MENSAJES DEL EXTERIOR
José Carlos Canalda
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La excusa de que los ovnis sólo se aparecían a personas aisladas en lugares remotos sin dejar luego la menor huella tangible de su paso, principal argumento de aquéllos que negaban sistemáticamente su existencia, quedó pulverizada por completo el día en el que oleadas de platillos volantes invadieron los cielos de todo al planeta al tiempo que arrojaban centenares de millones de unos extraños objetos que rápidamente despertaron la curiosidad, cuando no el interés, de todos aquéllos que tuvieron acceso a ellos sin distinción de razas, cultura o edad.

Desde las sofisticadas ciudades europeas hasta las más recónditas junglas tropicales, desde la misma megalópolis neoyorquina hasta las remotas y desoladas estepas de Asia Central, no hubo prácticamente ningún rincón de la Tierra, a excepción de ambos polos, que se viera libre de la invasión de las extrañas octavillas... Porque eso eran, o parecían ser, las oblongas y flexibles láminas que constituían el regalo de los desconocidos extraterrestres.

Como era natural, las reacciones ante tan insólito hecho resultaron ser sumamente variadas. Hubo algunas culturas primitivas, como sucedió con numerosas tribus de pigmeos o de papúes, que interpretaron la lluvia de objetos caídos del cielo como un legado de los dioses, venerándolos como tales. En algunos países con regímenes totalitarios los dictadores de turno ordenaron rápidamente su recogida calificando a las octavillas como propaganda subversiva... Aunque la reacción más curiosa fue sin duda la protagonizada por algunos miembros de la secta amish la cual, como es sabido, rechaza de plano todo aquello que se pueda identificar con el progreso tecnológico; convencidos éstos de que tan sólo podía tratarse de una maniobra de las fuerzas del averno, intentaron infructuosamente purificar con el fuego todas aquellas octavillas caídas sobre su territorio, optando finalmente ante su fracaso —el fuego fue incapaz de producirles la más mínima mella— por arrojar los objetos diabólicos fuera de su colonia, consiguiendo así que los impíos pobladores del exterior cargaran con los frutos de sus pecados.

Mientras tanto el Vaticano guardaba un sepulcral silencio al tiempo que negaba categóricamente todas aquellas noticias aparecidas en los medios de comunicación según las cuales la jerarquía católica habría procedido al urgente envío de exorcistas a varias zonas rurales del sur de Italia; las jerarquías musulmanas, o al menos algunas de ellas, clamaban airadamente contra la impiedad occidental, e incluso el representante ante la ONU de un pequeño país africano llegó a solicitar una reunión urgente del Consejo de Seguridad para debatir y condenar la nueva agresión de las potencias occidentales a los países del Tercer Mundo. Los defensores de la existencia de visitantes extraterrestres, por su parte, iniciaron una fuerte campaña de prensa en todos los medios de comunicación europeos y norteamericanos, es decir, en aquéllos que les dejaban, habiendo quien incluso llegó a manifestar que las ya famosas octavillas traían un mensaje destinado a salvar al mundo del holocausto nuclear. Los detractores de estas teorías, por el contrario, reaccionaron a su vez con un mutismo total, llegando a correr algunos rumores no confirmados que afirmaban que la muerte accidental de un conocido astrónomo norteamericano había sido en realidad un suicidio provocado por un grave descubrimiento suyo.

Pero urgía una solución. El método científico afirma que todo aquel hecho constatable experimentalmente ha de ser estudiado y reproducido por observadores independientes, por lo cual, aplicando esta metodología que tan buenos resultados había rendido a la civilización occidental, científicos de todo el mundo comenzaron a estudiar con todo detenimiento las abundantes muestras de tecnología alienígena que ahora tenían en sus manos... Sin que sus resultados pudieran ser calificados sino como sumamente decepcionantes.

Las hojas estaban compuestas, según se pudo determinar por métodos espectroscópicos, por un material sintético, probablemente un polímero, cuya constitución escapaba por completo a todo lo conocido hasta entonces por la química terrestre. Y si bien los elementos que lo componían eran perfectamente conocidos (media docena de metales ligeros, abundante flúor, carbono, algo de oxígeno y silicio y bastante hidrógeno) nadie alcanzó a explicar cómo estos átomos podían llegar a enlazarse entre sí para constituir el material en cuestión.

Pero lo más sorprendente de todo eran, sin duda, sus insólitas propiedades físicas. Más duro que el diamante a la vez que tenaz y resistente a los cortes, e inatacable por el calor o la presión, demostró ser asimismo totalmente inerte frente a los más enérgicos reactivos químicos. Tanto los rayos X como los gamma fueron incapaces de atravesarlo a pesar de que el grosor de las láminas no excedía de algunas décimas de milímetro y a pesar también de que ni el plomo ni ningún otro metal pesado estaban presentes en su composición. Su densidad, por último, era inhabitualmente baja, apenas algo superior a la de un plástico corriente, lo cual contribuía todavía más al desconcierto de los estudiosos.

Sin embargo, y a pesar de tratarse del material más indestructible e inerte que jamás había pasado por mano humana alguna, su apariencia externa no podía ser más inofensiva llegando a aparentar, incluso, una atractiva fragilidad. Suavemente irisado a la vista —realmente era muy difícil precisar cual era su auténtico color— al tacto se mostraba aterciopelado y agradablemente cálido. Según un estudio de la universidad de Berkeley, las octavillas reflejaban toda la gama de la luz visible junto con algo del ultravioleta cercano, lo que hacía suponer que su lugar de procedencia debía de ser un planeta que girara en torno a una estrella algo más caliente que nuestro sol, o bien uno cuya atmósfera dejara pasar bastante más radiación ultravioleta que la de la Tierra. También emitía, merced a un no demasiado bien comprendido mecanismo de fosforescencia, la radiación infrarroja que era, al parecer, la responsable de la tibieza de su superficie.

No menos intrigó a los investigadores la emisión de un suave ronroneo —no acertaron a calificarlo de otra manera— de muy baja intensidad y al límite de la audición humana, a una frecuencia de unos cincuenta hertzios, perfectamente detectable con los instrumentos adecuados. Según todos los indicios se trataba de un sonido suavemente modulado y cíclico, con un período de repetición de algo más de veintitrés segundos.

No obstante su importancia, ninguno de estos hechos que tan alborotada tenían a la comunidad científica mundial llegaron a trascender en profundidad al gran público, mucho más interesado en otra faceta no menos intrigante de las omnipresentes láminas: Su mensaje escrito, porque sin duda alguna eso debía de ser la extraña sucesión de puntos y trazos que aparecía grabada en una de sus caras. Fuese lo que fuese, se pudo comprobar que en todos los casos se trataba de la misma disposición gráfica, sin que variara lo más mínimo de una octavilla a otra.

Huelga decir que tampoco en este campo se pudo obtener la menor información fidedigna ya que tanto los más prestigiosos lingüistas como los más afamados expertos en claves y códigos secretos se estrellaron contra el muro del fracaso más absoluto. De nada sirvieron los ordenadores más potentes y los programas más sofisticados; el mensaje continuó siendo tan indescifrable como el primer día, sin que el hecho patente de que las fluctuaciones luminosas y sonoras estuvieran ligadas con toda probabilidad a la extraña escritura sirviera en lo más mínimo para arrojar algo de luz sobre tan oscuro e impenetrable problema.

Como cabe suponer, tamaño fiasco trajo como consecuencia una sensación de frustración colectiva que llegó a hacer tambalearse peligrosamente a los hasta entonces sólidos pilares del racionalismo cartesiano. Cuestiones admitidas como evidentes y universales se mostraban ahora particulares y propias de la especie humana, mientras la creencia de que la inteligencia era un fenómeno universal y compartido por encima de la disparidad de los soportes biológicos comenzaba a resquebrajarse por momentos; quizá los famosos mensajes de que eran portadoras las sondas espaciales norteamericanas fueran, a la postre, tan ininteligibles para sus hipotéticos receptores como las octavillas lo eran para los terrestres.

Nunca se hubiera sabido en que habría podido acabar esta profunda crisis de no mediar un nuevo factor que consiguió acabar, si bien de una manera inesperada, con ella: Tres meses escasos después de la aparición de las octavillas, y cumpliendo escrupulosamente con las más clásicas descripciones de la literatura de ciencia-ficción, un enorme platillo volante se cernió majestuosamente sobre el cielo de Nueva York en las proximidades del inconfundible edificio de las Naciones Unidas. Es evidente que no resultó necesario que sus tripulantes preguntaran por el responsable máximo del planeta tal como parecían mandar los cánones; vista la patente relación existente entre el vehículo espacial y el mensaje extraterrestre, el secretario general del alto organismo internacional se aprestó a convocar inmediatamente en sesión extraordinaria a la Asamblea General a pesar del carácter festivo del día.

Apenas unas horas después —previamente los alienígenas había establecido contacto por radio solicitando una entrevista— una delegación de los extraños visitantes hacía su histórica entrada en el gran foro internacional mientras la televisión se encargaba de retransmitir sus imágenes por todo el mundo: tres hombrecillos entecos con grandes cabezas calvas y unos enormes ojos facetados que parecían escrutar hasta el menor detalle de su entorno. No, su piel no era de color verde sino más bien tirando a cetrina... No se puede pedir a los escritores de literatura fantástica que acierten en todo.

Para empezar, y hablando en un impecable inglés —luego se supo que también dominaban a la perfección el español, el francés, el ruso y el chino junto con otra media docena más de idiomas terrestres— se apresuraron a pedir disculpas por su tardanza en aparecer a raíz de ser lanzados los folletos... Pero teníamos que comprender que les había llevado cierto tiempo aprender algunos de nuestros idiomas, al tiempo que necesitaron realizar también un estudio completo de los gérmenes y microorganismos patógenos existentes en el aire de nuestro planeta, en prevención de posibles infecciones frente a las cuales pudieran encontrarse inermes.

Acto seguido pasaron a debatir el tema en cuestión. Sí, habían sido ellos los autores del mensaje... Aunque todo se debía a un involuntario error que lamentaban profundamente. El verdadero destino de las octavillas era un sistema solar cercano, apenas a unos cuantos centenares de años luz de la Tierra; inexplicablemente, el convoy que las transportaba se había desviado de manera inadvertida de su ruta, circunstancia ésta que podía ocurrir con bastante facilidad al transitar por el hiperespacio al carecerse allí de posibles referencias que puedan servir de ayuda a la navegación. Lo cierto era que habían acabado en las proximidades de la Tierra sin haber advertido su error, por lo que procedieron a sembrar el planeta con las octavillas que tanto nos habían intrigado.

Como era de suponer, el mensaje de las mismas tenía forzosamente que sernos indescifrable por completo: Redactadas en idioma galáctico y acompañadas por una serie de mensajes luminosos, sonoros y táctiles comprensibles tan sólo para determinadas razas planetarias, difícilmente podrían haber sido interpretadas por una civilización atrasada —en relación con la media, por supuesto; se apresuraron a matizar— y que por ello se hallaba al margen de la organización galáctica. Pero la interferencia era ya inevitable y sólo cabía intentar subsanarla de la mejor manera posible, razón por la que habían decidido romper el aislamiento al que la Tierra, al igual que otros mundos primitivos, estaba sometida.

Ellos se comprometían a recoger la totalidad de las octavillas lanzadas que, a causa de su indestructibilidad y lo abultado de su número, estaban comenzando a causar problemas; y, a modo de indemnización, prometían cedernos ciertos importantes conocimientos en el campo de la medicina y la agricultura. Lamentablemente aún no estábamos preparados para incorporarnos a la comunidad galáctica, razón por la que deberíamos continuar valiéndonos por nuestros propios medios todavía durante algún tiempo.

Realmente fueron muy amables; comprendieron también la curiosidad humana hacia las indescifrables octavillas cuyo misterio accedieron a explicar pese a que, volvieron a insistir, no estaban destinadas a nuestro planeta. Sí, estaban compuestas de un material condensado por métodos desconocidos para la tecnología terrestre que, lamentablemente, no podían describir con detenimiento al no ser expertos en la materia. En cuanto al mensaje en sí, éste se componía de dos palabras: La primera se podía interpretar aproximadamente como absorba, ya que en muchas razas no humanoides el concepto beber no tenía demasiado sentido. La segunda, por su parte, era completamente intraducible al tratarse de un nombre propio bajo cuya denominación se conocía en toda la galaxia —perdón, en casi toda— a una popular bebida refrescante o, según los casos, un líquido absorbible.

Evidentemente esta bebida no se comercializaba en la Tierra ni se haría mientras ésta se hallara aislada de la comunidad galáctica, circunstancia ésta muy lamentable ya que la calidad del refresco, elaborado con ingredientes procedentes de varias docenas de mundos distintos, superaba a todo lo conocido. Sí, ellos hubieran estado encantados de podérnosla suministrar; por cierto, ¿habían olvidado decirnos que eran los representantes exclusivos de la marca en este sector estelar? Pero las leyes galácticas eran muy estrictas al respecto prohibiendo taxativamente el comercio con planetas cerrados al tráfico interestelar.

Desde entonces han pasado varios años y la Tierra ha recobrado su ritmo habitual. Los extraterrestres cumplieron con su promesa de recoger todas las octavillas; sin embargo, todavía no han vuelto para, tal como prometieron, enseñarnos cómo combatir el cáncer o el SIDA, o cómo hacer fértiles a los desiertos... De hecho, los únicos recuerdos que quedan en nuestro planeta de la primera visita procedente de otros mundos son, además de la avalancha de papel impreso conservado en las hemerotecas, los varios millones de octavillas que conservan, a modo de recuerdo, numerosos ciudadanos de todos los países del planeta; aunque, de hacer caso a rumores no confirmados, varias cajas de botellas de la famosa bebida estarían celosamente custodiadas en los sótanos del Kremlin y de la Casa Blanca.

© José Carlos Canalda, 1998 (2.494 palabras) Créditos