Sinopsis
Fecha estelar 46424.1. Mientras arregla un fallo del sistema holográfico, el teniente Barclay libera al profesor Moriarty de la memoria del ordenador. Moriarty pide hablar con el capitán Picard, exigiéndole que cumpla la promesa que le hizo de encontrar una manera para que él pueda existir fuera de la cubierta holográfica. Ante las largas que le da el capitán, Moriarty consigue hacerse con el control de la Enterprise y chantajea a Picard, pues también desea que le acompañe al mundo exterior su amada holográfica. La situación se torna crítica, porque la nave se encuentra en las proximidades de dos gigantes gaseosos, que están a punto de colisionar entre sí y dar origen a una nueva estrella.

UNA NAVE EN UNA BOTELLA significa el regreso a Star Trek de James Moriarty, forma de vida holográfica que protagonizó ELEMENTAL, QUERIDO DATA, uno de los episodios más logrados de la por otra parte flojísima segunda temporada. En aquella ocasión vimos cómo el ordenador, al que La Forge había pedido un personaje holográfico que tuviese posibilidades de vencer a Data, creó a Moriarty con unas capacidades que le convirtieron en un ser consciente de su propia existencia, y por tanto vivo. Al final de aquel capítulo, Moriarty accedía a ser archivado
en el sistema, hasta que Picard lograra dar con un modo de sacarle de la holodeck. Cuatro años más tarde, por una manipulación de Barclay, Moriarty se manifiesta de nuevo, y en esta ocasión está dispuesto a lo que sea para alcanzar su propósito.
En su primera entrevista con el profesor, Jean-Luc le explica que, a pesar de los años transcurridos, todavía no han encontrado la forma de sacarle de la holodeck, a pesar de trabajar intensamente en ello. Moriarty no acaba de creerse las excusas de Picard y le insta a cumplir la palabra que le dio. Pero además Moriarty desea vengarse de Jean-Luc, pues, a pesar de ser tan sólo un flujo de datos almacenado en la memoria del ordenador, por su especial condición James ha sido consciente del paso del tiempo. Quiere que el capitán pase por algo parecido a lo que tuvo que sufrir él, así que maquina un elaborado plan, haciendo que Picard, Data y Barclay vivan, sin ser conscientes de ello al principio, en un mundo de ilusión similar al suyo, una especie de barco dentro de una botella, del que no es posible salir. Durante un tiempo, Moriarty consigue que Jean-Luc y los demás crean que puede salir de la holodeck y deambular tranquilamente por la nave, como si fuera de carne y hueso. Incluso logra con una argucia que Picard le proporcione los códigos de voz para controlar el navío estelar. Será Data quien descubra fortuitamente que todavía están en la holodeck, y que la Enterprise que ven no es más que una simulación holográfica. A partir de ese momento Picard, Data y Barclay trazan un plan para derrotar a Moriarty, utilizando contra él su propia estrategia.
Es interesante observar que Picard no se plantea en ningún momento la destrucción de Moriarty. Es consciente de que se trata de una nueva forma de vida y tiene ciertos derechos, pero también sabe que no es posible que exista fuera de la holodeck. Sin embargo, Moriarty está obsesionado con obtener la libertad para él y la mujer que ama. Así pues, la solución que se plantea al dilema es sencillamente genial: recrear un mundo holográfico sólo para Moriarty y la condesa, que a partir de entonces vivirán convencidos de que han logrado su objetivo y se desenvuelven en la realidad. En cierto modo, y como apunta la consejera Troi al final, el capitán le ha dado al profesor lo que éste quería.
Daniel Davis vuelve a interpretar con convicción el papel que había bordado en ELEMENTAL, QUERIDO DATA. Para encarnar a la condesa Bartholomew se requería, según el guión, una actriz elegante y sexy, que además debía tener un perfecto acento británico. La escogida fue Stephanie Beecham, muy conocida por los aficionados a la ciencia-ficción gracias a la serie SeaQuest: Los vigilantes del fondo del mar.

Y por supuesto, está el inimitable Barclay. En este episodio parece que Reg ha conseguido centrarse bastante y superar la timidez e indecisión que le caracterizaron en otras ocasiones. Es una gozada ver en acción a este nuevo Barclay, más seguro de sí mismo. Él es quien lo provoca todo, al sacar a Moriarty de la memoria del ordenador, aunque sin proponérselo. Pero también participa en la resolución del problema, y es a quien Picard encarga el cuidado del dispositivo que contiene los programas de Moriarty, la condesa Bartholomew y su nuevo mundo virtual. Barclay es el que aporta el último golpe cómico del episodio. No muy convencido de que todo esté arreglado, ordena: Computadora, cierre el programa
. Cuando todo sigue tal cual, suspira aliviado y se va a cumplir con sus obligaciones.
Lo mejor de Star Trek, no sólo de TNG sino de toda la franquicia, es su habilidad para plantear cuestiones de gran profundidad filosófica por medio de relatos en apariencia intrascendentes. UNA NAVE EN UNA BOTELLA trata sobre la definición de lo que es la realidad. La reflexión final de Picard puede entenderse como un guiño a los trekkies, cuando dice: Quién sabe, nuestra realidad podría muy bien ser como la suya, y todo esto podría ser sólo una elaborada simulación, desarrollándose dentro de un aparato encima de la mesa de alguien
.
Tras la emisión de ELEMENTAL, QUERIDO DATA, la Paramount tuvo muchos problemas con los herederos de Sir Arthur Conan Doyle por el empleo que hizo de sus personajes en el citado episodio y en el film EL SECRETO DE LA PIRÁMIDE. Los malentendidos se solucionaron con el paso del tiempo y, para el capítulo que nos ocupa, la Paramount se avino a abonar una pequeña cantidad en concepto de derechos de autor, además de incluir en los créditos finales del capítulo una nota de agradecimiento para dame Jean Conan Doyle. Gracias a esto, los trekkies pudimos disfrutar de un episodio holmesiano, y también de la brillante caracterización de Brent Spiner como el inmortal detective victoriano.
No puedo concluir este artículo sin mencionar al actor de reparto que interpreta al sospechoso en el prólogo holmesiano, que curiosamente se apellida von Franckenstein. Si ese era su nombre real, sospecho que tendría muchas anécdotas sabrosas que contar.
EE. UU., 1992