Historias del Alcaudón 4
NEC HIEDE
José Carlos Canalda

-Esto es completamente absurdo —gruñó Salazar sin levantar la vista de los controles—. Chatarreros espaciales... ¡Habráse visto!

—Bueno, Miguel, tampoco es para ponerse así —respondió su compañero, plácidamente repantigado en el asiento del copiloto—. Al fin y al cabo, la otra vez no nos fue tan mal... Acabamos encontrando la Piazzi.

—¿Y qué ganamos con ello, salvo la mísera compensación que nos regatearon los buitres de la Universidad Pinkerton? —ellos fueron los únicos que se beneficiaron del hallazgo.

—Además, eso de chatarreros suena muy feo —fintó da Vico intentando esquivar el escabroso asunto de su reciente chasco—. Digamos que practicamos arqueología astronáutica. Además —continuó, dejando a su irritado amigo con la boca abierta—. Esta vez trabajamos por cuenta propia. Nadie dirige nuestros pasos, y nadie se beneficiará de nuestros esfuerzos. Y por encima de todo, no tenemos que aguantar a ningún pasajero molesto.

—Olvidas un pequeño detalle: Estamos sin blanca, y debemos hasta el combustible del Alcaudón. Como no encontremos nada, mucho me temo que tendremos serios problemas económicos.

—¿Acaso supone esto alguna novedad? —se burló el italiano—. Escúchame, amigo mío; puestos a estar con la soga al cuello, prefiero depender de mí mismo que tener que aguantar a mamarrachos de cualquier calibre, o jugarme el pellejo con tipos peligrosos. Y a unas malas, siempre podremos vender el Alcaudón y volvernos a la Tierra...

—A este paso tendríamos que vender hasta los calzoncillos para saldar la deuda... —rezongó el español—. Porque no podemos estar dando tumbos al buen tuntún; nosotros no somos médiums —escupió la palabra—. Además, no somos los únicos.

Salazar estaba en lo cierto. A raíz del descubrimiento de la sonda Piazzi, que tan pingües rendimientos había dado a la universidad de Smallville pero no a los propietarios del Alcaudón, se había desatado una auténtica fiebre por buscar todos los viejos pecios que la actividad astronáutica del hombre había desperdigado por el espacio... Y que eran muchos, a juzgar por la lista publicada, tras una exhaustiva investigación, por uno de los principales periódicos de la Tierra. De repente diversas instituciones públicas y privadas, así como cualquier medio de comunicación que se preciara, se habían apresurado a prometer jugosas recompensas para quien fuera capaz de rescatar cualquiera de los antiguos cacharros que habían sido lanzados al espacio en los albores de la conquista espacial, los cuales habían sido ignorados hasta entonces mientras describían olvidadas órbitas por todo el Sistema Solar.

La tentación era fuerte, pero la competencia tampoco era manca. Fueron muchos los que se lanzaron de lleno a la aventura espoleados por el espejismo de los premios, demasiados para un puñado de objetivos que apenas rebasaban en número el centenar... De los que además se desconocía su paradero, ya que en su mayor parte éstos se habían desviado de sus trayectorias originales y nadie sabía por donde podían andar. Huelga decir que la inmensa mayoría de estos modernos buscadores de tesoros volvieron con las manos vacías y el rabo entre las piernas, mientras tan sólo unos pocos afortunados habían tenido la suerte de culminar con éxito la búsqueda topando con los restos de una vetusta sonda espacial o, más frecuentemente, con el corroído casco de algún olvidado carguero sin más valor que su peso en chatarra. Eso sí, la iniciativa sirvió al menos para limpiar de basura las atestadas rutas que enlazaban los principales astros del Sistema Solar.

En un principio Salazar y da Vico, escaldados por su reciente descalabro, hicieron caso omiso de estos cantos de sirena, ignorando olímpicamente este frenesí buscador para dedicarse a tareas más prosaicas, pero sin duda más seguras, como la de transportar mercancías o pasajeros por todo el cinturón de asteroides... Con escasos resultados prácticos, todo sea dicho. Pero cuando habitualmente magra cuenta corriente comenzó a lanzar desesperados mensajes de alarma y sus siempre contados clientes escasearon hasta desaparecer prácticamente por completo, se vieron en la necesidad de replantearse sus problemáticas actividades laborales.

Aunque Salazar no quería saber absolutamente nada de todo cuanto supusiera volver a lanzarse a la ventura rodando sin tino de asteroide en asteroide, su más pragmático camarada intentó convencerlo de la conveniencia de tentar de nuevo a la suerte. Por fortuna para ellos la fiebre buscadora de tesoros errantes había remitido hacía ya tiempo, y eran muy pocos los que continuaban en el empeño con mucho más tesón que fortuna. Así pues competencia al menos no iban a tener, eso era cierto, pero las posibilidades de éxito se mostraban asimismo bastante remotas.

—Todo lo que podía ser encontrado, ya lo pillaron otros antes que nosotros —había objetado el siempre pesimista astronauta español—. ¿Para qué complicarnos la vida?

—Prefieres seguir emborrachándote en los tugurios marcianos?

Éste había sido un golpe bajo, sobre todo teniendo en cuenta la reciente trifulca en la que se habían visto involucrados frente a un grupo de mineros de Vesta, famosos por su cerrilismo, gracias a la cual habían dado con sus huesos en los calabozos policiales de Deimos... Amén de los hematomas y las contusiones, que les habían durado bastante más. Al menos, en el espacio estarían más tranquilos.

Finalmente da Vico consiguió que su compañero aceptara embarcarse a regañadientes en tan dubitativa empresa; pero eso no quería decir, ni mucho menos, que hubiera logrado convencer al tozudo Salazar. La principal objeción que le hacía el español, bastante evidente por cierto, era la dificultad que suponía buscar un objeto de relativamente pequeño tamaño en la inmensidad del espacio, comparado con la cual el hallazgo de la famosa aguja en el pajar resultaba un juego de niños. Por si esto fuera poco, se encontraban además con una dificultad añadida: su licencia de navegación les permitía únicamente recorrer el espacio limitado por las órbitas de Marte y Júpiter, una región muy pobre en restos arqueoastronáuticos —la palabreja le había gustado al italiano y la utilizaba con profusión— en comparación con las zonas del Sistema Solar interior, vedadas al Alcaudón.

—No importa —repetía sin cesar el animoso da Vico—. Precisamente ha sido entre Venus y Marte donde más cribaron los buscadores de pecios... Eso está ahora más limpio que una patena. Pero el cinturón de asteroides está prácticamente virgen...

—Y también tiene una extensión muy superior —protestaba el aguafiestas de Salazar—. Además, según el Anuario Astronáutico no cabe esperar la existencia allí de más allá de diez o doce objetos dignos de interés... Uno menos si descontamos la Piazzi. ¿Cómo demonios pretendes buscarlos? Podríamos hacernos viejos antes de dar con uno de ellos.

Pero el italiano se guardaba un as en la manga, y supo utilizarlo en el momento adecuado.

—Mientras tú te dedicabas a dormir la mona, yo estuve husmeando en las bases de datos que circulan por la red... Y conseguí hacerme con las trayectorias que seguían esas sondas cuando se perdieron. Extrapolarlas al momento actual resultó trivial para nuestro ordenador.

—Eso no tiene ningún mérito; estas listas circularon con profusión durante la Fiebre del Pecio —así habían denominado los periodistas a la frenética búsqueda de restos astronáuticos ocurrida apenas unos meses atrás—. Una de dos: O los cacharros estaban justo donde se calculaba, con lo cual lo más probable es que alguien se nos adelantara, o no estaban allí por haberse desviado de su ruta... Y entonces, échales un galgo.

—No necesariamente. Según los registros, ninguno de esos pecios llegó a ser encontrado... Salvo la Piazzi, claro.

—Con lo cual tenemos solucionada la mitad del problema —la sorna del habitualmente poco sutil Salazar era más que evidente.

—Amigo mío, a veces me gustaría que fueras un poco más perspicaz. Evidentemente esos cacharros no están donde deberían estar, pero lo cierto es que están. Tan sólo tenemos que saber buscarlos.

—Casi nada...

—Tú búrlate. Te aseguro que en la red se puede encontrar toda la información que necesites... Basta con saber rastrearla y, sobre todo, con saber agrupar los datos dispersos.

—Y el señorito lo ha hecho. Enhorabuena.

—Como a ti lo único que te interesa de la red es bajarte películas porno... Pero yo dedico mi tiempo libre a cosas más útiles. Y sí, lo he conseguido, con la ayuda de varios piratillas informáticos con los que trabé amistad hace tiempo. En realidad ellos han hecho casi todo el trabajo, yo me he limitado a recopilarlo sin que ellos supieran, claro está, el verdadero fin de mis pesquisas.

—Desembucha —Salazar se había puesto repentinamente serio.

—Por un lado, conseguí una serie de programas trazadores de trayectorias inerciales, y los combiné con otros que introducían las perturbaciones gravitatorias de cualquier pedrusco catalogado con más de un kilómetro de longitud. Los apliqué a las ecuaciones de las órbitas originales de los cacharros que andábamos buscando y voilá...

—¿Has sido capaz de hacer eso con el cascajo de ordenador que tenemos?

—Hombre, también conté con la ayuda de otro amiguete que me facilitó el acceso a los superordenadores de varias grandes compañías, por supuesto sin que éstas se enteraran y sin dejar el menor rastro de ello —la sonrisa del italiano se extendía de oreja a oreja.

—¡Joder con la informática!

—Y eso no es todo. Tengo reseñadas las coordenadas actuales de todos estos chismes, y también comprobé que ninguna nave había rondado por los alrededores en los últimos años, al menos en vuelos autorizados... Gracias, claro está, a otro pirata informático que consiguió entrar en las bases de datos del centro de control de tráfico. Por cierto, aproveché las coordenadas de la trayectoria de la Piazzi calculadas por este método para compararlas con las reales, como modo de comprobar la exactitud de mi programa... Y acertó con una enorme precisión, diciéndome incluso la fecha en la que se estrelló contra la superficie de Sarpedón.

Gracias a estos argumentos, da Vico había conseguido vencer la resistencia de su compañero, arrumbando hacia su primer destino: Un punto situado en la vastedad del cinturón de asteroides en el cual, según sus previsiones, debería encontrarse la sonda Tombaugh, un vehículo espacial que jamás logró alcanzar al distante Plutón.

—La Tombaugh fue una de las últimas grandes sondas lanzadas a principios del siglo XXI —a da Vico le encantaba presumir ante su indiferente amigo de los conocimientos adquiridos en la red—, y también una de las más sofisticadas, debido a lo remoto de su destino. Se perdió tras un fallo de los motores al intentar realizar una corrección en la trayectoria apenas rebasada la órbita de Marte, y ya jamás se volvió a saber nada de ella.

—¿Y dónde se supone que debería estar ahora? —Salazar, como era habitual en él, siempre tendía a lo práctico.

—Según mis cálculos, se encuentra en una de las lagunas de Kirkwood, concretamente en la situada a 2,45 unidades astronómicas...

—Pues vamos hacia allá.

* * *

Y allá se encontraron, en una de esas vastedades vacías de guijarros espaciales conocidas por los astrónomos con el nombre de lagunas de Kirkwood. Estas curiosas tierras de nadie espaciales, descubiertas por los astrónomos siglos atrás, eran el resultado de las perturbaciones gravitatorias de los planetas, en especial las de Júpiter, que empujaban a los asteroides hacia órbitas más estables, normalmente con algún tipo de resonancia orbital con la del gigantesco astro, expulsándolos de estas regiones prohibidas. Lógicamente las lagunas de Kirkwood eran unos lugares poco o nada frecuentados por los astronautas, puesto que nada había que se pudiera encontrar allí... Salvo presuntamente la sonda perdida, tras cuyo rastro iba el tenaz Alcaudón.

—No lo entiendo —gruñía, por variar, el desconfiado Salazar en uno de los periódicos descansos que ambos astronautas realizaban para comer—. Si esta región es inestable gravitatoriamente, ¿qué demonios pintamos aquí? Lo normal es que la Tombaugh haya salido rebotada a algún otro sitio, igual que ocurrió con los asteroides.

—No te precipites —respondió su amigo—. La resonancia gravitatoria es un proceso muy lento, de millones de años cuanto menos... Y nuestra sonda se perdió hace sólo dos siglos. Además, su tamaño es demasiado pequeño para que sea afectada en la medida que lo son los asteroides.

—Bueno, bueno, tú sabrás... —concluyó el español al tiempo que lanzaba una feroz dentellada al bocadillo que constituía su única pitanza.

Varios días después la Tombaugh seguía sin haber sido encontrada. La técnica de los tripulantes del Alcaudón no podía ser más sencilla, a la par que tediosa: Se limitaban a describir grandes bucles con el radar conectado a la máxima potencia, en busca de un objeto de tamaño similar al de la esquiva sonda... Pero el espacio que los rodeaba se mostraba más vacío que sus bolsillos, sin que ningún objeto de mayor tamaño que un alfiler mancillara su prístina virginidad.

Huelga decir que, conforme pasaba el tiempo, la decepción hacía mella en el ánimo de los dos astronautas, especialmente en el más irascible Salazar, cuyo mal humor crecía exponencialmente según transcurrían los días. Sus trifulcas eran constantes, y sólo la flema a prueba de bomba de su amigo impedía que ambos acabaran como el rosario de la aurora... Pero todo tenía un límite, y tarde o temprano tendrían que plantearse la necesidad de retornar con las manos vacías.

Finalmente Salazar había dado un ultimátum al italiano: Si en tres días no encontraban nada, darían la vuelta por donde habían venido.

Los dos primeros días o, por hablar con mayor propiedad, los dos primeros períodos de veinticuatro horas, transcurrieron sin que nada perturbara la exasperante rutina de a bordo, para satisfacción de Salazar y desesperación de su compañero. Pero en la madrugada del tercer día...

El estridente sonido de la alarma arrancó bruscamente a los dos astronautas de su sueño. El radar había detectado algo, y ambos se arrojaron de sus literas apresurándose a ver de qué se trataba.

Allí estaba. Casi al límite de la capacidad de detección del radar, a varios millones de kilómetros de distancia, se encontraba un cuerpo desconocido de apenas unas decenas de metros de diámetro, demasiado pequeño para ser una astronave y, mucho menos, un asteroide. Tampoco emitía ningún código electrónico de identificación. Pero existía.

—¡Lo hemos cazado! —exclamó da Vico presa de la excitación—. Ya es nuestro.

—Todavía no sabemos qué pueda ser... —masculló su compañero—. Está demasiado lejos para que podamos verlo.

—Hombre de poca fe... ¿Qué puede ser, si no? Tiene el tamaño justo de la sonda, y no hay un maldito pedrusco digno de tal nombre en un montón de millones de kilómetros a la redonda...

—Bueno, en vez de discutir, lo mejor que podemos hacer es ir a su encuentro. ¿Tienes las coordenadas de su trayectoria?

—Todavía no, tendremos que esperar al menos un par de horas para calcular su paralaje. Pero hemos tenido suerte; apenas necesitaremos desviarnos treinta grados como mucho de nuestra ruta; lo tenemos prácticamente delante de nuestras narices.

* * *

No era la Tombaugh, sino un vulgar guijarro en forma de patata de aproximadamente veinte metros de largo... Un anónimo despojo cósmico que ni siquiera tenía tamaño suficiente para ser catalogado como asteroide, algo tan ínfimo que no se veía afectado por la atracción gravitatoria del gigantesco Júpiter que quizá, si algún día el azar le pusiera un planeta en su camino, gozaría de un efímero instante de gloria convertido en una estrella fugaz antes de desaparecer quemado en la atmósfera; en definitiva, un simple meteorito.

—Vaya chasco —fue la decepcionada exclamación de da Vico una vez comprobada la naturaleza de su presa.

—Y lo peor de todo, es que se trata de un miserable condrito que maldito para lo que sirve —remachó su frustrado compañero—. Si al menos hubiera tenido metales de interés...

—De poco nos hubiera servido; es demasiado grande para introducirlo en la bodega, y carecemos de herramientas para trocearlo.

—Pero habríamos podido remolcarlo hasta algún muelle espacial...

—¿Estás de broma? ¿Tú sabes la inercia que debe de tener el bicho ese? Nos arrastraría a nosotros, y no al contrario.

—Está bien, tío listo —superada su momentánea frustración Salazar comenzaba a recuperar su habitual mal humor—. ¿qué hacemos ahora?

—Buscar otra sonda —respondió flemáticamente el italiano.

* * *

Varios días, una discusión y una borrachera después, Salazar aceptó de mala gana la sugerencia de su compañero. El nuevo objetivo a buscar era la Fobos 1, una antigua sonda rusa lanzada al espacio a finales del siglo XX. Su destino previsto era Marte, pero apenas dos meses después de su lanzamiento un absurdo fallo informático provocó la pérdida del contacto por radio, resultando imposible restablecerlo... Hubiera sido como buscar una aguja en un pajar. Y nunca más se volvió a saber nada de ella.

Ahora da Vico afirmaba saber donde encontrarla, pero tras el fracaso de la búsqueda de la Tombaugh convencer a su testarudo amigo no se presentaba como una tarea fácil.

—La Fobos jamás llegó a entrar en órbita alrededor de Marte, ya que al no poderle enviar las instrucciones precisas para corregir su trayectoria pasó de largo adentrándose en el cinturón de asteroides —le explicaba una y otra vez intentando vencer su berroqueña oposición.

—Pero en el perihelio volverá a aproximarse al Sol; supongo que su órbita actual será una elipse muy excéntrica que sólo rebasará la de Marte en el afelio.

—Efectivamente. Pero ocurre que es ahora cuando la sonda se encuentra allí, con lo cual lo tenemos bien fácil.

—Je, como nos ocurra igual que con la otra sonda... Además, en todos estos años la Fobos ha tenido tiempo sobrado para pasearse unas cuantas veces por el Sistema Solar interior... Y eso está más concurrido que una taberna en el día de barra libre. Mira que me extraña que no la hayan descubierto al menos una docena de veces.

—Pues no; por extraño que parezca, la sonda sigue perdida Lo he comprobado. Casualidades de la vida.

Sin embargo, si finalmente da Vico consiguió convencer al español, fue únicamente porque la ruta que les conducía de regreso a Marte pasaba casualmente por las cercanías del lugar donde, según sus previsiones, debería encontrarse la sonda. En realidad Salazar no se molestaba lo más mínimo en disimular su escepticismo, pero estaba deseando volver a casa —entendiendo como tal los garitos que solía frecuentar en Deimos— y pensaba con pragmatismo que ésta era la manera más rápida de conseguirlo... Con permiso de su amigo. En cuanto a da Vico, pese a su cada vez más débil entusiasmo, quería intentarlo de nuevo.

El trayecto se desarrolló sin ningún incidente, y tanto da Vico como Salazar se encontraban —aunque por diferentes motivos— de relativo buen humor. Pero un día, cuando se encontraba ya cercanos a su destino, un monumental denuesto del español despertó a su compañero de la siesta.

—¿Qué pasa, Miguel? —le preguntó, todavía adormilado—. ¿A qué vienen esos gritos?

Soltando por su boca una selecta colección de epítetos malsonantes, Salazar se limitó a mostrarle en la pantalla la página principal de uno de tantos periódicos digitales que abundaban en la red, en cuya portada se podía leer en gruesos titulares el descubrimiento de la perdida sonda Fobos 1 por parte de un equipo de investigadores japoneses después de diez años de arduas investigaciones. Para mayor ironía del destino, el hallazgo había tenido lugar muy cerca de la ubicación calculada por da Vico.

* * *

—Volvemos a Marte. Y por el camino más corto.

—Pero hombre...

—No hay peros que valgan. Estoy hasta las narices de esta estupidez.

—Escúchame, Miguel. Aceptemos que mi método resultó fallido la primera vez. De acuerdo. Pero acertó la segunda; simplemente, tuvimos la mala suerte de que se nos adelantaran. Pero esto no tiene por qué volver a ocurrir; todavía nos quedan...

—¡Y un cuerno! —exclamó furiosamente su amigo—. Prefiero volver a Marte y esperar a que nos contraten para transportar algún flete, antes que seguir dando tumbos sin tino por medio cinturón de asteroides. Conmigo no cuentes.

—Pues mucho me temo que no podemos dividir al Alcaudón en dos... Porque yo quiero seguirlo intentando.

—Pero yo no...

La tormenta se cernía sobre la pequeña cabina del Alcaudón cuando la familiar alarma del radar les advirtió de la oportuna detección de un cuerpo extraño.

—¡Lo que faltaba! ¡Ni siquiera aquí nos van a dejar en paz! —gruñó Salazar encontrando un nuevo motivo para volcar en él su mal humor—. ¿Qué será ahora? —se burló—. ¿Un platillo volante? ¿O quizá un pecio a la deriva cargado de tesoros?

—Me alegra que hayas recuperado tu sentido del humor —le respondió con sorna da Vico—. Pero lamento desilusionarte; lo más probable es que se trate de nuevo de un inocente meteorito. Comprobaré que no pase demasiado cerca de nosotros.

—¿Qué, se digna a rendirnos pleitesía? —preguntó minutos después el español a su enfrascado compañero, al comprobar que éste no respondía.

—No es un meteorito —dijo al fin el piloto italiano haciendo caso omiso de la pulla—. Si no un carguero. Y de los grandes.

—Pues mándale recuerdos de mi parte...

—Va a ser difícil, me temo; no emite ninguna señal de identificación, ni responde a la radio. Aparentemente, está muerto.

—¡Qué bien! A lo mejor, hasta encontramos un tesoro dentro.

—Claro. Y una bandera negra, con una calavera pintada... Anda, no seas bocazas. Pero creo que merecería la pena echarle un vistazo.

—¿Por qué no? Además, esto no nos desvía demasiado de la ruta de Marte.

* * *

El carguero era realmente grande, y a su lado el Alcaudón parecía un insignificante mosquito. Aparentemente estaba abandonado, y pronto pudieron descubrir la razón: Uno de los motores principales estaba destrozado, y el otro se encontraba asimismo seriamente dañado. En tales condiciones resultaba imposible maniobrar, lo que le había convertido en un cuerpo muerto. Con toda probabilidad su tripulación lo había abandonado en las naves auxiliares, lo que explicaba su silencio... Aunque no la inexistencia de una radio baliza.

En estos casos la legislación era clara: Quien encontrara un buque abandonado y no reclamado por sus dueños pasaba a ser su legítimo propietario. Si, por el contrario, éste era reclamado, le correspondería un porcentaje de su valor en concepto de recompensa por el rescate... Siempre y cuando lo remolcara hasta un puerto espacial, algo que debido a su tamaño el Alcaudón sería incapaz de hacer; pero siempre podrían rebañar algo.

Cada vez más interesados en su hallazgo, da Vico y Salazar no prestaron demasiada atención al nombre y la matrícula que figuraban en el férreo casco del carguero; con toda probabilidad se trataría de una bandera de conveniencia, ya que hasta las grandes compañías mineras que operaban en el cinturón de asteroides solían recurrir a terceras empresas, no siempre en situación escrupulosamente legal, para realizar sus transportes de mercancías, al resultarles mucho más barato que realizarlo ellas mismas... Sobre todo si conseguían burlar, siquiera parcialmente, la voracidad fiscal de las autoridades interplanetarias. De este modo, a veces resultada difícil descubrir la identidad de los verdaderos propietarios del flete, enmascarada tras una maraña de siglas interpuestas.

Así pues el Pegasus —este era el nombre del carguero— figuraba en la base de datos de la red como propiedad y único patrimonio de una pequeña compañía dedicada teóricamente al transporte de mercancías entre Marte y la Tierra, una ruta que quedaba muy alejada del lugar en el que se encontraba el pecio.

—Chico, creo que de aquí podremos sacar tajada —comentaba Salazar a su amigo—. ¿Qué dice la red?

—Nada que nos pueda servir de ayuda. Ni está registrado ningún viaje reciente del Pegasus, ni consta el tipo de mercancía que transporta en sus bodegas. El último dato que aparece es una travesía entre la Luna y Deimos transportando maquinaria diversa para la construcción de la cúpula de la Gran Syrte... Hace ya casi un año. No consta ningún viaje de vuelta, ni tampoco recorrido alguno por el cinturón. Con la ley en la mano, no debería estar aquí.

—Eso quiere decir que quizá transportara contrabando... Lo que explicaría su mutismo. En este caso, nada nos impide saquear un poco las bodegas en beneficio propio, lo justo para llenar el Alcaudón... Dependiendo de lo que se trate, podríamos colocarlo bastante bien sin llamar demasiado la atención.

—Mientras no sean drogas... —replicó da Vico, escarmentado con su accidentada experiencia con la teocaína.

—Hombre, en ese caso podríamos denunciarlo a la Policía Interplanetaria. También ganaríamos algo.

Pero no era ninguna sustancia prohibida lo que transportaba la Pegasus, sino simplemente contrabando: Varios miles de toneladas de rodio e iridio procedentes de los yacimientos minerales del cinturón de asteroides, como pudo comprobar Salazar al introducirse en su desierto interior por una de las escotillas de emergencia.

—¡Guau, chico, vaya filón! —comentó por radio a su compañero, que permanecía ante los mandos del Alcaudón en previsión de cualquier posible incidencia—. Aunque sólo pudiéramos hacer un viaje, tendremos bastante dinero como para vivir varios meses. Acerca el Alcaudón al muelle de carga, que aquí tenemos trabajo para rato...

—Miguel, mucho me temo que no voy a poder hacerlo —fue la respuesta de su amigo—. Viene hacia aquí una nave cuyos tripulantes se han identificado como los propietarios del carguero; y me han advertido de que van armados. Creo que es mejor que vuelvas sin tocar nada.

* * *

—¡Vaya, vaya! Así que metiendo las narices en las propiedades ajenas. Esto está muy feo...

Da Vico miró de hito en hito a su enfurruñado compañero, tragó saliva y, armándose de valor, replicó a su interlocutor.

—No hicimos nada ilegal, señor Jones. Simplemente nuestro radar detectó al carguero, y nos acercamos a él previendo que pudiera necesitar ayuda.

Sam Fat Jones, uno de los principales hampones del cinturón de asteroides, se rebulló incómodo en el para él angosto sillón de la sala común del Alcaudón donde se encontraban. Finalmente, tras acomodar con mejor o peor fortuna su rebosante humanidad, habló con aire displicente.

—¿Pretenden acaso que me crea ese cuento? Si llegamos a aparecer algo más tarde, a buen seguro que habrían saqueado a conciencia las bodegas del Pegasus.

—¡No tiene ninguna prueba de ello! —exclamó nerviosamente Salazar.

—Amigo mío, no estamos ante ningún tribunal, y yo aborrezco a toda esa ralea de abogados, jueces y demás familia —le espetó acremente su interlocutor tras descargar una sonora risotada—. Aquí mando yo, y me sobran todas esas artimañas legales. Ustedes fisgaron sin mi permiso en el interior de un carguero de mi propiedad, y eso para mí es más que suficiente.

—Pero...

—¡No hay peros que vagan! No obstante —suavizó—, he de confesar que en el fondo me caen simpáticos; tengo motivos para estarles agradecido al haberme librado de ese maldito Stöll.

—Entonces...

—¡No me interrumpa! Sí, gracias a ustedes conseguí desembarazarme de mi principal rival, pero... ¿no creen que tengo razones para sospechar que pudieran irle con el chivatazo a la bofia? Y eso no me gustaría lo más mínimo.

—Nosotros... —un feroz culatazo en las costillas, propinado por el silencioso gorila que los custodiaba, tuvo la virtud de acallar al español sin necesidad de que el mafioso moviera un solo dedo.

—Gracias, Bugs, estaba empezando a hartarme. Bien, sigamos. En realidad, poco me hubiera importado que ustedes llenaran su nave con parte del cargamento que transporta el Pegasus; la merma hubiera sido pequeña, y podría haberlo considerado como una gratificación por los servicios prestados. Pero... —calló frunciendo teatralmente el ceño—. Ustedes han visto demasiado y eso va en contra de mis intereses, máxime teniendo en cuenta la bien merecida fama de lenguaraces que tienen los astronautas independientes; sobre todo cuando han bebido lo suficiente, algo que, por desgracia, suele ocurrir bastante a menudo.

Créanme que a mí me encantaría poderles mostrar mi agradecimiento por el favor que me hicieron, pero tengo el defecto de ser muy miedoso... Y no quisiera que los sabuesos de la Policía Interplanetaria se llegaran a enterar de lo que transportaba el Pegasus. Compréndanlo, he de velar por mis intereses, y ese cargamento me ha costado mucho dinero... ¡Déjalo, Bugs, ya es suficiente! —ordenó al matón, evitando que éste volviera a golpear, esta vez en la cabeza, al tozudo Salazar.

—La Policía Interplanetaria no tiene por qué enterarse de esto —replicó da Vico aprovechando la interrupción—. Tiene usted nuestra palabra de que guardaremos silencio.

—Palabras, palabras... Las palabras se las lleva el viento. Amigos míos —su tono de voz sonaba tan compungido como falso—, ¿creen ustedes que podría haber llegado tan lejos de haber confiado en la palabra de la gente? ¿Tienen idea acaso de cuántas veces me han traicionado aquéllos de cuyas promesas me fié? Les juro, con la mano en el corazón, que me encantaría poder creer en ustedes, pero... No puedo. Lo siento en el alma.

—¿Qué pretende hacer con nosotros? —gruñó Salazar.

—¡Oh, les prometo que será limpio e indoloro! No puedo hacer menos por ustedes —respondió hipócritamente Fat Jones—. Parecerá un accidente. Su nave será encontrada a la deriva con una grieta en el casco, y ustedes estarán en su interior sorprendidos por la súbita descompresión; no les habrá dado tiempo a calarse las escafandras. Les garantizo que no sufrirán lo más mínimo; no me gusta ser cruel.

—Le agradecemos su humanidad —escupió con sarcasmo el piloto español antes de recibir un demoledor culatazo que le sumió en las tinieblas.

* * *

La vuelta a la consciencia del astronauta no fue precisamente agradable; la cabeza le dolía como si le hubiera pasado por encima una manada de elefantes. Al abrir los ojos, contempló frente a él el ceñudo rostro de su amigo.

—¡Vaya, al fin despertó el bello durmiente! ¡No te muevas! El golpe que te dio ese animal hubiera bastado para tumbar a una mula. Menos mal que tienes la cabeza bastante dura... literalmente —ironizó.

—¿Qué pasó? —logró balbucir al fin.

—Pues que el señor bocazas se ganó una caricia del energúmeno que nos vigilaba por no ser capaz de mantener la boca cerrada.

—Déjate de sarcasmos; no estoy de humor para ello. ¿Dónde estamos?

—¿Dónde vamos a estar? Encerrados en uno de los camarotes del Alcaudón, prisioneros de esa asquerosa bola de sebo.

—¿Nos va a matar? —musitó el español con un hilo de voz, comenzando a recordar lo ocurrido.

—No por ahora, o al menos eso espero. Mientras tú soñabas con los angelitos, papá Luiggi tuvo que estrujarse las meninges intentando convencer a ese animal con botas de que le éramos más útiles vivos que muertos.

—¿Cómo lo hiciste? ¡Uf! —se derrumbó Salazar, fracasando en su intento de incorporarse de la litera en la que yacía—. ¡Esto duele!

—Pues da gracias a que te he puesto una dosis de caballo de analgésico; lo que me extraña, es que no te partieran la crisma. Como te decía: Empecé a dorarle la píldora al cerdo ese con el tema de nuestra aventura con los cretinos de la Universidad Pinkerton y nuestra posterior búsqueda de sondas perdidas... Le dije que el numerito de los videntes había sido únicamente un montaje de estos fulanos para camuflar un método de búsqueda científico e infalible, despistando así a posibles competidores, y que de no ser por el golpe de estado que tuvo lugar en la universidad, hubiéramos acabado encontrando el dichoso platillo volante... Y que nosotros, una vez libres de ellos, habíamos decidido continuar la búsqueda por nuestra cuenta. Conseguí convencerlo de que habíamos conseguido robarles buena parte, aunque no todo, del programa informático de búsqueda, y que con anterioridad al descubrimiento del Pegasus habíamos estado probándolo siguiéndoles el rastro a varias sondas desaparecidas...

—Tú estás loco —gimió Salazar—. ¿Acaso te crees capaz de engañar a ese mafioso? Nos arrancará la piel a tiras en cuanto tenga la más mínima sospecha de que le estamos engañando.

—Puede —respondió flemáticamente da Vico—. Pero la alternativa que se nos presentaba no resultaba ser precisamente halagüeña... Mientras hay vida hay esperanza, y al menos por el momento he conseguido hacerle tragar la bola.

—No resultará...

—De momento, está resultando. Fat Jones es un individuo tremendamente astuto, pero no demasiado inteligente. Y como suele ocurrirles con mucha frecuencia a este tipo de personas carentes de estudios, siente una irrefrenable mezcla de aversión y respeto por todo aquello que huela, aun remotamente, a ciencia. No me fue demasiado difícil convencerlo de que la posesión de este platillo volante, lo que pondría a su alcance la presumiblemente avanzadísima tecnología del mismo, podría convertirlo en el amo del Sistema Solar, e incluso me permití el farol de invitarlo a inspeccionar mi famoso sistema informático... Cosa que rehusó hacer para no poner en evidencia su ignorancia. Eso sí, tendremos que andar con pies de plomo si queremos seguir teniendo la cabeza sobre los hombros; es tremendamente desconfiado, y carece por completo de escrúpulos.

—Está bien, señor sabihondo, nos hemos librado del primer asalto gracias a la campana. Pero ahora, ¿qué?

—Ya se nos ocurrirá algo —fue la filosófica respuesta del italiano.

* * *

—El jefe quiere verte.

El gruñido del gorila que atendía por Bugs sacó de su ensimismamiento a los dos astronautas, los cuales, ignorantes de a cual de ambos iba dirigido el singular, miraron interrogantes al estólido rostro del matón.

—Tú —precisó en un esfuerzo intelectual, señalando a da Vico—. ¡Y rápido!

El italiano se incorporó con parsimonia mientras su compañero, tras fusilar al cancerbero con una mirada cargada de odio, volvió a tumbarse en su lecho.

El recorrido fue corto, justo hasta el estrecho compartimento que oficiaba de sala común. Allí se encontraba Fat Jones, plácidamente entronizado en un sillón construido a su medida que se había hecho traer desde su nave.

—Bueno, amigo, odio perder tiempo —fue su intempestivo saludo—. Así que voy a ir al grano. Quiero que me lleves hasta ese platillo volante por el camino más corto; soy un hombre muy ocupado, y no puedo entretenerme en esto más de lo imprescindible. ¿Queda claro?

El astronauta tragó saliva y asintió débilmente con la cabeza. La instalación en el angosto recinto del gigantesco sillón y de un armario que posteriormente se supo que estaba repleto de bebidas selectas, había colmado prácticamente su capacidad, lo que había obligado a retirar la mayor parte del mobiliario original... Incluidos los asientos. Así pues, da Vico se vio obligado a permanecer de pie frente a su captor.

—Escúchame —recalcó el mafioso apuntándole con un vaso de bourbon que sostenía en la gruesa mano derecha—. No me gustan las bromas, ni mucho menos los engaños. A la menor sospecha de ello, tú y tu amigo lo vais a pasar bastante mal. ¿Entendido? —concluyó, deslizando explícitamente el dedo índice sobre el cuello.

—Sí... señor. Entendido.

—Así me gusta. Te voy a dejar bien claro lo que quiero. Mi yate Tireless se queda junto al Pegasus; en él han venido los técnicos encargados de inspeccionar el carguero, y probablemente tendrán que esperar varios días hasta que llegue otro buque al que se pueda transbordar la carga. Mientras tanto, conviene que lo escolte en previsión de que puedan aparecer otros fisgones merodeando por aquí.

Puesto que yo hubiera tenido que aguardar en él durante todo este tiempo, he preferido aprovechar vuestro cacharro para buscar mientras tanto el maldito platillo volante. Pero como no me fío de vosotros, me he traído a uno de mis hombres para pilotar el Al... como se llame ¿Es que no podíais haberle puesto un nombre sencillo en inglés, como Dios manda?

—Haré todo cuanto pueda... —musitó da Vico.

—¡Cállate! Yo te diré cuando puedes hablar. Mi piloto ha estado inspeccionando el cuaderno de bitácora y los programas de navegación, y ha confesado que no entiende nada. Así pues tú le ayudarás, pero obedeciendo siempre sus instrucciones. ¿Queda claro? ¿Pero qué haces ahí parado? ¡Lárgate a la cabina, que te están esperando!

—¿Y Miguel?

—Tu amigo permanecerá encerrado en el camarote. No te preocupes por él; si se porta bien, no necesitará recibir las caricias de Bugs. ¡Fuera de aquí!

* * *

El Alcaudón se dirigía hacia Hispania, uno de tantos asteroides perdidos en la vastedad cósmica que delimitaban las órbitas de Marte y Júpiter. Allí era donde da Vico había determinado la presencia del esquivo vehículo alienígena, con una vehemencia tal que había logrado convencer, al menos aparentemente, al obeso mafioso, vehemencia que ya hubiera deseado su amigo para sí.

—Estamos como cabras —refunfuñaba Salazar en su encierro, donde también había sido recluido su compañero una vez dejó de ser necesaria su presencia en la cabina.

—Puede; pero al menos seguimos vivos, que no es poco.

—Por ahora... Pero, ¿qué pasará cuando lleguemos a Hispania y el gordo que tenemos afuera descubra que le has engañado como a un chino?

—Pues intentaré convencerlo de que ha habido un error de cálculo y que resulta necesario repetir la búsqueda; el caso es ganar tiempo.

—Ya. Y mientras tanto, nosotros seguiremos aquí encerrados intentando comunicarnos telepáticamente con los patrulleros de la Policía Interplanetaria... ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir manteniendo esta farsa? Tarde o temprano se descubrirá el pastel, y mucho me temo que entonces lo vamos a pasar muy mal.

—Míralo por el lado bueno; de no ser por esto, ya estaríamos muertos.

—Si tú lo dices...

* * *

La puerta del camarote se abrió inopinadamente, asomando tras ella el patibulario rostro de Bugs.

—El jefe quiere veros. A los dos.

Más muertos que vivos, en especial Salazar, los astronautas se encaminaron una vez más a la sala en la que había sentado sus reales Fat Jones. En contra de lo que esperaban, éste se encontraba eufórico.

—¡Bueno, amigo, estabas en lo cierto! —saludó jovialmente a da Vico—. Ahí está nuestro platillo volante.

Dando un codazo a su sorprendido amigo para evitar que pudiera meter la pata, el italiano sonrió de oreja a oreja, mostrando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

—Ya se lo dije, señor Jones; éste hubiera sido nuestro destino de no habernos encontrado con usted...

—¡Sentaos conmigo a celebrarlo con una copa! ¡Ah, que no tenéis dónde...! ¡Bugs, trae asientos para estos señores! ¿Qué queréis tomar? ¿Bourbon, brandy, whisky...?

* * *

El Alcaudón se encontraba, como tuvieron ocasión de comprobar más adelante, girando en órbita alrededor de Hispania, un insignificante pedrusco descubierto a principios del siglo XX por el astrónomo español José Comas Solá, que en nada se diferenciaba del resto de sus hermanos excepto en el hecho de que las imágenes tomadas desde la nave mostraban la existencia de un objeto metálico con forma de cúpula posado sobre su superficie. Aunque la distancia a la que se encontraban era todavía demasiado elevada para poder apreciar los detalles del mismo, no cabía la menor duda acerca de su naturaleza artificial.

—Vamos a aterrizar al lado del pecio, en una llanura que no parece presentar dificultades según me ha comunicado Dough —les explicó Fat Jones refiriéndose al piloto—. Acto seguido, nos acercaremos a explorarlo.

—Y nosotros? —inquirió da Vico.

—Prefiero que permanezcáis encerrados aquí; no me gustaría que aprovecharais la ocasión para hacerme una jugarreta. Pero no os preocupéis; si es cierto que eso que tenemos delante es un platillo volante, sabré ser generoso con vosotros.

—Está bien... —obedeció mansamente el italiano—. Vamos, Miguel, a nuestro cuarto.

El desenlace fue rápido. Apenas unos minutos después de que los tres mafiosos abandonaran el Alcaudón, se abrió bruscamente la puerta del calabozo donde se encontraban encerrados los astronautas. Unos segundos más tarde las cabezas de ambos se encontraban encañonadas por los fusiles que portaban sendos miembros de la Policía Interestelar enfundados en sus armaduras de combate.

—Bien... venidos, chicos —acertó a musitar Salazar antes de caer desmayado al suelo.

* * *

—Decidme, ¿cómo os las apañáis para meteros siempre en estos fregados? —la voz de Matías M'Babane, comandante en jefe de la Policía Interplanetaria, sonaba divertida—. Ni que lo hicierais a propósito.

—Pues yo le puedo asegurar que no lo buscamos —respondió da Vico, menos cohibido que su compañero—. Se trata simplemente de una desafortunada coincidencia.

—Casualidad o no, lo cierto es que habéis tropezado dos veces con peces gordos del hampa, y las dos habéis tenido la fortuna de salir bien librados... Pero yo no volvería a tentar a la suerte; esos individuos son peligrosos.

—Esta vez no fue culpa nuestra —se disculpó Salazar—. Pasábamos por allí... Y conste que no estábamos haciendo nada ilegal.

—Sí, eso es cierto... —concedió el policía—. Sin que sirva de precedente. Pero no me negaréis que, de haber podido, habríais saqueado las bodegas del Pegasus, aun a sabiendas de que transportaba contrabando; y, o mucho me equivoco, o lo habríais acabado vendiendo a algún perista del mercado negro. Pero bueno, tampoco es para tanto; la ley tan sólo castiga delitos consumados o bien frustrados en grado de tentativa, nunca presunciones delictivas... Y vosotros no tuvisteis ni siquiera tiempo de pensarlo. ¿Me equivoco? —concluyó, con una sonrisa cómplice.

—Usted lo ha dicho, señor M'Babane; esta vez estamos limpios —aseveró el italiano.

—Hombre, limpios, limpios, lo que se dice limpios... Me temo que no —el policía se estaba divirtiendo—. Vosotros no teníais por qué conocer la existencia de nuestra base secreta de entrenamiento en el asteroide Hispania, a no ser que os hubierais dedicado a husmear en nuestros registros... Y supongo que sabréis que la piratería informática es un delito que está duramente castigado, sobre todo si afecta, como es el caso, a cuestiones de seguridad; eso sin contar con que nos vamos a ver obligados a desmantelar la base trasladándola a otro sitio, con lo que costará eso... Porque ya no es secreta. Pero bueno, la verdad es que, en este caso, existen atenuantes —añadió, al ver la lividez que invadía los rostros de sus interlocutores—. Al fin y al cabo no se caza a un pez gordo todos los días, y si le hemos echado el guante a Fat Jones ha sido precisamente gracias a vuestra ayuda; eso sin contar con el valor del alijo aprehendido en el Pegasus. Además, a nuestros cadetes les vino muy bien el inesperado entrenamiento. Por cierto, le echasteis redaños al traérnoslo a nuestra propia puerta; esto sí que se llama servicio a domicilio...

—¿Entonces? —tartamudeó Salazar.

—Bueno, por una vez y sin que sirva de precedente, haremos la vista gorda. Eso sí, quiero vuestro compromiso formal de que no volveréis a meter las narices en nuestras bases de datos, y por si acaso se diera la circunstancia de que en un futuro os pudiera flaquear la voluntad, unos técnicos nuestros revisarán los equipos informáticos del Alcaudón, borrando toda la información reservada e instalando en ellos ciertos discretos chivatos... Para tranquilidad vuestra y nuestra, claro.

—¿Eso es todo? —da Vico no podía creer en su buena suerte.

—Bueno, todo no... ¡Pero no os asustéis, hombres, que no soy ningún ogro! —M'Babane se lo estaba pasando bomba—. A no ser que queráis renunciar a la recompensa... Ah, eso es otra cosa, ¿verdad? Lo malo es que, según este informe que me ha llegado —y exhibió ante ellos un documento—, teníais ciertas deudillas pendientes, algunas bastante antiguas, incluyendo varios años de tasas astroportuarias y una reclamación del fisco por impago de impuestos atrasados, por supuesto con sus correspondientes recargos. Claro está que antes de entregaros la recompensa me veo en la obligación de descontarlo; somos la policía, y tenemos que dar ejemplo —rió—. Bien, ésta es la cantidad que queda después de enjugar vuestras deudas. Podréis cobrarla en cualquier banco.

—¿Sólo esto? —protestó Salazar tras leer la cantidad que rezaba en el cheque—. Pero si únicamente en combustible...

—¡Déjalo, Miguel! —le cortó su compañero arrebatándole el cheque y empujándolo hacia la puerta—. Encantados de haberle saludado, señor M'Babane.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, el policía lanzó una estruendosa carcajada.

* * *

—Tú y tus jueguecitos con el ordenador...

—Pues gracias a eso hemos salvado el pellejo.

—Pero ahora te estarás quietecito...

—¡Qué remedio! Cualquiera se atreve a hacerlo ahora, teniendo el ordenador pinchado por la Policía Interplanetaria.

—Por cierto, tendría que partirte la cabeza.

—¿Por qué, Miguel? —fingió sorprenderse da Vico.

—¿Por qué no me dijiste lo de la base de la policía? —preguntó a su vez el español.

—Hombre, yo no lo tenía nada claro, y no quise ilusionarte. La apuesta era muy fuerte, y si llega a salir mal... Imagínate que una patrullera nos hubiera interceptado en el espacio, o que Fat Jones hubiera descubierto el pastel antes de tiempo... De poco nos habría servido que los detuvieran a él y a sus sicarios después de habernos dado el pasaporte. Yo mismo estaba que no me llegaba la camisa al cuerpo. ¿Para qué asustarte también a ti?

—Más asustado que estaba... —gruñó Salazar—. Bueno, bien está lo que bien acaba. ¿Qué vamos a hacer ahora? El dinero que nos ha dado M'Babane no llegará para mucho; yo que me había acostumbrado a vivir de fiado...

—Acabo de leer en la red que se necesitan recogedores de chatarra espacial para limpiar la órbita geosincrónica de Marte. El trabajo es sencillo, y no está demasiado mal pagado; invirtiendo todo lo que nos sobra en equipar al Alcaudón, tendríamos para ir tirando unos meses...

Un puñetazo de su irascible amigo impidió a da Vico terminar la frase. Al menos durante algún tiempo, ostentaría un hermoso y llamativo ojo morado.