Sinopsis
Fecha estelar 45470.1. Estudiando la explosión de una estrella de neutrones, la Enterprise localiza un fragmento de su núcleo en rumbo de colisión con el planeta Moab IV. Se trata de un mundo sin vida en el que, inopinadamente, los sensores de la nave detectan una estructura artificial, que envuelve una colonia humana desconocida hasta ese momento. Picard se comunica con ella, advirtiendo a sus habitantes del peligro que representa el fragmento de estrella. El protocolo para estos casos es la evacuación inmediata, pero los colonos se niegan a abandonar Moab IV, pues están convencidos de haber creado una sociedad perfecta, basada en la selección genética, y piensan que cualquier contacto con el exterior provocaría su destrucción.

Incluso a un trekkie como yo, apasionado de la obra de Gene Roddenberry y los continuadores de la misma, le resulta difícil de digerir un episodio como el que nos ocupa. Una historia como esta hubiera sido disculpable en la primera temporada, cuando el espíritu de la serie todavía no estaba claramente definido y no se sabía qué rumbo iba a tomar la producción. Pero que semejante engendro se encuentre en el ecuador de la quinta temporada, cuando todos suponíamos que TNG estaba suficientemente consolidada y que la calidad de sus guiones era superior, me resulta incomprensible.
Y no es que LA OBRA DE ARTE SOCIAL sea un capítulo malo, sino que, simplemente, es mucho peor. Porque la sociedad en él descrita es absurda de puro utópica. Me recuerda muchísimo a ese paraíso al que aspiran a conducirnos esos bergantes del buenismo y la corrección política que, por desgracia, parecen haberse hecho con las riendas del poder, al menos en esta desnortada y cada día más irrelevante Europa.
Se supone que estos moabitas han alcanzado la perfección a lo largo de varias generaciones, empleando la ingeniería genética. Es decir, que, tal y como lo plantea el inefable Conor, la suya es una sociedad ideal y equilibrada, de individuos plenamente satisfechos con sus expectativas. Lo que ocurre es que la simple lógica, algo a lo que Roddenberry daba mucha importancia, nos demuestra que el concepto de sociedad perfecta no puede existir. Y esto por la sencilla razón de que, por muchas manipulaciones genéticas que se lleven a cabo sobre los individuos, éstos seguirán siendo eso: individuos con una personalidad propia, personas que generarán una multitud de variables imposibles de controlar o encauzar. El único modo sería convertir a esa gente en cyborgs, como el colectivo Borg, que es lo que más se aproxima al ideal de perfección ensalzado por Conor y Benbeck.
Pero incluso si algo como lo expuesto en el episodio pudiera hacerse realidad, nos encontraríamos con una sociedad excluyente, sectaria y por tanto xenófoba, en la que cualquier minusvalía, por pequeña que fuera, sería considerada como algo aberrante, y por tanto digno de ser eliminado. Que levante la mano aquel a quien esto le recuerde el delirio nacionalsocialista de perfección racial.
Luego tenemos esa manía de meternos un romance porque sí, porque hace bonito, aunque no venga a cuento. TNG nos ofreció algunas historias de amor memorables, como por ejemplo EN TEORÍA, con el enamoramiento de Data, y LECCIONES, donde Picard vive una intensa relación con una mujer extraordinaria. Pero lo de Aaron y Deanna es de vergüenza ajena, porque, aparte de no existir ninguna química entre ellos, la situación está planteada con una candidez más propia de una película de la Disney apta para todos los públicos que de Star Trek, serie caracterizada por contar historias adultas. Uno comprende que en una producción televisiva no van a poner escenas de sexo explícito, con jadeos y meneos de cadera. Pero, ¡vamos! lo mínimo que podría esperarse es alguna miradita cómplice, un gesto, una actitud sensible, algo que dé a entender al espectador que entre los personajes ha surgido la atracción. Pero no; el líder moabita y la consejera se comportan como dos preadolescentes preocupados por el acné y necesitados del consejo de papá y mamá, más que como dos adultos experimentados dispuestos a entablar una relación coherente.
¿Y qué decir del rollo trascendental de la Primera Directriz que nos lanzan ya casi al final, en ese diálogo para besugos entre Picard y Riker? Por mucho que el capitán se ponga en plan solemne, para mí está clarísimo que al Primer Oficial le asiste toda la razón. Aunque, la verdad, después del soberano aburrimiento que me provocaron las estúpidas cuitas de Conor y Jean-Luc, casi habría deseado que el dichoso fragmento de estrella se hubiera llevado por delante semejante colonia de idiotas.
Lo único salvable de episodio tan desastroso es la intervención de La Forge, quien, en un momento dado, le señala a Hannah Bates lo irónico que resulta que la salvación de su sociedad perfecta, en la que jamás nacería alguien ciego, se deba a la tecnología de su Visor.
Mis condolencias a Winrich Kolbe, al que, tras dirigir esa maravilla que es DARMOK, de esta misma temporada, le endosaron la realización de este más que fallido LA OBRA DE ARTE SOCIAL. Menos mal que se trató de un bache pasajero, que se superaría con el inmediatamente posterior ENIGMA. Alabado sea Roddenberry.
EE. UU., 1992