HISTORIAS
Enrique Agudo

-Yo conocí a un tipo que siempre que resbalaba se daba de cabeza contra una farola.

-Debía tener la cocorota muy dura.

-Dura no sé, pero era enorme, cómo un dirigible. Era una especie de marciano urbano. Andaba de un lado a otro de la Calle Éste como si fuera un maldito soldado de la Guardia Real de su Jodida Majestad.

Jan se rascó la nariz y estornudó al poco:

-Bueno, el pobre era... pobre, no se le podía pedir más, ¿no?

-Es posible, pero para mí que no era de éste planeta. Bajo esos andrajos olía a pescado muerto y tenía grietas en las manos. No grietas, sino cráteres, y ese gorro de lana que siempre llevaba puesto manchado de aquella cosa oscura... yo creo que era sangre. Estoy seguro de que si le hubiese podido quitar el gorro se le habrían desparramado los sesos por la calle como un autentico río de lava, si Señor.

-¿Y que ha sido de él? hace mucho que no le veo.

-Se lo bebieron, los otros, sus amigos.

Jan se recostó en el cubo de basura y observo fijamente a su compañero.

-No me mires así, si hablamos de gente rara, estos son el no va más.

-Y tu también, amigo, tú eres gente rara.

-No me creas si quieres, pero a ese hombre se lo bebieron. Un día se tropezó con una farola y no se levantó. Entonces llegaron unos tipos vestidos de barrenderos y lo metieron en un callejón. Allí lo clavaron en una pared y le metieron unos tubos por la tripa. Y allí se quedo unos días....

-¿Y tu visto todo eso y no avisaste a nadie? ¿Nadie más lo vio?

-¿Qué iba a hacer yo? No había nadie a esas horas. Además, el callejón del que te hablo es oscuro y no hay alma que se meta ahí.

Jan se estaba empezando a aburrir.

-Y tu entraste, claro.

-Entré el día que ellos volvieron, a la semana de meterlo allá dentro. Entonces vi el cuerpo colgado y los tubos. El cuerpo se estaba descomponiendo y la mierda esa que sale cuando nos morimos, ese líquido podrido pasaba por los tubos a unos cuencos que habían dejado en el suelo. Los tres individuos, pues eran tres y llevaban disfraces de monjes con capucha, empezaron a beber aquella mierda. No dejaron ni gota. Fue horrible.

-Vaya mierda de historia me estas soltando. Será mejor que te duermas.

-Ya te he dicho que no tienes por que creerme, pero fue así. Después les vi de refilón las caras. Eran verdes y todas llenas de escamas, como lagartos gigantes. Salieron del callejón y alzando una tapa del alcantarillado se metieron dentro y desaparecieron.

-¿Ya has terminado?

-Bueno, luego viene lo de la nave que les vino a recoger, y lo de la resurrección del hombre del callejón....

-No me digas. El tío revivió y todavía sigue tropezándose con las farolas.

Miró a Jan fijamente.

-Me tomas por loco.

-No, ni mucho menos, pero dime si es cierto.

-Pues claro que lo es. El tipo tiene mucho aguante. De vez en cuando se viene al bar y me cuenta todo lo que le pasa.

-¿Y hay algo interesante?

-Si, pero no te lo voy a contar. Es tarde y tengo ganas de dormir.

Hasta mañana.

-Hasta mañana, cuentista.

© Enrique Agudo, (557 palabras)