Historias del Alcaudón 1
VANITAS VANITATIS
José Carlos Canalda

—Órbita completada. Di al gilipollas ese que se vaya preparando. Quiero largarme de aquí lo antes posible.

—¡No hables tan fuerte! Podría oírte... Y para qué querríamos más.

—¡Bah! Seguro que estará pegado a la televisión viendo películas guarras; no ha hecho otra cosa desde que embarcó.

La conversación tenía lugar en la abigarrada cabina del Alcaudón, una nave interplanetaria que conoció tiempos mejores, y la mantenían sus dos tripulantes a la par que socios y copropietarios del navío, el español Miguel Salazar y el italiano Luiggi da Vico; aunque realmente en el espacio las nacionalidades no revestían la menor importancia. Y el gilipollas del que hablaban era el honorable Rufus T. Sandeman, su único pasajero, un tosco millonario norteamericano ansioso de escribir su nombre en las páginas de la posteridad no por haber creado un emporio económico partiendo de la nada, que eso en su país no tenía nada de particular, sino por el ser primer ser humano en posar su planta en un cuerpo celeste... Aunque este cuerpo celeste fuera el modesto asteroide bautizado con el exótico nombre de Akitsushima, número 10.727 del catálogo.

Es un hecho comprobado que, si ya de por sí, la vanidad humana puede llegar a alcanzar cotas increíblemente elevadas, cuando ésta se asocia con la estupidez es preciso hablar ya de límites inabarcables. El afán de buena parte de los humanos por destacar en algo, aunque fuera en lo más nimio, ha desatado aberraciones tales como el Libro Guiness, a la par que ha alentado a auténticos psicópatas obsesionados por alcanzar notoriedad, aunque ésta fuera macabra amén de efímera y póstuma. Y, sin llegar a estos extremos, el catálogo de estupideces digamos inofensivas llenaría un buen puñado de gruesos tomos.

Una de las obsesiones típicas de muchos mortales es la de ver su nombre reflejado por escrito en algún lugar, sea éste el rótulo de una calle de su pueblo o, con mayor dificultad, la denominación oficial de algún accidente geográfico. Claro está que el colmo de la satisfacción de estos ridículos vanidosos sería contar con un cuerpo celeste homónimo suyo, pero... Además de tratarse de un censo limitado, la dichosa costumbre de emplear nombres mitológicos o, como mucho, alegóricos dificultaba, por no decir que impedía por completo, satisfacer sus anhelos.

Por fortuna para ellos, a partir de la última década del siglo XX el perfeccionamiento de las técnicas astronómicas permitió el descubrimiento y catalogación de muchos miles de pequeños cuerpos siderales. Rápidamente el número conocido de asteroides, modesta denominación que innegablemente les quedaba grande, rebasó no sólo a las limitadas fuentes mitológicas, sino también a la imaginación de los astrónomos, razón por la que empezaron a llamarse cada vez de una forma más pintoresca. Claro está que rápidamente apareció algún avispado (probablemente norteamericano) que vio la forma de obtener para los observatorios una saneada fuente de ingresos: A cambio de una cantidad que no tenía nada de módica, cualquiera podría ver su nombre inmortalizado en uno de estos pedruscos. Y, por sorprendente que pueda parecer, no faltaron candidatos.

Claro está que eso había pasado hacía mucho tiempo, antes de que el desarrollo práctico del efecto Gómez-Xiluan-Lafayette (conocido por los astronautas como el goxila) pusiera el Sistema Solar al alcance de la mano. Rápidamente se habían construido flotas de astronaves que lo surcaron de punta a cabo, desde los achicharrados cráteres de Mercurio hasta las heladas y lóbregas regiones del cinturón de Kuiper, pasando por todos los astros importantes, y aun los menos importantes, que poblaban el Reino del Sol.

Pese a ello, el número de cuerpos catalogados (planetas, satélites, asteroides, cometas...) con un tamaño superior al kilómetro ascendía a muchos miles, y la mayor parte de ellos carecían del menor interés salvo en lo referente a los parámetros de su órbita, que no era cuestión de que uno de ellos tuviera la mala costumbre de atravesarse en el camino de la Tierra. Así pues, si bien los nombres de Armstrong y Aldrin se vieron prontamente acompañados por los de otros astronautas que gozaron de la gloria de hollar con sus plantas las superficies vírgenes de otros astros, pronto la nómina de los mismos se vio interrumpida, no tanto por la imposibilidad de hacerlo (cualquier astro del Sistema Solar estaba al alcance de las astronaves terrestres) sino porque, más bien, llegó un momento en el que esto no servía para nada. En consecuencia, la inmensa mayoría de los asteroides y cuerpos menores quedaron a la espera de que alguien se molestara en acercarse hasta ellos.

Bien, en realidad este olvido no había sido completo; en un principio hubo bastantes misiones científicas, eso es cierto, aunque limitadas a unos cuantos asteroides importantes. Hubo también expediciones financiadas por diversas compañías multinacionales, cuyo objetivo era estudiar la posibilidad de explotar a estos guijarros cósmicos como yacimientos minerales; pero la evidencia de que resultaba mucho más rentable seguir desarrollando sus actividades mineras en la Tierra, frenó estas iniciativas casi antes de que fueran iniciadas.

Sin embargo, pasado un tiempo los asteroides sí demostraron que podían volverse a convertir en una saneada fuente de ingresos. Al fin y al cabo, si tiempo atrás había habido cretinos capaces de pagar por ver a uno de estos pedruscos convertido en tocayo suyo, ¿cuánto más dinero no se podría obtener haciendo que uno de estos ricachos vanidosos fuera el primero en poner el pie en uno cualquiera de ellos? Y aunque cada asteroide tan sólo sirviera para una vez, había tantos (varias decenas de miles) que no cabía esperar que el filón se agotase, al menos durante bastante tiempo.

No estaba claro a quién se le había ocurrido la idea, pero ésta fue rápidamente imitada. Fueron bastantes los que fletaron astronaves más o menos capaces, ofreciéndose para transportar, a todo aquél que pudiera pagarlo, hasta un asteroide que jamás hubiera sido hollado por el pie humano... Y había miles, muchos más que candidatos. Así pues, la competencia se incrementó considerablemente al descubrirse que se trataba de un mercado limitado.

Para desgracia suya los propietarios del Alcaudón habían sido de los últimos en llegar al negocio, cuando ya éste comenzaba a estar de capa caída no por falta de asteroides, sino de clientes. Pero Miguel y Luiggi, astronautas en paro tras el cierre de la sección astronáutica de una compañía multinacional, se vieron repentinamente sin trabajo y sin nada remunerado que hacer... Salvo continuar por cuenta propia en su oficio. Así pues invirtieron todos sus ahorros, incluidas las indemnizaciones percibidas por sus despidos, en la adquisición a precio de saldo de una pequeña y destartalada astronave de carga propiedad hasta entonces de su antigua empresa, a la que rebautizaron con el nombre de Alcaudón dado que su denominación original (Puercoespín) no cuadraba demasiado con sus nuevas actividades, que no eran otras que las de viajar de un lado a otro del Sistema Solar interior (no tenían licencia para traspasar la órbita de Júpiter) ofreciendo sus servicios a todo aquél que estuviera dispuesto a pagarlos.

Salazar y da Vico aceptaban cualquier tipo de encargo que no resultara demasiado ilegal, siendo uno de ellos el transporte de sus clientes hasta algún asteroide virgen; se trataba de un trabajo sencillo y descansado por el que les solían pagar bastante bien, pero corrían tiempos difíciles una vez pasada la euforia inicial de las exploraciones espaciales y a duras penas lograban ganarse la vida a costa de rebajarse a los caprichos de los pocos millonarios excéntricos capaces de tirar el dinero en aras de su soberbia...

Como Rufus T. Sandeman, un rústico patán enriquecido gracias a la comida rápida, el cual era de los escasos nuevos ricos que todavía no habían visto satisfecha su insaciable vanidad... Y, aunque su trato era grosero y su carácter insoportable, su dinero no olía y los propietarios del Alcaudón estaban acuciantemente necesitados de él.

Por esta razón el Alcaudón se encontraba ahora en órbita en torno a Akitsushima, un pequeño pedrusco con forma de patata cuyas dimensiones máximas eran de apenas un par de kilómetros. Era tan sólo un minúsculo guijarro perdido en la inmensidad del cosmos, y su insignificancia había hecho que nadie hasta entonces se hubiera interesado por él... Nadie salvo Salazar y da Vico, cuyo reducido catálogo de astros visitables (para descender en cualquiera de ellos era precisa una autorización administrativa, y el precio de las tasas era directamente proporcional al número y la importancia de los mismos) no abarcaba a ningún asteroide de más de cinco kilómetros de tamaño por su lado más ancho, o con número de catálogo inferior a 5.000. No era mucho lo que podían ofrecer en comparación con otras empresas de la competencia, pero después de varios meses ahogando sus penas (y sus escasos ahorros) con los matarratas que vendían a precio de oro en las sórdidas tabernas marcianas, finalmente habían conseguido encontrar un cliente... Y no era cosa de dejarlo escapar.

Claro está que menudo cliente... Rufus T. Sandeman, el rey del ostburger (hamburguesas de carne de avestruz, para entendernos) era realmente insoportable. En condiciones normales hubiera viajado (siempre lo hacía) en compañía de un subordinado que hacía las veces tanto de secretario como de ayuda de cámara, pero éste se había asustado al enterarse de los peregrinos proyectos de su amo negándose en redondo a embarcar en el Alcaudón, renunciando a su empleo y prefiriendo emplearse como matón en uno de los más afamados prostíbulos de Deimos. Esta deserción había avinagrado todavía más el ya de por sí detestable carácter del millonario, que acostumbrado a volcar siempre sus iras sobre alguien, no había dudado en elegir como blanco de las mismas a los dos infortunados tripulantes del Alcaudón, únicas personas que tenía ahora a mano. Éstos estuvieron tentados en más de una ocasión a invitarle amablemente a abandonar la astronave... Sin darle tiempo siquiera a enfundarse previamente el traje espacial.

No obstante, la perspectiva de embolsarse un dinero que, además de enjugar sus deudas, les permitiría sobrevivir unos cuantos meses más, unida a la sospecha de que la Policía Interplanetaria pudiera llegar a enfadarse bastante si se enteraba de la expulsión, contuvo finalmente a los dos astronautas que, armándose de paciencia, se resignaron a soportar a su insufrible huésped. Eso sí, no renunciaron a una refinada venganza.

—Akit...nosequé —había refunfuñado el magnate respecto al enrevesado nombre del destino de su viaje—. ¿Es que no había ningún otro maldito pedrusco con un nombre cristiano?

—Le hemos dado a elegir entre un buen puñado de ellos —repuso da Vico exhibiendo la más inocente e hipócrita de sus sonrisas.

—¡Pero todos los demás eran todavía peores! ¿Es que son sólo los chinos y los japoneses —aquí añadió ciertos calificativos que no resulta conveniente reproducir por ser racistas y políticamente incorrectos— los que descubren asteroides?

En realidad no todos los nombres ofrecidos por los dos astronautas eran de procedencia oriental; junto con algunos cuidadosamente seleccionados tales como Akiyamatakashim, Xiwanggongcheng, Yuanlongping, Guangcaishiye, Zashikiwarashi, Kazukoichikawa, Issunbovschi, Kunitomoikkansai o Susumuimoto, la lista contenía varios más tales como Betulapendula, Cercidiphillum o Madresplazamayo, no menos enrevesados para los oídos de un anglosajón inculto, todos los cuales, huelga decirlo, le sonaban igualmente a chino.

—También le hemos ofrecido nombres cortos... —terció Salazar al comprobar que su compañero podía contener a duras penas la risa.

—¡Sí, todavía peores! Rip, Redman, Coco... Ni que los hubieran buscado a propósito.

En realidad, así había sido.

—Tenga usted en cuenta que para aterrizar en cualquier asteroide es necesario disponer de una autorización de la Policía Interplanetaria, y la nuestra tan sólo abarca un pequeño puñado de ellos... Eso cuesta mucho dinero, y nosotros somos pobres —añadió el italiano con tono quejumbroso, silenciando que, aunque su afirmación era cierta, también figuraban en la lista de asteroides permitidos nombres normales que hubieran agradado al millonario, pero que precisamente por ello habían sido cuidadosamente expurgados por los dos astronautas: Dallas, Intel, Stone, Australia, Israel, Hudson, Baltimore...

—Y tampoco quiso aceptar usted ninguno de los nombres de personajes —remachó el español rematando la faena de su compañero.

—¡Claro! Y compartir mi gloria con la de un fulano cuyo único mérito es el de que a algún estúpido se le ocurrió la ridícula idea de bautizar a un asteroide con su nombre. ¡De eso nada!

Algunos de estos fulanos rechazados por Sandeman eran los tres tripulantes del Apolo XI, científicos como Fermi o Volta, escritores como Asimov, Heinlein, Clarke, Lewis Carroll, Conan Doyle o Kafka; artistas como Warhol; directores y actores de cine como Hitchcock o Jerry Lewis; cantantes como Sinatra o personajes de ficción (en esto el honorable no discriminaba demasiado) como Sherlock Holmes, el doctor Watson, Moriarty o el mismísimo James Bond.

Finalmente, y tras dos semanas de martirio, el Alcaudón llegaba a su destino y sus dos tripulantes se preparaban para la maniobra de descenso.

—No hay ni un puñetero metro cuadrado lo suficientemente liso para aterrizar en él —gruñó Salazar—. Nuestro invitado tendrá que bajar su gordo culo dando saltos; puede ser divertido.

En ese momento asomó por la cabina algo que se asemejaba al remedo galáctico de la mascota de Michelín; se trataba del honorable Sandeman, enfundado en un traje espacial especialmente confeccionado a su medida, puesto que no se fabricaban de su talla. Por variar, estaba furioso.

—¿Dónde coño se habían metido? He tenido que vestirme yo solo. ¡Maldito Óscar! —Óscar era su ex-secretario, ahora reconvertido en proxeneta.

—Simplemente, estábamos evitando estrellarnos contra el asteroide —respondió hoscamente Salazar, callándose por prudencia lo que opinaba acerca del intento de su pasajero de convertirlos en sus criados.

—¿Los dos?

—Ambos somos necesarios para la maniobra —apaciguó su compañero—. ¿Por qué se cree que estas naves tienen dos pilotos?

—Está bien —refunfuñó el americano—. Me apañé sin su ayuda; aunque no sé por qué razón no hacen más amplias estas latas de sardinas. Tropiezo constantemente con todo.

Tentado estuvo el español de hacer un comentario sarcástico acerca del tonelaje de su pasajero, pero mordiéndose los labios le comunicó:

—Tenemos un problema. No encontramos ningún lugar adecuado para el aterrizaje.

Fue como si un volcán entrase repentinamente en erupción. La cara de perro pachón del yanqui, única parte de su cuerpo que mantenía descubierta, se puso roja como la grana. Y estalló.

—¡Me sacan mi dinero! ¡Me traen al culo del universo, un pedrusco cuyo nombre ni siquiera soy capaz de pronunciar! ¡Y ahora me dicen que no podemos aterrizar! ¡Los voy a hundir en su propia mierda! ¡Se acordarán de mí mientras vivan, que espero no dure mucho!

—Yo no he dicho que usted no vaya a poder poner su puto pie en este puto asteroide —gruñó Sandoval sin siquiera mirarle a la cara—. Tan sólo he dicho que no podremos aterrizar, y bien que lo siento.

—¿Qué diferencia hay?

—Tan sólo una ligera molestia —apaciguó da Vico, ocultando sus temores de que la bola de grasa que atendía al nombre de Sandeman fuera incapaz de moverse con un mínimo de agilidad—. Tendremos que descender saltando.

—¿Saltando? —se escandalizó el magnate, poco dispuesto a dar su brazo a torcer—. ¿Acaso estamos en un circo? Esto no figuraba en el contrato.

—El contrato estipulaba que le traeríamos a este maldito pedrusco facilitándole los medios lo más posible para que pudiera llegar a él —escupió Sandoval—. Pero en ningún sitio decía que le tuviéramos que bajar en brazos.

—Bueno, tampoco es para tanto —el italiano continuaba haciendo denodados esfuerzos para tranquilizar a ambos contendientes—. La gravedad del asteroide es tan insignificante, que un salto de varios centenares de metros no supondría el menor peligro... Ni siquiera para un payaso como tú. (se dijo para él) Y el Alcaudón se va a poder aproximar mucho más a la superficie. Además lanzaremos un cable, por lo que solamente tendrá que deslizarse por él. Le aseguro que le resultará sumamente fácil hacerlo.

La maniobra de aproximación era relativamente complicada, pero factible. Los reactores goxila permitían suspenderse sobre la superficie, y todo lo demás resultaría ya fácil... Para alguien que no fuera una bola de grasa incapaz de recorrer por sus propios medios unos cuantos metros. Lamentablemente, no había otra solución.

El lugar elegido para el descenso era un pequeño cráter situado en mitad de algo parecido a una meseta. Su superficie resultaba insuficiente para la eslora del Alcaudón, pero al menor permitiría evitar las escarpadas aristas existentes en otros lugares de la torturada superficie del asteroide, las cuales podrían llegar a causar graves daños en el casco de chocar la nave con ellas. Pese a su minúsculo tamaño el asteroide tenía una orografía sorprendentemente abrupta, razón por la que resultaba conveniente extremar las precauciones.

—Baja tanto cuanto puedas —masculló da Vico en español, idioma que el millonario desconocía—. No quiero que este tío se nos quede flotando y tengamos que salir a pescarlo; mucho me temo que va a ser incapaz de deslizarse por el cable siquiera unos cuantos metros.

—¿Qué parlotean? —protestó el aludido—. Quiero que me hablen en un idioma que pueda comprender.

Puesto que los conocimientos lingüísticos del norteamericano se reducían a un inglés más bien tirando a barriobajero, fue en esta lengua en la que le respondió el italiano.

—Decía a mi compañero que se aproximara lo más posible a la superficie, para facilitarle a usted el descenso —evidentemente, se abstuvo de traducir el resto del comentario.

—Treinta metros —interrumpió Salazar—. No me atrevo a acercarme más. Aunque esta zona es relativamente llana, la rotación del asteroide es muy irregular, y resulta difícil evitar la deriva. Lanzo el anclaje.

En respuesta a su acción un cable metálico se desprendió de la panza de la nave, clavando su extremo en la polvorienta superficie de Akitsushima. En el interior del Alcaudón se sintió un tirón producto del tensado automático del cable, tras lo cual todo volvió a quedar en calma.

—Bueno, ya tiene usted todo listo para bajar —comentó con sorna Salazar—. El asteroide es suyo.

—Y ustedes, ¿qué van hacer mientras tanto? —preguntó desconfiadamente el magnate.

—Pues esperar a que usted termine para largarnos de aquí cuanto antes. Mientras esté abajo controlaremos la nave para evitar que se estrelle contra el suelo, y también filmaremos su llegada para que así pueda usted pasar a la posteridad.

—Voy a bajar... ¿yo solo? —el miedo atenazaba la voz del fantoche.

—A ninguno de nosotros dos se nos ha perdido nada; además, ¿cómo si no quiere ser usted el primero? —ahora era el piloto español quien estaba empezando a perder la paciencia.

—Hombre, yo... Imagínense ustedes que sufriera algún percance... —ahora era claramente pánico—. ¡Necesito tenerlos cerca por si me ocurre algo!

—Está bien —concedió desmayadamente da Vico—. Uno de nosotros bajará con usted... Bueno, después de usted —se corrigió—. Supongo que no tendrá inconveniente...

—No, claro que no... —farfulló—. Pero yo seré el primero.

—Por supuesto —gruñó Salazar—. Ya le he dicho que ninguno de nosotros tiene el menor interés en disputarle ese honor.

En realidad, lo lógico hubiera sido hacerlo justo al contrario... De haber estado dispuesto Sandeman a consentirlo. Por lo tanto, tuvieron que organizarse rápidamente. Pese a que Salazar había sido, de los dos, el que más hostil se había mostrado con su irascible pasajero, los dos pilotos tenían establecido un riguroso turno para repartirse las tareas desagradables que pudieran surgirles, y en esta ocasión era a él a quien le tocaba asumirlo. Así pues ni rechistó; dejando los mandos a su compañero, fue a enfundarse su traje especial.

—Enviaré una cámara autónoma allá abajo —indicó el italiano sin desviar la mirada de los controles—. Supongo, míster Sandeman, que usted querrá disponer de una buena filmación de su descenso, y desde aquí arriba no quedaría demasiado lucido; sería suficiente para obtener el certificado de la Policía Interplanetaria, por supuesto, pero no bastaría para mostrárselo a sus amigos.

Un gruñido de su interlocutor, que da Vico tomó como signo de aceptación, fue la única respuesta a su comentario; si el obeso pasajero había llegado a captar la ironía de sus palabras, no se esforzó en demostrárselo.

El descenso desde la escotilla del Alcaudón hasta la superficie de Akitsushima, situada apenas a una decena de metros bajo ellos, no revestía la menor dificultad para una persona dotada de un mínimo de agilidad... Pero el honorable Rufus T. Sandeman era sin duda un caso especial. Salazar había procedido a colocarle, no sin dificultades debido a sus desmesuradas dimensiones, un arnés del que sobresalía una gruesa argolla a la altura de la prominente barriga. Esta argolla, que se podía abrir y cerrar a voluntad, le permitiría deslizarse por el cable que anclaba al Alcaudón al suelo, sin más esfuerzo que el de impulsarse levemente con las manos. Lo único que tenía que hacer el norteamericano era descolgarse desde la escotilla, que estaba situada en el costado de la astronave, hasta el lugar donde arrancaba el cable, en la panza de la misma; para ello contaba con la ayuda de una batería de asideros que da Vico había hecho emerger del fuselaje... Pero Sandeman tenía miedo. Mucho miedo.

Tras intentar convencerlo, sin el menor resultado, de que el riesgo de una caída era nulo debido a la prácticamente inexistente gravedad, Salazar optó por descolgarse él mismo con una mano, mientras con la otra arrastraba al pataleante yanqui como si de un globo hinchado de tratara. Finalmente consiguió engancharle la argolla al cable, dejó que se aferrara con las dos manos a éste y, apartándose, le indicó que bajara mientras él se disponía a seguirle poniendo cuidado en mantenerse a su zaga.

—Como este payaso siga así, sus amigos se van a revolcar de risa al verlo —se dijo al observar que la cámara automática enviada por da Vico había llegado a su destino y comenzaba a filmarlos—. Claro está que este tipo sería capaz de contratar a un actor profesional para filmar un descenso falso... En fin, éste es su problema.

Pensando probablemente lo mismo, Sandeman intentó revestirse de dignidad deteniendo su danza y comenzando a bajar lenta, casi majestuosamente, no se podría decir si por miedo o por afán de protagonismo. El hecho es que Salazar respiró aliviado y, asiéndose al cable, procedió a imitarlo. Al principio todo marchó bien, pero cuando el americano se encontraba apenas a dos metros del suelo ocurrió la catástrofe.

Por alguna razón desconocida (los tripulantes del Alcaudón ignoraban que su pasajero padecía de vértigo), Sandeman perdió repentinamente la verticalidad y soltándose del cable, del que quedó sujeto únicamente por la argolla, comenzó a chillar y a patalear como un poseso. El cable era resistente y lo suficientemente grueso como para no temer su rotura, pero los fuertes tirones que pegaba el miserable podrían llegar a alterar el frágil equilibrio del Alcaudón... Y no era cuestión de arriesgarse a que se estrellara contra las cercanas rocas por culpa de ese imbécil.

Tras enviar un rápido mensaje de advertencia a su compañero, Salazar hizo lo único que cabía hacer en tan comprometida situación: Se lanzó hacia abajo asiendo a Sandeman por una de las piernas. Pero para sujetarlo bien necesitaba apoyarse en algún lado, y la única opción posible era el suelo del propio asteroide.

Así pues, y completamente en contra de su voluntad, el astronauta español fue el primer humano en posar su pie en Akitsushima, mientras el norteamericano continuaba pataleando por encima de su cabeza. Sólidamente asentado todo lo que le permitía la insignificante gravedad, se asió con una mano al cable mientras con la otra tiraba de su presa con todas sus fuerzas.

Sin embargo, los problemas sólo acababan de empezar. Apenas fue consciente el americano de su condición de segunda persona en hollar el asteroide, montó en cólera vituperando al perplejo astronauta, al que acusó de haberle robado la gloria y, de paso, también su dinero. Salazar intentó razonar con él, decirle que no había tenido más remedio que hacerlo así, que no se preocupara porque podrían repetir el descenso borrando la filmación anterior, que nadie se iba a enterar de ello, que podría disfrutar de su gloria intacta...

Resultó inútil. Sandeman, cada vez más furioso, estaba totalmente fuera de sí. Y a Salazar, que no era lo que se dice un espíritu diplomático, se le acabó definitivamente la paciencia. Recurriendo a su nutrido repertorio de selectos insultos tabernarios, escupió al yanqui todo lo que pensaba sobre él sin dejarse nada en el tintero.

Lívido de ira y al borde mismo de la apoplejía, el excéntrico millonario parecía a punto de explotar. Acostumbrado a adulaciones perrunas y a que nadie le levantara nunca la voz, que un muerto de hambre le faltara el respeto y, lo que era todavía peor, le enumerara explícitamente y de forma despectiva la totalidad de sus numerosos defectos, era mucho más de lo que podía tolerar. Así pues, pasando de los ataque verbales a los físicos, se abalanzó furiosamente sobre su rival intentando agredirlo.

Los trajes espaciales eran lo bastante resistentes como para soportar sin sufrir daños embates como los del torpe Sandeman, pero tenían un punto débil: La tráquea que conducía el oxígeno desde el depósito dorsal hasta la escafandra. Salazar se sabía a salvo de las patadas y puñetazos que desmañadamente le lanzaba el obeso magnate, el cual ni siquiera era capaz de mantener el equilibrio en la casi inexistente gravedad del asteroide, y hubiera bastado con esperar a que éste cesara en su pataleta por puro agotamiento para que las aguas volvieran a su cauce.

Pero la flema no figuraba precisamente entre las escasas virtudes del astronauta, el cual deseaba por encima de todo acabar lo antes posible con la farsa. Así pues, se abalanzó a su vez contra su atacante intentando cerrar la válvula que permitía el paso del oxígeno a la escafandra. No era su intención asfixiarlo, sino hacerle perder el conocimiento para poder encerrarlo en su camarote.

Fue un verdadero golpe de mala suerte. Sandeman adivinó su intención e intentó defenderse haciendo lo propio; pero desconocedor de las pretensiones del español y temiendo por su vida, no se anduvo con contemplaciones arrancando de cuajo el frágil tubo que proporcionaba aire respirable a su rival. Salazar, como astronauta veterano que era, sabía cómo afrontar esta emergencia antes de que la carencia de oxígeno resultara funesta; pero para ello necesitaba tener las manos libres en tan cruciales instantes... Y no las tenía, ya que su atacante continuaba acosándolo por todos los lados.

De repente, entre las brumas de la inconsciencia, sintió cómo los brazos que se aferraban a su cuerpo se tornaban súbitamente flácidos. Su compañero da Vico, que rápidamente había salido por la escotilla apenas se hubo puesto el traje, se había acercado por la espalda a su agresor cerrándole la válvula que regulaba el paso del oxígeno, y tras apartar su inerte cuerpo atendió a su compañero realizando una conexión de urgencia en la desgarrada tráquea con objeto de evitarle la muerte por asfixia. Pero esto último ya no lo percibió.

Tras cerciorarse de que su compañero no corría peligro y tan sólo se encontraba inconsciente, el astronauta italiano fijó su atención en el yanqui volviendo a dar paso al oxígeno de su traje. En realidad no le importaba demasiado la suerte que pudiera correr quien casi había provocado la muerte de su amigo, pero no era cuestión de crearse más problemas. Así pues, tras subir a ambos al Alcaudón, encerró al millonario en su camarote sin molestarse siquiera en despojarlo de la escafandra, limitándose a comprobar que, aunque desmayado, no había sufrido ningún daño irreversible... Aunque en realidad esto no le hubiera importado demasiado.

Una vez desembarazado de su molesto huésped, que ya no podía causar ningún daño, da Vico se centró en la recuperación de su amigo, aprovechando la inconsciencia de éste para alejarse de la peligrosa vecindad de la superficie del asteroide. Por fortuna Salazar gozaba de una robusta constitución física, lo cual facilitó el proceso. Saludado por un hermoso mareo, éste se incorporaba minutos después en su litera sin saber muy bien dónde se encontraba.

—Vaya, otra vez he vuelto a pasarme bebiendo el matarratas del maldito Joe. Se ve que no escarmiento —fue su primer pensamiento antes incluso de recuperar por completo la consciencia.

Pero en esta ocasión, y sin que sirviera de precedente, no se trataba de ninguna resaca, como pudo comprobar al descubrir las distintas piezas de su traje espacial (da Vico no se había molestado en guardarlas) flotando por el angosto espacio libre del camarote. Poco a poco consiguió ir recordando lo ocurrido hasta el momento de su pelea con Sandeman, de la cual desconocía el desenlace, lo que le hizo lanzarse en picado hacia la cabina donde, suponía, debía de encontrarse su compañero.

Jurando en tres o cuatro idiomas distintos (por si fuera poco al mareo se había sumado el tropezón que, en su precipitada salida, había tenido con el peto del traje, lo cual le precipitó de cabeza contra la mampara) llegó finalmente a su destino cuando da Vico acababa de colocar al Alcaudón en una órbita segura.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó a su amigo intentando luchar contra el vértigo que se adueñaba de su cerebro—. Sólo recuerdo que ese malnacido se abalanzó sobre mí... Por cierto; ¿dónde demonios están las aspirinas? Tengo la cabeza como si me hubiera caído encima el mismísimo asteroide... Y eso que no pruebo ni una gota desde hace varios días —se lamentó filosóficamente.

Tras haber sido puesto al corriente por da Vico del desenlace del incidente, ambos estuvieron de acuerdo en mantener encerrado a Sandeman hasta que tuviera lugar su retorno a Marte, planeta hacia el que habían enfilado la proa de la nave en busca de la ruta más rápida posible. Pero sólo habían pasado unas horas, las necesarias para que su abotargado organismo se recuperara del desmayo, cuando éste comenzó a gritar hasta desgañitarse al verse encerrado, siendo necesario que aporreara la sólida puerta hasta hacerse sangre en los nudillos para que los dos astronautas se dignaran siquiera a atender a sus airadas protestas; ahora los irritados eran ellos, y con bastante razón, por cierto. Finalmente, y tras conseguir la promesa del americano de renunciar a todo tipo de violencia, a lo cual contribuyeron sin duda las gruesas porras que esgrimían ambos en sus manos, los tres acordaron reunirse de forma razonablemente pacífica en la pequeña sala común de la nave. Eso sí, motivados por el nauseabundo hedor que exhalaba Sandeman le exigieron que previamente pasara por el cuarto de baño; a sus múltiples defectos, pensó Salazar, había que sumar ahora otros dos: Una cobardía enfermiza, y un deficiente control de sus esfínteres.

Una vez resueltos, mejor o peor, los problemas de higiene del americano, ambas partes se enfrentaron a cara de perro en el territorio neutral de la sala común. La ausencia de gravedad durante buena parte de las travesías del Alcaudón era un excelente antídoto contra la tendencia natural al desorden de los desaliñados astronautas, ya que no era cuestión de dejar que los trastos flotaran libremente allá donde uno se podía tropezar con ellos; pero a pesar de ello, el reducido recinto era lo más parecido posible a una leonera en condiciones de caída libre. Todo ello, unido a la voluminosa y todavía pestilente humanidad del magnate, hacía que la estancia en ese lugar no fuera precisamente un lecho de rosas... Pero no había mucho donde elegir, y además los temas a tratar tampoco eran lo que se dice demasiado agradables.

En un principio las posturas iniciales de ambas partes resultaron ser completamente irreconciliables. Sandeman les acusaba de haberle estafado, y se negaba en redondo a pagarles un solo dólar exigiendo el inmediato retorno a la civilización, es decir, a Marte. Los dos astronautas argumentaban a su vez que el único culpable de lo sucedido era el norteamericano, y que ellos habían cumplido escrupulosamente con su compromiso, al tiempo que le ofrecían la posibilidad de borrar las filmaciones del descenso y grabarlo de nuevo, siempre y cuando él no volviera a comportarse de forma tan poco airosa.

Pero Sandeman era extremadamente desconfiado, y además temía con bastante razón que el vértigo volviera a jugarle una mala pasada. Puesto que carecía de argumentos, recurrió a la única táctica que conocía: Las amenazas, jurando a los astronautas hundirles su carrera y contratar a los peores sicarios de todo el Sistema Solar para que acabaran con sus vidas.

Por desgracia para él, se enfrentaba con dos tipos duros de pelar acostumbrados a sobrevivir en un medio tan hostil como era el cinturón de asteroides. Éstos respondieron a sus amenazas recordándole que en su irresponsabilidad había podido llegar a matar a Salazar, lo cual era motivo suficiente para encontrarse con una denuncia por intento de homicidio... De lo cual darían fe las grabaciones efectuadas por las cámaras de la nave. No se arredró Sandeman ante este envite, confiado como estaba en su probada capacidad para culebrear por los oscuros entresijos de la ley siempre en beneficio propio; perro viejo como era, a su falta absoluta de escrúpulos sumaba una notoria habilidad para conseguir ser tratado con extrema benevolencia por parte de los jueces. De hecho, presumía con orgullo de no haberse tropezado jamás con nadie a quien no hubiera podido comprar. ¿Acaso ignoraban estos dos muertos de hambre que sus venales, pero eficientes, abogados eran perfectamente capaces de hundirlos en la más absoluta de las miserias a poco que lo intentaran?

Pero Salazar y da Vico no eran ni mucho menos tan ingenuos como el torticero yanqui creía. Ciertamente era poco realista pensar que pudieran ganar un pleito por homicidio al Rey de las hamburguesas de avestruz, respaldado como estaba por uno de los mejores y menos escrupulosos gabinetes jurídicos de todo el Sistema Solar, pero el Alcaudón se encontraba en esos momentos lejos de cualquier sitio habitado, y él estaba a su vez en sus manos... ¿Qué tal le sentaría un paseo espacial sin escafandra? Según decían, se trataba de una agonía espantosa. Claro está que los astronautas tendrían que inventarse una historia para justificar que su muerte se había debido a un trágico e involuntario accidente, pero eso no resultaría demasiado difícil contando con la grabación en la que se apreciaba cómo Sandeman atacaba sin ningún motivo aparente al astronauta español arrancándole la tráquea del depósito de oxígeno. Así pues, alegarían defensa propia. Evidentemente tendrían que enfrentarse a las marrullerías de los abogados del finado, pero ése sería un problema suyo, ya que al difunto Sandeman habrían dejado de preocuparle esas minucias.

Difunto y deshonrado, añadió con saña Salazar, puesto que la divulgación de las imágenes del descenso al asteroide podrían ser emitidas por las principales cadenas de televisión, sometiendo a escarnio público al honorable (escupió esta palabra) frente a miles de millones de espectadores.

Resultaría difícil determinar cuál de estos dos argumentos fue la clave que permitió vencer finalmente la terquedad del corrido magnate; fuera el temor a la muerte o fuera la vergüenza por hacer el más espantoso de los ridículos, el hecho cierto es que acabó aviniéndose a razones... Relativamente, que tampoco era cuestión de dar su brazo a torcer así como así. Pero Sandeman sabía que sus anfitriones eran perfectamente capaces de cumplir con sus amenazas y, lo mirara como lo mirara, estaba en sus manos. Así pues, las dos partes llegaron finalmente a un acuerdo razonablemente desagradable para ambos: Sandeman pagaría exclusivamente los costes del flete del Alcaudón, pero no el resto de la cantidad pactada que habría constituido el beneficio de Salazar y da Vico. Éstos, a cambio, le entregarían las grabaciones del accidentado descenso a la superficie del asteroide, y a partir de entonces pelillos a la mar...

Claro está que tanto una parte como la otra podrían intentar, y no precisamente por falta de ganas, engañar a la contraria; pero a ninguno de ellos le interesaba. Sandeman salvaba tanto su honor como su pellejo sin que resultara demasiado gravoso para su bolsillo (a pesar de ser millonario, o quizá precisamente a causa de ello, era extremadamente tacaño) y, en caso de ser traicionado, siempre dispondría de suficientes medios para vengarse, habida cuenta sus conocidos contactos con lo más selecto de los bajos fondos. Los astronautas, al menos, conseguían cubrir gastos aunque no ganaran dinero (en realidad sí rebañaban algo, no iban a ser tan tontos) lo cual, dadas las circunstancias en las que se había desarrollado el viaje, era lo mejor que les podía ocurrir. Y unos y otro se perdían mutuamente de vista, que no era sino eso lo que estaban deseando.

Días después el Alcaudón aterrizaba en Marte. La despedida de Sandeman resultó ser, dadas las circunstancias, casi cordial; en manos de los astronautas quedaba un cheque que éstos se apresuraron a cobrar, mientras Sandeman recibía las comprometedoras cintas que, asimismo, se apresuró a destruir. Ambas partes cumplieron escrupulosamente con el pacto, no se sabe si por honradez o, más bien, por temor los unos a los matones del yanqui, y el otro a la divulgación de una posible copia de las cintas que, efectivamente existía... Pero esto resultaba ya irrelevante. Lo cierto es que Sandeman retornó a la Tierra renunciando a su pretensión de ser el primero en poner el pie en un astro virgen, y Salazar y da Vico siguieron ahogando sus penas en los tugurios marcianos como si nada hubiera ocurrido. Al fin y al cabo, ya estaban acostumbrados a ello.