Historias del Alcaudón 5
ARS AMANDI
José Carlos Canalda

-Deja ya de jugar con el ordenador; nos ha salido trabajo.

—¿De veras? —gruñó Salazar sin apartar la vista del videojuego—. ¿De qué se trata en esta ocasión? ¿Recoger más chatarra espacial? ¿Soportar a un grupo de chiflados dando tumbos de asteroide en asteroide? ¿Pelearnos con mafiosos? Olvídalo; aquí, por lo menos, gano de vez en cuando...

—Esta vez es mucho más sencillo —respondió beatíficamente da Vico—. Tan sólo tenemos que trasladar a un grupo de prostitutas desde Marte hasta Pandora... Con sus chulos, por supuesto.

—¿Qué? —el aullido del astronauta español resonó hasta en el último rincón del Alcaudón —. ¡Tú estás loco! ¡Y además me has hecho perder una vida!

—¡Miguel, atiéndeme de una vez! Esto es más serio de lo que piensas.

—¡Claro que es serio! No va a ser una excepción. ¿Acaso no eran serios todos los embolados en los que nos hemos metido por culpa del señorito? El balazo que me metió en el cuerpo el gorila de Stöll fue muy serio. Y cuando estuvimos a punto de dejarnos el pellejo a manos de Fat Jones tampoco fue precisamente una broma. ¿Y ahora me vienes con esas? Chico, tú deliras. Si estás loco, adelante con tus locuras. Pero conmigo no cuentes.

—Está bien —suspiró el italiano—. Te aseguro que en esta ocasión todo es escrupulosamente limpio y legal, me lo ha confirmado el propio asistente de M'Babane. Las chicas tienen sus contratos en regla, saben perfectamente en qué van a trabajar, no han sido coaccionadas y la empresa que las contrata cumple religiosamente con sus obligaciones fiscales. Te guste o no, la prostitución es un negocio legal en el cinturón de asteroides.

—Eso a mí tres narices me importa. Simplemente, no me fío un pelo de esa gente.

—Pues te puedes fiar. Lo normal es que estas chicas viajen en vuelos regulares como un pasajero más, pero ocurre que Pandora está fuera de las rutas comerciales.

—Supongo que habrá alguna astronave que llegue hasta allí...

—Claro, los propios cargueros de la compañía minera que explota los yacimientos de niobio del asteroide. Pero el último partió hace tres días, y no habrá otro hasta dentro de dos meses. Las chicas tendrían que haber viajado en él, pero por culpa de un retraso en la concesión de sus visados llegaron a Marte cuando el transporte ya había zarpado. La empresa para la que trabajan, la Venus Pleasure Inc., se vio ante la disyuntiva de mantenerlas a la sopa boba durante casi dos meses, o fletar una nave para llevarlas allí. Fueron a preguntar a la cantina del astropuerto, casualmente yo andaba cerca y...

—El amigo da Vico siempre tan oportuno —ironizó Salazar—. Ahora me dirás que casualmente no había más naves disponibles, que te tuvieron que rogar encarecidamente que accedieras, que te han prometido el oro y el moro...

—Bueno, en realidad no fue exactamente así —confesó el italiano—. El dinero que ofrecían no era nada del otro mundo y fueron varios los capitanes que rechazaron la oferta, pero como nosotros estábamos sin un céntimo...

—¡Éste es mi Luiggi! —se burló ácidamente su compañero—. Además de esquirol, nos vendes a precio de saldo. Me pregunto si no seremos más putas que nuestras presuntas pasajeras...

—¡Miguel, por Dios, no exageres! ¿Prefieres que sigamos pudriéndonos en Marte? El administrador del astropuerto me ha vuelto a recordar todo lo que debemos en concepto de derechos de amarre, y en la cantina ya ni nos fían...

—¿Acaso supone esto alguna novedad? Llevamos años entrenándonos para faquires.

—Hombre, tampoco es para tanto; recuerda que... —pasada la explosión inicial, Salazar solía acabar dominado por la retórica de su amigo.

* * *

Las chicas eran un total de nueve, y venían acompañadas por dos tipos de aspecto patibulario y cara de pocos amigos cuyo vocabulario parecía reducido a monosílabos, los cuales atendían respectivamente —la economía verbal abarcaba, aparentemente, hasta a sus nombres propios— por John y Fred. Puesto que el Alcaudón tan sólo contaba con tres camarotes, hubo de ser habilitado un dormitorio provisional en la bodega, donde se instalaron seis literas. Salazar y da Vico —al menos en esto ganaron con respecto a viajes anteriores— se reservaron uno de los camarotes, mientras los dos chulos hacían lo propio con el contiguo. Ellos mismos distribuyeron a las chicas según sus particulares preferencias: Tres de ellas —sus favoritas— se instalaron en el camarote restante, mientras sus seis compañeras lo hacían en la bodega.

El viaje no resultaría demasiado largo; Pandora se encontraba en esos momentos cercano a la conjunción con Marte, por lo que bastaría con dos semanas escasas para que el Alcaudón alcanzara su destino. Fred, que al parecer era el portavoz del grupo, dejó bien claro nada más poner el pie en la nave que a la mercancía ni tocarla y, a ser posible, ni tan siquiera mirarla. En cuanto a las chicas, era evidente que habían recibido instrucciones estrictas al respecto, puesto que optaron por no abandonar voluntariamente su reclusión —bien en el tercer camarote, bien en la bodega— salvo en caso de estricta necesidad. Su lugar habitual de reunión era la bodega, donde se les había instalado un receptor de televisión, la cual abandonaban tan sólo para acudir al cuarto de baño y, en el caso de las tres ocupantes del camarote, para dormir. Evidentemente ni tan siquiera asomaban por la sala común, tomada por sus taciturnos cancerberos, ni, mucho menos, por la cabina, feudo de los dos astronautas.

Salazar y da Vico, por su parte, optaron prudentemente por reducir al mínimo su trato con los hoscos guardianes y a la nada con las chicas, como modo de evitar posibles incidentes. De hecho, permanecían el mayor tiempo posible en la cabina, donde incluso comían, saliendo de ella tan sólo cuando resultaba imprescindible. Su larga experiencia como astronautas independientes les aconsejaba no inmiscuirse en los asuntos de sus pasajeros, una regla de oro que procuraban cumplir a rajatabla... Pero esto no les impedía hablar entre ellos.

—¿Qué te parecen las chicas? —preguntaba el español a su amigo en uno de los muchos ratos muertos durante los cuales permanecían sentados ante los controles.

—Guapas, muy guapas... Y muy jóvenes, apenas son unas chiquillas. Lástima que...

—¿Que no las podamos catar? —se burló Salazar—. Ya sabes que la mercancía nunca se toca.

—¡No seas bruto, Miguel! —le recriminó su compañero—. No me refería a eso. Me dan lástima las pobres.

—Lástima... ¿por qué? Tú mismo me dijiste que tenían los contratos en regla y que sabían perfectamente a qué se iban a dedicar. Nadie las ha engañado, ni podemos hablar de trata de blancas. Así pues, allá ellas.

—La cosa no es tan fácil como parece —suspiró da Vico—. Que hayan aceptado dedicarse a la prostitución no significa necesariamente que lo hayan hecho de forma voluntaria. Habría que ver los motivos que las han empujado a caer tan bajo.

—¡Vaya, hombre! ¿Olvidas que fuiste tú quien aceptó el flete sin contar siquiera conmigo, y que luego intentaste convencerme de que se trataba de un negocio legal y bla, bla, bla...? Tarde te llegan los escrúpulos, chico.

—Es que no es lo mismo ver las cosas en abstracto que encontrarse con ellas de frente...

—¿No me dirás que te has enamorado de una de ellas?

—Por supuesto que no —negó con vehemencia el astronauta italiano—. Pero es que sólo con ver sus caras de pena...

—¿Las has estado espiando? Pues ten cuidado, no te vayan a capar esos energúmenos; tienen pinta de no andarse con chiquitas.

—No bromees; estoy hablando en serio. Ayer —por convención y comodidad en el interior de las astronaves regía un artificial, pero práctico, día de veinticuatro horas— fui al cuarto de baño, y tuve que esperar en la puerta porque estaba ocupado. De allí salió una de las chicas, que me miró pidiéndome ayuda antes de escabullirse camino de la bodega... Su rostro traslucía tristeza.

—Te advierto que no estoy dispuesto a ejercer de desfacedor de entuertos, y lo digo completamente en serio; bastantes quebraderos de cabeza hemos tenido en el pasado como para meternos en más berenjenales. Lo siento por esas chicas, pero no es nuestro problema.

—Puede que tengas razón —suspiró resignadamente da Vico—. La vida está plagada de situaciones injustas, y no podemos permitirnos el lujo de intentar solucionarlas. Bastante tenemos con sobrevivir nosotros.

Por desgracia para ellos, sus dotes proféticas resultaron ser nulas.

* * *

Ocurrió tan sólo tres días más tarde, cuando el Alcaudón navegaba plácidamente rumbo a su destino. Salazar y da Vico, que se encontraban en la cabina, oyeron una violenta discusión que llegaba hasta ellos atenuada por la distancia. Instantes después la puerta se abría con brusquedad, penetrando en el recinto una de las chicas. Su aspecto pregonaba bien a las claras que había sido víctima de la querella: Despeinada, con la ropa desgarrada, sangrando por la nariz y con la cara arañada, era la imagen misma del desconsuelo. Sollozando, les pidió ayuda.

Apenas les había dado tiempo a reaccionar a los dos astronautas cuando, pisándole los talones, hizo su aparición el patibulario Fred.

—¡Ven aquí, puta, que te voy a desollar viva! —exclamaba, iracundo, el gorila.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntaron a dúo ambos amigos interponiéndose en su camino, lo cual aprovechó la muchacha para refugiarse tras ellos—. ¿Qué es este escándalo? —añadió el italiano.

—¡Ésta... Ésta... Ésta...! ¡Furcia, más que furcia! —el proxeneta se atropellaba al hablar—. ¡Y ustedes, déjenme pasar!

—¡De eso ni hablar! —Salazar le plantó cara impidiéndole llevar a cabo sus intenciones—. Primero díganos lo que ha pasado.

Fulminándolos con la mirada, su interlocutor hizo ademán de estrangular a un imaginario enemigo con sus imponentes manazas, tascó el freno y finalmente, ya algo más calmado, habló.

—Esta fulana ha provocado una pelea con sus compañeras, y cuando intenté poner orden se revolvió contra mí. ¡Todavía me duelen los huevos de la patada que me soltó!

—¡Es mentira! —chilló la aterrorizada chica sin abandonar la protección que le brindaban las espaldas de los astronautas—. Fue Selene la que me provocó, llevaba provocándome durante todo el viaje, y cuando me harté y la respondí te faltó el tiempo para salir en defensa suya. Como es tu favorita...

—¡Te voy a...! —gritó su rival forcejeando con los dos atónitos pilotos.

—¡Basta ya! —ordenó da Vico recurriendo a toda su autoridad—. ¡Quieto todo el mundo! No pienso permitir peleas en nuestra nave. Y vamos todos a la sala; allí estaremos todos más cómodos, y podremos esperar a que se calmen los ánimos.

Cabizbajo, el hombretón obedeció malhumorado, encabezando en silencio la comitiva. Tras él siguieron los astronautas, seguidos por último por la asustada muchacha. En el corredor aguardaban, expectantes, el otro guardaespaldas y el resto de las chicas, todos los cuales contemplaban en silencio el desarrollo de los acontecimientos sin hacer siquiera el menor ademán por intervenir. Una vez que los cuatro protagonistas se encerraron en la sala común cerrando la puerta tras ellos, las chicas volvieron a sus alojamientos a instancias de su guardián, e incluso éste se quitó discretamente de en medio.

* * *

—Quiero que quede clara una cosa: En esta nave mandamos mi amigo y yo —da Vico estaba ejerciendo realmente de capitán— y no queremos altercados de ningún tipo en ella. No nos importan lo más mínimo sus querellas, ni lo que puedan hacer una vez hayan desembarcado en Pandora; pero mientras permanezcan en el Alcaudón deberán acatar nuestra autoridad. Y si no están conformes, puesto que no pueden abrir la puerta y marcharse, me reservo el derecho a recurrir a los patrulleros de la Policía Interplanetaria si lo considera necesario. ¿Entendido?

—Entendido —masculló entre dientes Fred; su humillación era evidente, como evidentes resultaban también los ímprobos esfuerzos que hacía por contenerse.

Salazar, por su parte, se mantenía en silencio sin quitarle ojo de encima; el fulano era mucho más robusto y, seguramente, también mucho más fuerte que cualquiera de ellos dos, por lo cual en caso de desatarse una pelea deberían aunar sus esfuerzos para neutralizarlo... Siempre y cuando no apareciera su compinche. Mientras tanto, meditaba sobra la ironía que supondría tener que pedir ayuda a la Policía Interplanetaria, cuando lo habitual a lo largo de su carrera como astronautas independientes había sido esquivarla... Realmente las cosas habían cambiado.

—Y usted, señorita, ¿qué tiene que decir? —remachó el italiano dirigiéndose a la chica, la cual no había abierto la boca desde que entraran allí.

—Yo... —balbuceó ésta con un hilo de voz al tiempo que clavaba la vista en el suelo—. Yo no quiero crear ningún problema a nadie. Pero tengo miedo de que me vuelvan a pegar.

Ante la mudo interrogación a que le sometieron a dúo ambos astronautas, Fred respondió malhumorado:

—Olvidaré la patada en los huevos... Pero no estoy dispuesto a consentir que se vuelva a pelear con las otras chicas.

—¿Llamamos a Selene? —preguntó Salazar.

—No serviría de mucho; ya nos ha dicho... ¿cómo te llamas, muchacha?

—Gwendolyne —respondió ésta secándose los húmedos ojos con el dorso de la mano.

—Ya nos ha dicho Gwendolyne —prosiguió da Vico—. Que sus peleas con Selene fueron continuas desde que se embarcaron... Sería preferible separarlas.

—Lo estaban —gruñó el cancerbero—. Selene duerme en el camarote, y ésta en la bodega. Me encargué personalmente de ello. Pero fue inútil; la mayor parte del tiempo la pasan todas ellas en la bodega, por lo que los roces son inevitables. Además, también se ha peleado con las otras...

—Entonces habrá que recurrir a una solución diferente —repuso el astronauta con rapidez, impidiendo una respuesta presumiblemente conflictiva de la chica—. Está claro que lo mejor que se puede hacer es separarla de sus compañeras... Lo cual no resulta fácil en una nave del tamaño del Alcaudón. Quizá podríamos alojarla en nuestro camarote durante los días que quedan de viaje. ¿Tú qué opinas, Miguel?

Pero el interpelado ni siquiera tuvo tiempo de abrir la boca, puesto que se le adelantó Fred vociferando como un energúmeno.

—¡Alto ahí, que os veo venir! Sois muy listos; lo que queréis es tiraros a esta zorra. ¿Me tomáis por un imbécil?

—Lamento decirle que se equivoca de plano —el tono de la voz de da Vico no podía ser más glacial—. Ni mi amigo ni yo tenemos la menor intención de tocarle un solo pelo a su protegida.

—¿Pretendéis que me crea que va a dormir con vosotros sin que pase nada? ¿Acaso no tenéis sangre en el cuerpo? A no ser, claro está, que seáis maricones...

—Le puedo garantizar que no lo somos —respondió el italiano al tiempo que contenía con un mudo gesto a su impulsivo compañero—. Pero no tenemos el menor interés en complicarnos la vida. No vamos a compartir el camarote con ella; nosotros dormiremos en los sillones de la cabina. Y si nuestra palabra no le resulta suficiente garantía —añadió con sorna—, siempre puede ponerle un precinto a la chica.

—Bueno, si es así... —rezongó el gorila mientras sus torpes neuronas funcionaban trabajosamente al máximo rendimiento analizando la posibilidad de un hipotético engaño—. ¡Pero como os vea arrimaros a ella, os juro que os despedazo con mis propias manos!

—Pierda cuidado; no le daremos ese placer —zanjó el astronauta sintiendo cómo se clavaban silenciosamente en él los ojos de los otros dos interlocutores; mirada de agradecimiento la de Gwendolyne, y de ira apenas disimulada la de su compañero y amigo; ahora le tocaría soportar el chaparrón de éste, pensó resignado.

* * *

Cinco días más tarde el Alcaudón aterrizaba sin novedad en el pequeño astropuerto del asteroide Pandora, con sus dos cansados propietarios acusando en sus cuerpos el tiempo que habían pasado encerrados en la cabina. Salazar conservaba íntegro su mal humor por la jugarreta que le había deparado su compañero, pero esto no preocupaba en demasía a da Vico; ya se le pasaría. Lo importante era que habían conseguido conjurar un posible conflicto entre sus pasajeros, aunque el astronauta español renegaba de las geniales ideas de su compañero insistiendo una y otra vez en que cuatro bofetadas bien dadas habrían hecho entrar en razones a la chica sin necesidad de más historias. Además, argumentaba exhibiendo unas altas dosis de cinismo, los proxenetas hubieran sido los primeros interesados en no deteriorar demasiado a la mercancía.

Evidentemente da Vico no pensaba igual. Y, aunque negaba de forma categórica la insinuación de su amigo de haberse encandilado con la muchacha, lo cierto era que se había desatado en él un sentimiento de protección hacia ella desde el mismo momento en que se cruzaran silenciosamente en el pasillo de la nave; porque, como reconoció paladinamente a Salazar, se trataba de la misma chiquilla de ojos tristes y aspecto desvalido que le hubiera llamado la atención días atrás.

Por lo demás la propia Gwendolyne había cumplido su promesa haciéndose invisible, tanto para los propietarios del Alcaudón como para sus propios compañeros de viaje, y éstos a su vez la habían dejado en paz aunque, previsoramente, tanto Fred como su compañero se habían encargado de custodiar de forma ostentosa la puerta de su camarote para impedir, llegado el caso, que la chica pudiera entrar en contacto, siquiera de forma fugaz, con sus forzados paladines. Vano empeño puesto que los astronautas no tenían la menor intención de buscarse quebraderos de cabeza, pero al menos el energúmeno pudo así curar su orgullo herido.

Todo ello había acabado ya, y tras cumplir con los trámites burocráticos todos los pasajeros abandonaron en silencio la nave sin ni tan siquiera despedirse de sus anfitriones. La única excepción fue Gwendolyne que, zafándose momentáneamente del férreo control al que era sometida, les dirigió una lánguida mirada acompañada de un escueto gracias que tuvo la virtud de hacerle un nudo en la garganta a da Vico, reuniéndose acto seguido con sus impacientes compañeros.

Salazar y da Vico, por su parte, tenían urgente necesidad de estirar las piernas después de varios días de tan incómodo encierro voluntario, a lo cual había que sumar la conveniencia de que el primero de ellos pudiera desahogar su humor de perros recurriendo a las escasas diversiones que ofrecía ese pedrusco sideral. Además tenían necesidad de contactar con los representantes de la Venus Pleasure Inc. para hacer el papeleo que les permitiría cobrar sus honorarios antes de marcharse de allí con viento fresco.

Así pues, siguieron los pasos de sus pasajeros encaminándose hacia el pequeño complejo vecino al astropuerto que constituía la capital de Pandora: Apenas un puñado de edificios formado por las oficinas de la compañía multinacional que explotaba los yacimientos del asteroide, la delegación —más simbólica que real— de la Policía Interplanetaria, los alojamientos de los mineros y el sector de ocio, representado en exclusiva por el prostíbulo regentado por la Venus... Y nada más, puesto que los muelles donde se almacenaba la niobita, los talleres donde se reparaban las astronaves y la pequeña cantina que cubría las necesidades de estibadores y pilotos se alzaban al otro lado de la pista de aterrizaje. La residencia que albergaba a los empleados de la compañía —excepto a los mineros— y a los técnicos del astropuerto, por último, quedaba oculta tras el curvado horizonte, pero en cualquier caso eso era algo que les resultaba totalmente indiferente, ya que los astronautas tenían vedado el acceso a ella.

El representante en Pandora de la Venus Pleasure Inc. era un atildado hombrecillo de aspecto insignificante y sexualidad equívoca que no disimulaba su amaneramiento y, desde luego, no habría dado en modo alguno la imagen de fortaleza que parecía imprescindible para regentar un garito de esas características —los mineros de los asteroides solían ser tipos rudos— de no haber ido escoltado por dos moles de desbordantes músculos y contraído cerebro capaces de apaciguar con su mera presencia al más exaltado de los camorristas.

Los modales del personaje, que dijo llamarse Walter M. —de Monroe— Chappaquiddick, eran descaradamente afeminados, algo que molestaba sobremanera a Salazar y a da Vico; pero el negocio era el negocio, razón por la cual procuraron olvidarse de sus prejuicios al menos hasta que hubieran cobrado sus honorarios. Éste no era el caso de su locuaz interlocutor, que no se cansaba de alabar la apostura de ambos para incomodidad de los aludidos, al tiempo que quitaba importancia al incidente ocurrido entre Fred y Gwendolyne felicitándoles por haber sabido mantener el control de la situación. ¡Qué se podía esperar de una gente tan vulgar, aunque necesaria...!

Finalmente, tras entregarles el dinero —en metálico y sin mayores trámites— insistió en invitarlos a visitar su establecimiento, sin dejar demasiado claro si se refería únicamente al bar o si, por el contrario, la invitación incluía también a las chicas. Temerosos de que tras la oferta se ocultara en realidad un intento de desplumarlos del dinero recién ganado, los astronautas declinaron educadamente. Esta negativa no melló en modo alguno la insistencia del proxeneta sino que, antes bien, la incrementó: Pese a que Pandora se hallaba a trasmano de las rutas comerciales, y pese también a que los mineros eran gente tosca y extremadamente grosera —aquí hizo un inequívoco mohín de disgusto—, la Venus Pleasure Inc. tenía a gala disponer de una oferta con un garantizado nivel de calidad. Su bar disponía de las mejores bebidas alcohólicas de todo el Cinturón a unos precios razonables —habría que ver lo que entendía el fulano por razonables—, y en cuanto a las chicas... Bien, aunque existían ofertas baratas para satisfacer la rijosidad de los poco exigentes mineros, también podía proporcionarles servicios selectos reservados para gente refinada como los técnicos y los ejecutivos de la empresa minera. O, como favor especial, también para ellos. De hecho, las chicas que habían traído al asteroide estaban destinadas precisamente a ello, y ya habían podido comprobar que no tenían el menor desperdicio. Y si sus gustos eran liberales y desinhibidos —remachó finalmente, tras constatar las reiteradas negativas de sus esquivos clientes— también les sería posible disfrutar de una compañía agradable y divertida, no necesariamente femenina.

Al llegar ese momento a Salazar y a da Vico se les encendieron súbitamente todas las alarmas, por lo que pretextando la primera excusa que se les ocurrió —un inexistente flete en Ceres que debían atender con urgencia— pusieron pies en polvorosa alejándose cual alma que lleva el diablo de tan pegajoso personaje. Éste, por su parte, se resignó a dejarles ir sin haberles podido sacar nada... Lo cual era una lástima, teniendo en cuenta lo atractivos que le resultaban.

* * *

Una vez a salvo en el acogedor refugio del Alcaudón, los dos camaradas iniciaron los trámites previos al despegue.

—¡Uf...! Vaya sarasa que era el tío —exclamó Salazar con irritación—. ¿Has visto de qué manera nos miraba? Un poco más y no sé si no nos hubiera metido mano.

—Cerca estuvo de ello —respondió flemáticamente su compañero— y, vistos los bigardos que le acompañaban, mucho me temo que en ese caso no hubiéramos tenido más remedio que tragar... Lo siento por ti, pero dadas las circunstancias tan sólo me hubiera quedado la esperanza de no ser su tipo.

—¡Pero serás...! —fingió explotar el español—. Mal amigo, ¿habrías sido capaz de dejarme caer en las garras de ese bujarrón marchándote tú de rositas?

—Hombre, si la alternativa hubiera sido quedarme yo disfrutando de sus caricias mientras tú te largabas... Amigo mío, antes es Dios que la Virgen, y ciertas partes de mi cuerpo son sagradas —se mofó da Vico riéndose a carcajadas.

—Por cierto, también es casualidad que hayan puesto a ese elemento al frente de un prostíbulo de mineros... Parece de chiste.

—No lo creas, es exactamente lo mismo que colocar a un diabético regentando una pastelería; nada más seguro. Por su parte él también dispondrá de su ración de macho siempre que lo desee, materia prima no le faltará, y ya tiene a los zombies esos para protegerle en caso necesario. En fin, con su pan se lo coman. Nosotros hemos hecho nuestro trabajo, nos han pagado a tocateja y ya estamos de más aquí; así que vámonos con viento fresco... Si el cretino del controlador nos da permiso para despegar de una puñetera vez; ¡ni que esto fuera el astropuerto central de la Luna! ¿A qué esperan estos fulanos, si no hay ninguna otra nave en la pista?

—Probablemente estarán desayunando o haciendo cualquier tontería; la verdad es que se lo toman con calma —gruñó el siempre irascible Salazar—. ¡Ah, Luiggi, se te había olvidado conectar los sensores de la bodega! Mira que si se nos hubiera colado un polizón...

La respuesta a la acción del astronauta fue el encendido de una luz de alarma el en abigarrado panel de control de la cabina. Los dos amigos, tras comprobar su significado, se miraron con perplejidad.

—Miguel, ¿revisaste la bodega después de marcharse los pasajeros?

—Por supuesto —respondió amoscado el aludido—. Quería comprobar que hubieran dejado todo recogido y en orden.

—Pues según el detector de infrarrojos, hay algo caliente allí; y se está moviendo.

—Voy para allá a ver qué pasa —respondió el español incorporándose de su asiento.

—Ten cuidado.

—Descuida; por si acaso, llevaré esto —dijo al tiempo que empuñaba la pistola de aguja que, por precaución, guardaban en un escondite secreto de la cabina.

Pero Salazar no tuvo necesidad de utilizar el arma, ya que el polizón obedeció dócilmente sus órdenes acompañándole a la cabina, donde la sorpresa de da Vico fue mayúscula.

—¡Gwendolyne! ¿Qué haces tú aquí?

La chica sonrió tímidamente, bajó la vista al suelo repitiendo el gesto que tanto turbaba al astronauta, y respondió con un hilo de voz:

—Necesito huir de Pandora. No quiero trabajar como prostituta.

—¡Muy bonito! —exclamó su captor, aparentemente insensible, a diferencia de su compañero, a sus innegables encantos femeninos—. ¿Y no podías haberlo pensado antes de firmar el contrato en la Tierra? Porque no me vendrás ahora con la excusa de que creías que te contrataban como bailarina...

—No —musitó entrecortadamente entre hipidos—. Sabía perfectamente lo que firmaba... ¡Pero estaba desesperada, y no veía otra manera de huir del lío en el que estaba metida!

—Vamos a ver, muchacha —intervino da Vico interrumpiendo de forma deliberada a su exaltado compañero—. Siéntate aquí —ordenó, ofreciéndole su propia butaca—, tranquilízate y cuéntanos tu problema. Y tú, Miguel, deja de mirarla con esos ojos asesinos y estáte pendiente de la torre de control; no creo que tarden mucho en autorizar el despegue.

—¡Muy bonito! —bufó el aludido—. Don Quijote de los Asteroides, siempre tan caballeroso con las mujeres... ¿Acaso no sabes que nuestra obligación es hacerla desembarcar y entregarla a las autoridades astroportuarias? No lo digo yo, lo dicen las leyes astronáuticas. Lo siento si la chica se ha complicado la vida, pero éste no es nuestro problema, sino el suyo. Debería haberlo pensado antes.

Gwendolyne, por toda respuesta, rompió a llorar desconsoladamente hundiendo el rostro entre sus delicadas manos. Da Vico fulminó a su amigo con la mirada y continuó:

—Las leyes dicen que, cuando se descubra la presencia de un polizón a bordo, la tripulación de la nave está obligada a entregarlo a las autoridades en la primera escala que se realice o, en su caso, a una patrullera de la Policía Interplanetaria durante el trayecto.

—Pero... —la turbación de Salazar era evidente.

—No hay peros que valgan. Nosotros no hemos encontrado a nadie mientras estábamos todavía posados en el astropuerto. Gwendolyne aparecerá cuando ya hayamos despegado, y las leyes no nos obligan a volvernos atrás si no lo deseamos. La desembarcaremos en Marte.

—Tú y tu afición a meternos en líos... Esto no les va a gustar nada a los de la Venus...

Tampoco me habría gustado lo que le hubieran hecho a esta pobre criatura de haberse quedado en Pandora. Y no se hable más; atiende al despegue mientras yo le ayudo a instalarse en uno de los camarotes. No tiene sentido que siga pasando incomodidades en la bodega. Ah, y si llamaran preguntando por ella, hazte el tonto. Tenemos que salir de aquí antes de que la echen en falta.

—A la orden, jefe —rezongó Salazar hundiendo la vista en los controles—. ¿Quién me mandaría a mí asociarme con semejante zumbado?

* * *

El Alcaudón volaba de nuevo por la inmensidad del espacio de retorno a Marte. Los temores de Salazar habían resultado infundados, ya que la torre de control de Pandora dio el permiso de despegue sin hacer la más mínima alusión a la fugitiva. De hecho, fueron los propios astronautas los que comunicaron su existencia una vez que hubieron puesto suficiente distancia por medio como para justificar su negativa a retornar al asteroide.

El controlador no mostró mayor interés por la incidencia, limitándose a informarles que la remitiría a la delegación de la Policía Interplanetaria y a los responsables de la Venus Pleasure Inc., tras lo cual se despidió. Unos minutos después recibían las respuestas. El delegado policial, molesto porque le habían interrumpido su solaz precisamente cuando disfrutaba de las instalaciones del prostíbulo, se limitó a solicitarles que cumplieran con las ordenanzas, mostrándose conforme con la decisión de da Vico de entregar a la chica a las autoridades marcianas.

Muy diferente fue la reacción de Chappaquiddick, ya de por sí predispuesto en contra de los dos astronautas a causa de su reciente rechazo a los favores del proxeneta. Irritado profundamente con ellos, lo que insuflaba rasgos cómicos a su amanerada figura, acusó a los dos amigos de haber raptado a Gwendolyne al tiempo que les exigía el regreso inmediato del Alcaudón a Pandora y la entrega sin condiciones de la renuente prófuga.

Con una calma premeditada da Vico —de común acuerdo Salazar había preferido mantenerse en un discreto plano— negó todas las acusaciones del hombrecillo y rehusó acceder a sus exigencias, reafirmándose en su compromiso de llevar a la muchacha a Marte. En cuanto al incumplimiento de contrato en que había incurrido ésta, así como los daños y perjuicios que su espantada hubiera podido ocasionar a la empresa, eran algo que deberían dirimir entre ellos sin involucrar a los propietarios del Alcaudón, primeras víctimas —el astronauta enfatizó deliberadamente la frase— de un conflicto que les resultaba ajeno. Dicho esto, y sin dar tiempo siquiera a su interlocutor para responder, cortó la comunicación dejándole con dos palmos de narices.

—¡Anda y que ten den...! —exclamó de manera harto gráfica—. Bueno, una cosa zanjada. Ahora tendremos que hablar largo y tendido con Gwendolyne. Miguel, ¿te importaría llamarla?

—Como quieras, Luiggi. Pero antes, dime una cosa. ¿Qué cuernos piensas hacer cuando lleguemos a Marte? ¿Realmente vas a entregársela a la Policía Interplanetaria? Si esos buitres de la Venus se lo proponen, acabará de prostituta en el rincón más infecto del Sistema Solar, o se pudrirá en la cárcel al no poder pagar la indemnización por daños y perjuicios que con toda seguridad le van a exigir. Esa gentuza sabe aprovecharse de todos los recovecos legales, y por desgracia tienen cogida la sartén por el mango. Lo siento por la chica; no tengo nada claro que le hayamos hecho un favor.

—Bueno, cuando lleguemos a Marte ya veremos como nos las apañamos —suspiró éste.

La mirada de perplejidad que Salazar dirigió a su amigo fue más expresiva que cien palabras.

* * *

—Soy americana, de un pequeño pueblo de Kentucky, y mi nombre verdadero no es Gwendolyne, sino Norma: Norma Smith. Mis padres son propietarios de una pequeña granja cuya hipoteca vencía, y no disponíamos del dinero necesario para amortizarla. Yo marché a Nueva York en busca de trabajo, y allí... —un sollozo interrumpió la narración de la muchacha.

—Tranquila, Gwen... Norma. Estás entre amigos —le consoló da Vico—. Cálmate y cuéntanos sólo lo que creas conveniente decirnos.

—Ya da todo igual —suspiró enjugándose las lágrimas—. Allí en Nueva York tuve muy mala suerte. Conocí a un chico del que me enamoré ciegamente y al que me entregué en cuerpo y alma. Nunca lo hubiera hecho; era un canalla de la peor calaña que... Bueno —suspiró de nuevo—, prefiero olvidarlo. Cuando me di cuenta del ambiente en el que me había sumido ya era tarde para dar marcha atrás; estaba atrapada como en una telaraña. Fue entonces cuando conocí por casualidad a un reclutador de la Venus Pleasure Inc. que iba buscando chicas para sus locales del cinturón de asteroides, y no lo dudé un solo instante; era la única posibilidad que tenía de huir de esa ratonera. Firmé el contrato sin pensármelo dos veces y... el resto ya lo conocéis.

—Todo no —interrumpió hoscamente Salazar—. ¿Por qué razón huiste de Pandora?

—Cuando me contrataron en Nueva York, pensé que nada podría ser peor que lo que dejaba atrás. Pero el viaje desde la Tierra fue un infierno, el resto de las chicas y en especial esa Selene me hacían la vida imposible. Yo, yo... yo no soy como ellas. Yo quiero ser una mujer decente, casarme y formar una familia... Pero soy una desgraciada.

Y rompió a llorar con desconsuelo. Da Vico, completamente turbado, intentó consolarla.

—Calma, chiquilla, ya pasó todo —le dijo mientras acariciaba su sedosa cabellera—. Nadie te va a hacer daño. Pobrecilla, qué mal lo has debido pasar...

—No eran sólo las chicas. Los dos chulos que nos acompañaban eran unos auténticos sádicos. Y luego el degenerado del mandamás de Pandora... ¡Oh, Dios mío!

—¿Qué ha sido de la granja de tus padres?

—No lo sé, no tengo noticias suyas desde que partimos de la Luna, esos gorilas nos tenían prohibido cualquier contacto con familiares o amigos. Antes de salir les envié todo el dinero que me pagaron de adelanto, diciéndoles que había encontrado trabajo en una oficina. No era suficiente para pagar toda la deuda, pero confío en que no les hayan desahuciado...

—Cuando lleguemos a Marte, no tendremos más remedio que entregarte a la Policía Interplanetaria; has infringido varias leyes, y resultaría imposible esquivarlas. Pero si les cuentas lo mismo que nos has dicho a nosotros, es muy probable que te ofrezcan amparo... Además están los movimientos antiprostitución, a los cuales podrás pedir ayuda... Y por supuesto, también podrás contar con nosotros.

—Gracias... gracias.

—Un momento —intervino de nuevo el taciturno Salazar, que hacía patentes esfuerzos por rumiar su mal humor—. Todo eso que nos has contado está muy bien, pero hay algo más que quisiera saber. ¿Cómo lograste escapar de las garras de esos fulanos, si como tú has dicho os vigilaban estrechamente? ¿Cómo llegaste hasta nuestra nave, si carecías de traje espacial? ¿Cómo pudiste entrar en ella, si estaba cerrada?

—Yo hubiera preferido no tener que hablar de eso; pero creo que es mejor que sepáis todo... —explicó ruborizándose—. Una vez que nos instalaron en el local y nos informaron de nuestras obligaciones, nos enviaron al bar a captar clientes. Tuve la suerte de conocer a un mecánico del astropuerto que, según me dijo, tenía que venir aquí a hacer algunas revisiones de rutina antes de que os marcharais. Le conté mi historia, le rogué que me trajera... Y él se apiadó. Vinimos en su vehículo presurizado, y entramos en la nave por el diafragma... Al menos, así lo llamó él. Hizo las reparaciones que tenía que hacer y se marchó, mientras yo me escondía en la bodega.

—Eso explica todo —zanjó da Vico—. Ahora, lo que tenemos que hacer es ver cómo resolvemos el embrollo de Marte.

* * *

Conforme pasaban los día, cada vez resultaba más patente que el bueno de Luiggi da Vico se había enamorado como un auténtico colegial. Salazar, todavía escocido por la irritante propensión de su amigo a meterlos en líos, no perdía ocasión para zaherirlo, algo que al italiano no parecía importarle demasiado, obsesionado como estaba en hallar la forma en la que Gwendolyne, o Norma, pudiera zafarse del dogal que le había tendido la Venus Pleasure Inc..

La protagonista principal, por su parte, había adoptado unas discretas pautas de comportamiento que en poco se diferenciaban de las que ya mostrara durante el accidentado viaje de ida. Encerrada en su camarote y muda y sorda para todo cuanto no fuera agradecer una y otra vez a los astronautas su ayuda, era la imagen misma de la circunspección. Ciertamente no parecía una mujer descarriada, sino una inocente muchachita indefensa merecedora de todo tipo de protección.

Y da Vico se la proporcionaba, con el consentimiento tácito del gruñón, pero inofensivo, Salazar. Pese a ser dos tipos duros y bragados acostumbrados a sobrevivir en un medio tan hostil como era el cinturón de asteroides, ambos respetaban a su pasajera como si de la flor más delicada se tratara. Este comportamiento, al menos en Salazar, podía ser interpretado como una mezcla de indiferencia y respeto a su compañero, pero para el italiano tan sólo había una palabra que lo pudiera explicar: Amor.

¿Correspondía el objeto de sus sueños al fervor que éste le mostraba? La respuesta, como solía ocurrir siempre que un hombre intentaba interpretar los inescrutables comportamientos femeninos, resultaba harto difícil de pronunciar. Gwendolyne —éste era el nombre con el que la seguía acariciando mentalmente su enamorado, y no su prosaico apelativo real— se dejaba querer sin traslucir ni agrado ni desagrado, una actitud lo suficientemente ambigua como para dar alas a las esperanzas del curtido astronauta, el cual no se atrevía en su timidez ni a rozarla siquiera cuando las estrecheces del Alcaudón obligaban casi al contacto físico de sus tripulantes.

Así ocurrió una noche —llamémosle así al período de descanso— cercana ya la temida llegada a Marte. Da Vico acababa de ser relevado por su compañero en la cabina, y se dirigía a su camarote cuando, al pasar por la puerta tras la que dormía Gwendolyne, descubrió con sorpresa que ésta estaba entreabierta. Intrigado por lo insólito de la situación —la muchacha era extremadamente pudorosa—, no pudo resistir la tentación de asomar la cabeza.

Allí estaba. Tierna como una ninfa, apenas velado su grácil cuerpo por una sábana que en su mayor parte había resbalado al suelo, se mostraba ante sus ojos gozosamente desnuda a modo de himno triunfal a la belleza y al amor. Da Vico, tragando saliva, se vio obligado a librar una enconada batalla entre su instinto masculino, ardiente bajo el raudal de hormonas que se derramaban ferozmente en su torrente sanguíneo, y su responsabilidad como anfitrión respetuoso de la virtud de quien en él había confiado. Muy cerca estuvo de caer en la irresistible tentación que se mostraba incitante ante sus sorprendidos ojos, pero finalmente acabó triunfando la prudencia no sin dificultades, la cual le recomendó retirarse discretamente a su camarote; eso sí, ni esa noche ni las siguientes lograría dormir, obsesionado como estaba por la visión celestial que había tenido la suerte de gozar de forma tan efímera como intensa.

* * *

Conforme se acercaba el día en que el Alcaudón rendiría viaje en Marte el humor de da Vico se fue agriando cada vez más, hasta llegar a superar al eterno gruñón de su compañero. Por más vueltas que le daba, seguía sin encontrar una solución al rompecabezas que supondría la entrega de Gwendolyne a la Policía Interplanetaria. Asimismo, se maldecía una y mil veces por haberse precipitado denunciando su presencia como polizón en la astronave, aun a sabiendas de que le habría resultado imposible ocultarla a los minuciosos controles policiales.

¿Y si se casaba con ella? La idea le iluminó la mente. Salazar, a quien consultó, le dijo lisa y llanamente que estaba loco. Optó entonces por consultar, no sin dificultades debido a las barreras burocráticas de toda índole que hubo de sortear, al propio MīBabane. El jefe de la Policía Interplanetaria se mostró muy sorprendido por su iniciativa, pero tras hacer un comentario socarrón acerca de la notable habilidad de los tripulantes del Alcaudón para meterse en líos, principalmente habiendo faldas por medio, le remitió a los servicios jurídicos del organismo policial, ante los cuales le recomendó personalmente. Mientras tanto, huelga decirlo, la dulce Gwendolyne se mantenía ajena por completo a las maniobras de su enfebrecido enamorado.

La respuesta de los servicios jurídicos fue precisa, demasiado clara para lo que hubiera deseado el italiano: De no mediar denuncia por parte de la tripulación del Alcaudón, como era evidente que no la habría, en lo que a la Policía Interplanetaria se refería la muchacha tan sólo había incurrido en una infracción administrativa, al regresar a Marte sin poseer un permiso de residencia válido para este planeta. Ahora bien, nada le impedía legalmente tomar una astronave que la condujera a la Tierra; la única limitación sería que, mientras permaneciera en el planeta rojo, no podría abandonar el recinto del astropuerto, corriendo por su cuenta todos los gastos de alojamiento y mantenimiento.

Hasta ahí no había mayor problema, salvo en el hecho de que la chica no tenía ni un céntimo, ni los astronautas podían permitirse el lujo de prestárselo. Eso sí, si Gwendolyne se casaba con uno de ellos las cosas cambiarían radicalmente, ya que entonces podría convivir con ellos en el Alcaudón al haberse convertido en un miembro más de la tripulación.

Caso aparte era el tema de la Venus Pleasure Inc. La compañía había interpuesto una denuncia a la fugitiva por incumplimiento de contrato, y le exigía una abultada cantidad en concepto de indemnización por daños y perjuicios. El pleito era civil, no penal, y no acarreaba ningún tipo de sanción o arresto; pero de perder Gwendolyne el pleito, y resultaba evidente que lo perdería, se vería obligada a entregar a sus antiguos empresarios un dinero del que carecía. Ya a título personal, que no oficial como se encargó de recalcar su informante, el agente le advirtió a da Vico sobre la irresponsabilidad que supondría rehusar el pago una vez que fuera firme la sentencia judicial; pese a su imagen de legalidad la Venus Pleasure Inc. no se andaba con chiquitas a la hora de reclamar las deudas, supliendo la inercia burocrática de la administración judicial con un ágil y eficiente servicio propio de cobro a morosos, el cual acostumbraba a recurrir a métodos poco ortodoxos, cuando no dudosamente legales, para conseguir sus propósitos. Sí, la Policía Interplanetaria estaba al corriente de estas prácticas pero, atada de pies y manos como estaba por las leyes, no le quedaba otro remedio que mirar para otro lado consignando como accidentales las consecuencias poco agradables de estas actividades.

Da Vico estaba desesperado, y hacía pagar los platos rotos de su malhumor al pobre de Salazar. Éste, con un pragmatismo que rozaba descaradamente el cinismo, no se hartaba de recomendarle que se olvidara de la chica y la dejara sola con sus problemas, algo que tenía la virtud de irritar profundamente a su amigo. Gwendolyne, mientras tanto, se limitaba a ser amable con ambos sin traslucir en ningún momento ni sus emociones ni sus temores. Aparentemente, no parecía importarle demasiado todo cuanto pudiera estar relacionado con su incierto futuro. Y, puesto que Luiggi no se había atrevido a comunicarle las desazonantes nuevas ni, todavía menos, su descabellado proyecto de matrimonio, parecía vivir en un mundo ajeno a la realidad... Aunque, mal que le pesara, esto no duraría demasiado tiempo.

Finalmente el instante fatídico llegó. El Alcaudón aterrizó sin novedad en Marte, y sus tripulantes recibieron órdenes de dirigirse al puesto de control policial llevando consigo a la pasajera. Por mucho que da Vico intentara retrasar lo inevitable, la hora había llegado. Ya no cabían más dilaciones. Pero él, hundido en su butaca, no mostraba la menor intención de afrontar los hechos.

—Bueno, tío, ¿a qué esperas? —le increpó Salazar—. Tendremos que movernos, ¿no?

—Ve tú. Yo me quedo aquí.

—¡Y un cuerno! ¡Ya está bien de hacer el imbécil! Escúchame bien, porque no te lo pienso repetir: Ahora mismo te vas a levantar, vas a coger a esa chica por las orejas o por donde mejor te parezca, y se la vas a entregar a la policía. Y si no lo haces así, rompemos en este mismo momento nuestra sociedad y nos largamos cada uno por nuestro lado. ¿Queda claro?

Un tenso silencio fue la única respuesta a la filípica. En su fuero interno Luiggi era consciente de que Salazar tenía razón, pero su frenesí amoroso le impedía reconocerlo. Y desde luego, estaba dispuesto a cometer cualquier locura con tal de impedir que le separaran de su amada.

Nunca sabrían hasta donde podrían haber llegado las cosas de no haberse producido repentinamente un anticlímax a causa de la súbita aparición de la propia interesada en la cabina. Gwendolyne, o Norma, era la misma de siempre, pero algo importante había cambiado en ella. Su mirada no era ahora lánguida y asustadiza, sino fría y autoritaria; la tímida jovencita se había transfigurado en otra persona muy distinta.

—Chicos, no hace falta que discutáis por mi culpa; no tengo la menor intención de crearos problemas.

La sorpresa fue mayúscula en ambos contendientes, pero la interpretación que le dieron no fue precisamente la correcta.

—¡Gwendolyne! —exclamó da Vico dirigiéndole una mirada transida de dolor—. Tenemos que hablar de muchas cosas.

—Por supuesto que sí —respondió la aludida con voz acerada—; pero no de lo que tú pretendes. Voy a dejaros bien clara una cosa: No soy quien creíais que era.

Un jarro de agua fría pareció verterse sobre la espalda del italiano. Sin darle tiempo a reaccionar, la mujer continuó:

—Efectivamente me llamo Norma Smith, pero no soy una paleta caída ingenuamente en las redes de una red de proxenetismo; soy militante del Frente Feminista Anti Prostitución, y me ofrecí voluntaria para la misión de infiltrarme en una de estas compañías con el fin de recabar pruebas para denunciarlas y promover su ilegalización. Todo lo demás fue una farsa, incluida mi novelesca fuga y mi patética petición de ayuda; os pido disculpas por haberos engañado, pero no me quedaba otra solución si quería llevar a cabo con éxito mi misión. Si lo estimáis conveniente, el F.F.A.P. está dispuesto a entregaros una compensación económica en concepto de indemnización por las molestias que os hayamos podido causar.

* * *

La reacción de los dos amigos no pudo ser más dispar. Mientras da Vico se quedaba sin habla, el rostro de Salazar enrojeció de ira adoptando la inequívoca expresión del ya sabía yo que esto iba a pasar. Sin embargo, nada de ello pareció hacer mella en su interlocutora, que siguió hablando como si nada ocurriera.

—Ah, y no os preocupéis por mí. No tendré el menor problema con esos miserables; a estas alturas mis compañeros ya les habrán reembolsado el dinero que me reclamaban. Ahora sabrán lo que es bueno.

—Señorita Smith —Salazar había conseguido finalmente articular algunas palabras—. ¿Acaso no podía habérnoslo confiado en Pandora? ¿Por qué razón nos mantuvo engañados durante todo el viaje?

—Por seguridad; no podía correr el riesgo de caer en manos de esos energúmenos, y necesitaba huir de Pandora antes de que ellos empezaran a sospechar de mí. Además, no me apetecía lo más mínimo tener que ejercer de puta. Y como no tenía garantías de que voso... ustedes accedieran a sacarme del asteroide y traerme hasta Marte en caso de conocer la verdad. Lamento las molestias que les haya podido crear, pero la causa lo requería. Insisto en que podemos recompensarlos...

—¡A la mierda su puto dinero y todos ustedes con él! —explotó el astronauta español, vertiendo todo su odio contra la muchacha—. ¡Mire a mi amigo! Estaba enamorado, y usted lo sabía. ¿Y qué hizo? En vez de desengañarlo, jugó miserablemente con sus sentimientos. Usted no es mejor que ellos.

—Piense lo que quiera si eso le ayuda a sentirse mejor —respondió ella con hipocresía—. En lo que a mí respecta, hice lo que estimaba que tenía que hacer.

—¡Pedazo de arpía! ¿Es que no tiene sentimientos?

—Por supuesto que los tengo; pero no estoy dispuesta a malgastarlos con ningún hombre. Me dan asco.

—¡Fuera! ¡Fuera de aquí! —Salazar había perdido definitivamente los estribos—. Váyase ahora mismo o no respondo de mis actos. Márchese en mala hora y ojalá le caigan todos los males sobre su maldita cabeza.

—¡Hombres! —bufó Norma—. Todos son igual de despreciables... Todos.

Y dio media vuelta, dejando a sus turbados anfitriones sumidos en el desconcierto.

* * *

—¿Qué tal lo llevas?

—¿Cómo quieres que lo lleve? Fatal. Ha sido un palo muy gordo. Pero sobreviviré...

Habían pasado dos semanas desde que tuviera lugar el inesperado desenlace del caso, y da Vico todavía acusaba el golpe recibido. Pese a que Salazar había intentado interponer una denuncia contra Norma Smith y su asociación, su compañero consiguió convencerlo de que no lo hiciera; bastante humillación habían recibido ya como para airearla todavía más, máxime después de las ingenuas consultas que da Vico había hecho a la Policía Interplanetaria. Tampoco habían querido aceptar, pese a la inicial oposición de Salazar, el dinero que les había ofrecido la F.F.A.P. en concepto de compensación; amén de que no era nada del otro mundo —hasta para eso habían resultado miserables—, los astronautas seguían teniendo orgullo a pesar de la humillación sufrida.

—Olvídate de esa fulana; nos engañó a los dos.

—¡Pero a mí mucho más que a ti! —gimió el italiano—. Yo me enamoré de ella.

—Yo no, pero tengo ojos en la cara y hormonas en las venas... Y la verdad es que estaba realmente buena. ¡Vaya desperdicio!

Afuera las incontables estrellas tachonaban el firmamento brillando como luciérnagas incrustadas en un terciopelo negro.