ARENA
ARENA Italia, Estados Unidos, 1989
Título original: Arena
Dirección: Peter Manoogian
Guión: Danny Bilson y Paul De Meo
Producción: Irwin Yablans
Música: Richard Band
Fotografía: Mac Ahlberg
Duración: 97 min.
IMDb:
Reparto: Paul Satterfield (Steve Armstrong); Hamilton Camp (Shorty); Claudia Christian (Quinn); Marc Alaimo (Rogor); Shari Shattuck (Jade); Armin Shimerman (Weezil); Brett Porter (Wayne); Charles Tabansi (Troy); Michael Deak (Horn); Jack Carter (Anunciador); William Butler (Skull); Grady Clarkson (Comisionado Dent); Dave Thompson (Doctor); Ken Clark (Marcus Diablo); Diana Rose (Dama especial del club nocturno)
Comentarios de: Jorge Armando Romo

Durante la niñez de quien escribe estas palabras ocurrieron algunas grandes sorpresas cinéfilas que serían recordadas con mucho agrado: se disfrutaron películas de serie B de ciencia-ficción que jamás volvieron a ser transmitidas en televisión. Si bien el público las olvidó, la memoria no falló por completo y ahora en la etapa adulta ha sido posible rastrearlas (Youtube es una mina con joyas escondidas). De entre esas cintas de ciencia-ficción, ARENA (1989) tiene todo los elementos para emocionar a un niño de esa época.

En primera instancia es inevitable pensar y recordar el relato clásico de Fredric Brown que lleva justamente por título ARENA, mismo que cuenta la historia de una entidad alienígena omnipotente que pone a pelear a dos seres de distintas especies (un humano y un alienígena) y así decidir el futuro de sus civilizaciones. El relato ha sido tan atractivo que ha tenido sus propias versiones en series como Star Trek, The Outer Limits, e incluso en la serie animada ochentera de He-Man y los amos del universo (en el episodio correspondiente a ésta última serie, tres entidades globulares ponen a pelear a He-man y Skeletor para decidir el futuro de su mundo). La idea del relato fue tan atractiva que en 1989 se estrenó una película que llevaba el enfrentamiento entre humanos y alienígenas por otros caminos.

En un futuro indeterminado existe un campeonato interestelar de box en el que participan seres de toda la galaxia. Toda clase de formas de vida participan dirigidas por sus entrenadores, aunque Horn, el alienígena cyborg, es quien ha mantenido el título durante varios campeonatos seguidos. Muy pronto, el espectador se entera que hace mucho tiempo ningún humano ha participado en los torneos y que ya es hora de que un representante de la raza humana demuestre de lo que están hechos los miembros de su especie. Así, la cinta presenta a Steve Armstrong, un cocinero de comida rápida bastante torpe que no sólo no será muy bueno en su trabajo, sino que su torpeza lo llevará a endeudarse con las mafias que controlan el bajo mundo de las apuestas. Pero la escasa inteligencia de Steve se contrarresta con las habilidades de un hombre que se ha criado en el barrio: se trata de un excelente peleador con potencial para competir. Luego de perder su empleo y endeudarse, Steve es descubierto por Quinn, una representante de varios luchadores que desea poner fin al entrenador de Horn que ha monopolizado el torneo.

A partir de aquí la historia busca retomar fórmulas de otras cintas de la época. Steve es una especie de Jean-Claude Van Damme (aunque sin las patadas espectaculares) que sale de la nada, comienza a crecer en el torneo y pronto es visto como una amenaza para el monopolio del peleador Horn. La cinta juega tanto con el estilo de las películas de Van Damme al grado que hay una situación en la que no se le permite pelear al cien hasta que alguno de sus amigos arregle un problemilla paralelo a la pelea y así el buen Steve pueda lucirse en el ring.

Uno de los aspectos de esta cinta de serie B justo es la representación de los alienígenas. La mayoría se notan como botargas torpes incapaces de seguirle el ritmo al peleador humano. Un lagarto gigante ayuda a entrenar a Steve pero jamás logra alcanzarlo, y sólo Horn se muestra mucho más ágil como para que la pelea sea más movida y emocionante. Incluso entre el público del torneo se aprecian seres humanoides de diferentes colores, algunos con rasgos que recuerdan a algunos mamíferos o reptiles, mientras que en otros casos, con que alguno de ellos tenga cuatro brazos es suficiente para que la cinta presuma de la supuesta diversidad extraterrestre entre los asistentes. En este sentido, mucho de esto hace pensar: resulta que es muy complicado imaginar seres extraterrestres que se alejen de lo que el ser humano conoce en su propio mundo. De la misma forma, los alienígenas de la cinta se parecen a roedores o lagartos gigantes, por lo que resulta que la película reafirma que los buenos siempre serán los bellos humanos y los que no son humanos siempre tendrán rasgos toscos, feos y hasta monstruosos. Incluso Hombre vs. Monstruo es el eslogan en el poster oficial de la cinta.

Cuando no hay peleas en el torneo, la historia apunta a las mafias detrás de las apuestas e incluso a la pobreza que existe en la estación espacial en la que ocurre todo. Mientras algunas tramas secundarias de acción y conspiración aparecen a la vista, Steve descubre al antiguo campeón humano que ahora es un vagabundo que se la pasa recordando la gloria que acarició en el pasado. El riesgo está muy presente: de la fama y la gloria al completo olvido sólo hay unos breves pasos. Steve aprenderá algunas cuantas lecciones antes de continuar en el torneo golpeando alienígenas gigantes que apenas pueden moverse.

En cuanto al diseño de producción, no sólo las botargas abundan en la cinta, sino que los viajes espaciales y los escenarios hechos casi de cartón buscan ser ignorados frente a las tramas secundarias. Asimismo, la arena en donde se lleva a cabo el torneo también es demasiado pequeña y los asientos para el público asistente son tan escasos que el espectador puede pensar que el torneo no es tan masivo como se pensaría o al contrario, que sólo ciertas élites pueden darse el lujo de pagar un asiento. Sin embargo, resultaría cruel burlarse de la película sólo por su bajo presupuesto cuando justo su objetivo es ofrecer un entretenimiento de serie B honesto y sin mayores pretensiones.

La banda sonora fue compuesta en un pequeño sintetizador, pero Richard Band, su creador, ofrece un buen espectáculo auditivo repleto de música electrónica. Su objetivo se escucha claro y consistente: se busca transportar al espectador a un futuro en el que humanos y alienígenas conviven día con día jugando con atmósferas que delatan cierto romanticismo ante la idea de que la humanidad alcanzará las estrellas.

En definitiva, una cinta de bajo presupuesto y fórmulas probadas que cumple su cometido de convertirse en entretenimiento puro y seguro. Si bien puede que no sea del agrado de los nuevos públicos, su nostalgia ochentera no pasará desapercibida.

© Jorge Armando Romo,
(1.051 palabras) Créditos