Historias del Alcaudón 2
ALEA JACTA EST
José Carlos Canalda

—Entonces, ¿aceptan?

Miguel Salazar miró de soslayo a su compañero Luiggi da Vico, tragó saliva y respondió apenas con un hilo de voz.

—Aceptamos... Pero quede claro que tiene que ser en las condiciones que le hemos dicho. No queremos líos con la Policía Interplanetaria.

—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! —exclamó su interlocutor soltando una risotada—. Amigos, les puedo asegurar que se trata de un negocio completamente honrado.

En realidad, los dos astronautas tenían la plena seguridad de que no era así; pero la vida en el cinturón de asteroides era dura, y ellos se encontraban acosados por las deudas... Lo que, por cierto, no tenía nada de excepcional. Pero las autoridades portuarias de Ceres estaban comenzando a ponerse francamente pesadas exigiéndoles el pago de las tasas de amarre del Alcaudón, razón por la cual les urgía poner tierra —o por hablar con mayor propiedad, espacio— por medio antes de que las cosas se pusieran demasiado feas. La oferta que les acababan de hacer olía a chamusquina a varios kilómetros de distancia, pero para su desgracia carecían de cualquier posible alternativa y necesitaban imperiosamente aceptar cualquier tipo de trabajo por más que éste tuviera un aspecto turbio. Al fin y al cabo, ellos estaban más que acostumbrados a culebrear por el estrecho filo —en los asteroides no tan estrecho— que separaba la ley del delito; pero pese a todo, tenían que intentar mantener intacta su reputación... Y de paso, regatear cuanto les fuera posible.

Por desgracia para ellos, su oponente era perro viejo en estas lides, y no había habido manera humana de exprimirlo. Claro está que esto no era de extrañar; él había buscado precisamente a unos astronautas que estuvieran en apuros, que no fueran demasiado escrupulosos y, lo más importante de todo, que no estuvieran en condiciones de exigir, sino simplemente de aceptar... Y Ceres no era tan grande como para que los dueños del Alcaudón pudieran ocultar que carecían de dinero incluso para comprar el combustible necesario para la nave. Varados a la fuerza en el asteroide desde hacía meses, a fuerza de mendigar encargos habían acabado llamando a la puerta de Maun Stöll, uno de los más significados mafiosos de todo el cinturón.

Propietario de una red de prostíbulos, casas de juego y salas de espectáculos de más que dudosa reputación, eso sin contar con todos los negocios ilegales que se le atribuían, Maun Stöll era un personaje a tener en cuenta... Para evitar tropezar con él. Ciertamente Salazar y da Vico hubieran deseado poderlo hacer así, pero la necesidad apretaba... Y cuánto.

El Templo de Baco, lugar en el que se encontraban, era uno de los más reputados garitos de Puerto Ceres y la perla de la corona del imperio de Stöll. Allí habían sido citados, siendo recibidos no por éste —Stöll jamás se involucraba directamente en sus negocios— sino por uno de sus lugartenientes, formalmente el dueño del local —frente a la ley Stöll era más insolvente que una paloma— pero en la práctica un simple matón a las órdenes de su jefe. Aunque respondía al apelativo de Friendly —muy pocos conocían su verdadero nombre—, su imperturbable rostro de póker, que no alteraba ni tan siquiera cuando soltaba alguna de sus estruendosas carcajadas, advertía bien claramente que no resultaba conveniente burlarse de él... Y desde luego, ni Salazar ni da Vico sentían el menor deseo de hacerlo.

La propuesta de su interlocutor era tan sencilla como sospechosa. Oficialmente partirían de Ceres, rumbo a Marte, con un cargamento de mercancías diversas destinadas a una empresa propiedad —bajo testaferro— de Stöll... La cual, en realidad, no era sino una tapadera para sus actividades de contrabando. Pero eso era algo que no importaba demasiado, puesto que los contenedores tan sólo transportaban piedras y papeles viejos. La verdadera misión del Alcaudón consistiría en reunirse con una astronave, propiedad también de Stöll, en mitad del espacio, recibiendo a bordo un visitante al cual deberían trasladar directamente a Eureka, uno de los asteroides troyanos de Marte. Una vez desembarcado el pasajero deberían continuar su camino hacia Marte entregando la mercancía a su destinatario, tras lo cual cobrarían la cantidad acordada por su trabajo. De momento tan sólo percibirían, a modo de anticipo, el dinero necesario para liquidar sus deudas y aprovisionar el Alcaudón con el combustible y los avituallamientos precisos —la despensa de la nave tan sólo almacenaba telarañas—, junto con un pequeño remanente en metálico para que pudieran correrse su última juerga en Ceres.

Aunque Salazar y da Vico eran lo suficientemente precavidos como para no mostrar más interés que el estrictamente necesario, manifestaron eso sí sus reparos, más retóricos que reales, ante la posibilidad de verse involucrados en una actividad ilegal... Como tenía todo el aspecto de ser.

Friendly los tranquilizó, también de forma retórica, explicándoles que unos científicos al servicio de Stöll sospechaban que en Eureka pudieran existir importantes yacimientos de iridio, y que la persona a la cual debían transportar allí era un minerólogo encargado de analizar muestras tomadas in situ. La razón del secreto no era otra que la de evitar posibles espionajes industriales por parte de empresas rivales, ya que la compañía fiduciaria de Stöll no deseaba registrar a su nombre los derechos de explotación minera hasta no asegurarse de la rentabilidad de los yacimientos. Pero si alguna nave de la compañía, o de cualquiera de sus filiales, era vista por las cercanías del asteroide, llamaría inevitablemente la atención de sus competidoras, mientras el Alcaudón no despertaría sospechas. Si alguien los descubría merodeando por las cercanías de Eureka, siempre podrían alegar que se dirigían allí con objeto de reparar una avería, circunstancia ésta bastante verosímil dada la decrepitud de la sufrida astronave.

En cuanto al pasajero, su responsabilidad hacia él concluiría en el mismo momento en que lo desembarcaran en la superficie del asteroide. Él llevaría consigo un equipo de supervivencia incluyendo un habitáculo presurizado, todo un lujo asiático por esos andurriales, junto con el instrumental científico necesario para desempeñar su trabajo. Esta labor la desempeñaría completamente solo para no llamar la atención, y ya se encargarían sus compañeros de recogerlo una vez les hubiera enviado por radio un mensaje cifrado comunicándoles la naturaleza de sus resultados... Una vez que estuviera registrado el asteroide a nombre de la compañía, si los análisis eran positivos, o descartado esto si resultaban negativos, ya no sería necesario mantener ningún secreto. Por entonces el Alcaudón habría rendido ya viaje en Marte, y todos quedarían contentos.

Huelga decir que los astronautas no se tragaron la bola; llevaban ya demasiados años sobreviviendo en el cinturón de asteroides como para ser tan ingenuos. La historia estaba tan bien contada, y resultaba tan bonita, que proclamaba a gritos su falsedad. Ahora bien, el riesgo parecía ser razonablemente pequeño —en otras más gordas se habían visto involucrados los dos camaradas en más de una ocasión— y el trabajo les proporcionaría liquidez monetaria para una buena temporada. No era que Salazar y da Vico carecieran de escrúpulos; simplemente, no se podían permitir el lujo de tenerlos en cuenta. Así pues, aceptaron.

* * *

—A mí me sigue oliendo a chamusquina —objetó da Vico a su amigo sin apartar los ojos de la pantalla visora—. Todo puede ser que tengamos que arrepentirnos de lo que estamos haciendo.

—¿Y qué querías? ¿Que nos embarcaran el Alcaudón y nos encerraran por insolventes en la penitenciaría de Vesta? A mí también me dan reparos, pero al buen hambre no hay pan duro.

—En fin —suspiró filosóficamente el italiano—. Para bien o para mal, ya hemos cruzado el Rubicón... Porque Stöll no es de los que perdonarían que nos echáramos para atrás.

Y así quedó zanjada la conversación. Habían pasado veinticuatro horas desde que el Alcaudón abandonara Ceres, y se aproximaban al punto de reunión designado para la cita. La nave de Stöll todavía no era visible en el radar, pero eso no significaba demasiado; era un secreto a voces que, a pesar de estar tajantemente prohibido por la Policía Interplanetaria, todos los contrabandistas tenían instalados en sus naves sistemas deflectores de las ondas de radar. Y como evidentemente tampoco pintaban los cascos con colores chillones ni los engalanaban con focos luminosos, estaba claro que no descubrirían la existencia de su visitante hasta que literalmente no se toparan de narices con ella.

Eso precisamente fue lo que ocurrió. Una comunicación por radio y el intercambio de las convenidas contraseñas les alertó de la presencia de la astronave, a la cual pudieron detectar, una vez advertidos, gracias tan sólo a la ocultación por ella de un puñado de estrellas... Porque estaba realmente cerca. Los tripulantes del Alcaudón no quisieron pensar siquiera lo que hubiera podido ocurrirles de ser ésta hostil; por fortuna se encontraban, siquiera momentáneamente, en el mismo bando.

La astronave contrabandista —porque no les cabía la menor duda de su naturaleza— era un estilizado huso de color negro al lado del cual el rechoncho y remendado Alcaudón semejaba ser un informe montón de chatarra. Saltaba a la vista que era infinitamente más veloz y maniobrera que el destartalado carguero, y sus sistemas de camuflaje debían de ser prácticamente perfectos. ¿Por qué entonces tanto teatro?

Siguiendo las instrucciones que les enviaban por radio, los astronautas maniobraron hasta dejar al Alcaudón paralelo a la otra nave, tras lo cual los tripulantes de ésta la aproximaron hasta que los cascos prácticamente se rozaron... Operación que erizó el vello a Salazar y da Vico, puesto que a ellos les hubiera resultado imposible hacerlo sin correr el riesgo de estrellar su viejo cacharro contra la nave vecina, y no precisamente por falta de experiencia, sino debido a la falta de maniobrabilidad del Alcaudón.

No habría más de cinco metros de separación entre las dos escotillas cuando ambos pilotos las abrieron de forma simultánea. Abordar una nave en pleno espacio se podía hacer de varias maneras distintas dependiendo de la habilidad del astronauta: Para los más torpes existía la posibilidad de desplegar un túnel flexible que uniera ambas, pero los astronautas profesionales presumían de hacerlo con la única ayuda de un cable guía o, los más expertos, saltando a cuerpo limpio, para lo cual era necesario poseer un entrenamiento que evitara estrellarse contra el casco del buque abordado o contra las mamparas internas de la cámara de descompresión que separaba la escotilla del resto de la nave.

Puesto que sus interlocutores no habían dicho nada al respecto, Salazar y da Vico ignoraban la forma en la que iba a ser efectuado el abordaje. Más valía que no les pidieran desplegar el túnel, porque carecían de él, y tampoco contaban con la mayor parte de los anclajes necesarios para sujetar el ajeno, dado que los habían ido perdiendo en el transcurso de diferentes reparaciones. Total, ¿cuántas veces tenía lugar un abordaje en pleno vuelo?

Sin embargo, sí era previsible que les largaran un cable. Aunque el mecanismo de sujeción era automático, mostraba una desagradable tendencia a funcionar mal. Por esta razón, da Vico conectó las cámaras laterales con objeto de vigilar que el anclaje se realizara de forma correcta, rogando no tener que verse obligado —en esta ocasión el turno le correspondía a él— a enfundarse el traje espacial y salir para enganchar el cable a mano.

Pero esto no resultó necesario, ya que la figura que surgió de la escotilla de la otra nave salvó limpiamente de un salto la distancia que le separaba de su destino.

—¡Vaya! —gruñó Salazar—. Nuestro desconocido amigo no es ningún pato.

Pato era el calificativo que los astronautas profesionales aplicaban de forma peyorativa a los profanos, aludiendo a su inevitable torpeza en el espacio.

—Ni probablemente un minerólogo —remachó su amigo en un tono no menos sombrío—. Bien, voy a cerrar la escotilla.

—¡Espera! —le interrumpió el español—. Viene alguien más.

—¿Cómo que viene alguien más? Esto no era lo acordado.

Pero era cierto. Una segunda figura de gran envergadura acababa de saltar al interior de la esclusa del Alcaudón, sin tanta habilidad como su compañero pero asimismo sin necesidad de auxilio externo.

—Esto me huele a chamusquina...

—Chamusquina o no, mucho me temo que tiene ya poco remedio. Habrá que ir a recibirlos... Y te toca.

Rezongando por lo bajo, da Vico no hizo ademán siquiera de levantarse.

—Antes tengo que cerrar la escotilla... Si es que no tenemos más visitantes.

—Espero que no —respondió su amigo—. ¡Pero tendrán cara estos tíos! —exclamó indignado—. ¡Pues no la han cerrado ellos!

Aunque las normas de etiqueta eran sumamente escasas y laxas entre el colectivo de los astronautas, algunos comportamientos estaban especialmente mal vistos, y uno de ellos era precisamente el de actuar en astronaves ajenas como si se estuviera en la propia.

—No han hecho más que llegar, y ya me están cargando —explotó Salazar, siempre más irascible que su compañero—. ¡Maldita sea la hora en la que nos embarcamos en esta historia!

—De no haberlo hecho, a estas alturas tendríamos el Alcaudón embargado, y probablemente nosotros estaríamos encerrados por insolventes —respondió filosóficamente el italiano—. En fin, voy a recibir a estos señores.

No hizo falta, ya que los dos señores se presentaron inopinadamente en la cabina; en lugar de esperar en la esclusa desembarazándose de los trajes espaciales, habían optado por atravesar la astronave, todavía enfundados en éstos, limitándose a quitarse las escafandras... Un nuevo gesto de descortesía hacia sus anfitriones.

Y por si fuera poco, su presentación no fue precisamente amable.

—¿Qué hacen ustedes que no han abierto todavía las compuertas de la bodega? —les espetó el que parecía llevar la voz cantante—. Tengo que transbordar mi equipo, y no vamos a estar esperando todo el día.

—Un momento, señor... —saltó da Vico anticipándose a su irritado compañero—. Lo menos que podría hacer es presentarse, y explicarnos por qué razón ha traído a un acompañante cuando le esperábamos a usted solo.

—Está bien —respondió el desconocido sonriendo torvamente—. Pueden llamarme Smith, y Smiley —añadió, señalando con displicencia al gorila que había quedado apostado en el quicio de la puerta—. Es mi ayudante. Y ahora... ¿Les importaría abrir las compuertas de la bodega? Mis compañeros están aguardando para trasladar el equipo.

Bufando ostensiblemente Salazar dio un manotazo al interruptor, pero no dijo nada. Su irritación era tal, que optó por guardar prudentemente silencio.

—Bien, las compuertas ya están abiertas —explicó da Vico—. Y ahora, supongo que estarán más cómodos si se quitan los trajes.

—Smiley, ve a quitártelo —fue la escueta respuesta de Smith—. Yo me quedaré acompañando a estos caballeros; el instrumental que traigo conmigo es muy delicado, y no desearía que se estropeara. Así pues, si no les importa, prefiero supervisar desde aquí la descarga. Tiempo habrá más adelante para quitarme el traje una vez hayamos partido rumbo a Eureka.

En realidad a Salazar y da Vico sí les importaba bastante sentirse vigilados por un extraño en su propia nave, pero poco era lo que podían hacer para impedirlo; eso sí, comenzaban a tener meridianamente claro que éste no iba a ser un viaje fácil.

* * *

Durante los primeros días de viaje la vida en el Alcaudón se desarrolló sin incidentes, a no ser que se considerara como tal el hecho de que Smith se hubiera adueñado en la práctica de la misma... Porque, lejos de comportarse como un pasajero, era él quien daba las órdenes hasta para los detalles más nimios, y no se molestaba en absoluto en disimularlo. En condiciones normales Salazar y da Vico no se lo hubieran consentido, pero pronto descubrieron la verdadera naturaleza del trabajo de Smiley, un armario humano con tantos bíceps como escaso cerebro cuyo apodo no dejaba de ser una ironía, dado que no sólo no sonreía sino que ni tan siquiera hablaba, excepción hecha de contados monosílabos y sólo como respuesta a preguntas u órdenes directas de su amo. Por desgracia para los astronautas la cortedad de su intelecto corría pareja con lo impresionante de su musculatura, y frente a los convincentes argumentos de sus gigantescos puños los propietarios del Alcaudón optaron prudentemente por tragarse el orgullo dejando hacer a Smith.

Éste, por su parte, se limitaba a vigilar que el Alcaudón no se desviara de la ruta prevista. En cuanto al pedazo de carne que atendía por Smiley, no resultaba ser muy diferente de cualquier otro mueble mientras no recibiera ninguna orden de su amo. Por lo demás los astronautas no eran molestados, e incluso sus dos pasajeros no mantenían con ellos la menor relación social... Siendo recíprocamente correspondidos.

Todo marchó bien hasta el quinto día de viaje. Aprovechando uno de los escasos momentos en los que tanto Smith como su hierático cancerbero los dejaban libres, los dos astronautas rumiaban sus penas consolándose mutuamente.

—Así que un minerólogo... —se lamentaba Salazar—. A saber qué será en realidad este fulano, y lo que pretende hacer en Eureka. ¿Sabes que he consultado la base de datos del ordenador? Resulta que Eureka es un asteroide condrítico. En ese jodido pedrusco no hay ni rastro de metales, sea iridio o cualquier otro. Nos han engañado como a chinos.

—Eso no es asunto nuestro —respondió da Vico—. Mientras cumplan con su parte del trato y desembarque en Eureka, ya pueden ser los mafiosos más peligrosos del Sistema Solar. Esto es algo que no nos importa en absoluto.

—A nosotros no, pero a la Policía Interplanetaria probablemente sí. Si nos pillan no creo que fuéramos a pasarlo demasiado bien, y maldito lo que me apetece que nos viéramos pringados en un asunto de contrabando, si no de algo peor. Imagina lo que podemos llevar en la bodega sin saberlo; desde luego, instrumental científico no.

—La curiosidad mató al gato —oyeron decir a sus espaldas a Smith—. Por cierto, olvidaron cerrar la puerta de la cabina. Yo les recomendaría que, por su propio interés, se abstuvieran de indagar sobre mi misión. Les aseguro que, si cumplen mis instrucciones, no les ocurrirá nada, y podrán cobrar el dinero que les prometieron, probablemente con creces.

—Señor Smith, creo que ya va siendo hora de que nos sinceremos —respondió da Vico, el más templado de los dos compañeros—. De sobra sabíamos, cuando aceptamos el trabajo, que no íbamos a trasladar a un minerólogo a Eureka. Asumimos el riesgo, y créame que maldito lo que nos importa lo que podamos llevar en la bodega, o lo que pretenda hacer usted con ello; lo que no queremos, es vernos perjudicados por ello. Nos basta con llevarlo hasta su destino y largarnos acto seguido a Marte, olvidándonos de todo excepto de cobrar el dinero.

—Sabia decisión, amigos míos —respondió con sorna el pasajero—. Y una actitud muy útil a la hora de preservar el pellejo en un ambiente tan duro como es el cinturón de asteroides. Ya puestos a sincerarnos —continuó— voy a confesarles una cosa: No nos dirigimos a Eureka. En realidad nuestro verdadero destino es Ganímedes, por lo que les ruego procedan a modificar el rumbo.

Al oír nombrar al satélite de Júpiter ambos astronautas sintieron que un jarro de agua helada se vertía sobre sus cabezas.

—¡Ganímedes! —exclamó Salazar con un hilo de voz—. ¿Está usted loco? Tropezaríamos cincuenta veces con las patrulleras de la Policía Interplanetaria, y no creo que sea algo que ni a usted ni a nosotros nos interese en absoluto. Además, eso no entraba en el trato. Yo personalmente, me niego.

—Amigos míos, no sean ustedes ingenuos —el tono de voz empleado por Smith era engañosamente meloso, pero tras él ocultaba una velada amenaza—. ¿Creen ustedes que, de habérselo dicho desde un principio, hubieran aceptado?

—Por supuesto que no —terció da Vico—. Se trata de una empresa sumamente peligrosa. Una cosa es trapichear con algo de contrabando por el interior del cinturón, prácticamente todos lo hacen y la Policía Interplanetaria suele hacer la vista gorda, y otra muy distinta intentar colarse de matute en uno de los lugares más vigilados del Sistema Solar y luego salir de allí sin que nadie se entere. ¿Sabe que nuestro permiso de navegación no incluye el sistema de Júpiter? No sólo nos ha engañado, sino que no contento con ello pretende además que le obedezcamos... Lo siento, pero estoy con mi compañero.

—Les aseguro que ustedes están tan interesados como yo en que este cargamento llegue intacto a su destino. Si nos interceptara la Policía Interplanetaria ustedes recibirían el mismo trato que yo, sin que les valiera excusar ignorancia o coacción... Las autoridades suelen ser muy severas habiendo teocaína por medio.

Teocaína... La droga de los dioses. La droga perfecta, que proporcionaba auténticos paraísos artificiales sin crear la menor adicción. La substancia más maldita de toda la historia de la humanidad. Su método de elaboración no podía ser más atroz: Procedía de cerebros humanos vivos, y la obtención de una sola dosis exigía la muerte de un buen puñado de personas. En realidad la teocaína no era sino una endorfina (la droga natural del cerebro) muy mejorada... ¡Pero qué forma de mejorarla! Se inyectaba a un paciente determinadas substancias químicas, y posteriormente se le estimulaba de forma artificial el cerebro. El paciente entraba en éxtasis produciendo unas endorfinas modificadas mucho más potentes que las normales, y justo entonces se le asesinaba, se le extirpaba el cerebro y, tras un sofisticado proceso químico, se obtenía una minúscula cantidad de teocaína pura... Al precio de una vida humana.

Por supuesto, el tráfico y consumo de teocaína estaba absolutamente prohibido y ambos eran considerados como asesinatos en primer grado, castigándose con una cadena perpetua en la penitenciaría de Caronte, la más dura de todo el Sistema Solar. Pero pese a la persecución policial existía un mercado negro de teocaína sostenido, según se decía, por un puñado de millonarios degenerados, los únicos que podían permitirse el lujo de pagar la exorbitante cantidad que costaba una sola dosis de esta droga. Y tal como ha ocurrido desde que el mundo es mundo, siempre se podrá conseguir lo que se desee, por muy prohibido que esté, sin más que teniendo el dinero suficiente para pagarlo.

Dado el sanguinario método de obtención de la droga, ésta sólo podía ser obtenida en lugares muy determinados, uno de los cuales era la tierra de frontera del cinturón de asteroides. Puesto que la vigilancia policial era muy estricta lo difícil era hacerla llegar a la Tierra, bien directamente, bien a través de algún otro lugar, tal como Marte o Júpiter, cuyas rutas con nuestro planeta estuvieran menos controladas. Y a Salazar y a da Vico les habían endosado el muerto de trasladar clandestinamente un cargamento de teocaína hasta Ganímedes...

—Estoy con mi compañero —zanjó con vehemencia el astronauta italiano—. No estamos dispuestos a colaborar en este delito.

—¡No sean estúpidos! —el tono de voz de Smith se había tornado glacial—. Ya están metidos hasta el cuello en esto, y lo que les interesa es salvar el pellejo y de paso ganarse un dinero que buena falta les hace. Además, el riesgo es mínimo; tenemos contactos en la Policía Interplanetaria, y todo está preparado para que no tengamos el menor tropiezo de aquí a Ganímedes... Bueno, en realidad ni siquiera tendremos que aterrizar en el satélite, ya que transbordaremos el cargamento en órbita. Ya ven que la cosa resultaré extremadamente fácil.

—Entonces, ¿por qué no lo hicieron con una nave suya? —preguntó Salazar—. ¿Por qué nos metieron en esto?

—Porque no queríamos corres más riesgos de los necesarios, y un carguero independiente siempre despertaría menos sospechas que una de nuestras naves. Aunque tenemos un cierto grado de control sobre la Policía Interplanetaria, siempre conviene no pasarse de listos. Además, ya les he dicho que no nos va a pasar nada... Mis jefes son los primeros interesados en que el cargamento llegue intacto a su destino.

—Y después, ¿qué? —insistió da Vico—. Nosotros no tenemos licencia para operar en el sistema de Júpiter. ¿Qué pasaría si la Policía Interplanetaria nos intercepta durante la vuelta?

—Eso es muy poco probable, y en cualquier caso se trataría de una infracción menor. Carentes de pruebas, supondrían que se trataba de un simple caso de contrabando.

—Claro. Y nos retirarían la licencia y nos requisarían el Alcaudón —gruñó Salazar—. ¿Le parece a usted un problema menor? Nosotros vivimos de esto.

—La vida siempre supone un riesgo —respondió cínicamente Smith—. Y alguno tenían que correr. Pero puedo hablar con mis superiores para que sus esfuerzos sean recompensados generosamente.

—El problema estriba en que no estamos dispuestos a hacerlo —remachó da Vico con firmeza—. Puede que hayamos bordeado la ley en más de una ocasión, pero no somos unos asesinos. El cargamento que llevamos en la bodega está manchado con la sangre de muchos inocentes. No, no aceptamos su oferta.

—Más les valdría obedecerme ahora que todavía están a tiempo —en la mano de Smith había aparecido una pistola de aguja con la que apuntaba a los astronautas—. Ah, y si piensan que son dos contra uno, olvídenlo. Detrás de la puerta está Smiley; no lleva armas de ningún tipo, pero le basta con sus puños; y les aseguro que se pone muy nervioso cuando piensa que yo pueda sufrir algún daño.

—Adelante. Mátenos —retó Salazar—. Al fin y al cabo, nada nos garantiza que no vayan a hacerlo una vez que les hayamos entregado la droga. Dejarnos en libertad supondría contar con unos testigos muy molestos.

—No lo dude; no vacilaríamos ni un instante en eliminarlos si supusieran un obstáculo para nuestros planes. Pero no somos sanguinarios, y no nos gusta la violencia innecesaria. Una vez entregado el cargamento ustedes resultarán inofensivos, primero porque se cuidarán de mantenerlo en secreto por la cuenta que les trae, y segundo porque si le fueran con el cuento a la Policía Interplanetaria ésta no les creería al no existir ninguna prueba. ¿A quién iban a denunciar, al señor Smith? Además, nos interesan más vivos. ¿Quién sabe si en un futuro no podemos necesitar de nuevo sus servicios?

—¡Canalla! —exclamó Salazar abalanzándose sobre él.

El hampón ni se inmutó, disparándole un tiro al estómago. El astronauta cayó al suelo, encogiéndose, con un rictus de dolor en el rostro.

—Y usted —ordenó el asesino a da Vico, que intentaba auxiliar a su compañero—, no cometa la misma tontería que su amigo y quédese donde está sin mover un solo músculo. No se preocupe; le herida no es mortal, me aseguré de ello... Siempre y cuando reciba asistencia médica a tiempo. Le propongo un trato: Si conduce la nave hasta Ganímedes, le permitiré introducir a su amigo en el autodoc. Si no acepta, le verá morir desangrado delante suyo.

—Está bien. Usted gana —se rindió el italiano con los ojos inyectados en sangre—. Pero déjeme atenderlo primero.

—Como desee —concedió displicentemente Smith—. Pero tenga presente que, si no obedece mis instrucciones, desconectaré el autodoc y su amigo morirá. ¡Smiley! —ordenó al gigantesco guardaespaldas—. Ayúdale a llevar a su amigo.

El autodoc era un instrumento diseñado para salvar la vida a los astronautas en caso de emergencia. En realidad no se trataba de un médico automático, como parecía deducirse de su nombre, pese a contar con un equipo de primeros auxilios; básicamente era una cápsula de hibernación donde se introducía a la persona enferma o herida con objeto de preservarla en el mejor estado posible hasta que pudiera ser atendida en un hospital. De instalación obligatoria en todas las naves el Alcaudón contaba con uno, pero dada la desidia con la que Salazar y da Vico afrontaban el mantenimiento de los sistemas no esenciales con los que estaba equipada su nave, no hubiera sido disparatado descubrir que no funcionaba... Pensó con angustia da Vico.

Por fortuna, no ocurrió así. Al menos, Salazar ya no correría peligro.

—Y ahora, si no le importa, enfilemos rumbo a Ganímedes —exigió Smith con falsa amabilidad, una vez de vuelta en la cabina.

—Usted gana —gruñó desganadamente el astronauta—. Aunque preferiría que la nave viajara sola; me ahorraría un mal trago.

—¡Amigo, me acaba de dar una idea! Esta nave tendrá piloto automático, supongo.

—Claro; todas lo llevan. Pero lo llamamos el piloto de los tontos, y sólo lo usamos en caso de emergencia.

—Considere esto una emergencia. Puesto que no me fío de usted, y supongo que comprenderá las razones, quiero que lo programe para conducir la nave hasta una órbita en torno a Ganímedes.

—Eso no es posible. No puedo programarla desde aquí con la suficiente precisión.

—No importa. Encamínela hacia Ganímedes y, cuando lleguemos allí, ya le diré las coordenadas concretas de la órbita. Mientras tanto, prefiero tenerlo encerrado en su camarote.

—Está bien —concedió da Vico—. Pero, ¿cómo puede saber usted que no le engaño al programar las coordenadas?

—Porque quiero que aparezca en la pantalla, con letras bien grandes, la palabra Ganímedes junto con las coordenadas orbitales. Sé que es así como funciona el piloto automático, para que incluso cualquiera que no sea piloto pueda dirigir la nave a su destino.

—En ese caso, ¿por qué no lo hace usted mismo? No me necesita a mí para nada.

—Prefiero que sea usted quien lo programe —respondió cínicamente el gángster— así resultará más difícil cometer un error.

—Como desee —el astronauta se encogió ostensiblemente de hombros—. Tan sólo hay que conectar el piloto automático y decirle el astro al que queremos ir —explicó mientras tecleaba las instrucciones—. ¿Lo ve? Ya está programado. El piloto automático se desconectará cuando estemos a una distancia de millón y medio a dos millones de kilómetros de nuestro destino; el resto del vuelo tendrá que ser pilotado de forma manual.

—No se preocupe por eso; no tendremos que acercarnos mucho más a Ganímedes. Mientras tanto, prefiero tenerlo encerrado en su camarote. Acompañe a Smiley. ¡Ah! Recuerde que tanto su vida como la de su amigo dependen de que el viaje concluya con normalidad.

—Le aseguro que no podría olvidarlo aunque quisiera —escupió el piloto al tiempo que abandonaba la cabina camino de su improvisado calabozo.

* * *

El tiempo transcurría monótonamente en el Alcaudón, con Salazar hibernado en el autodoc y da Vico matando las horas leyendo u oyendo música en la soledad de su camarote, el cual abandonaba tan sólo para comer o para realizar sus necesidades fisiológicas, siempre bajo la tenaz vigilancia del hosco Smiley. Y, aunque su situación no podía parecer más comprometida, no por ello dejaba de tomarse las cosas con filosofía.

Ocurrió finalmente durante la tercera noche —según el horario particular del Alcaudón — de su encierro. El astronauta italiano estaba durmiendo plácidamente en su litera, cuando le despertaron una serie de gritos e imprecaciones procedentes de la parte delantera de la nave. Apenas unos instantes después, un excitado Smith aporreaba salvajemente la puerta del camarote tras fracasar en su intento de abrirla.

—¡Da Vico, canalla! ¡Abra inmediatamente o lo mato ahora mismo!

No sé cómo ibas a poder hacerlo, cabrón —pensó el italiano, felicitándose por la existencia de un sencillo cerrojo en la parte interior de la puerta, el cual había tenido la precaución de echar.

—¡Abra ahora mismo o mato a su compañero! ¿Me escucha? No pienso volverlo a repetir.

—Y si abro, nos matarás a los dos —se dijo, lamentándose de no poder hacer más por Salazar—. En fin, que sea lo que Dios quiera.

—¿Qué ocurre? —respondió al fin fingiendo ignorancia.

—¿Qué va a ocurrir? Que tenemos a una patrullera de la Policía Interplanetaria a tiro de piedra; y lo que es peor, no sé cómo han desconectado el piloto automático y han tomado el mando de la nave por control remoto. ¡Van a abordarnos de un momento a otro! —gritó el hampón al borde mismo de la histeria—. ¡Abra ahora mismo o echamos la puerta abajo!

Cuanto más nervioso estés, más a mi favor... Y al de Miguel. Ojalá los policías sean rápidos.

—¡Da Vico, salga ya de una maldita vez! —Smith era ya un guiñapo humano—. ¡Tiene que hacer algo! ¡Le prometo diez veces más de dinero! ¡Le doy la mitad del precio del cargamento! ¡Pero por lo que más quiera, sáquenos de aquí!

Por mí como si me prometes la Luna, cabrón.

Y se tumbó en la cama sin hacer el menor caso a los desesperados requerimientos del asustado criminal, esperando tranquilamente la llegada de los policías.

* * *

—Díganme, ¿qué es lo que voy a hacer con ustedes?

Da Vico y Salazar, este último todavía convaleciente de su reciente intervención quirúrgica, se encontraban sentados frente a Matías M'Babane, comandante en jefe de la Policía Interplanetaria. El despacho de M'Babane, situado en la última planta de la sede marciana de las Naciones Unidas, contaba con un amplio ventanal desde el cual se vislumbraba, varios cientos de metros abajo, el rutilante espectáculo nocturno de Nemania, la capital administrativa del planeta rojo. Pero los dos astronautas estaban demasiado cohibidos para poder disfrutar del espectáculo que se abría bajo sus pies.

—Técnicamente —continuó el policía—. Ustedes son cómplices de un delito de tráfico de teocaína, algo que está especialmente penado con cadena perpetua... Claro está, tampoco hay que olvidar que nos han prestado un gran favor al ayudarnos a desmantelar la red mafiosa que la producía y vendía, y eso también debería ser tenido en cuenta.

—Nosotros no sabíamos... —balbuceó Salazar.

—¡No me diga que no sabían en qué berenjenal se estaban metiendo! —le reprendió M'Babane con severidad—. No les creo tan ingenuos.

—Es cierto que la cosa olía que apestaba —intervino a su vez da Vico con apenas un hilo de voz—. Pero necesitábamos dinero, y creímos que se trataría de un simple caso de contrabando. Ya sabe usted; bebidas alcohólicas, hachís, metales preciosos, componentes informáticos...

—Ya. Como si eso tampoco fuera delito —se burló su interlocutor—. Pero bueno, he de reconocer que hubiera sido algo mucho menos grave que el tráfico de teocaína. Al menos, no habría asesinatos por medio. Y teniendo en cuenta su precaria situación económica... Estado de necesidad, creo que lo llaman los abogados —concedió M'Babane con una sonrisa, recordando episodios de su juventud ocurridos más de treinta años antes, cuando él todavía no había ingresado en la Policía Interplanetaria y sobrevivía como astronauta independiente, de forma no muy distinta a como lo hacían los dos atribulados propietarios del Alcaudón.

—¿Entonces? —preguntaron a dúo los dos compañeros.

—Bueno, supongo que el juez podría ser benévolo y dejarlo en una pena relativamente leve... Pero no se asusten —sonrió—. No voy a negarles que, aunque fuera de forma involuntaria, ustedes nos han hecho un enorme favor, amén de que doy por supuesto que realmente fueron engañados. Así pues, y dado que les estamos muy agradecidos, hemos decidido no formular cargo alguno contra ustedes. Oficialmente vamos a considerar que fueron secuestrados y obligados a actuar en contra de su voluntad, lo que no se aleja demasiado de la realidad. Eso sí, de lo que no se librarán es de la asistencia al juicio, pero en condición de testigos de cargo, no de acusados.

—Gracias —suspiraron ambos, sintiéndose repentinamente aliviados.

—¿Saben? —continuó el policía, haciendo caso omiso a la interrupción—. Con el abordaje al Alcaudón no sólo conseguimos interceptar el mayor alijo de teocaína jamás conocido, sino que también desmontamos una red mafiosa que extendía sus tentáculos hasta las más altas esferas de la Administración, incluyendo varios altos cargos de la Policía Interplanetaria para bochorno del cuerpo. ¿Saben ustedes quién era el misterioso señor Smith? Pues nada menos que Jack Doodley, el lugarteniente de Stöll... El cual, por cierto, ha huido tras saber que su esbirro había cantado de plano. Pero no se preocupen; tiene sus horas contadas. Lo más importante, es que su red mafiosa se ha venido completamente abajo, y habrá de pasar mucho tiempo antes de que él u otros consigan reconstruirla. De paso, hemos conseguido limpiar también a la Policía Interplanetaria de agentes corruptos, hemos echado el guante a varios millonarios degenerados consumidores de teocaína, y hemos desmantelado los laboratorios clandestinos donde se obtenía la droga. En resumen, ha sido el mayor golpe policial de los últimos veinte años, y todo gracias a ustedes aunque fuera de carambola.

—Nosotros... —protestó Salazar.

—No tienen por qué excusarse; yo no creo en los héroes. Cierto es que el azar jugó a su favor, pero la estratagema de Ganímedes fue realmente brillante... Y consiguió burlar a alguien tan astuto y desconfiado como Doodley —alabó M'Babane dirigiéndose a da Vico—. Le aseguro que yo no hubiera podido hacerlo mejor.

—Se me ocurrió de repente —reconoció el aludido—. Aunque, a decir verdad, Smith... digo Doodley me lo puso en bandeja. Quería ir a Ganímedes, y me exigió que conectara el piloto automático... A lo cual accedí gustosamente —concluyó con una sonrisa de oreja a oreja—. Además, poco tenía que perder; cuando la situación es desesperada, no cuesta mayor esfuerzo obrar con audacia.

—Dice usted bien —concedió el policía—. Tal como estaban las cosas, toda prudencia sobraba. ¿Sabían que uno de los contenedores que transportaban en la bodega no contenía teocaína, sino una potente bomba? Ustedes eran unos testigos molestos, y Doodley tenía previsto desde un principio quitarlos de enmedio; tras transportar el alijo a su nave y haberse puesto él mismo a buen recaudo, habría activado la bomba. El temporizador estaba programado para hacerla estallar una vez se hubieran alejado lo suficiente para hacer desaparecer todas las posibles pistas, y todo lo que hubiera quedado del Alcaudón y de ustedes mismos habría sido poco más que un puñado de polvo cósmico. Realmente, han tenido ustedes mucha suerte.

—Por fortuna —terció el español sin poder evitar que le palideciera el rostro—, Doodley ignoraba que el satélite de Júpiter no era el único cuerpo del Sistema Solar con ese nombre, y que existía un segundo Ganímedes en el cinturón de asteroides, concretamente el que hace el número 1.036... Que es justo hacia donde arrumbó Luiggi el Alcaudón. El resto fue sencillo; bastó con esperar a que alguna patrullera de la policía nos interceptara.

—También fue una suerte que nuestro Alcaudón fuera una nave tan anticuada y estuviera equipada con un sistema de seguridad que hace mucho cayó en desuso —sonrió da Vico—. Gracias a eso Doodley desconocía que, cuando se conecta el piloto automático, entra también en funcionamiento una radiobaliza que emite una señal de socorro a una distancia de varios millones de kilómetros a la redonda, y que en esas circunstancias otra astronave que cuente con el equipo adecuado pueda hacerse con los mandos por control remoto... Se trata de un sistema de seguridad que resultaba sumamente útil en la época en la que se construyó el Alcaudón, cuando la navegación por el cinturón de asteroides era todavía peligrosa, pero que hoy en día resulta obsoleto. Por fortuna, las patrulleras de la Policía Interplanetaria continúan contando con el equipo de control remoto...

—Hombre, nunca vienen de más, aunque disponemos también de otros sistemas más sofisticados tales como los rayos tractores... Por suerte, en la Policía Interplanetaria seguimos siendo bastante conservadores —explicó M'Babane—. En cualquier caso, señor da Vico, fue usted sumamente ingenioso. ¿Sabían que Stöll, efectivamente, tenía comprado al responsable de coordinar las rutas de las patrulleras, y que éste se cuidó muy mucho de organizarlas de forma que ninguna de ellas se aproximara a varios millones de kilómetros del Alcaudón? De ahí la prisa de Doodley por hacer las cosas, ya que su tiempo era muy limitado. Claro está que, al cambiar ustedes de destino, todo su plan se les vino abajo, máxime cuando además no hacían más que pegar timbrazos...

—Sí, pero nos movíamos sobre el filo mismo de la navaja. Si Doodley hubiera llegado a sospechar lo más mínimo... Por suerte para nosotros, no se dio cuenta de que el Ganímedes que seleccioné como destino no era el que él creía; ése fue su principal error, no traer un piloto consigo en lugar de ese gorila autista que utilizaba como guardaespaldas.

—Y al cual fue necesario reducir a golpe de dardos tranquilizantes; parecía un toro desbocado —aclaró el policía—. Aunque antes tuvo tiempo de mandar a la enfermería a tres de mis hombres, y eso que peleaba con las manos desnudas. Doodley, por el contrario, no opuso la menor resistencia pese a estar armado; es un cobarde patológico, y se derrumbó completamente en el momento en el que se vio atrapado.

—En fin, bien está lo que bien acaba —zanjó su interlocutor—. Y, aunque oficialmente no podemos hacer más que dejarlos en libertad sin cargos, extraoficialmente desearíamos manifestarles nuestro agradecimiento. Les propongo ingresar en la Policía Interplanetaria, donde siempre son bien acogidas las personas de su temple.

Tras un incómodo silencio da Vico, el más diplomático, habló por ambos.

—Se lo agradecemos infinito señor M'Babane, lo digo con total sinceridad, pero... No me imagino, ni imagino a Miguel, con el uniforme de la Policía Interplanetaria. No tenemos nada en contra de la ley, aunque a veces nos hayamos visto obligados a... bueno, usted ya me entiende. Pero somos como los pájaros, enjaulados nos moriríamos.

—Está bien —suspiró el viejo policía, recordando cuando él pensaba de forma muy parecida—. Pero no descarto que más adelante pudieran cambiar de opinión; quiero que sepan que siempre tendrán nuestras puertas abiertas. Y como queremos recompensarlos de alguna manera y no nos está permitido entregarles dinero, hemos pensado que podríamos aducir que el Alcaudón sufrió graves daños durante el abordaje... No, no se asusten, no le hicimos ni un rasguño, pero alguna excusa teníamos que dar. Así pues, y a cargo de nuestro presupuesto, les vamos a remozar la nave, que buena falta le hace. ¿Cómo se atrevían a viajar en esa cafetera?

—Es lo que había... —protestó débilmente Salazar.

—Ah, se me olvidaba. En cuanto al dinero que les adelantó Stöll para enjugar sus deudas, bueno... Nosotros no sabemos nada. Y ahora, amigos, si me disculpan, tengo muchas cosas que atender. Para cualquier cuestión que necesiten, pueden ponerse en contacto con mi asistente. Estoy encantado de haberlos conocido.

* * *

—Bueno, ¿a dónde vamos? —preguntó da Vico a su amigo cuando franqueaban la entrada principal del edificio de la ONU zambulléndose en el tráfago humano de la capital marciana.

—¿A dónde va a ser? Al Nemania Hilton —ironizó su compañero—. ¿Dónde se podrá coger aquí un aerobús al astropuerto? Estoy deseando volver a nuestro viejo Alcaudón.

—Mucho me temo que el Alcaudón debe de estar ya en el astillero... —musitó el italiano—. Sospecho que vamos a tener que buscar un alojamiento alternativo mientras terminan de repararlo.

Ambos amigos se miraron mutuamente y, sin abrir la boca, retrocedieron sobre sus pasos echando a correr en busca del ascensor más cercano. M'Babane, con toda su generosidad, no había tenido en cuenta un detalle: En los bolsillos de los dos astronautas no había más que telarañas. A ver si con un poco de suerte su asistente resultaba ser comprensivo.