogas?

Da Vico asintió mudamente, como si sintiera vergüenza por la confidencia que acababa de hacer.

—Bueno, a mí personalmente eso me importa un bledo —concedió McNamara—. Cada cual es muy libre de meterse en el cuerpo la mierda que más le guste. Pero supongo que el médico de la compañía sabrá cómo tratar el síndrome de abstinencia? ¿Qué toma su amigo? ¿Cocaína, neomescalina, teocaína?

—¡Oh, no! —suspiró el astronauta—. Algo tan vulgar como la heroína. Y no es necesario que llame usted a ningún médico; basta con que me acerque hasta el Alcaudón para recoger una dosis.

—Eso no puede ser; hemos declarado el toque de queda en Leucotea. Los ecologistas están a punto de llegar, y tememos que se pueda cometer un atentado.

—Sería solo un momento, y me podría acompañar alguno de sus hombres... ¿Para qué molestar a un médico?

—Está bien —concedió el norteamericano tras una breve vacilación—. Tiene usted razón; no merece la pena. Pero no es preciso que vaya usted, mis hombres podrían traérselo. Basta con que les diga donde la guardan.

—¿Acaso cree usted que las substancias ilegales las ponemos en la alacena del botiquín? La heroína está bien escondida y, aparte de Miguel, solamente yo sería capaz de encontrarla.

Un hondo gemido del presunto heroinómano tuvo la virtud de vencer las últimas reticencias de McNamara, ansioso por volver a su cama y a la compañía de Federika.

—De acuerdo. Mandaré a dos de mis chicos para que le escolten. Mientras tanto, no se mueva de aquí.

* * *

Una vez que McNamara hubo mordido el anzuelo, el resto resultó ya relativamente sencillo. Da Vico, custodiado más que escoltado por dos de sus antiguos pasajeros, partió camino del Alcaudón, posado en una de las pistas del cercano astropuerto. Su misión era sencilla, pero al mismo tiempo arriesgada, dado que el éxito del plan trazado dependía de una perfecta coordinación entre él y Federika. Si alguno de los dos fracasaba en su intento, o si fallaban en su sincronización, todo se vendría abajo... Con desagradables consecuencias tanto para ambos como para el fingido enfermo. La Mining no se andaría con chiquitas, de eso podían estar completamente seguros.

El camino hacia el Alcaudón resultó breve, apenas unos minutos. Da Vico abrió la escotilla —aparentemente nadie había penetrado en la nave, pero otro de los gorilas de McNamara la custodiaba armado con un aparatoso fusil láser— y se introdujo en su interior con los matones pisándole los talones.

Las circunstancias impedían cualquier posible vacilación. Tenía que obrar con rapidez y determinación, y así lo hizo. Seguido por sus silenciosos guardianes, se dirigió a la cabina y abrió la trampilla que protegía uno de los mecanismos de seguridad de los que estaba provista la nave, concretamente el que desconectaba bruscamente los motores en caso de emergencia. Su uso solamente estaba recomendado en situaciones de extremo peligro en las que estuvieran en juego tanto la integridad de la astronave como la de sus tripulantes, y eso era debido a una buena razón: Dado el diseño de los motores impulsores tal operación los dañaba irreversiblemente, siendo necesario realizar posteriormente una complicada y costosa reparación que suponía, en la práctica, la sustitución de la mayor parte de sus piezas. Como es natural ningún astronauta en su sano juicio recurría a este sistema de seguridad salvo que fuera inminente la explosión de su nave y a veces incluso dudaba a la hora de hacerlo, lo que había supuesto, según se decía por los mentideros marcianos, el pase a mejor vida de estos indecisos.

Pero da Vico no vaciló, aun a sabiendas de que tal iniciativa supondría un daño prácticamente irreparable para su nave, único patrimonio del que disponían él y su compañero. Con el corazón en un puño, y fingiendo buscar una inexistente dosis de heroína en el hueco que quedaba tras la abierta trampilla, rompió el precinto y presionó con todas sus fuerzas el fatídico botón.

Los desprevenidos sabuesos se vieron sorprendidos por el pandemónium de alarmas, sonoras y visuales, que se desataron en la cabina inmediatamente después de que el italiano consumara su acción, pero bastaron apenas unas décimas de segundo para que su cuidado entrenamiento les hiciera reaccionar arrastrando al astronauta lejos del lugar del delito... Demasiado tarde, puesto que el mal estaba ya hecho. El Alcaudón se había convertido en un cuerpo muerto, y sería necesario someterlo a una profunda y compleja reparación antes de que pudiera volver a volar de nuevo.

Un minuto después McNamara increpaba al magullado da Vico en el camarote donde éste había sido encerrado. La pegajosa sonrisa tan habitual en su rostro había sido sustituida por una dura expresión que no presagiaba nada bueno.

—Amigo, la bromita les va a costar bien caro —su irritación era patente—. Además, su estúpido esfuerzo ha resultado vano. Todavía disponemos de la otra nave y, aunque ahora nos resulte algo más complicado, podremos llevar adelante nuestro plan tal como teníamos planeado. Lo único que han conseguido, ha sido destrozar su propia nave.

—Eso lo veremos —escupió el astronauta, pugnando infructuosamente por liberarse de la férrea presa a la que le tenían sometido sus captores—. No cante victoria tan pronto, maldito asesino; quien ríe el último, ríe mejor.

Iba a responderle su captor, cuando el zumbido de su móvil desvió la atención de éste. Tras escuchar nerviosamente el mensaje, que le hizo palidecer de modo patente, ordenó a sus subordinados:

—Vosotros dos cuidadme a este pájaro, y que alguno de vuestros compañeros haga lo mismo con el otro en la residencia. Luego me encargaré de ellos. Ahora tengo que ir a ver qué ocurre en la nave de la alemana; al parecer, también ella tiene ganas de juerga.

Una sonrisa de triunfo afloró en el tumefacto rostro del astronauta cuando el sicario abandonó de forma precipitada el Alcaudón. Federika, al parecer, también había cumplido con su misión.

* * *

—Bueno, chicos, ya terminó todo. Os juro que todavía no me lo puedo creer.

Federika, Salazar y da Vico se encontraban sentados en una mesa de Los canales de Marte, una de las muchas tabernas que, repartidas por toda la superficie del planeta rojo, eran frecuentadas por los astronautas independientes.

—Sí, pero a qué precio —gimió Salazar—. El Alcaudón está inutilizado, y no tenemos ni un céntimo para repararlo... ¡Si hasta nos hemos tenido que entrampar para poder remolcarlo hasta aquí!

—Bueno, Miguel, no es para tanto... Los de Universo Vivo nos han prometido ayuda; ya han abierto la suscripción pública, y sólo es cuestión de esperar un poco a que se recaude la cantidad necesaria para sufragarlos. La puñeta es que los buitres del seguro no quieran hacerse cargo del pago; con eso de que lo destrozamos nosotros...

—A la fuerza ahorcan —terció la alemana—. Y gracias a que yo pude escapar de Leucotea para advertirlos; no quiero ni pensar en lo que hubiera ocurrido de haberme salido mal las cosas.

—Fue una buena estratagema la del perro —rió el italiano en un evidente intento de quitar dramatismo—. La verdad es que no me gustaría verme enfrentado a él... Sesenta kilos de músculo y hueso en baja gravedad pueden ser realmente demoledores.

—Puedes estar bien seguro de ello; Adolf está muy bien entrenado. El animal es muy dócil, pero si me ve en peligro o yo se lo ordeno, es perfectamente capaz de destrozar al más pintando... ¡Menudo susto se llevaron esos fulanos cuando se les abalanzó encima! Todavía deben de estar corriendo.

—Bien empleado les está por estúpidos —remachó Salazar, aparentemente recuperado de su postración—. ¿Acaso creían que se trataba de un caniche?

—Eso debieron de pensar cuando les dije que mi pobre perrito estaba encerrado en el Walkiria y que no tenía más remedio que ir a darle de comer; evidentemente, olvidé advertirlos de que se trataba de un cruce entre mastín y gran danés. Los muy imbéciles entraron conmigo en la nave sin sospechar lo más mínimo, y en cuanto me desembaracé de ellos perdí el culo por despegar. El resto resultó fácil.

—Por suerte no te dispararon...

—Nunca se hubieran atrevido; eso hubiera supuesto su ruina. Finalmente, fueron buenos perdedores.

—Poco tenían que perder cuando los ecologistas dieron media vuelta una vez que, gracias a ti, fueron conscientes de la celada que se les había tendido... —Salazar, siguiendo su inveterada costumbre, había adoptado el papel de defensor del diablo.

—No lo creas, Miguel; ellos también estaban tocados del ala. Se les había descubierto el pastel, y había un testigo muy molesto: Yo. Además estabais vosotros; en esas circunstancias, ya no podían haceros desaparecer tal como en principio habían planeado. No les quedaba más remedio que aceptar su derrota parcial, y así lo hicieron.

—En realidad ambos se salieron con la suya —añadió da Vico—. Los ecologistas salvaron la cara, mientras la Mining consiguió quitarse de encima a esos moscones... Los únicos que hemos salido perdiendo somos nosotros. Por cierto, ¿sabéis de lo que me he enterado? La Mining ha anunciado a bombo y platillo que va a paralizar el método de extracción minera que tanto irritaba a los ecologistas... Aunque parece ser que la verdadera razón es que ya no les resultaba rentable seguir destripando asteroides. Pero han quedado como Dios los muy sinvergüenzas.

—No, si al final hasta acabarán dándose besitos —gruñó el español—. Mientras tanto, a nosotros nos echaron a patadas de Leucotea... Menos mal que, por lo menos, nos pagaron el viaje de ida.

—Sólo hubiera faltado eso. Los de la Mining son muy legalistas, por abogados en nómina que no quede, y ya se han cuidado muy mucho de no dejarnos el menor resquicio para una posible reclamación judicial. Si os fijáis, ellos no han hecho absolutamente nada que pudiera tipificarse como delito... Fuimos nosotros mismos los que destrozamos voluntariamente nuestra propia nave, e incluso Federika incumplió su contrato con la compañía. En definitiva —suspiró da Vico—; estamos vendidos. Ahora sólo faltaría que ellos y las otras multinacionales de su calaña nos pusieran en la lista negra.

—No te quepa la menor duda de ello —afirmó la germana—. Pero no te preocupes, en esta situación se encuentran buena parte de los astronautas independientes. Sobreviviremos.

—A mí lo que me preocupa es el tiempo que vamos a tardar en tener operativo el Alcaudón. Aparte de que dependemos de la ayuda económica de terceros, mientras tanto estamos varados sin ganar un solo céntimo... Pero comiéndonos los ahorros.

—Todo se solucionará, Luiggi. Yo no me fío demasiado de estos tipos de Universo Vivo, pero los muchachos están respondiendo bastante bien. No sacaremos mucho en limpio de la generosidad —Federika recalcó la palabra— de los ecologistas o de sus simpatizantes, de eso estoy segura, pero los astronautas siempre hemos ayudado a un compañero en apuros. Y mientras tanto, yo puedo echaros una mano. En el Walkiria hay sitio para uno de vosotros, que se podría venir conmigo hasta que el Alcaudón esté reparado; iremos a medias en los fletes.

—Te lo agradezco infinito, Federika, pero yo no puedo —se apresuró a responder el italiano exhibiendo su mejor sonrisa—. Ya sabes que soy alérgico a los perros, y Alfred suelta muchos pelos. Pero Miguel...

—¡Ah, no, eso sí que no! —exclamó el aludido dando un salto que casi derribó la mesa junto con todo lo que había sobre ella—. ¡Ni loco me encierro yo con ésta!

Y salió corriendo cual alma que lleva el diablo mientras sus dos amigos, intercambiándose una mirada cómplice, reían a carcajada limpia.