Historias del Alcaudón 3
EPPUR SI MUOVE
José Carlos Canalda

-No —exclamó rotundamente Salazar con la mirada fija en el vaso de aguardiente.

—¿Por qué no? —respondió da Vico, siempre más contemporizador que su compañero—. Son de fiar, y nos pagarán al contado...

—Y están como cabras —gruñó el español apurando de un trago el brebaje que las tabernas marcianas hacían pasar por auténtico orujo gallego.

—¿Qué importa eso? Tienen dinero, y nosotros lo necesitamos... Así de sencillo. Y esta vez no se trata de millonarios excéntricos ni de mafiosos asesinos, sino de científicos miembros de una universidad...

—¿Científicos? ¡Bah! Lo que son es una panda de chalados. ¿A quién en su sano juicio se le puede ocurrir ir dando tumbos de asteroide en asteroide?

—A ellos... —concedió el italiano—. Bueno, ¿y a nosotros qué más nos da? Cobramos el dinero y santas pascuas.

—No quiero hacer el ridículo. No quiero convertirme en el hazmerreír de todo el cinturón.

—Más ridículo haremos cuando tengamos que pagar el combustible del Alcaudón... ¿Se te ocurre alguna otra idea?

—No —gruñó Salazar desviando la mirada—. Pero no quiero.

—Bueno —suspiró da Vico fingiendo una falsa resignación—. Creo que se necesitan mineros en la nube de Oort... Y pagan bastante bien, según tengo entendido.

El abatimiento de hombros de su amigo le hizo saber que había logrado salirse con la suya.

* * *

La universidad de Smallville era uno de tantos centros docentes de tercera o cuarta fila que salpicaban los vastos territorios de la América profunda. Nunca fue una gran cosa fuera de los límites de su condado, y nunca lo habría sido de no mediar el caprichoso destino en forma de legado testamentario del honorable Augustus T. Pinkerton, un honrado banquero que se había hecho millonario gracias a su extrema habilidad para especular en la bolsa. El honorable Pinkerton era natural de Smallville y, carente de familiares directos, había nombrado heredera universal a la universidad de su ciudad natal, una universidad en la que por cierto nunca había estudiado —ni en ésta ni en ninguna otra— dado que, como él siempre se ufanaba en pregonar, era un hombre que se había hecho a sí mismo.

Claro está que la generosa donación tuvo sus contraprestaciones, y las autoridades académicas de la ahora rebautizada como Universidad Pinkerton, no eran libres a la hora de disponer a su antojo del cuantioso legado. El difunto banquero había especificado muy claramente las disciplinas en las que debería invertirse su dinero: Poco amante de los estudios tradicionales, a los que despreciaba dada su poca predisposición hacia la ciencia y la cultura, había decidido que su universidad se convirtiera en la punta de lanza de disciplinas tales como la parapsicología, el esoterismo, las ciencias ocultas o la búsqueda de vida extraterrestre. Mientras tanto, las matemáticas, la física, la química, la medicina, la filología o la historia no recibieron ni un solo dólar procedente del legado Pinkerton.

Corrían por Smallville rumores, manifiestamente maliciosos, de que el antiguo rector de la universidad había intentado suicidarse al conocer las cláusulas del testamento del difunto banquero, pero en realidad tan sólo se había limitado a solicitar la jubilación anticipada alegando problemas de salud. Su sustituto fue un oscuro profesor —al menos ese título se le atribuía— conocido por haber sido amigo íntimo y confidente del viejo Pinkerton durante los últimos años de su vida. A partir de su nombramiento el testamento pudo aplicarse al fin conforme a las exigencias de los albaceas, de forma que la Universidad Pinkerton pronto fue conocida por contar en su claustro con los más afamados expertos en espiritismo, chamanismo y vudú junto con otras especialidades similares.

Y ahora habían fijado su atención en la búsqueda de los restos de un platillo volante que, según sus expertos, se habría estrellado miles de años atrás en alguno de los asteroides del cinturón. Evidentemente un hallazgo de ese calibre era algo que nadie de la comunidad científica mundial desdeñaría, máxime teniendo en cuenta que todos los intentos realizados con anterioridad, tanto los ha históricos proyectos Ozma y Seti como las concienzudas exploraciones del Sistema Solar no habían dado jamás el menor resultado; pero... Los tripulantes del Alcaudón habían preguntado al representante de Pinkerton sobre el destino de su viaje, y la respuesta de éste no se podía decir que les hubiera convencido precisamente.

—No tenemos ni idea de qué asteroide pueda ser el que buscamos —fue su inocente contestación.

El desconcierto de los dos astronautas fue tal, que les impidió responder durante un buen rato.

—Pe... pe... pero... ¿sabe usted lo que está diciendo? —acertó finalmente a articular Salazar—. Hay miles de pedruscos dando vueltas por ahí, y la mayor parte de ellos están todavía sin explorar ni cartografiar. ¿Pretende usted que los vayamos recorriendo todos?

—¡Oh, no! —respondió el norteamericano con una sonrisa de oreja a oreja—. No será necesario. Pero sí tendremos, probablemente, que visitar un puñado de ellos... Quizá varias docenas.

—Discúlpeme usted —terció da Vico, más tranquilo pero no menos amostazado que su compañero—. Comprenderá que necesitaremos trazar una ruta... Dos o tres docenas de asteroides es un número manejable, eso es cierto; pero, ¿cómo podremos seleccionarlos entre todos los existentes? Usted mismo ha dicho...

—Que no sabemos cual pueda ser el asteroide correcto —le interrumpió el visitante—. Pero lo sabremos, no les quepa la menor duda de ello.

Y acto seguido pasó a explicarles su plan. La universidad de Pinkerton mantenía en su nómina a un nutrido grupo de parapsicólogos, videntes espiritistas y demás individuos del gremio. Uno de ellos, en el transcurso de un viaje astral, había tenido la fugaz visión de un artefacto de manufactura alienígena estrellado contra la superficie de un asteroide que, lamentablemente, había sido incapaz de identificar.

Cuando los perplejos astronautas intentaron convencerlo de que, con esas indicaciones, resultaría imposible encontrar su objetivo, éste se apresuró a tranquilizarlos: En el Alcaudón viajarían varios de los mejores médiums de Pinkerton, los cuales serían capaces de rastrear al huidizo pedrusco gracias a sus poderes paranormales.

Huelga decir que tanto da Vico como Salazar no se molestaron en disimular su escepticismo, aunque prudentemente evitaron manifestar su opinión sobre la fiabilidad de los presuntos científicos. Pero el enviado de Pinkerton contaba con un poderoso argumento, dinero fresco, del que tan necesitados estaban los dos camaradas. Y bien mirado, como argumentó a posteriori el pragmático da Vico, cuanto más tiempo tardaran en encontrar —era un decir— su particular grial cósmico, más dinero se embolsarían a costa de esos chiflados... Podrían tomárselo incluso como unas relajadas vacaciones, que buena falta les hacían.

* * *

La expedición de Pinkerton estaba formada por un total de seis personas, cinco hombres y una mujer. El Alcaudón, que había sido diseñado como nave de carga y no para transporte de pasajeros, contaba únicamente con dos camarotes además del ocupado por su tripulación, y en cada uno de ellos se podían acomodar, con un mínimo de comodidades, un máximo de tres personas. El problema estribaba en que el único miembro femenino del grupo se empeñó en disponer de un camarote para su uso exclusivo... lo que dejaba sin alojamiento a dos de sus compañeros.

Finalmente, tras tener que refrenar da Vico los deseos de su irascible compañero de echarlos a todos a patadas, el italiano propuso a sus huéspedes una solución relativamente aceptable para todos a cambio, eso sí, de un sustancioso incremento en sus honorarios: Se habilitó la bodega, que estaba vacía de carga, como camarote provisional, instalándose en ella un par de camastros. Huelga decir que, acogiéndose al principio de Quien paga manda, fue a los propietarios del Alcaudón a quienes cayó en suerte trasladarse a la improvisada residencia, al tiempo que la pudorosa y triunfante fémina sentaba sus reales en su antiguo camarote no ahorrando sus epítetos acerca de la falta de orden e higiene de los dos sufridos astronautas.

Otro asunto que resultaba preciso resolver también eran los pertinentes permisos de la Policía Interplanetaria, muy preocupada últimamente por el auge del contrabando en el cinturón de asteroides; y desde luego una astronave —y no se podía decir que el Alcaudón gozara precisamente de buena fama al respecto— dando vueltas de asteroide en asteroide despertaría inmediatamente sus sospechas. Por fortuna los avales presentados por la universidad de Pinkerton fueron suficientes y los agentes policiales, reservándose discretamente su opinión sobre la salud mental de los miembros de la expedición, les dieron carta blanca para desplazarse libremente por el cinturón de asteroides sin contar con una hoja de ruta definida, tal como se exigía habitualmente.

Al fin el Alcaudón partió de la base espacial de Deimos camino del cercano cinturón de asteroides. Para da Vico y Salazar la situación no podía ser más absurda: Marchaban sin rumbo fijo a la espera de que a alguno de esos chiflados se encaprichara con uno cualquiera de los miles de guijarros que orbitaban en esa región del espacio. Realmente era para tomárselo con paciencia, y con paciencia se lo tomaron a pesar de las incomodidades de su alojamiento provisional en la bodega.

En lo que respecta a los pasajeros, éstos formaban un heterogéneo grupo dividido en dos partes bien dispares. La primera de ellas era la formada por los cuatro autotitulados videntes (embaucadores para da Vico, cantamañanas para el más visceral Salazar), mientras los dos restantes, entre ellos la única mujer de la expedición, eran científicos de verdad, ingeniero naval él y arqueólogo ella. Pese a estar todos contratados por la universidad de Pinkerton, pronto resultó evidente que no hacían buenas migas entre ellos... Ni con los tripulantes del Alcaudón.

El primero de los videntes, con diferencia el más extrovertido de todos ellos, se hacía llamar el Profesor Mendoza, y afirmaba ser argentino. A Salazar le recordaba poderosamente a un presunto astrólogo, al parecer manchego de nacimiento, que años atrás había pululado por los programas televisivos de cotilleo ganándose la vida a costa de hacer horóscopos a los famosos; pero cuando ingenuamente le preguntó si se trataba de la misma persona, éste lo negó de forma tan desabrida que le hizo sospechar seriamente de la veracidad de sus palabras.

El segundo de ellos era un norteamericano que hablaba inglés con el cerrado acento de Texas y parecía la reencarnación de un enjuto santón hindú. Parco en palabras, apenas si abandonaba su camarote donde, según afirmaba el ingeniero que compartía alojamiento con él, se tiraba las horas muertas practicando algo parecido al yoga.

El tercero era un italiano rechoncho con cierto parecido a un Buda, el cual proclamaba ser la reencarnación de Nostradamus. Tras ofrecerse gentilmente a sus anfitriones para eliminar de sus cuerpos todo rastro de energía negativa, el rechazo de éstos a su propuesta, no demasiado educado en el caso concreto de Salazar, creó en él un profundo resentimiento hacia los astronautas a causa del cual se negó a dirigirles la palabra.

El último miembro del circo, a la par que portavoz oficial de la expedición, se definía humildemente como un simple médium aficionado. En realidad parecía ser más bien un simple burócrata, y posiblemente lo fuera, pero era él quien tenía el poder de decisión a lo hora de decidir el rumbo a seguir por la astronave, una vez sopesadas las inspiraciones de sus compañeros... Lo cual prometía no ser nada fácil, vistas las circunstancias.

Aunque todos ellos contaban, como cabe suponer, con nombres propios, los resentidos da Vico y Salazar pronto los bautizaron con apodos apropiados, atendiendo respectivamente a los calificativos de el Profesor, el Santón, Nostradamus y el Mandamás.

Los dos científicos, por su parte, poco tendrían que hacer mientras no se produjera el hipotético hallazgo de la nave alienígena, lo cual hacía sospechar a los astronautas (y probablemente también a ellos mismos) que casi con total seguridad volverían a casa exactamente igual que habían venido. El ingeniero, Cuadriculado para los dos amigos, era un taciturno alemán apellidado Steiner, y sus escasas conversaciones con los dueños del Alcaudón estuvieron marcadas en su mayor parte por sus reiteradas críticas hacia el, en su opinión deplorable, estado de conservación de la vetusta astronave, lo que no contribuyó precisamente a fomentar la simpatía entre él y los astronautas.

La arqueóloga era una norteamericana de mediana edad que respondía al poco original nombre de Susan Smith. Poco agraciada físicamente y de carácter adusto —apenas si salía de su suite excepto para comer y para aliviar sus necesidades fisiológicas—, recordaba poderosamente a la típica solterona avinagrada. Para Salazar y da Vico, escocidos todavía por haber sido expulsados de su camarote, era simplemente la Raspa.

Con toda esta fauna recluida en el reducido interior del Alcaudón, no era de extrañar que a los sufridos astronautas les aguardaran unas jornadas que prometían tener poco de agradables. Para empezar, ese vagar sin rumbo les exasperaba, y así se lo comunicaron al Mandamás.

—Señor Brown —éste era su nombre—. Necesitamos saber hacia donde tenemos que ir —protestaba una y otra vez da Vico, el más diplomático de los dos—. De seguir dando tumbos como hasta ahora, acabaremos cruzando la órbita de Júpiter sin habernos acercado siquiera a ningún asteroide...

—¡Oh, amigos míos, es necesario tener paciencia! —respondía indefectiblemente el aludido con su voz meliflua—. Les aseguro que mis compañeros hacen cuanto pueden, e incluso yo procuro ayudarlos en la medida de mis escasas fuerzas... Pero ya saben ustedes que la parapsicología no es una ciencia exacta. Yo les sugeriría que no se apartaran demasiado de esta zona hasta que alguno de nosotros pueda tener una visión astral.

Daba la casualidad de que en esos momentos se encontraban atravesando una de las lagunas de Kirkwood, esos curiosos remansos cósmicos en los que las resonancias gravitatorias de los planetas vecinos han acabado expulsando de sus órbitas a los asteroides; con lo cual, podrían esperar hasta que las ranas criaran pelo antes de tropezarse con alguno de ellos.

Así pues, como decía el Mandamás, tendrían que armarse de paciencia.

* * *

Hubieron de pasar casi tres semanas para que los tripulantes del Alcaudón pudieran liberarse de su tediosa rutina. Era de noche o, por hablar con mayor propiedad, pleno período de descanso nocturno, cuando el intercomunicador de la bodega comenzó a zumbar furiosamente. Mascullando todo tipo de maldiciones el aterido Salazar —la calefacción del improvisado camarote dejaba bastante que desear— se incorporó de su lecho para responder a la inoportuna llamada.

Era el Mandamás quien se encontraba al otro lado del intercomunicador, insensible aparentemente ante la furiosa expresión del rostro del español, solicitándoles que se presentaran urgentemente en la cabina —que oficiaba de sala común— con la mayor rapidez posible.

Aunque el Alcaudón se encontraba navegando por un lugar seguro y los sistemas automáticos de vuelo deberían ser capaces, al menos sobre el papel, de prevenir y evitar cualquier posible peligro externo, el instinto de los dos camaradas les hizo lanzarse con lo puesto hacia la zona habitable de la astronave. En la cabina se hallaban reunidos ya casi todos los pasajeros —tan sólo faltaba Nostradamus —, todos ellos con cara de sueño excepto la Raspa, que no disimuló su desagrado ante el espectáculo mostrado por los llamativos calzoncillos estampados de Salazar, única indumentaria del astronauta. Da Vico, más previsor, acostumbraba a dormir con pijama.

—¿Qué ocurre? —preguntó el italiano mientras su compañero se ponía rojo como la grana ante los inquisidores ojos femeninos—. ¿Algún problema?

—¡Oh, no! Todo lo contrario —respondió ufano el Mandamás—. Farinelli —así se llamaba el vidente italiano— ha tenido una visión. Ya sabemos hacia donde debemos dirigirnos.

De no haber quedado paralizado por la sorpresa, amén de estar asimismo más corrido que una mona por culpa de su escueto vestuario, Salazar le hubiera estrangulado allí mismo. Intuyendo problemas si le dejaba dar rienda suelta a sus instintos, el también irritado da Vico increpó a su interlocutor.

—¿Y para eso nos saca de la cama? ¿No podía haber esperado unas horas? Después de varios miles de años de estar allí sin que nadie lo molestara, no creo que nadie nos vaya a pisar ahora el descubrimiento.

A juzgar por los ceños fruncidos del resto de los pasajeros, ellos debían de pensar también lo mismo. Pero el Mandamás parecía mostrarse inasequible al desaliento.

—Bueno, yo... Los vi tan interesados, que pensé que estaría deseando saberlo...

—Está bien, ya no tiene remedio —suspiró el italiano—. Miguel, vete a vestir; ya me encargo yo de ello. ¿Puedo hablar con el señor... Farinelli?

—¡Oh, no! Ahora está saliendo del trance, y podría ser peligroso molestarlo. Pero Mendoza y yo estábamos con él, y tomamos nota de todo cuanto dijo.

—Perfecto. Entonces, dígame a qué asteroide tenemos que dirigirnos —respondió plácidamente da Vico.

Un silencio glacial acogió a sus palabras. Brown, bajando la vista al suelo, musitó:

—No lo sabemos.

A pesar de todo su aplomo, da Vico se vio obligado a contar hasta diez —tres veces en concreto— antes de responder al cretino. Por fortuna, su compañero no se encontraba presente.

—Señor Brown —más que hablar, masticaba las palabras—. ¿Cómo demonios quiere usted que busquemos ese maldito asteroide sin saber siquiera su nombre o su número de catálogo? Porque, claro está, tampoco tendrán ustedes ni puñetera idea de sus parámetros orbitales...

—Tenemos un dibujo... —respondió tímidamente el Profesor —. Es algo así como una patata llena de cráteres...

Ahora fue da Vico el que tuvo que contener sus instintos asesinos.

* * *

—Están locos. Completamente locos. ¿Cómo coño quieren que localicemos un asteroide con forma de patata? ¿Es que no saben esos imbéciles que el noventa y nueve por ciento de los putos asteroides tienen precisamente forma de patata?

—No te sulfures —en realidad da Vico tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no sulfurarse él mismo—. Todo depende de la exactitud del dibujo que nos han dado. Lo cotejamos con el banco de datos del ordenador y, si suena la flauta...

—¡Cómo va a sonar! ¿Acaso se te ha contagiado su chifladura? ¿No me dirás que ahora también crees tú en fantasmas y estupideces por el estilo?

—Claro que no. Pero si tenemos la suerte de encontrar un asteroide parecido al del dibujo, al menos nos servirá para tenerlos entretenidos. Y si no, nos lo inventamos. Total, el resultado va a ser el mismo...

* * *

El asteroide elegido resultó ser Uzbekistania, número 1.351 del catálogo, aunque podrían haber sido perfectamente otros cuatrocientos o quinientos más tirando por lo bajo. En realidad, buscarlo había resultado ser tan difícil como encontrar la proverbial aguja en el pajar, y no sólo por culpa de lo esotérico de la metodología utilizada o por la más prosaica falta de precisión del dibujo con que contaban como única prueba, sino también a causa de la escasa información existente sobre los asteroides. Tan sólo un pequeño puñado de ellos habían sido hollados alguna vez por el hombre, y de los restantes apenas un escaso diez por ciento habían sido cartografiados con mayor o menor resolución. En lo que respecta a la mayor parte del ingente número restante, que eran precisamente los que les interesaban a ellos, tan sólo en contados casos se contaba siquiera con una fotografía de mínima resolución, mientras de todos los demás (la mitad larga del total) no se sabía absolutamente nada.

Descartando unos y otros, así también como aquellos pocos que, pese a todo, no se parecían a la dichosa patata de Nostradamus, quedaba todavía un número de posibles candidatos lo suficientemente elevado como para aburrir a cualquiera. Por su propia cuenta da Vico y Salazar eliminaron también todos los asteroides que se encontraban en esos momentos en lugares alejados de sus órbitas, presentando los restantes a sus respetados inquilinos para que fueran ellos quienes cargaran con el muerto... Y lo hicieron, con un celo merecedor sin duda de mejores causas, optando finalmente por el ya citado Uzbekistania... Como pudieran haberlo hecho por cualquier otro.

Pero esto era algo que a los dos astronautas les daba exactamente igual. Uzbekistania no estaba demasiado lejos —ya se habían cuidado de ello— y se pusieron inmediatamente en camino.

* * *

Uzbekistania era un asteroide típico y vulgar, y nada había en él que lo diferenciara del resto... Y por supuesto, en su superficie cuajada de cráteres no encontraron el menor rastro de haber sido hollada jamás por astronave alguna, fuera ésta de origen terrestre o alienígena.

Huelga decir que ni Salazar ni da Vico, ni probablemente los dos científicos de la expedición —Steiner y Susan Smith—, se mostraron decepcionados en absoluto; por el contrario, los cuatro videntes estaban completamente desolados.

—¡Tendrán cara! —se escandalizaba Salazar—. Ahora sólo nos faltaba que nos echaran la culpa a nosotros.

—No creo que lo hagan —respondió su amigo—. Pero por si acaso, lo mejor será que sean ellos mismos quienes elijan el próximo destino.

Y así lo hicieron, correspondiéndole en esta ocasión el honor a Armisticia, número 1464 del catálogo.

* * *

Armisticia podría haber sido tomado por el hermano gemelo de Uzbekistania: La misma forma de patata, los mismos cráteres... Y la misma decepción, con una ausencia total y absoluta de cualquier vestigio de origen artificial, como por otro lado cabía esperar. En realidad las visitas a ambos asteroides no habían sido completamente estériles: El Servicio Astronómico Internacional siempre aceptaba con agrado toda documentación gráfica que permitiera cartografiar la superficie de cualquier cuerpo celeste, recompensándolo con una simbólica cantidad que, pese a su parquedad, los propietarios del Alcaudón no están dispuestos en modo alguno a rehusar; pero poco era esto para compensar los gastos de un vuelo hacia un asteroide, razón por la que gran parte de ellos estaban aún sin cartografiar a pesar de que eran muchos los astronautas —Salazar y da Vico no constituían ninguna excepción— los que malvivían en la dura y competitiva frontera del cinturón.

Flaco consuelo, pues, era fotografiar la torturada superficie de Armisticia, máxime cuando comenzaban a sospechar que su actual misión, aunque sencilla y tranquila en comparación con otras anteriores, podría acabar desquiciándolos visto cómo las gastaban sus pasajeros.

El nuevo fracaso de los videntes puso a éstos al borde mismo de la histeria, al tiempo que los dos astronautas aprovecharon para hablar muy seriamente con Brown. No estaban dispuestos, le dijeron, a seguir dando tumbos a tontas y a locas sin más guía que las alucinaciones de un grupo de chiflados. Brown, que en el fondo no dejaba de ser razonable, convino con ellos en que era necesario disponer de mayor información, pero se negó en redondo a dar carpetazo a la misión.

—Les aseguro que mis compañeros hacen todo cuanto pueden, pero están sometidos a una gran tensión —explicó para justificar su actitud, utilizando curiosamente la tercera persona—. Y desde luego, si les presionan ustedes los resultados van a ser contraproducentes.

—¿Qué propone usted? —respondió un furioso Salazar—. ¿Que sigamos dando tumbos sin ton ni son hasta que el Sol se apague?

—Simplemente, les pido un poco de paciencia.

—Bien —terció da Vico, siempre más pragmático que su compañero—. Pero, ¿acaso sabe usted en cuanto se incrementa nuestra minuta cada día que pasa?

—Sobre eso no hay ningún problema, ya lo saben ustedes. Contamos con carta blanca en todo lo referente a la financiación.

—Me alegra oírle decir eso. Eso sí, le advierto que tarde o temprano tendremos que desviarnos hacia alguna base espacial para repostar y reponer los suministros y alimentos; el Alcaudón no está preparado para vuelos tan largos.

—Y ahora, ¿qué hacemos? —intervino a su vez el español—. ¿Elegimos algún otro asteroide, o nos lo jugamos a los chinos?

* * *

Cuatro asteroides más tarde el horno no estaba para bollos, y las relaciones personales entre los ocupantes del Alcaudón, que nunca habían sido precisamente idílicas, brillaban ahora por su ausencia. Da Vico y Salazar, encerrados en la cabina de la astronave durante la mayor parte del tiempo, tan sólo dirigían la palabra al Mandamás, y solamente cuando era estrictamente necesario. Cuadriculado se había acabado por mudar al camarote de la Raspa, teóricamente para no molestar al Santón en sus meditaciones pero, según sospechaban sus dos anfitriones, porque al final se habían acabado liando; no era que esto les importara especialmente —Salazar juraba y perjuraba a su compañero que preferiría mil veces a un palo de escoba antes que a la desabrida arqueóloga, pero en el fondo su orgullo masculino, unido a la larga etapa de celibato forzoso, no dejaban de escocerle en su orgullo. Claro está que durante todo el viaje su pasajera no había mostrado más interés por ellos que por la escobilla del retrete, con lo cual tampoco se podía decir que hubieran perdido demasiado.

Por último, los cuatro videntes —tres en realidad, puesto que a esas alturas resultaba más que evidente que Brown era un simple mandado— permanecían encerrados en sus camarotes, presuntamente navegando por los procelosos océanos de la parapsicología y disciplinas afines. Aprovechando la mudanza del ingeniero el Mandamás se había mudado al cubil del ahora solitario Santón, dejando en el otro dormitorio a Nostradamus y al Profesor; así podrían estar más relajados, decía. Mientras tanto, Salazar y da Vico seguían durmiendo en la gélida y desangelada bodega.

Comenzaban a rumiar los dos amigos la conveniencia de dar un ultimátum a esa panda de chiflados, cuando el Mandamás corrió a buscarlos totalmente excitado.

—¡Ya está! —exclamó entrecortadamente—. ¡Ya sabemos hacia cual asteroide debemos dirigirnos!

—¿Ah, sí? —se burló Salazar—. ¿Y cuál de los ilustres intermediarios es el que ha invocado a los espíritus de los alienígenas muertos?

—El profesor Mendoza —respondió el hombrecillo ignorando el sarcasmo—. Bueno, en realidad fueron los tres en conjunción, pero la revelación le fue dada a Mendoza.

—¿Y ahora de qué disponemos? ¿De una fotografía tridimensional y en color del puñetero asteroide?

—Mucho mejor que eso —al parecer Brown era completamente inmune a las pullas—. Sabemos el nombre... Bueno, parte de él.

Iba a responder Salazar de nuevo, preguntándole cómo podrían saber unos astronautas alienígenas, naufragados hacía miles de años, el nombre que los astrónomos terrestres pondrían a un pedrusco descubierto mucho después de que sus huesos —o lo que tuvieran— se convirtieran en polvo, cuando da Vico le interrumpió. Al fin y al cabo, siempre sería mejor llevarles la corriente.

—Díganos usted el nombre del asteroide y lo comprobaremos en el ordenador.

—Sar... Algo.

—Sara, Sarabhai, Saraburger, Saragamine... —deletreó pacientemente el astronauta leyendo la información aparecida en la pantalla—. ¡Hum! Resulta que hay alrededor de veinte asteroides que empiezan por esa sílaba. Claro está que, si cruzamos estos datos con la información de la lista anterior, a lo mejor conseguimos algo... ¡Vaya! Pues sí que estamos apañados.

—¿Qué ocurre? —preguntaron a dúo Salazar y Brown abalanzándose sobre la consola.

—Me temo que no coincide ninguno. Compruébelo usted mismo.

—¡Dios mío! —se derrumbó el pobre hombre—. Y ahora, ¿qué hacemos?

—Bueno, tampoco es de extrañar —le tranquilizó el astronauta, compadecido en el fondo de su desgracia—. Tenga usted en cuenta que son muchos los asteroides de los que no tenemos siquiera una fotografía que nos permita hacernos una idea de su apariencia general... Nuestra relación anterior era meramente indicativa, y sabíamos que dejaba a muchos fuera.

—¿No recuerda alguna otra letra más del nombre? —hasta el propio Salazar se había reblandecido ante la desgracia ajena.

—No lo sé...

—¿Por qué no trae a Mendoza aquí? Quizá él pueda precisarnos algo.

Mendoza, más nervioso si cabe que su compañero, afirmó que detrás de la erre quizá pudiera ir una consonante.

—Sarmiento, Sarpedon, Sartre... —desgranó lentamente da Vico—. Algo es algo; la lista se ha reducido a tres.

—¡Ese es! ¡Sarpedon! —exclamó el presunto vidente, presa ahora de una irreprimible excitación—. ¡Sarpedon! —volvió a repetir.

—Sarpedon... ¡Vaya, si es un troyano! No me extraña que nos lo saltáramos en la primera criba, quién iba a imaginárselo... —masculló da Vico, más para él mismo que para sus interlocutores—. Número 2.223, posición de Lagrange L5... Eso está bastante lejos.

—Troyanos, Lagrange... ¿Qué es ese galimatías? —protestó Brown, que no había entendido absolutamente nada pero barruntaba la posible aparición de problemas.

—Los troyanos son los cuerpos celestes, asteroides o satélites, que comparten la órbita de un astro mayor —respondió Salazar, casi con amabilidad—. En este caso concreto Sarpedon describe la misma órbita que Júpiter, y al ser un L5 marcha siempre a sesenta grados por detrás de este planeta.

—¿Po... Podemos ir hasta allí?

—Como poder... Siempre se puede —le tranquilizó da Vico—. Nos llevaría varias semanas, y tendríamos antes que repostar; por suerte, tenemos a Marte casi en el camino —añadió tras consultar los datos del ordenador.

—No olvides que tendríamos que solicitar un permiso a la Policía Interplanetaria —añadió Salazar—; nosotros no estamos autorizados para viajar a esa zona.

—No se preocupen; de eso me encargo yo —suspiró aliviado el representante de la universidad de Pinkerton.

* * *

La Reina de Marte era uno de los más reputados garitos de Deimos, y a él gustaban de asistir Salazar y da Vico... Cuando podían permitírselo, cosa que no ocurría a menudo. Gracias a la gentileza de la Universidad Pinkerton se encontraban disfrutando, por vez primera en mucho tiempo, de genuinos licores terrestres, y además de calidad, pagados eso sí a un precio astronómico y nunca mejor dicho... Había que saber aprovechar las ocasiones, ¡qué caramba!

Mientras aprovisionaban al Alcaudón de cara a su próximo viaje hasta el lejano asteroide Sarpedon, todos sus viajeros se pudieron tomar un pequeño descanso. Cuadriculado y la Raspa se habían escabullido apenas tomaron tierra en el astropuerto de Deimos, y a saber donde andarían. Los tres espiritistas se habían refugiado en un hotel, según ellos para descansar, aunque los astronautas no tenían constancia de que se hubieran agotado tanto, y Brown, por último, se había encargado de tramitar los pertinentes permisos de la Policía Interplanetaria, al tiempo que aprovechaba también para contactar con sus superiores.

Salazar y da Vico se encontraban relajados y tranquilos, algo que para su desgracia no solía ser demasiado habitual en su azarosa vida. Ya habían pactado con Brown que éste sería el último intento en la búsqueda del escurridizo —y en su opinión inexistente— pecio alienígena tras lo cual, se pusieran como se pusieran, volverían directamente a Marte, desembarazándose de sus molestos huéspedes tras embolsarse la jugosa cantidad que les habían prometido... Todo gracias al dinero del difunto y extravagante Pinkerton. Habría sido cargante, pero sencillo.

—Ahí viene Brown —advirtió da Vico a su compañero entre trago y trago de su bourbon—. Y trae mala cara.

—¿Qué tripa se le habrá roto ahora al pelmazo este? —rezongó su compañero apurando su brandy Jerézano.

Efectivamente el hombrecillo parecía haberse quedado sin sangre en las venas.

—¿Algún problema? —le saludó el italiano.

—¿Bromea usted? —protestó el aludido apenas con un hilo de voz, al tiempo que se derrumbaba en una de las sillas libres—. Necesito algo fuerte.

Teniendo en cuenta que el pobre hombre se mareaba con una cerveza, no dejaba de ser llamativo su comportamiento.

—¿Qué ocurre? —insistió el italiano al tiempo que llamaba al camarero—. ¿Malas noticias?

—¿Malas? Ojalá fuera solamente eso. Tráigame un whisky escocés —se interrumpió para dirigirse al diligente empleado—. Doble, por favor.

Esto ya comenzaba a ser alarmante.

—¿Saben? —continuó su interlocutor tras recuperarse a duras penas del primer trago—. Nos han cancelado el crédito.

Una bomba que hubiera estallado bajo la mesa no habría causado mayor efecto.

—¡Qué dice...? —exclamaron a dúo los dos astronautas.

—Es una vieja historia... —explicó Brown con desgana—. Cuando míster Pinkerton legó toda su fortuna a la universidad, unos parientes lejanos suyos impugnaron el testamento. Desde entonces han sido varios los pleitos que nos han puesto, pero siempre los habían perdido... Lo malo es que ahora un estúpido juez ha congelado cautelarmente los fondos hasta que se falle el último recurso elevado por los demandantes.

—Eso significa...

—Que no disponemos de un dólar. ¡Oh, no se preocupen! Estoy seguro de que nuestros abogados volverán a ganar el pleito, pero de momento bien que nos han fastidiado.

—Pero la misión... ¿Queda suspendida? —aventuró da Vico.

—No necesariamente. Por fortuna, esos buitres desconocían la existencia de una cuenta corriente digamos... ¡Hum! de emergencia que no ha sido embargada por el juez; lo malo es que tiene muy poco dinero, pero al menos será suficiente para ir hasta el asteroide y volver a Marte...

—¡Un momento! ¿Y nuestros honorarios? —preguntó Salazar sin andarse por las ramas.

—Me temo que para eso no habrá suficiente...

—¡Alto ahí! —estalló el español completamente amoscado—. Si tienen dinero, por poco que sea, exijo que lo primero que hagan sea pagarnos a nosotros. Y luego, si sobra, iremos hasta el troyano, y si no... Bien ése no es ya nuestro problema.

—Lamento mucho tener que recordarles que sí es su problema —engallado gracias a la acción del alcohol, Brown actuaba a con un aplomo insospechado en tan apocado personaje—. Digamos que desde un punto de vista legal la Universidad de Pinkerton se declarará en suspensión de pagos, con lo cual todos sus acreedores, ustedes incluidos, tendrán que esperar hasta que se resuelva el contencioso...

—Vamos a ver si nos aclaramos —terció da Vico—. Ustedes no nos pueden pagar, pero nos están pidiendo que hagamos un viaje hasta el asteroide troyano en lugar de rescindir nuestro compromiso ahora mismo... ¿Qué ganamos nosotros con ello?

—Mucho, si descubrimos allí los restos de la nave extraterrestre... Les ofrezco un porcentaje sobre el total de los beneficios que obtenga la universidad por este hallazgo.

—Ya... ¿Y si no encontramos nada? —respondió con viveza Salazar—. Porque, dados los precedentes, supongo que se sorprenderá si le confesamos que eso es precisamente lo que tememos mi compañero y yo.

—Bien, en ese caso... Los fondos de emergencia cubrirían poco más que el coste del avituallamiento de su nave, un avituallamiento que a estas alturas debe de estar prácticamente terminado... Sería una lástima tener que decir a los proveedores que volvieran a vaciarlo, ¿no lo creen ustedes?

—Pero...

—Cuando yo los contraté, su nave estaba tan vacía como sus bolsillos. En nuestros anteriores viajes consumimos todo lo adquirido con mi —recalcó el posesivo— dinero, con lo cual de rescindirse el contrato lo justo sería que les dejara el Alcaudón exactamente igual que lo encontré...

—¡Eso es un chantaje! —gruñó el español abalanzándose sobre la mesa—. Usted nos debe dinero, mucho más dinero del que pueda costar abarrotar al Alcaudón de combustible y provisiones.

—Tiene razón —concedió, amedrentado, su interlocutor—. Por este motivo, les propongo un trato. Aunque les entregara la totalidad de los fondos de los que puedo disponer en estos momentos, con ello no enjugaría sino una pequeña parte de la deuda que tengo contraída con ustedes. El resto deberían reclamarlo a la universidad y, mucho me temo, podría ir para largo, puesto que serían desplazados hasta el final de la cola de acreedores.

Pero si aceptan trasladarnos a Sarpedon, aun considerando el peor de los casos, es decir, que allí no encontrásemos nada, recurriría a mis influencias para que ustedes pudieran ser pagados lo antes posible... Estoy convencido de que, si nos lo proponemos, siempre se podrá encontrar algún resquicio. Además, podrían quedarse con todo el combustible y con todas las provisiones que sobraran, que calculo serán bastante. ¿Aceptan?

—¿Acaso nos queda otro remedio? —suspiró da Vico haciéndose eco del sentir de su abatido compañero.

* * *

Sarpedon brillaba en la lejanía como un pequeño punto débilmente luminoso. Se trataba de un asteroide pequeño y oscuro sin ningún rasgo particular que lo diferenciara de sus hermanos, y ni siquiera con los visores conectados a la máxima potencia se podían distinguir todavía los rasgos de su superficie.

En el atestado interior de la cabina del Alcaudón todos guardaban un riguroso silencio, aunque sus expresiones variaban de uno a otro: Salazar y da Vico, con una expresión escéptica grabada en sus rostros. Brown, con una contenida mueca de impaciencia. Los tres espiritistas, dando palpables muestras de su nerviosismo. Y los dos científicos, por último, sin molestarse en disimular su hastío.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en tener imágenes de la superficie? —preguntó alguien a espaldas de los pilotos.

—Calculo que varias horas —masculló Salazar, que era quien en esos momentos se hallaba al frente de los mandos—. Pero nos acercaremos a él por la cara nocturna, así que necesitaremos algún tiempo más para ponernos en órbita alrededor suyo antes de pasar a la cara iluminada. Algo podremos hacer con el radar, pero no garantizo nada...

—¿Por qué no vuelven ustedes a sus camarotes? —le interrumpió su compañero, que comenzaba a sentirse agobiado ante la presencia de tanta gente en tan reducido espacio—. Aquí no pueden hacer nada, y ya les avisaremos nosotros cuando sepamos algo. Y tú, Miguel, vete a descansar un rato.

* * *

Transcurrido el plazo estipulado Sarpedon ya se hallaba lo suficientemente cerca como para poder ser observado en detalle... Si la cara que mostraba al Alcaudón hubiera estado iluminada, cosa que, como había predicho Salazar, no ocurría. En la cabina se encontraban los dos astronautas, acompañados ahora por un nervioso Brown que parecía estar al borde mismo del infarto.

—¿No... No pueden ir más deprisa?

—Lo siento —respondió el italiano, intrigado por el hecho de que su interlocutor se había mostrado mucho más tranquilo en sus anteriores avistamientos de asteroides—. Estamos maniobrando para entrar en órbita alrededor del asteroide, y con estos pedruscos tan irregulares siempre se trata de un proceso bastante delicado... Hay que tener cuidado con los gradientes gravitatorios, que pueden llegar a ser bastante intensos si nos acercamos demasiado. Pero no se preocupe, dentro como mucho de media hora, podrá contemplar a placer el asteroide...

—¡Media hora todavía! ¡Uf...!

—Podemos probar con el radar para ir ganando tiempo, pero lo más probable es que no nos sirva de mucho —añadió un Salazar inusualmente amable—. Estos asteroides tienen una superficie demasiado accidentada como para distinguir algo, cualquier objeto posado sobre ella pasaría desapercibido entre tanta roca y tanto cráter como debe de haber ahí abajo.

Cuanto más si no hay allí nada más de lo que cabe esperar —añadió para su coleto.

La pantalla de radar comenzó a parpadear mostrando un laberinto de líneas y puntos imposible de descifrar para un profano.

—¿Ven algo? —preguntó ansiosamente el hombrecillo agarrándose con fuerza al respaldo de uno de los sillones.

—No... Nada fuera de lo normal. Pero esto era de esperar. Tendremos que aguardar hasta que salgamos al hemisferio iluminado.

—¡Espera, Luiggi! ¿Qué demonios es eso?

—No lo sé, parece una especie de montículo...

—Pero tiene formas regulares... O al menos eso parece.

—Podría ser una ilusión óptica... Pero merece la pena investigarlo.

—¿Qué...? —insistió un Brown que, convertido en convidado de piedra, se comía literalmente las uñas.

—No se haga demasiadas ilusiones, míster Brown... —le advirtió da Vico—. La naturaleza nos gasta a veces extrañas bromas. ¿Recuerda usted el famoso caso de la cara de Marte? Con los elementos de que disponemos en estos momentos aún no podemos aventurar nada. Pero no se preocupe, pensamos rastrear todo el asteroide exactamente igual que lo hicimos con los anteriores. Por cierto que... Miguel, creo que deberíamos ajustar la velocidad, ya que si seguimos así, me temo que volveríamos a sobrevolar esta zona de nuevo de noche...

—Bueno —musitó el aludido—. Calcúlame los parámetros. Pero esto nos va a retrasar todavía más...

—Da igual —suspiró resignadamente su pasajero—. Ahí abajo parece que puede haber algo, y eso es lo único que importa.

* * *

Y lo había. Para sorpresa de todos los viajeros del Alcaudón, bajo sus pies se extendía una informe masa metálica, resto indudable de un antiguo naufragio estelar. La actitud de todos ellos oscilaba por los distintos grados existentes entre la incredulidad y la sorpresa, e incluso los tres videntes parecían no acabar de creerse lo que les mostraban sus ojos.

Una vez descubierto el pecio, el Alcaudón se situó sobre su vertical sincronizando su velocidad con la errática rotación del asteroide —con tan insignificante atracción gravitatoria difícilmente podía hablarse de órbita estacionaria—, tras lo cual procedió a descender lentamente. Aunque Sarpedon jamás había sido hollado por el hombre, en estas ocasión no había nadie interesado en inmortalizar su nombre siendo el primero el hacerlo, lo cual simplificó bastante las cosas.

Da Vico había descubierto un terreno razonablemente llano apenas a unos centenares de metros de su objetivo, razón por la cual él y Salazar decidieron aterrizar allí en lugar de mantener la nave encima de los restos, lo cual les hubiera obligado a saltar sobre ellos. Una pequeña polémica se planteó a la hora de elegir quiénes iban a integrar la primera expedición, ya que en un principio todos se mostraron dispuestos a ir.

Pero los dos astronautas se mostraron inflexibles. Por razones de seguridad, dijeron, era conveniente que el grupo se dividiera en dos. Uno de los pilotos se acercaría hasta el pecio, mientras el otro permanecería frente a los mandos atento a para cualquier posible emergencia. El ingeniero Steiner formaría parte de la expedición, a la que también se sumó Susan Smith tras abroncar, tildándolos de machistas, a todos aquéllos que osaron convencerla de que se quedara. Por último también Brown se mostró dispuesto a participar, mientras los tres espiritistas fueron mandados a sus camarotes sin mayores contemplaciones; Salazar, que era quien había decidido quedarse en el Alcaudón, no quería moscones en torno suyo.

Media hora más tarde da Vico, Brown y los dos científicos salían al exterior. Dada la ínfima gravedad del asteroide el italiano no las tenía todas consigo; aunque la distancia a recorrer era de apenas medio kilómetro y las suelas de los trajes estaban lastradas con gruesas suelas de plomo, albergaba el temor de que sus pasajeros no supieran manejarse en esas condiciones de práctica ausencia de peso y uno de ellos acabara volando... Y así ocurrió con Brown, al cual fue preciso enviar de vuelta a la nave apenas intentó dar los primeros pasos por la superficie de Sarpedon.

Steiner y Susan Smith, por el contrario, no se defendieron demasiado mal, lo que alivió al astronauta; puesto que la rotación del asteroide era bastante rápida, apenas si contaban con un par de horas escasas de luz antes de que les cayera encima la noche, y para entonces prefería estar ya de vuelta. Por fortuna el terreno no sólo era bastante llano, sino asimismo razonablemente sólido; no hubiera tenido ninguna gracia que alguno de ellos acabara cayéndose en una grieta oculta bajo el polvo.

Aun con ello, tardaron casi media hora en llegar a su destino. Los restos del misterioso vehículo estaban dispersos por una amplia extensión de terreno y se encontraban muy destrozados, pero su origen artificial quedaba fuera de toda duda. Y todos ellos, incluyendo a los que permanecían en el Alcaudón, que eran informados por radio, se encontraban tremendamente excitados.

—¿Qué opina usted, Steiner? —inquirió da Vico al ingeniero.

—No sé que decir... —confesó éste—. Estoy completamente desorientado. Lo que sí tengo muy claro, es que este artefacto no tiene nada que ver con nuestras astronaves.

No, si todavía van a tener razón estos chiflados... —pensó el italiano—. Mira que si hemos descubierto realmente un artefacto extraterrestre...

—¿Pueden venir un momento? —la chillona voz de la arqueóloga, todavía más desagradable dentro de su escafandra, rompió el hilo de sus pensamientos—. Creo que he encontrado algo interesante. ¡Ah, tengan cuidado! Hay por aquí unas planchas metálicas muy cortantes.

La americana se encontraba detrás de un ingente montón de chatarra, y hacia allí se dirigieron sus dos compañeros sorteando las agudas aristas.

—¿Qué es lo que has visto, Susan? —preguntó familiarmente el alemán.

—Kurt, ¿tú crees que unos alienígenas usarían nuestro alfabeto latino?

—Evidentemente no. ¿Por qué lo preguntas?

—Pues echad un vistazo a esto —dijo señalando un objeto que se alzaba ante ella.

Iluminada de lleno por los pálidos rayos del lejano Sol, se encontraba una plancha metálica en la cual se distinguían con toda nitidez, pintadas en color negro, las siguientes letras: IAZ.

* * *

Piazzi... Una vez hallada la clave, resultó sencillo indagar en la base de datos del ordenador. A finales del siglo XX, olvidada ya la estúpida carrera espacial desatada por las dos superpotencias de entonces, la astronáutica se orientó hacia el lanzamiento de sondas automáticas que pusieron al alcance de la curiosidad humana a los principales astros del Sistema Solar. Sin embargo, en una primera etapa los asteroides quedaron sistemáticamente olvidados, y hubo de esperar hasta el último año del siglo para que una sonda se pusiera en órbita de Eros.

Desvelados los misterios de los grandes planetas y de sus satélites, al menos hasta donde se podía llegar con los medios entonces disponibles, la humanidad fijó entonces sus ojos en los humildes guijarros que, en número de miles, jalonaban el Sistema Solar. Nada menos que cinco sondas fueron lanzadas simultáneamente con destino a los cinco principales asteroides, bautizadas todas ellas con los nombres de sus respectivos descubridores: Piazzi para Ceres, Olbers I para Palas, Harding para Juno, Olbers II para Vesta y Hencke para Astrea.

Todas ellas llegaron a su destino cumpliendo satisfactoriamente con la misión que les había sido encomendada, con la única excepción de la primera, la cual se perdió en el transcurso del viaje sin que jamás se llegara a saber lo que le había ocurrido... Y Ceres continuó siendo un desconocido para el hombre.

Jamás llegó a construirse la en un principio prevista Piazzi II. La era de las viejas sondas espaciales había llegado a su fin, y una nueva generación de astronaves mucho más versátiles y capaces —las Nova —, que llevaban ya en su diseño el embrión de los futuros impulsores goxila, preludiaron la inmediata colonización del Sistema Solar. Ceres fue finalmente explorado, pero lo ocurrido a la sonda Piazzi siguió envuelto en el misterio.

Y ahora la habían encontrado ellos, completamente desviada de la que debería haber sido su ruta. ¿Qué hacía allí esa reliquia de la astronáutica, tan lejos no sólo de la órbita de Ceres, sino incluso del cinturón de asteroides? Nunca lo sabrían, pero lo cierto era que sus restos se encontraban sobre la polvorienta superficie de un pequeño guijarro que se desplazaba por la órbita de Júpiter.

—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó da Vico a sus desolados compañeros—. Me temo que no nos queda nada que hacer aquí.

—Todo perdido... —musitó Brown con un hilo de voz—. Todo perdido.

—Hombre, todo no —le rebatió Susan Smith, en el fondo no demasiado convencida—. Hemos hallado unos restos arqueológicos de gran valor, y a los estudiosos de la astronáutica les resultará muy interesante nuestro descubrimiento.

—Hay una cosa que me intriga sobremanera —exclamó Salazar interrumpiendo a la arqueóloga—. ¿Cómo es posible que una sonda enviada a Ceres se desviara tanto de su trayectoria, y que encima diera la casualidad de que viniera a estrellarse en un minúsculo troyano situado en plena órbita de Júpiter?

—Sí, realmente es muy extraño —asintió el ingeniero alemán—. Aunque estas sondas carecían prácticamente de motores y navegaban aprovechando su impulso inicial y, en ocasiones, la atracción gravitatoria del Sol o de los diferentes planetas, lo cierto es que mis colegas de finales del siglo XX lograron realizar unas verdaderas carambolas cósmicas... No, no es verosímil que la Piazzi acabara precisamente aquí; algunas misiones fallaron, eso es cierto, pero nunca por culpa de tan aparatosa falta de puntería.

—¿Qué está sugiriendo?

—¿Yo? Nada en absoluto. Soy ingeniero, y sólo creo en aquello que se puede comprobar. Pero aquí los amigos —y señaló displicentemente a los contritos y silenciosos espiritistas—. Quizá puedan proporcionarnos una explicación esotérica, como por ejemplo que una nave extraterrestre capturó la sonda y, después de examinarla, la abandonó a su suerte tirándola por ahí...

—No se burle usted de nuestros compañeros —le recriminó Brown enfatizando el final de la frase—. Al fin y al cabo ellos nos han traído hasta aquí, por lo que no creo que podamos atribuir el descubrimiento de la sonda a la casualidad. Así pues, no toleraré que se pongan en entredicho sus aptitudes.

Ante el bufido del alemán, que intentaba descargar toda su frustración sobre los infelices videntes, Salazar y da Vico optaron por hacer mutis por el foro escabulléndose discretamente; ésta no era su guerra, y además tenían que preparar el viaje de vuelta a Marte.

* * *

—Señores, esto es todo lo que hay. Lo toman, o lo dejan.

Da Vico y Salazar se encontraban sentados frente a uno de los más afamados abogados de Marte. Saberse en territorio ajeno los amedrentaba, lo cual era probablemente el efecto buscado por la teatral decoración del impresionante bufete. Pero eran lentejas, y si querían resolver el contencioso que mantenían con la Universidad Pinkerton no tenían más remedio que apechugar con ese mal trago.

—Nosotros tenemos firmado un contrato con la universidad, y exigimos que lo cumpla —respondió da Vico con todo el aplomo del que pudo ser capaz, lo cual ciertamente no era mucho.

—Vayamos por partes —suspiró con fastidio el abogado—. Ustedes lo formalizaron con el equipo de gobierno que precedió al actual, el cual les recuerdo que ha sido desautorizado por éste.

—Pero la universidad sigue siendo la misma, y tiene la responsabilidad legal de asumir todos sus compromisos anteriores —le interrumpió un impaciente Salazar.

—Bueno, en realidad el problema no es tan sencillo. Como ustedes sabrán, la ejecución del legado Pinkerton fue... digamos que un tanto irregular. Unos parientes del finado impugnaron el testamento, que reemplazaba a uno anterior del que ellos eran beneficiarios, alegando que la camarilla que lo rodeó durante sus últimos años de vida se había aprovechado del deterioro de sus capacidades mentales en su propio beneficio. El contencioso fue largo, y coincidiendo con su compromiso contractual un juez decretó la congelación cautelar de los fondos.

—Todo eso ya lo sabemos —gruñó el español—. Puede abreviarlo.

—Como ustedes prefieran. A diferencia de las reclamaciones anteriores, en las que los familiares de míster Pinkerton se limitaron a reclamar a la universidad la herencia, en esta ocasión llegaron a un acuerdo con las antiguas autoridades académicas, que habían sido desplazadas por la camarilla, pleiteando ambos conjuntamente contra esta última. Como saben ustedes la ejecución del legado por parte de la universidad estaba sometida a unas condiciones muy estrictas y, a juzgar por el último y definitivo fallo judicial, contra el que no cabe ya recurso alguno, resultaban además completamente arbitrarias.

—También conocemos eso —comentó da Vico—. Y ahora ambas partes, universidad y familiares, gestionan el legado a través de la recién creada Fundación Pinkerton, mientras todos los espiritistas y demás familia han sido expulsados de la universidad. Pero sigo insistiendo en que existen unos compromisos que la universidad, la Fundación o quien quiera que sea, están obligados a cumplir.

—Me temo que no resulta tan sencillo. Entre los diferentes cargos por los que fueron condenados sus... er... contratantes, se cuentan no sólo la coacción a un anciano con las facultades mentales mermadas, la estafa o el descrédito infligido a una institución docente, sino también la malversación de los fondos cuya custodia habían conseguido irregularmente... Y ahí entramos de lleno en su problema. La universidad se niega a pagar un solo céntimo por una iniciativa que considera tan absurda como dañina para sus propios intereses... Si me permiten una comparación, es como si alguien pretendiera pagar con dinero robado y el deudor se lo reclamara a su legítimo propietario.

—Existe un contrato por medio —insistió con tozudez el astronauta—. Y nosotros podríamos reclamarles daños y perjuicios por su incumplimiento...

—Por supuesto, por supuesto; nadie les niega ese derecho. Pero tendrían que reclamárselos no a la universidad, sino a los miembros de su antiguo equipo de gobierno, que son con los que lo suscribieron. Con toda seguridad ganarían el pleito, pero mucho me temo que podrían encontrarse con problemas a la hora de recibir el dinero... Después de ser expulsadas de la universidad, todas estas personas han quedado reducidas a un estado económico digamos que bastante insolvente.

—También podríamos reclamar a la propia universidad —insistió Salazar—. Nada nos lo impide.

—Háganlo —retó el abogado—. Pero les advierto que el pleito duraría años, y la universidad cuenta con el apoyo de algunos de los mejores profesionales de la abogacía... Aunque me esté mal decirlo —concluyó con falsa modestia.

—En resumen, que tienen la sartén por el mango —replicó rencorosamente da Vico.

—Bueno, ésta es una forma demasiado brusca de afirmarlo... Yo prefiero decir que un acuerdo amistoso siempre sería preferible a una reclamación judicial.

—Siempre y cuando se haga una oferta razonable, no las condiciones leoninas que nos ha propuesto.

—Permítame que discrepe con usted, pero a mí personalmente me parecen justas. La universidad, o mejor dicho la Fundación, les ofrece sufragar todos los gastos del viaje, una compensación razonable por las molestias causadas y una gratificación bastante generosa por el hallazgo de los restos de la sonda Piazzi...

—Lo primero es algo que se cae por su propio peso, y además ya estaba pagado —respondió el italiano—. Así pues, no nos regalan nada. Lo último es una simple propina comparado con el beneficio que va a obtener la Fundación Pinkerton gracias a la explotación de los derechos televisivos, cinematográficos y literarios del tema; se notan los nuevos aires que los herederos del señor Pinkerton han dado a su flamante fundación —comentó con sorna—. Y en cuanto a lo que usted llama una compensación razonable por las molestias... Bien, para nosotros es una burla. Teniendo en cuenta nuestros honorarios habituales...

—Que suelen ser muy inferiores a los que reclamaron a míster Brown, no lo olviden... —puntualizó el abogado—. Pero en eso no hay ningún problema. Si ustedes lo prefieren, siempre se podría recurrir a un peritaje para determinar la cuantía del quebranto de lucro sufrido por ustedes al haber perdido otros posibles clientes mientras estuvieron contratados por la Universidad de Pinkerton; eso sí, necesitaríamos su documentación fiscal de los últimos años para poder calcular correctamente los baremos.

—Bueno, no creo que eso sea necesario —se rindió da Vico tras consultar con la mirada a su enmudecido amigo—. Tal como afirma un viejo dicho español, pleitos tengas y los ganes. Nos sigue pareciendo insuficiente, pero preferimos renunciar al resto antes que meternos en líos de juzgados.

—Celebro que sean ustedes tan razonables —remachó cínicamente el abogado al tiempo que les extendía un cheque.