Sinopsis
Fecha estelar 46461.3. La Enterprise encuentra la estación de comunicaciones nº 47 vacía, sin rastro de los dos oficiales que prestaban servicio en la misma, los tenientes Uhnari y Rotcha. El único ser vivo que encuentra el equipo de misión es una perra, la mascota de Uhnari. También falta una de las lanzaderas de la estación. Además, se localizan restos de materia orgánica, que podrían pertenecer a uno de los desaparecidos. La Forge estudia los diarios de la teniente Uhnari, por si pueden darles una pista de lo ocurrido. El ingeniero jefe irá sintiéndose cada vez más atraído por esa mujer, a medida que vaya progresando en su investigación.

Episodio muy mediocre, la verdad es que esta historia hubiera resultado pasable en las primera o segunda temporadas, repletas de capítulos semejantes. Pero en la sexta canta un poco, sobre todo si se le compara con los memorables y recientes CAPACIDAD DE VIDA, CADENA DE MANDO o UNA NAVE EN UNA BOTELLA.
La Forge estaba condenado a ser el eterno desgraciado en amores de TNG. Aunque en TRANSFIGURACIONES, de la tercera temporada, parecía que por fin había encontrado su media naranja con Christy Hensaw, por lo visto la cosa no cuajó, así que el equipo de guionistas de la serie, siguiendo instrucciones de los productores, buscó una historia de amor lo más romántica posible para el pobre Geordi.
Lo gracioso es que se les ocurrió plagiar nada más y nada menos que LAURA, la obra maestra del cine negro filmada por el maestro Otto Preminger en 1944. Por lo visto, el productor Michael Piller acababa de verla, y creyó que la idea básica de ese film iría de perlas a la hora de pergeñar un romance para La Forge. El resultado a la vista está: uno de los capítulos más tediosos de TNG.
A nivel técnico, AQUIEL es perfecto, pero ahí se acaba todo. Lo único salvable es la interpretación de Stewart en el segmento en que habla con el gobernador klingon. Por lo demás, la supuesta obsesión de La Forge por una mujer a la que cree muerta, y que luego aparece vivita y coleando, es más aburrida que contemplar cómo se seca una pared recién pintada. Ni siquiera la intriga en torno a los misteriosos restos orgánicos anima algo el cotarro.
En definitiva, y aunque me duela en el alma reconocerlo, AQUIEL es un despropósito absoluto, indigno de una producción que a esas alturas había alcanzado unos niveles dramáticos notables. Menos mal que inmediatamente después llegaría el estupendo EL ROSTRO DEL ENEMIGO.
EE. UU., 1993