PROYECTO SEGISMUNDO
José Carlos Canalda

Terminado su período reglamentario de descanso, el almirante Arturo Céspedes hizo su entrada en la amplia sala del mando del Viriato. Arturo Céspedes estaba orgulloso de su navío, una de las más modernas astronaves salidas de los astilleros lunares, y le satisfacía que hubiera sido bautizado con el nombre del indómito caudillo lusitano al cual él, en su condición de español, consideraba un compatriota. En realidad la flota estelar pertenecía a la confederación terrestre y no a ningún país en concreto, y de hecho los doscientos cincuenta tripulantes que componían su dotación formaban un abigarrado conjunto de personas procedentes de todos los rincones del mundo; pero él era español y, aunque los antiguos nacionalismos que tanto daño causaran en el pasado eran ya tan sólo un recuerdo, le complacía que la astronave puesta bajo su mando tuviera asimismo un nombre español.

Los países de la Tierra no eran ya ni enemigos ni rivales, pero no por ello la humanidad gozaba de paz. Sus intentos de colonización pacífica de otros sistemas estelares habían tropezado con el expansionismo agresivo de una raza galáctica, los krulls, con la cual había resultado completamente inútil cualquier intento de negociación. El único móvil de los krulls era el de hacerse con el control de la galaxia, por lo que la única relación que admitían con cualquier otra civilización era la de una sumisión total y absoluta a su tiránico poder.

La Tierra, evidentemente, se había negado a aceptar este estatus, lo que había acarreado el estallido de una guerra que treinta años después seguía sin resolverse. Tras varias vicisitudes durante las cuales los krulls habían llegado a amenazar al propio Sistema Solar, los terrestres habían logrado contraatacar conjurando el peligro al tiempo que hacían retroceder al enemigo hasta las fronteras iniciales. Actualmente se combatía en el propio territorio krull, aunque los frentes llevaban ya varios años estabilizados.

Esta situación de virtuales tablas era la que el almirantazgo terrestre quería forzar, para lo cual contaba con la baza de una nueva generación de astronaves de las cuales el Viriato era uno de los primeros prototipos. Las innovaciones tecnológicas con las que éste y sus compañeros contaban deberían dar a la Tierra, si todo salía tal como estaba previsto, una superioridad sobre el enemigo que quizá permitiría acabar con esta larga guerra. La misión encomendada al Viriato y a sus compañeros de escuadrilla, seis en total todos ellos gemelos, era sencilla: Deberían expugnar una fortificación krull que hasta entonces había resistido todos los ataques terrestres. De conseguir su objetivo, habrían ganado una importante baza.

Precisamente ese era el pensamiento del almirante Céspedes al incorporarse a su puesto; a él le correspondía la responsabilidad de probar por vez primera las capacidades bélicas de las nuevas astronaves, y de su buen gobierno dependería en buena parte el futuro inmediato de la poderosa flota estelar terrestre. Y aunque Arturo Céspedes era uno de los más experimentados almirantes con los que contaba la armada sideral terrestre, en aquellos momentos tan transcendentales no pudo evitar que su corazón se encogiera víctima, si no de la angustia, sí al menos de la incertidumbre.

Tras responder a los saludos reglamentarios de sus subordinados y relevar al capitán Pierce, segundo de a bordo, el almirante Céspedes se sentó frente a la gran pantalla panorámica que mostraba el espacio situado a la proa del Viriato. El firmamento, tachonado de incontables estrellas, mostraba una majestuosidad frente a la cual ni tan siquiera el más avezado astronauta podía sentirse indiferente, mientras a derecha e izquierda las luces de posición de los otros cinco navíos parpadeaban rítmicamente recordándoles su presencia.

El más cercano a ellos por la parte de babor era el Belisario, mientras más allá asomaba el Alejandro. A estribor, y en rápida sucesión, se vislumbraban los tres restantes miembros de la escuadrilla: El Ciro, el Carlomagno y el Julio César. A popa del Viriato marchaban, por último, los dos transportes bajo cuya responsabilidad estaba el desembarco de tropas de infantería en la base enemiga una vez que las defensas de la misma hubieran sido destruidas por el Viriato y sus compañeros; se trataba de dos enormes astronaves de forma lenticular bautizadas con los nombres de Cástor y Pólux, y aunque el almirante Céspedes no podía verlos ahora, sabía que bastaría con pulsar un botón para que la pantalla reflejara la visión de los mismos.

Arturo Céspedes no era únicamente el comandante de su nave, ya que también ostentaba el mando supremo de toda la flotilla, por lo que a él le cabrían bien el honor de la victoria, bien el oprobio de la derrota. Su responsabilidad era, pues, muy alta, pero él la asumía consciente de que la humanidad se jugaba mucho en ese envite.

—Base enemiga en pantalla —dijo una voz a su espalda- Distancia, cincuenta mil kilómetros.

—Formación de ataque —ordenó—. Amplíen imagen.

Mientras la escuadrilla adoptaba una formación en cuña cuyo ápice era el Viriato, con los dos transportes resguardados a retaguardia, el almirante Céspedes centró su atención en la pantalla, donde la base enemiga parecía haberse agrandado hasta ocupar buena parte del horizonte visible. Estaba ésta asentada en un minúsculo asteroide, de forma irregular y no más de treinta kilómetros de eje mayor, anclado en una órbita excéntrica alrededor de una mortecina enana blanca aislada en mitad del vacío cósmico. Sin embargo su posición era, y seguiría siéndolo para quien la poseyera, sumamente estratégica dentro del sistema defensivo de los krulls, lo que había determinado la fortificación de la misma.

Según los informes de los que disponía el almirantazgo terrestre, la guarnición habitual de la base enemiga oscilaba entre los tres y los cinco navíos. Sin embargo no era éste el principal obstáculo para su conquista, sino las poderosas baterías repartidas por toda la superficie del asteroide. Sin destruirlas previamente los indefensos transportes serían fácil presa de ellas antes de que pudieran desembarcar las tropas de infantería, con lo cual la misión fracasaría al no poderse conquistar el bastión enemigo.

En realidad las órdenes recibidas por el almirante Céspedes, tan sólo por él conocidas, eran explícitas: El objetivo prioritario de la misión no era conquistar el asteroide, sino calibrar el potencial bélico de las nuevas astronaves en condiciones de combate real; aunque si también conseguían apoderarse de la base krull, el éxito sería doble. Pero el almirante debería retirarse con sus naves en el mismo momento en que empezaran a irles mal las cosas, ya que nada ganarían con sacrificarse inútilmente. Ésta era la verdadera razón por la cual la fuerza bajo su mando era tan exigua, ya que a pesar de que la versión oficial que lo justificaba era que la Armada no disponía en esos momentos de más astronaves, lo cierto era que de haber enviado una flota superior en número, integrada necesariamente al menos en parte por navíos convencionales, la prueba de los nuevos prototipos no podría haber sido realizada convenientemente.

En esos momentos tan sólo eran operativos los seis navíos de la clase Viriato que se encontraban bajo el mando del almirante Céspedes, y los astilleros no continuarían con la construcción de nuevas unidades hasta conocer los resultados de la inminente batalla. Pero ahora lo único que importaba, se dijo, era vencer al enemigo de la forma más completa posible.

—Las naves krulls han adoptado una formación defensiva —volvió a decir la misma voz.

—¿Cuántas son?

—Cuatro, todas ellas de la clase S.

Ésta era una buena noticia. Las naves de la clase S eran un modelo relativamente anticuado en relación con los modernos navíos terrestres, y en condiciones normales no hubieran supuesto un gran obstáculo para la escuadrilla terrestre que, además, estaba en superioridad numérica. Pero al potencial de fuego de las naves enemigas había que sumar también las poderosas defensas del asteroide, lo cual convertía en incierto el resultado de la batalla.

—Comuníquenme con los otros navíos —ordenó. Instantes después se dirigía a todos los hombres bajo su mando.

—¡Soldados! —arengó—. Recae sobre nosotros una responsabilidad que no podemos rehuir. La batalla será difícil, pero hemos de vencer ya que de ello depende en buena parte la suerte futura de nuestro planeta. Como dijo hace varios siglos el almirante Nelson, la Tierra espera que cada uno de nosotros cumpla con su deber.

Eso fue todo. Absorto ahora en la organización de sus fuerzas, el almirante Céspedes observó que las astronaves enemigas formaban los vértices de un tetraedro en cuyo centro quedaba ubicado el asteroide. La distancia media entre éstas y la superficie del mismo era del orden de veinticinco o treinta kilómetros, lo suficiente para impedir que los navíos terrestres centraran su fuego en la base, pero muy por debajo de la zona de cobertura de las baterías de la misma, unos cincuenta kilómetros aproximadamente. En consecuencia, el Viriato y sus compañeros deberían enfrentarse simultáneamente al fuego combinado de las baterías de tierra y las astronaves krulls, sin poder atacar al asteroide antes de deshacerse previamente de las astronaves dado que el alcance de sus armas era inferior a esta distancia.

—No son tontos estos krulls —dijo alguien recién llegado—. Pretenden cogernos entre dos fuegos.

—Pierce, ¿qué hace usted aquí? —exclamó irritado el almirante al identificar al autor del comentario—. Debería estar usted descansando en su camarote.

—¿Pretende usted que me pierda el espectáculo? —respondió éste con desenfado.

—Pero acaba de dejar su guardia y estará cansado. Si algo me ocurriera a mí tendría usted que relevarme, y si no está en condiciones de hacerlo las consecuencias serían muy negativas.

—¡Bah! A usted no tiene por qué pasarle nada, y además la batalla quedará resuelta en poco más de media hora, una hora a lo sumo. ¿Cree usted que mientras tanto yo podría descansar algo en estas circunstancias?

—Está bien —se rindió el almirante, complacido en el fondo de la decisión de su subordinado—. Busque un sitio por ahí y encárguese del control de los cazas.

Y conectando de nuevo el comunicador ordenó:

—¡Zafarrancho de combate! ¡Cazas en formación delta! A los comandantes de escuadrilla: Formación en cuña. Atacaremos por la cara opuesta a la pista de aterrizaje, ajustando la deriva a la rotación del asteroide. El Alejandro, el Ciro, el Carlomagno y el Julio César centrarán el fuego sobre las astronaves enemigas que probablemente vendrán a plantar batalla. El Belisario ayudará al Viriato a atacar a las baterías de tierra. El Viriato asumirá el control de todos los cazas.

Los cazas eran unas pequeñas naves no tripuladas que constituían la fuerza de choque de las escuadras siderales terrestres. Armados únicamente con dos cañones láser, suplían su exiguo armamento con una gran movilidad que los convertía en unos escurridizos tábanos capaces de atravesar las defensas enemigas infligiendo, agrupados en número suficiente, más daños incluso que la poderosa artillería de los navíos. De pequeño tamaño y fáciles de almacenar (cada navío de la serie Viriato portaba en su bodega una cincuentena de ellos) podían ser controlados desde la sala de mando de su astronave nodriza o bien, si las circunstancias así lo aconsejaban, podían también ser dejados bajo el control de los sofisticados ordenadores que todos ellos llevaban a bordo.

Los trescientos cazas con los que contaba el almirante Céspedes constituían una considerable ayuda a los seis navíos que sin duda habría de resultar fundamental para equilibrar las fuerzas de los dos contendientes. A diferencia de la armada terrestre, que basaba su potencial ofensivo en una gran movilidad, la táctica de los krulls se apoyaba en unas astronaves enormes formidablemente artilladas y acorazadas, pero precisamente por ello mucho más torpes que los ágiles navíos terrestres. Tampoco poseían los krulls ningún equivalente a los cazas, aunque sí disponían de misiles capaces de dar un serio disgusto a cualquier astronave que tuviera la mala suerte de atravesarse en su camino.

En resumen, la inminente batalla iba a suponer el enfrentamiento entre dos concepciones completamente distintas de hacer la guerra, y del resultado de ésta dependería en buena parte el desarrollo futuro del interminable conflicto.

Pero ya no quedaba tiempo para las reflexiones, se dijo a sí mismo el almirante al tiempo que centraba su atención en los acontecimientos que se desarrollaban frente a su vista. Las naves terrestres se habían acercado deliberadamente al centro del triángulo formado por los tres buques enemigos que custodiaban la cara del asteroide opuesta a la pista de aterrizaje, en la vertical de la cual se mantenía vigilante la cuarta astronave krull. Obviamente los tres acorazados enemigos se apresuraron a cerrar el hueco que se abría entre ellos, encontrándose con la retaguardia formada por los cuatro navíos que protegían al Viriato y a su compañero. El momentáneo respiro que les proporcionó esta táctica fue aprovechado por el Viriato y el Belisario para lanzarse en tromba sobre la superficie del planetillo, llevando como escudo protector las trescientas navecillas que les precedían como si de un enjambre de furiosas avispas se tratara.

Instantes después la lucha se había generalizado mientras la sala de mando se convertía en un maremágnum de gritos y mensajes de todo tipo. El cuarto acorazado, burlado limpiamente en los primeros momentos del ataque, se había incorporado a la batalla descargando toda su artillería contra el Julio César, mientras el Alejandro, el Ciro y el Carlomagno mantenían con desigual fortuna combates individuales con el resto de las astronaves enemigas. Las baterías de tierra, bastante ocupadas repeliendo al Viriato, a su gemelo Belisario y a los cazas, hacían todo cuanto podían por defender a sus propios navíos, los cuales procuraban mantenerse a la máxima distancia posible de la superficie con objeto de que el limitado horizonte del planetoide dejara sin ángulo al menor número posible de baterías.

En tales circunstancias la mente humana era completamente incapaz de seguir el curso de los acontecimientos, por lo que el almirante se limitó a esperar el resultado de su táctica. De distintos puntos del Viriato llegaban constantemente informes de daños, pero éstos no eran importantes por el momento y entraban dentro de lo previsto en una batalla.

Dos acontecimientos casi simultáneos vinieron a llamar su atención. Una explosión cegadora marcó el final de uno de los acorazados enemigos, herido de muerte en sus motores por un afortunado disparo del Alejandro; pero sin tiempo siquiera para asimilarlo, el vecino Belisario se estremeció al encajar el impacto directo de un misil en mitad del casco.

Rápidamente el almirante se hizo cargo de la situación. Consultado el Belisario se supo que éste había sufrido serios daños perdiendo buena parte de su capacidad ofensiva en la sección de popa; pero aunque con importantes limitaciones, éste seguía siendo relativamente capaz de maniobrar y combatir. Por esta razón fue enviado a apoyar al Ciro, que se encontraba en una situación apurada al contrario que el Carlomagno y el Julio César, los cuales se defendían relativamente bien de sus respectivos rivales. Paralelamente el Viriato solicitó al Alejandro que ocupara el hueco dejado por el Belisario, aprovechando el almirante para felicitar a su comandante.

—Ha sido un golpe de suerte —respondió éste con sencillez—. No es normal que los motores estallen, ni siquiera a consecuencia de un impacto directo de los cañones láser.

—El caso es que el acorazado ha sido liquidado, y eso es lo único que importa —respondió el almirante—. ¿En qué situación se encuentran ustedes ahora?

—Relativamente bien; conservamos más del ochenta por ciento de la potencia de fuego, pero hemos sufrido el impacto de un trozo del fuselaje del acorazado. No parece ser demasiado grave, aunque tenemos una buena brecha en mitad del casco.

—¿Afecta a la maniobrabilidad de la nave?

—No demasiado; en eso tuvimos suerte. ¿Cómo van las cosas por ahí?

—Regular. El Viriato se defiende, pero hemos perdido alrededor del cuarenta por ciento de los cazas, además de los daños del Belisario. Hemos destruido más de la tercera parte de las baterías y los lanzamisiles, pero todavía quedan los suficientes como para darnos un buen disgusto. Además, también nos están enviando misiles desde la otra cara del asteroide. Si no espabilamos, el Cástor y el Pólux se tendrán que volver por donde han venido.

La situación era ciertamente comprometida. Mientras el Viriato, ahora auxiliado por el Alejandro, proseguía con tenacidad la tarea de silenciar las baterías enemigas apoyándose también en la cada vez más mermada flotilla de cazas, los otro cuatro buques terrestres luchaban con desigual éxito contra los tres acorazados rivales. La táctica de los terrestres era sencilla, aunque compleja tecnológicamente: Sus cascos fusiformes, artillados en todo su perímetro, giraban continuamente sobre su eje central evitando dar siempre el mismo lado al enemigo. Puesto que los acorazados krulls, con un mayor potencial de fuego, trataban de evitarlo girando a su vez, los buques terrestres aprovechaban su mayor maniobrabilidad para describir simultáneamente un movimiento de traslación en torno a las naves krulls que permitiera contrarrestar la rotación de éstas. Para dificultar aún más las cosas los navíos terrestres también se veían obligados a rechazar los misiles y los disparos que les llegaban desde la cercana superficie del asteroide.

El resultado final era un siniestro y mortífero rigodón, adornado con los destellos de los láseres y las explosiones silenciosas de los misiles, en el cual el premio para el perdedor era la destrucción y la casi segura muerte. Aunque resultaba imposible predecir el desenlace de la batalla, la situación no era desfavorable a las armas terrestres: El rival del Carlomagno estaba prácticamente desmantelado, mientras el Julio César y su contrincante procedían a destrozarse mutuamente. Por último el Ciro, auxiliado por el mermado Belisario, había conseguido equilibrar finalmente la balanza.

Sin embargo, este esfuerzo resultaría completamente baldío si los transportes de tropas no conseguían expugnar el asteroide, y ello no sería posible si previamente no quedaban destruidas las baterías enemigas que lo defendían... Cosa que no estaba resultando nada fácil.

—¿Cuántos cazas nos quedan? —preguntó el almirante con impaciencia.

—Apenas algo más de cien —fue la descorazonadora respuesta.

—¿Cuántas baterías quedan por destruir?

—Alrededor del cincuenta por ciento.

—Así nunca acabaremos —masculló entre dientes—. ¿Qué opina usted, Pierce?

—La verdad es que lo veo difícil, señor —respondió el aludido—. Habríamos necesitado muchos más cazas para poder silenciar estas baterías sin problemas; el Viriato es excelente para combatir en el espacio, pero no resulta demasiado adecuado para estas tareas.

—Entonces tendremos que arriesgarnos. Bajaremos a vuelo rasante e iremos destruyendo una a una esas malditas baterías. El Alejandro nos cubrirá desde su actual posición defendiéndonos de los misiles que nos puedan llegar desde la otra cara; de lo de abajo nos encargaremos nosotros.

Esta iniciativa era la única que contaba con alguna garantía de éxito, pero resultaba ser enormemente arriesgada. Acercarse tanto a las baterías enemigas reducía al mínimo la posibilidad de esquivar sus disparos, al tiempo que una maniobra equivocada podría hacer que el Viriato se estrellara contra la torturada superficie. Todos los tripulantes del navío lo sabían, pero nadie elevó la más mínima protesta; conocían a su comandante, le estimaban y todos le hubieran obedecido sin rechistar aunque ello implicara su muerte segura.

La aproximación del Viriato a las baterías le permitiría concentrar su fuego una por una en todas ellas provocando su destrucción sistemática, pero esto le convertiría en un blanco seguro para las más cercanas. Por fortuna el horizonte del planetillo era tan limitado que describiendo un vuelo rasante serían relativamente pocas las baterías que les tendrían a tiro en un momento dado. Los misiles eran mucho más peligrosos al describir éstos trayectorias balísticas y al provenir también de la cara oculta del planetoide, pero sus bases de lanzamiento en las zonas más cercanas al Viriato habían sido muy castigadas por los cazas por lo que éstas, que eran a priori las más peligrosas, no resultaban ser demasiado problemáticas. Por último, el puñado de cazas supervivientes y el vigilante Alejandro procurarían guardarles las espaldas.

—Me temo que vamos a quedar hechos un colador —musitó el capitán Pierce—. Espero que el blindaje del casco resista.

—Resistirá —le tranquilizó el comandante—. Estas baterías no están diseñadas para disparar a ras de tierra, por lo que si conseguimos descender lo suficiente tan sólo nos tendremos que preocupar por los misiles que puedan llegar del otro lado; y para eso está el Alejandro.

—Lo peor va a ser el descenso; mientras dure vamos a estar completamente indefensos.

—Algo hay que arriesgar —fue la lacónica respuesta.

Aunque la maniobra de acercamiento duró tan sólo unos segundos, a los tripulantes del Viriato les pareció una auténtica eternidad temiendo que cada impacto encajado, y fueron numerosos, supusiera el fin de la nave y de ellos mismos. Sin embargo, cuando finalmente se estabilizaron a tan sólo cincuenta metros de altura, el Viriato seguía estando aparentemente entero.

—Informe de daños —ordenó el almirante.

—Todos los sistemas vitales funcionan correctamente —fue la respuesta del jefe de mantenimiento—. Maniobrabilidad al ochenta y cinco por ciento, con daños menores en el motor número tres. Potencia de fuego al sesenta y cinco por ciento. Perforaciones de diversa magnitud en varios sectores del casco sin afectar en ningún caso a la estructura interna. Sin daños en el habitáculo central. No hay bajas en la tripulación.

—Perfecto —exclamó el almirante, más para sí mismo que para los demás—. Vuelo rasante en círculos concéntricos; tenemos que destruir esas baterías lo antes posible.

En ese momento un vivo fogonazo deslumbró la pantalla visora. Instantes después se oía por radio la voz del comandante del Alejandro.

—¡Eh los de ahí abajo! Si no llega a ser por nosotros, encajan ese regalito en mitad del casco. No nos importa hacer de niñeras, pero bastante tenemos nosotros con defendernos de todo lo que se nos viene encima.

Por vez primera en toda la batalla el almirante Céspedes sonrió ante el jocoso comentario de su subordinado. Sin embargo, la situación no era para tomársela a broma; imposibilitados para atacarlos con las baterías láser, los krulls intentaban destruirlos con misiles lanzados desde la cara oculta del asteroide, en la cual las defensas estaban prácticamente intactas. Había que estar, pues, con cuidado vigilando todo aquello que pudiera caerles del cielo.

Mientras tanto el Viriato había comenzado con su tarea. Por fortuna la superficie del planetillo, aunque acribillada con cráteres de todos los tamaños, carecía de desniveles de importancia, circunstancia que facilitaba mucho las cosas. Desde su nueva posición destruir las ahora indefensas baterías enemigas parecía casi un juego de niños, pero la lluvia continua de misiles seguía convirtiendo en muy peligrosa la misión.

—Vaya, éste pasó cerca —exclamó el capitán Pierce tras constatar que un misil había hecho explosión apenas a cien metros de distancia—. Como los artilleros no anden finos, lo vamos a pasar bastante mal.

En efecto, así era. Percatados los krulls del peligro que representaba el Viriato, habían procedido a descargar sobre él todos sus misiles olvidándose del resto de los navíos de la escuadrilla. Más desembarazado ahora el Alejandro sus armas contribuían eficazmente a proteger al Viriato, pero pese a ello el riesgo de un impacto directo era cada vez más patente.

—¿Es que no se les van a acabar nunca los misiles a estos malditos? —exclamó uno de los pilotos.

—Ordenen a la tripulación que se calen las escafandras. —fue la escueta respuesta del almirante.

En aquel momento una llamada del comandante del Ciro les recordó que la batalla continuaba allí arriba. Se trataba de una buena noticia: El acorazado krull contra el que se enfrentaba el Ciro, primero en solitario y posteriormente auxiliado por el Belisario, había quedado fuera de combate. Al parecer algunos de sus tripulantes habían sobrevivido, pero la enorme astronave era ahora un pecio inerte que vagaba a la deriva por el espacio.

—Nosotros todavía podemos hacer algo, pero el Belisario ha tenido que retirarse a retaguardia con los transportes, ya que está muy dañado —concluyó el comandante.

—Está bien —concedió el almirante. Diríjanse a ayudar al Julio César o al Carlomagno, el que más lo necesite de los dos.

El más necesitado era el Julio César, ya que el Carlomagno acababa de desembarazarse también de su rival. Con ello la batalla había dado un vuelco radical ya que tan sólo quedaba en combate un único acorazado enemigo, el que traía en jaque al Julio César; y éste, al ver acercarse por ambos flancos al Carlomagno y al Ciro optó por emprender la huida rehuyendo enfrentarse a fuerzas tan superiores.

—Olvídense del acorazado y acudan a apoyar al Alejandro —ordenó el almirante a sus respectivos comandantes—. Y si el Julio César puede hacerlo, que venga también; a ver si entre los cuatro pueden acabar con todos esos malditos misiles.

El Julio César respondió que estaba muy dañado y tenía grandes averías en los motores, por lo que fue enviado a retaguardia junto al Belisario. Pero tanto el Carlomagno como el Ciro confirmaron que continuaban operativos, por lo cual procedieron a auxiliar al exhausto Alejandro.

Mientras tanto el Viriato continuaba con su labor de limpieza aniquilando una tras otra todas las baterías láser que continuaban operativas en ese lado del asteroide, ayudado en su labor por los escasos —apenas dos docenas— cazas supervivientes. El número de misiles enemigos que caían sobre él había disminuido notablemente, no por la destrucción de los lanzadores situados en la otra cara del planetillo (las baterías láser estaban allí prácticamente intactas, y hubiera sido muy peligroso intentar destruirlas con lo que quedaba de su menguada flota) sino por un más que probable agotamiento de los silos en los que se almacenaban. El polvoriento suelo del asteroide estaba salpicado de restos metálicos que daban buena fe de lo encarnizado que estaba resultando el combate, restos que se incrementaban cada vez que un nuevo misil era hecho estallar bien por las baterías del propio Viriato, bien por las de cualquiera de sus gemelos.

Hasta ese momento la suerte había sido su aliada; la mayor parte de la superficie había sido despejada, y pronto no habría en todo ese lado ni una sola batería que pudiera oponerse al desembarco de las tropas de asalto transportadas en el Cástor y el Pólux. Los misiles eran algo muy distinto ya que podrían seguir cayendo desde el otro lado del asteroide, pero si su número seguía disminuyendo bastaría con las defensas de los cuatro navíos, junto con las propias de los dos transportes, para conjurar el peligro. Si el desembarco se realizaba con éxito la base caería en poder de los terrestres, ya que los krulls carecían de tropas que pudieran oponerse al avance de la infantería.

Todo parecía ser, pues, favorable a las armas terrestres, pero el destino quiso someterlos a una nueva y dura prueba. Un misil perdido, esquivando inexplicablemente las defensas, primero de los tres navíos que continuaban en órbita, y posteriormente las del propio Viriato, impactó directamente contra éste partiéndolo casi por la mitad. Aunque la altura que el Viriato mantenía sobre la superficie no era mucha, apenas cincuenta metros, y la atracción gravitatoria del asteroide era prácticamente nula, el impulso creado por el propio impacto hizo estrellarse al desgraciado navío contra el suelo, destrozándose completamente el casco exterior a causa de la rotación del mismo.

Aunque el habitáculo central donde se resguardaba la tripulación estaba muy protegido, la pérdida instantánea de la gravedad artificial hizo que el efecto conjunto de los dos impactos —primero el del misil e instantes después el choque contra la superficie— tuviera unos efectos dramáticos.

Cuando las brumas que velaban su mente se disiparon siquiera parcialmente, el almirante Céspedes descubrió tan sólo oscuridad en torno suyo. Oscuridad absoluta. Sin embargo, continuaba dentro de su traje espacial, respiraba sin problemas... Y la pierna derecha le dolía terriblemente. Intentó entonces mover los brazos; el derecho respondió dócilmente a sus deseos, pero el izquierdo estaba completamente inmovilizado aunque no sentía en él dolor alguno.

Alzando con cuidado el brazo derecho conectó el foco frontal de la escafandra temiendo que pudiera haberse roto, ya que de ocurrir esto se hubiera visto privado de ver lo que ocurría a su alrededor. Por suerte el foco funcionó, mostrándole un maremágnum en el cual se entremezclaban, a modo de trágico aguafuerte, los cuerpos inertes de sus compañeros con todo tipo de despojos procedentes de los destrozados aparatos que abarrotaran la sala de mando.

Un cuerpo tendido de bruces a su lado era lo que le retenía el brazo. Haciendo un esfuerzo consiguió liberarlo al tiempo que daba la vuelta a su inerte compañero. Era Pierce, y estaba muerto. El cristal de su escafandra se había roto y, aunque en el cuerpo no se apreciaba ninguna herida, el rostro mostraba signos evidentes de los efectos combinados de la descompresión y la asfixia.

Esto significaba que el Viriato, además de perder todos los sistemas vitales (el campo gravitatorio interno tampoco funcionaba, como pudo comprobar al moverse) había perdido la estanqueidad desapareciendo el aire del interior del mismo. Las averías, pues, eran bastante más graves de lo que hubiera podido sospecharse en un primer momento, y quizá incluso el orgulloso navío no podría volver a navegar de nuevo.

Moviéndose con cuidado para evitar las aguzadas aristas que, de desgarrarle el traje, hubieran supuesto una muerte segura, el almirante consiguió ponerse finalmente en pie. La pierna le seguía doliendo, pero no parecía estar rota y, aunque con dificultades, tampoco le impedía andar. A pesar de que la única iluminación existente en la destrozada cabina era la de su lámpara, no le costó demasiado esfuerzo percatarse de lo dramático de la situación en la que se encontraba. El destrozo había sido total, y todo hacía temer que muy pocos tripulantes hubieran podido sobrevivir; al menos en la sala de mando, según pudo comprobar tras una rápida inspección, eran varios los muertos.

Decidió conectar entonces la radio interior de su traje espacial, seleccionando la frecuencia reservada para emergencias. Esta emisora tenía un alcance muy limitado y no serviría para pedir ayuda al resto de las astronaves terrestres, pero al menos le permitiría ponerse en contacto con los demás supervivientes del Viriato.

Lo más importante en ese momento era, se dijo, abandonar el navío lo antes posible, ya que constituía un blanco perfecto y completamente indefenso para los misiles enemigos. El hecho de no haber encajado ningún nuevo impacto parecía indicar que el resto de la escuadrilla continuaba neutralizándolos, pero siempre sería mejor no tentar a la suerte saliendo a terreno descubierto lo antes posible; allí estarían relativamente seguros y podrían esperar a ser rescatados.

El resultado de su llamada fue descorazonador: Apenas veinte miembros de la tripulación respondieron a la misma. Cierto era que podía haber alguien con la emisora averiada, o sin sentido; pero en cualquier caso todo parecía indicar que el número de bajas había sido realmente grande. La evacuación del malogrado Viriato no era, por otro lado, nada fácil de ejecutar: La zona habitable del navío ocupaba la parte central del mismo, estando completamente rodeada por el casco y las estructuras externas del mismo, distribución que permitía aislar a los tripulantes de los impactos durante las batallas, al tiempo que hacía posible la rotación del casco sobre su eje mientras la zona interior permanecía inmóvil. Evidentemente existían numerosas escotillas repartidas por todo el casco que permitían a los tripulantes salir al exterior, pero era de temer que la mayor parte de ellas estuvieran inutilizadas a causa del impacto contra la superficie del asteroide. El camino más fácil sería, por ello, abandonar la nave por el eje central de la misma, pero en esas circunstancias nadie podría asegurar que esta vía pudiera estar expedita.

Bien, al menos habría que intentarlo. Reunido con los otros tres supervivientes de la sala de mando, uno de los cuales tenía al parecer una pierna rota, inició el penoso camino hacia el exterior.

Una vez en el eje central, un pasillo de dos metros de diámetro, descubrieron con alivio que, al menos en la parte de proa, no parecía haber obstáculos insalvables. Engrosado su grupo con varios supervivientes procedentes de otras dependencias de la nave, siguieron adelante hasta tropezar finalmente con la primera de las esclusas que les cerraban el camino.

La esclusa estaba cerrada tal como cabía esperar, aunque aparentemente no había sufrido daños. La falta de electricidad impedía su apertura automática, pero existía un mecanismo de emergencia que debería permitir abrirla manualmente... Y la abrió, para alivio de todos. La segunda esclusa tampoco planteó problemas, pero la tercera y última, que era la que daba salida al casco de la astronave, resistió todos sus esfuerzos. Por fortuna los ingenieros que diseñaron el Viriato habían previsto también esta contingencia incorporando unas cargas explosivas cuya misión era la de hacer saltar la gruesa compuerta en caso de que fuera necesario, explosivos que permitieron al almirante y a sus compañeros salvar la última barrera que les separaba del exterior.

Sin embargo, todavía les quedaba un nuevo obstáculo: Las varias decenas de metros que separaban la proa del Viriato de la superficie del asteroide. Por desgracia carecían de cualquier tipo de escalas, lo que les obligaría a saltar hasta el suelo.

—¡Vaya! Parece que los ingenieros no previeron que el Viriato pudiera verse obligado a realizar un aterrizaje forzoso —exclamó uno de los tripulantes.

—Estas naves no están diseñadas para posarse en tierra, y mucho menos para estrellarse —respondió irónico el almirante—. Así pues, si a nadie se le ocurre alguna idea mejor no tendremos más remedio que saltar.

La maniobra no carecía de peligro ya que, si bien la práctica inexistencia de gravedad hacía que los astronautas carecieran prácticamente de peso, un cálculo erróneo del impulso dado con el salto podría provocar que la inercia les hiciera chocar contra el suelo con más violencia de la necesaria provocándoles lesiones importantes. Afortunadamente ese hemisferio del asteroide se encontraba entonces iluminado por la mortecina luz de la estrella en torno a la cual giraba, lo que les permitiría al menos ver donde ponían los pies.

—Bien, tendremos que decidirnos —comentó uno de los tripulantes—. Voy el primero.

Y colgándose del borde exterior de la escotilla se dejó caer con cuidado dándose un pequeño impulso con los brazos para, instantes después, alcanzar sin mayores percances la polvorienta superficie del planetoide.

—Es fácil —advirtió a sus compañeros—. Basta con evitar dar un impulso demasiado fuerte.

Por suerte todos los astronautas terrestres contaban con un entrenamiento para desenvolverse en situaciones de falta de gravedad, por lo cual todos ellos pudieron descender sin demasiados problemas. Más complicado resultó evacuar a los heridos, que por lo general tenían fracturas de huesos, pero dejándolos caer con suavidad y recogiéndolos abajo pudieron ponerlos también a salvo.

Aunque ya estaban fuera de la astronave, urgía alejarse de ella. sin embargo, antes de hacerlo el almirante miró por vez primera al cielo intentando conocer el estado de la indecisa batalla.

Las luces restallantes de los láseres y las explosiones más pausadas de los misiles indicaban que la lucha continuaba sobre sus cabezas. La cobertura protectora de los navíos terrestres seguía siendo efectiva como lo demostraba el hecho de que ningún nuevo misil había caído sobre el indefenso Viriato, pero convenía no abusar de su buena suerte; la mole inerme del navío era un blanco fácil, y aunque todo parecía indicar que los krulls lanzaban sus misiles casi a ciegas, el riesgo de que encajara un nuevo impacto era demasiado elevado como para ser ignorado.

Con lágrimas en los ojos el almirante miró por postrera vez los tristes despojos del orgulloso navío, mausoleo además de la mayor parte de su dotación, buscando en la torturada superficie algún lugar que pudiera servirles de refugio a él y a sus compañeros. El Viriato yacía en mitad de un cráter de alrededor de medio kilómetro de diámetro, y los bordes del mismo le impedían la visión del terreno situado más allá. Si hubiera algún tipo de cueva en las laderas.

De repente descubrió que en el extremo opuesto a aquél en el que se encontraban, en el mismo borde del cráter, se alzaban los restos de una de las fortificaciones krulls destruidas en el transcurso de la batalla. Aparentemente no había señales de vida en ella, lo cual era lógico teniendo en cuenta que estas instalaciones eran prácticamente automáticas y que su dotación, si no habían muerto todos ellos, se habría refugiado con toda probabilidad en la cara opuesta del asteroide. En todo caso, y de no ser así, los terrestres siempre podrían defenderse con sus armas cortas amparados en su más que segura superioridad numérica.

Iba a ordenar la marcha hacia las ruinas cuando uno de los pilotos, convertido ahora en el oficial de mayor graduación después de él mismo, llamó su atención.

—Señor, hemos encontrado otro grupo de supervivientes que abandonaron la nave por popa.

—Estupendo —respondió—. ¿Cuántos son?

—Nueve, pero quizá quede todavía alguien más intentando salir.

—Nos dirigiremos hacia los restos de la batería que se alzan en el borde del cráter, al otro lado de la nave. Será conveniente dejar aquí un retén de un par de hombres para que indiquen el camino a todos los que abandonen el Viriato. Encárguese de ello.

—Bien, señor. Además, quería decirle que está descendiendo una nave.

—¿Una nave? —preguntó el almirante al tiempo que miraba al cielo con preocupación— ¿Dónde?

—Allí —respondió el piloto señalando un débil punto luminoso que se desplazaba por el firmamento.

—¿No será un misil?

—No lo creo; no llevaría esa trayectoria. Más bien me inclino a pensar que debe de tratarse de una nave auxiliar enviada por los nuestros.

Eso tenía que ser; puesto que los otros buques habían perdido contacto por radio con el Viriato, era lógico pensar que enviaran alguna nave a la superficie con objeto de recoger a los supervivientes. Sin embargo, y como medida de precaución, el almirante ordenó a sus subordinados que se refugiaran detrás de cualquier obstáculo.

Apenas un par de minutos después los náufragos contemplaban con alivio que efectivamente se trataba de un pequeño bote perteneciente a la dotación del Alejandro, aunque un sentimiento de decepción cruzó por la mente de todos ellos. La navecilla apenas tenía capacidad para cuatro o cinco personas, y ellos eran muchos más. ¿Por qué no habían mandado una lancha de desembarco, en la cual hubieran cabido holgadamente todos ellos?

—Si ignoran en qué estado se encuentra el Viriato, ni cuantos de nosotros hemos sobrevivido, es lógico que envíen una nave pequeña para averiguar lo que ha pasado —respondió el almirante cuando alguien expresó en voz alta la idea que rondaba por todas las cabezas—; y puesto que han perdido contacto por radio con nosotros, es de suponer que estén intranquilos. Vayamos a ver qué pasa.

Adelantándose a sus compañeros el almirante se acercó al bote abriendo la escotilla del mismo. Puesto que éste carecía de esclusa pudo observar inmediatamente que la cabina estaba vacía; había sido pilotado por control remoto, otra precaución adicional motivada por el deseo de evitar bajas innecesarias si el bote era abatido en pleno vuelo.

Temiendo que las cosas no fueran demasiado bien allá arriba, el almirante se acomodó en el asiento del piloto y, sin molestarse siquiera en presurizar la cabina, conectó con un cable su propia radio a la emisora del bote. Apenas unos segundos después —era evidente que estaban esperando— entraba en contacto con el comandante del Alejandro.

Supo entonces que la situación estaba bajo control y no quedaba ninguna batería operativa en todo ese hemisferio, pero que aunque cada vez de forma más pausada —era evidente que debían de estar agotándoseles las reservas— los krulls continuaban lanzando misiles desde la otra cara del asteroide. Dado que allí las baterías láser estaban todavía intactas, resultaba muy arriesgado atacarla con las tres astronaves que quedaban operativas, por lo cual sería preferible aguardar al agotamiento total de los misiles enemigos.

Puesto que todavía era prematuro proceder al desembarco de las fuerzas de infantería, y dado que también era arriesgado enviar una lancha a recogerlos, el almirante ordenó a su subordinado el aplazamiento del rescate; allí estarían seguros dado que los krulls carecían de tropas de superficie, e incluso así podrían resultar más útiles a las fuerzas terrestres de desembarco. El almirante deseaba volver al tomar el mando de la operación, pero el comandante del Alejandro le disuadió asegurándole que no podía garantizar que el vuelo de vuelta de la indefensa navecilla no fuera interrumpido por un misil. Quedaba pendiente no obstante el tema de los heridos, algunos de los cuales precisaban atención médica urgente, razón por la que solicitó que fuera enviada una lancha de mayor tamaño con objeto de transportarlos al Alejandro, reservando el bote para mantener contacto por radio con lo que quedaba de su escuadra.

Otra misión valiosa del bote sería la de transportarlos, en varios viajes, hasta el lugar elegido como refugio, evitándoles así una fatigosa caminata; pero antes deberían comprobar que no quedaba allí ningún enemigo, por lo que un grupo de cinco tripulantes fue enviado a pie con objeto de explorar el terreno.

Mientras tanto la batalla continuaba estacionaria. Los krulls sólo podían atacar a las naves terrestres con misiles y además a ciegas, pero éstos eran todavía lo suficientemente numerosos como para mantenerlos ocupados. No obstante era cuestión de tener paciencia, justo lo que les faltaba a los náufragos del Viriato mientras sus compañeros alcanzaban su destino.

Éstos no se hicieron esperar demasiado y poco después informaban que no existía signo alguno de vida en las ruinas de la destruida batería. Libre, pues, de obstáculos el camino los supervivientes procedieron a desplazarse en el bote hasta su improvisado refugio. Una vez allí, y siempre por mediación de la radio del bote, supieron que la batalla se iba decantando poco a poco a favor de los terrestres. Los misiles krulls llegaban cada vez más espaciados y eran neutralizados con relativa facilidad, con lo que el desembarco de las tropas de infantería era ya inminente.

El almirante, por su parte, dudaba aún sobre el camino a seguir. Podía desplazarse al Alejandro aprovechando la evacuación de los heridos retomando el mando de la flota, pero la labor de ésta estaba ya prácticamente concluida y los comandantes de los navíos mantenían la situación bajo control; pero podía también mantenerse allí hasta que tuviera lugar el desembarco de la infantería, aprovechando su forzado aterrizaje para constituirse en un privilegiado vigía frente a posibles avances enemigos. Aunque tenían la práctica certeza de que los krulls carecían de fuerzas terrestres, las defensas de la otra cara del asteroide continuaban intactas y quizá pudieran darles todavía algún disgusto.

Finalmente optó por quedarse en tierra, demostrándole los acontecimientos posteriores que había obrado acertadamente. La lancha enviada desde el Alejandro a recoger a los heridos, que había recorrido sin ningún percance el espacio que le separaba del asteroide, tuvo un retorno mucho más problemático cuando, recorrido apenas la mitad del trayecto, se estremeció bajo el impacto de un láser que restalló desde unas rocas situadas a algo más de un kilómetro de distancia. Por fortuna la nave consiguió enderezarse y, renqueando, buscó refugio en el protector hangar de su nave nodriza.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó impacientemente el almirante.

—La lancha ha sufrido el impacto de un láser en uno de los estabilizadores de popa —respondieron del Alejandro —. Por fortuna no ha habido daños personales, pero mientras no acallemos a esa batería será arriesgado realizar ningún nuevo viaje.

—No era ninguna batería —gruñó el almirante—; de haberlo sido, la lancha hubiera estallado en mil pedazos. Se trataba de un fusil de baja potencia.

—Pues tendremos que acallarlo antes de que nos dé otro disgusto.

—No creo que puedan hacerlo. Todo parece indicar que se trata de algún superviviente de la dotación de cualquiera de las baterías cercanas, quizá de esta misma; estará escondido en cualquier lugar, y ustedes carecen de medios para descubrirlo.

—Pero los transportes de tropas ya se están aproximando —objetó intranquilo su subordinado.

—No hay de qué preocuparse; con uno, e incluso con varios fusiles, ningún daño pueden hacer a nuestros navíos. Tan sólo podrían ser peligrosos para una nave pequeña, por lo cual es preferible interrumpir la evacuación. Aquí estaremos seguros hasta que nuestros chicos aterricen.

—¿Y si les atacan los krulls?

—Nos defenderemos. No obstante, lo más probable es que en estos momentos estén corriendo como conejos en busca de refugio en el otro hemisferio; de hecho, me extraña que continúen aquí. No se preocupe por nosotros, comandante; sigan interceptando los misiles y faciliten el aterrizaje de los transportes. La base es nuestra.

—Ojalá no se equivoque, señor. De todos modos, estaremos atentos para acudir en su ayuda en el caso de que sean atacados —fue la despedida del fiel oficial.

A pesar de sus palabras tranquilizadoras, el almirante no se mantuvo ocioso. Si el enemigo les atacaba no debería pillarlos desprevenidos, por lo cual organizó la defensa del grupo de supervivientes de la forma más efectiva posible. Aunque sólo contaban con pistolas y no con fusiles u otras armas de superior potencia, éstas deberían ser suficientes para defenderse del ataque de unos krulls que sin duda deberían ser inferiores en número. El bote, que constituía su único enlace con el exterior, fue cuidadosamente resguardado en el interior de los destruidos edificios, mientras sus hombres establecían puestos de guardia en torno a todo el improvisado campamento.

Un vistazo a su reloj le reveló que tan sólo habían transcurrido algo más de cuarenta minutos desde que se iniciara la batalla... Cuarenta minutos que se le antojaban toda una eternidad. Bien, los transportes no podrían tardar mucho en llegar, y entonces todo se habría acabado. Había perdido el Viriato, pero a cambio sería el vencedor de la batalla.

Sin embargo, sus problemas no habían acabado aún. Uno de sus hombres avisó por radio que había detectado unos movimientos sospechosos enfrente suyo, e instantes después el destello de un láser restallaba en el otro extremo del campamento al tiempo que la voz del vigía era reemplazada por el silencio.

—¡Vázquez! ¡Smith! —gritó a los más cercanos al puesto atacado—. Corran a auxiliar a Liadov. Todos los demás, en alerta máxima.

Él mismo abandonó el lugar en que se encontraba marchando apresuradamente hacia el punto donde había tenido lugar la refriega. Cuando llegó allí descubrió a dos de sus astronautas agazapados tras unas piedras mientras un tercero yacía inerte a su lado.

—Son tres o cuatro —le comunicó uno de ellos—. Pero han matado a Liadov y están apostados en mejores posiciones que nosotros. Además, todos ellos tienen fusiles.

Mascullando una maldición el almirante se refugió junto a sus compañeros al tiempo que una descarga enemiga hacía saltar esquirlas de piedra sobre su escafandra. La situación se había tornado sumamente complicada, puesto que entonces fue advertido el almirante de que los krulls habían iniciado nuevos ataques en distintos lugares del precario perímetro defensivo de los terrestres; al parecer se trataba de un ataque en toda regla cuyo fin no era otro que el de exterminarlos.

Un disparo afortunado del propio almirante atravesó limpiamente la escafandra de uno de sus enemigos, pero esa pírrica victoria no cambiaba el signo de la batalla. Los krulls eran superiores no sólo en armamento sino también, al parecer, en número, lo que hacía que su situación fuera sumamente precaria. Tenían que avisar al Alejandro, pedirles que mandaran urgentemente tropas en su ayuda; pero en aquel momento una vívida deflagración acabó con sus últimas esperanzas. El bote, y con él la emisora, habían sido destruidos por el enemigo dejando a los náufragos completamente aislados del resto de la flota.

—No importa —animó el almirante a sus subordinados mientras se replegaban a posiciones más seguras—. Saben donde estamos, y vendrán directos a rescatarnos.

Eso era cierto, aunque no sería el Alejandro el encargado de hacerlo. La inmensa mole de uno de los transportes se cernía ya sobre el horizonte descendiendo con lentitud sobre la torturada superficie del planetoide. Cuando estuviera situado a unos cincuenta metros de altura abriría las compuertas de su vientre vomitando por ellas el poderoso ejército acorazado que constituía la fuerza de infantería; la victoria estaba ya decantada a favor de las fuerzas terrestres, y ellos sólo tendrían que esperar unos minutos para ser rescatados.

Sin embargo, o quizá a causa de ello, los krulls estaban empeñados en ponérselo difícil. Furiosos por la derrota sufrida, decididos a morir antes que caer prisioneros, redoblaron sus esfuerzos al tiempo que estrechaban todavía más el cerco. ¿De dónde habrían salido tantos? Probablemente no se trataba de los supervivientes del bombardeo de alguna batería cercana, tal como habían pensado, sino que en realidad se estaban enfrentando con un comando fuertemente armado enviado desde la base principal situada en el otro hemisferio; pero esta cuestión, a esas alturas, no tenía ya la menor importancia.

Repentinamente el soldado que se encontraba junto al almirante, un técnico de motores que se había batido como un jabato durante toda la lucha, cayó sobre él sin exhalar un suspiro tras ser alcanzado por un certero disparo. Para él no habría ya ni liberación ni victoria.

Esta muerte enardeció al almirante que, deseoso de vengarla, abandonó su precario refugio disparando a bocajarro contra sus enemigos. Éstos, sorprendidos por la audaz acometida y sin posibilidades de huida, cayeron abatidos por los furiosos disparos del almirante. Uno, dos, tres... Por desgracia un cuarto enemigo situado fuera de su campo visual, impotente para evitar la masacre que se cernió sobre sus compañeros, consiguió no obstante disparar sobre el furibundo terrestre sin sospechar siquiera que acababa de matar al almirante en jefe de la flota que les había infligido la más aplastante derrota en muchos años.

Cuando el almirante Céspedes sintió que la oscuridad se apoderaba de su mente, pudo aún dedicar un postrer recuerdo —el último de su existencia— a todos los que con él habían caído en defensa de la Tierra. Y murió satisfecho, puesto que su sacrificio no había resultado vano.

* * *

Tras la oscuridad llegó la luz, aunque Arturo Céspedes tardó todavía algún tiempo en ser plenamente consciente de su nueva situación. Se hallaba en una camilla anatómica —en realidad un sillón reclinable— y un complicado casco le cubría la totalidad del cráneo. Entonces lo supo. Él no era ningún almirante de la flota estelar terrestre ni tampoco nuestro planeta estaba en guerra con los krulls... Todo había sido una completa, aunque extremadamente sofisticada, ficción.

En realidad él era, lo recordó brutalmente, un tetrapléjico confinado en una silla de ruedas desde que tres años atrás sufriera aquel desgraciado accidente de circulación; una cabeza unida a un cuerpo muerto cuyo mundo estaba encerrado entre cuatro paredes y cuyas actividades cotidianas, aun las más básicas, dependían por completo de la ayuda de los demás.

—¿Qué tal le fue? —la pregunta de la enfermera le apartó definitivamente de sus ensoñaciones.

—Bastante bien —respondió con un hilo de voz mientras dejaba que le quitaran el casco—. Estuve a punto de llegar hasta el final, pero me tumbaron a última hora. Eso sí, la conquista de la base estaba ya prácticamente decidida.

—La batalla debe de continuar todavía —puntualizó la enfermera—; Juan y Pedro siguen conectados.

—¿Qué puestos desempeñaban?

—Juan era el comandante de una de las naves, el Alejandro creo, y Pedro era el responsable de las tropas de desembarco.

Así que era el bueno de Juan quien le había estado cubriendo las espaldas durante el ataque a la base krull... ¡Quién lo hubiera dicho! Pero una de las normas básicas del proyecto era la prohibición terminante de que los participantes conocieran previamente sus respectivos papeles. Solamente así, no pudiéndose diferenciar entre los personajes reales y los virtuales, se podría calibrar la eficacia de los algoritmos empleados en la generación de los escenarios.

—¿Participaba alguien en el bando de los krulls? —ahora que su labor había terminado sí le estaba permitido conocer todos los detalles de la simulación.

—Sí —respondió la enfermera cotejando una ficha—. Miguel era el jefe de la base, y todavía sigue allí pasando al parecer por una situación bastante apurada. Fernando era el comandante de uno de los acorazados krulls puestos fuera de combate, y ahora se encuentra descansando en la galería. Si quiere que le lleve allí... Hace un día precioso.

—De momento no —respondió Arturo recordando las malas pulgas que solía gastar su compañero siempre que perdía—. Prefiero quedarme aquí. ¿Y los demás?

—Andrés y Ángel quedaron excluidos de la simulación, y al resto le correspondía descanso. Algunos de ellos están en la sala común; ¿prefiere ir allí?

Su mudo asentimiento fue interpretado por la enfermera como una respuesta afirmativa, por lo que ésta procedió a trasladarlo allí. En realidad le daba igual; siempre que terminaba una simulación le quedaba una sensación de vacío que sólo al cabo de cierto tiempo lograba colmar.

Hacía tan sólo unos minutos, se dijo, era el almirante de una poderosa escuadra sideral que luchaba contra unos despiadados enemigos. Ahora, por el contrario, era tan sólo un triste inválido incapaz de valerse por sí mismo. ¡Qué ironía tan cruel!

Eran muchas las veces que se había prometido renunciar, pero hasta entonces siempre había acabado desestimando su decisión inicial. ¿Por qué razón? Probablemente, porque el proyecto Segismundo (el nombre elegido no podía ser más acertado) era en el fondo el único aliciente que le quedaba a un pobre inválido cuya mente se rebelaba ante la idea de permanecer prisionera en un cuerpo inútil. Ésta era la razón por la cual, tras haber estado hundido en el pozo de una profunda depresión de la que ni siquiera podía huir gracias al suicidio, había aceptado formar parte del más ambicioso proyecto de realidad virtual desarrollado en toda la corta historia de la informática. Su cuerpo era un simple fardo, pero su mente aún podía volar libremente por universos siquiera imaginados; y por ello aceptó, ansioso por liberarse de las crueles ataduras con que le había ligado el destino.

En un principio tan sólo se había intentado agrupar dos de las ramas más prometedoras de la informática, los juegos de guerra y la realidad virtual; pero con el tiempo, los responsables del proyecto Segismundo intentaron ir más allá sumergiendo a los voluntarios —todos ellos tetrapléjicos— en unos universos imaginarios aunque tan reales que resultaba completamente imposible discriminar en ellos entre lo real y lo inventado. El fin último del proyecto era poder conectar de forma permanente mentes humanas a las inmensas redes informáticas que interconectaban todos los rincones del planeta, pero hasta entonces tan sólo habían llegado a recrear, con mayor o menor fortuna, diversos escenarios todos los cuales únicamente tenían en común que jamás habían existido y jamás podrían existir.

En realidad se trataba tan sólo de un juego y ellos lo sabían perfectamente, pero pese a ello no podían evitar confundir la realidad con la ficción y, lo que era mucho peor, preferir unos universos placenteros en los que ellos eran siempre protagonistas a la cruda realidad de una silla de ruedas. De hecho, a consecuencia de las pruebas varios de ellos habían tenido serios problemas mentales que se habían zanjado en todos los casos con su exclusión inmediata del programa.

A menudo Arturo había preguntado la razón por la cual se habían elegido inválidos y no personas físicamente normales para el proyecto, y siempre había recibido la misma respuesta: Se trataba de ofrecer una mayor calidad de vida a quienes se veían condenados a arrastrar su existencia en condiciones que distaban mucho de ser mínimamente satisfactorias. Sin embargo, Arturo sospechaba que el motivo real era otro bien distinto: Los responsables del proyecto Segismundo temían que las sesiones de realidad virtual pudieran llegar a convertirse en una auténtica droga capaz de provocar una irrefrenable adicción a todos aquéllos que participaran en las mismas. El riesgo de que los participantes en el proyecto acabaran rechazando la realidad refugiándose en sus ensoñaciones era demasiado cierto como para ignorarlo; por esta razón se habían elegido tetrapléjicos. Era evidente que para éstos la tentación sería todavía mayor, pero ¿qué se perdía con ello? ¿A quién le importaba lo que pudiera ocurrirles a unos pobres inválidos que tan sólo suponían una carga para la sociedad? Al menos así podrían ser útiles sustituyendo a otras personas capaces de desempeñar otras tareas que a ellos les estaban completamente vedadas. Además, suponía que pensarían los responsables del programa para autojustificarse, ¿no les proporcionaban placer?

Pero ellos nunca serían conscientes de la enorme frustración que suponía para los voluntarios terminar una simulación en la cual habían comandado flotas estelares, reinado en imperios milenarios o conquistado continentes enteros, para descubrir que tan sólo eran unos pobres e inútiles inválidos. No, nunca lo sabrían, y ni tan siquiera los psicólogos que controlaban estrechamente su estado mental llegarían a calibrar en toda su magnitud la tragedia que les atormentaba cada vez que les desconectaban del ordenador.

Probablemente todos ellos acabarían locos, se dijo con amargura. Quizá debiera luchar contra tan cruel destino, quizá debiera convencer a sus compañeros para que abandonaran todos ellos el proyecto antes de que fuera demasiado tarde, antes de que perdieran irreversiblemente la razón; aunque en el fondo sabía que no lo haría, que no se atrevería a hacerlo ni tan siquiera él solo. Porque mientras pudiera gozar de la vida, aunque fuera de forma efímera y falsa, su existencia tendría algún sentido. No le importaba el mañana; confinado como estaba en una silla de ruedas, ¿qué más le daba perder la razón cuando su vida era tan sólo un miserable arrastrarse por el discurrir de los días? Al menos, mientras era almirante, rey o conquistador podría disfrutar de unas vivencias dignas.

No, no renunciaría; se dijo mientras le dejaban junto a sus compañeros. Y olvidando sus lúgubres pensamientos, procedió a satisfacer la curiosidad de éstos contándoles las peripecias del almirante Arturo Céspedes en su épica lucha contra los krulls y lo cerca que éste había estado de culminar con éxito su aventura.