Lo primero que llama la atención de esta novela de Vance es que mantiene un tono extraño, alejado de sus otras obras de corte más humorístico
. Aunque es una típica obra vanciana
que describe una historia de crecimiento personal, no está tan centrada en el exotismo típico del autor, sino en la evolución de su personaje principal.
Eso es algo inusual porque ya sabemos que los protagonistas de Vance se definen por sus actos, son siempre animosos y en cierto modo despreocupados, tienen un objetivo y solo conocen un camino: la línea recta, que sin importar el trabajo que lleve seguirán inflexibles. Pero el Ghyl Tarvoke de esta novela, sin dejar de ser un héroe intrépido e ingenioso, muestra más relieve que los personajes típicos de Vance, y la evolución de sus estados de ánimo acompañan al lector de principio a fin.
¿Y quien es Ghyl Tarvoke?
Es hijo de un maestro artesano que le enseña a tallar elaborados biombos de madera. Viven en el planeta Halma un lugar donde un puñado de nobles reconstruyeron la civilización y, como remuneración
, recaudan un impuesto del 1%, impuesto que proviene de la escasa compensación que los nobles les pagan por comerciar en otros planetas con sus productos.
En Halma se siguen rígidos preceptos religiosos y económicos que acaban con el planeta en un estancamiento político y social. Los niños deben asistir a reuniones religiosas donde practican rituales complejos que controlan el comportamiento. Entre ellos está la prohibición de hacer copias. Cualquier cosa que elaboren los artesanos debe ser una obra única y exclusiva, muebles, ropa, joyas deben ser hechas una a una y a mano.
Amiante, el padre de Ghyl es una persona apacible y parsimoniosa, y por eso su hijo se sorprende al encontrarle duplicando documentos antiguos, aunque no demasiado, porque Amiante nunca ha sido especialmente estricto con él en otros ámbitos, como el religioso. Por esa y otras causas Amiante y Ghyl acaban por cochar con las autoridades, lo que a medio plazo provoca la muerte de Amiante. Ghyl parece doblegarse y aceptar su destino, pero los acontecimientos pronto le llevarán por el camino más querido de Vance: el viaje y la aventura.
Es durante esas aventuras cuando Ghyl adopta el nombre de Emphyrio, un aventurero mítico del que solo se conocen parte de sus hazañas, y que le influye en sus correrías.
La novela tiene una lectura clara: el ahnelo que, más o menos, tiene todo el mundo por escapara de la rutina y las rígidas convenciones sociales. Para ello nada mejor que envolverse en la capa de un héroe e inspirarse y dejarse llevar por su figura idealizada. Ahí es donde Vance va más allá de la narrativa barroca, marca de la casa, para transmitir una idea sobre la forma de ver la vida y la sociedad. Hasta se podría decir que esta es una obra donde Vance se moja hasta cierto punto en el aspecto ideológico, algo muy raro en él puesto que las civilizaciones que describe apenas dejan lugar a ello por lo exóticas y alienígenas, lo que las hace difícilmente clasificables, pero el rígido orden social de Halma, donde reina un igualitarismo falso, gobernado por una élite tan benevolente como represiva, hace pensar en un trasunto de los extintos regímenes totalitarios de la Europa del Este.
Puede que por querer dar relieve intelectual
a la novela y enviar un mensaje claro al lector, Vance da de lado las habituales fintas verbales de los personajes, no son los sutiles y alambicados toma y daca a los que acostumbra, pero no omite los demás aspectos típicos de su obra, el mentado exotismo y un desarrollo consistente de la trama.
Con todo sigue siendo un Vance, y no de los menores, y un Vance siempre vale la pena.