Según el propio director y guionista, John Rosman, está película surgió de forma bastante peculiar, partía de una combinación de presupuesto limitado, obsesiones cinéfilas y sus propias experiencias con la pandemia: la idea inicial era la de una mujer cubierta de sangre corriendo desesperadamente mientras el espectador ignora el por qué. Quería que el público empatizara con ella antes de desvelar paulatinamente la auténtica amenaza.
De inicio se marcan dos líneas narrativas enlazadas. Por un lado, Jessica (Hayley Erin), una mujer que huye desesperadamente hacia Canadá mientras trata de escapar de algo a lo que no se da, por el momento, ninguna explicación. Por otro, Elsa Gray (Sonya Walger), una competente agente de campo diagnosticada de ELA, a la que Raymond Reed (Tony Amendola) encarga la caza y captura urgente de Jessica. De momento, la cosa queda ahí. Una Elsa muy mermada debe embarcarse, a su pesar, en una alocada búsqueda de una fugitiva de la que apenas sabe nada. La caza por la caza.
Pero poco a poco nos iremos enterando, mediante las sucesivas interacciones de Jessica con las diversas personas que se encuentra durante su viaje, y algún que otro flashback, de por qué Reed está tan asustado y por qué se han volcado infinidad de recursos para darle caza, de los que Elsa es solo la mano ejecutora.
Rosman acierta al dosificar la información, puesto que en la primera parte de la película solo vemos a Jessica huir desesperada mientras que Elsa y Reed se muestran como fríos ejecutores, la una por embarcarse en la aventura pese a lo calamitoso de su situación, y el otro por ser capaz de no respetarlo. Con eso consigue un clima agobiante y tenso sin necesidad de mayores golpes de efecto; simplemente lo trágico de las situaciones personales de los protagonistas basta para captar la atención del espectador.
Por eso, de Jessica solo conocemos su angustia y el miedo a ser capturada, hasta que se descubre la amenaza que transporta y entonces sí, ya se desatan todos los infiernos. Elsa es todavía más compleja que Jessica, que al cabo solo huye aterrorizada. Claramente ha aceptado la misión porque sigue negando que la ELA va a acabar con ella en poco tiempo, y es una forma de demostrarse a sí misma que ese momento no ha llegado. En el fondo ambas sufren por lo mismo: les queda poco tiempo y cada segundo cuenta.
La producción es profesional y sobria; con medios más que limitados, Rosman consigue una película que, género aparte, es más que digna. El dinero se ha ido en una sala llena de ordenadores y en contratar a Tony Amendola; el resto es puro paisaje cotidiano: una granja, una carretera, un restaurante, un apartamento cutre, pero aprovechados con inteligencia. No son necesarias secuencias de acción ni efectos espectaculares para funcionar, que los hay, pero siempre al servicio de la historia.
Basta con una puesta en escena sobria y la tensión sostenida, tensión además que cambia de objeto en ambas partes, primero con Jessica como víctima y luego con Jessica como involuntaria ejecutora.
Otro aspecto importante de la película es que muestra con toda crudeza hasta qué punto los Estados pueden seguir minuciosamente la pista a sus ciudadanos. Mientras Jessica intenta desaparecer, el equipo de Reed rastrea cámaras de vigilancia, redes sociales, bases de datos varias donde día a día dejamos algún indicio. Resulta casi más inquietante saber que la privacidad está algo más que amenazada, sino ya directamente quebrada.
Desde luego, NEW LIFE no reinventa ninguno de los géneros que toca: thriller, terror, ciencia-ficción, pero Rosman demuestra oficio, aun siendo su ópera prima, para conjuntar todos estos elementos sin caer en el melodrama fácil.
EE. UU.,