2067
2067 Australia, 2020
Título original: 2067
Dirección: Seth Larney
Guión: Seth Larney
Producción: Kate Croser, Lisa Shaunessy, Jason Taylor
Música: Kirsten Axelholm, Kenneth Lampl
Fotografía: Earle Dresner
Duración: 114 min.
IMDb:
Reparto: Aaron Glenane (Richard Whyte); Kodi Smit-McPhee (Ethan Whyte); Ryan Kwanten (Jude Mathers); Finn Little (Young Ethan Whyte); Deborah Mailman (Regina Jackson); Sana´a Shaik (Xanthe Whyte); Matt Testro (Young Jude Mathers); Damian Walshe-Howling (Billy Mitchell); Leeanna Walsman (Selene Whyte)

Si usted está harto que le den la murga a todas horas con eso de que mala que es la humanidad, que le toquen la conciencia con lacrimógenas soflamas ecologistas, los viajes en el tiempo no le emocionan, y si post-apocalipsis tampoco es un tema que le entusiasme, esta no es su película.

Pero si a pesar de todo esto (o a causa de ello) se decide a verla debe tener en cuenta que además adolece de defectos propios que, más allá de la ideología y el torpe manejo de los viajes en el tiempo, no la hacen un espectáculo de lo más edificante.

Se trata de una película australiana escrita y dirigida por Seth Larney. Especialista en efectos visuales que ha participado en películas como HOTEL BOMBAYV, LA VENGANZA DE LOS SITH o LOBEZNO. Esto en un principio ya nos da la garantía de que ese aspecto de la película, como efectivamente sucede, va a estar bien cuidado, aunque con ciertos reparos. La verdad es que el cine australiano de ciencia-ficción nos da mucha cal y mucha arena, desde el bombazo de MAD MAX hasta el bodrio de OCCUPATION, el espectro de calidades es bastante notable, teniendo excelentes historias como la de PREDESTINATION (con la ayudita de un tal Heinlein) o series B más que dignas como RESCATE EN OSIRIS, por no hablar de las múltiples coproducciones entre las que destaca PITCH BLACK o I AM MOTHER. Esto significa que la industria del cine australiana está más que desarrollada. Le ocurre algo parecido a la canadiense, entre que los costes son inferiores y el idioma les abre las fronteras del inmenso mercado anglosajón, las facilidades son enormes.

Es una lástima que en la hispanosfera, con un mayor número de hablantes nativos de español, no se haya desarrollado esa industria con la misma fuerza, pero ese es un tema a tratar en otro ámbito.

Seth Larney nos transporta a un futuro próximo en el que a causa de la contaminación, las epidemias, las guerras y todas esas cosas malas que hacen los humanos, el medio ambiente se ha ido la carajo y no se puede respirar directamente la atmósfera, siendo necesario filtrarla y enriquecerla con oxigeno adicional.

Ethan White (Kodi Smit-McPhee) es un currante que se busca la vida día a día (por si todo lo anterior fuera poco, el malvado capitalismo ha convertido a los ciudadanos en cuasi esclavos). Para salpimentar con un poco más de melodrama la historia, debe cuidar de su muy enferma esposa y, además, cargar con un trauma infantil producido por el asesinato de su madre y la desaparición simultánea de su padre.

Peeero, un día se entera de la verdadera naturaleza del trabajo de su padre: un proyecto para viajar al futuro, conseguir los remedios para paliar los males que atenazan a la Tierra y volver con ellos para resolver la situación extrema en la que se encuentran. Por supuesto, Ethan es reclutado, un poco a la fuerza, para continuar la labor viajera de su padre y, por supuesto, nada saldrá como se supone que debería salir.

Por lo pronto no hay forma de empatizar con ninguno de los personajes. Smit-McPhee desarrolla un Ethan acelerado y quejicoso, que no genera la menor simpatía, su padre, interpretado por Aaron Glenane, tampoco es de esas personas que a uno le importe demasiado, Regina (Deborah Mailman) que se supone que es la mala de la película, se limita a declamar sus diálogos y pasearse exhibiendo modelitos extravagantes. Sólo destaca ligeramente Ryan Kwanten dando vida a Jude, el amigo de Ethan, pero tampoco se hagan ilusiones, tampoco parece tomarse en serio su papel y ni se acerca a su Jason Stackhouse (el hermano golfo y medio alcohólico de Suki) en True Blood. Lo cierto es que el guión tampoco ayuda, con diálogos forzados, ñoños y muchas veces sin mucha sustancia.

Otra cuestión desconcertante es el apartado técnico. Siendo Seth Larney especialista en el tema se supone que deberían ser, si no brillantes, si competentes, y así sucede en la mayoría de las ocasiones, pero hay escenas en las que sin resultar tan cutres como en las producciones de The Asylum, no están para nada a la altura de lo que se supone que Larney puede dar de si.

Estos defectos técnicos podrían haber convertido 2067 en una típica película post-apocalíptica de Serie B, pero su desarrollo y dirección hacen de ella un plomazo bastante importante.

© Francisco José Súñer Iglesias (742 palabras) Créditos