EL NÚMERO DE LA BESTIA
EL NÚMERO DE LA BESTIA Robert A. Heinlein
Título original: The Number of the Beast
Año de publicación: 1979
Editorial: Martínez Roca
Colección: Super Ficción (1ª época), nº 77
Traducción: Domingo Santos
Edición: 1982
Páginas: 576
ISBN:
Precio: Descatalogado

Vaya por delante que, con independencia de su particular ideología política que no comparto, considero a Heinlein como uno de los más importantes escritores de ciencia-ficción de la historia, y por lo general disfruto con sus novelas y relatos.

Digo por lo general ya que tiene una vertiente que me agrada bastante menos, no por cuestiones ideológicas sino literarias, a la que pertenecen títulos como FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA, LAS 100 VIDAS DE LAZARUS LONG o la novela que reseño en esta ocasión, EL NÚMERO DE LA BESTIA, las cuales tienen en común un tratamiento desinhibido —para la época— de la sexualidad incluyendo ataques frontales a tabúes como el incesto, todo ello enmarcado en un ambiente hippie rompedor entonces, pero hoy en día tan anticuado como las trasnochadas películas del destape español durante la Transición.

Aunque a mis años de mojigato me queda poco, la verdad es que nunca he entendido que viniera a cuento este erotismo de guardería, dado que de querer disfrutar del erotismo o de la pornografía sería preferible buscar en ámbitos más especializados. Entiendo, eso sí, que Heinlein, obligado a bregar durante mucho tiempo con el hipócrita puritanismo norteamericano, y ríete de la censura franquista en el ámbito sexual, el político es otra historia, acabara tan harto de ella que en cuanto pudo se dedicó a torpedearla... pero esto no evita que sus presuntas audacias resulten a estas alturas no sólo ingenuas, sino también fuera de lugar por completo. Pero aceptemos pulpo como animal de compañía.

Porque no es esto lo que más me molestó de la novela, al fin y al cabo bastaba con hacer caso omiso a los extemporáneos escarceos de sus protagonistas, sino dos detalles que paso a relatar a continuación.

El primero es la cantidad de paja que Heinlein metió inmisericordemente en la novela; de las casi 600 páginas un buen puñado de ellas podrían haber sido suprimidas sin el menor problema para alivio del sufrido lector. Porque lo que me resultó realmente difícil de soportar fueron los diálogos absurdos entre los protagonistas, un relleno sin fin que no venía a cuento, no aportaba nada a la narración y aburría hasta a las ovejas. Cierto es que este vicio suele ser crónico entre los autores norteamericanos, pero como ferviente seguidor que soy del conceptismo, apoyo la frase de Baltasar Gracián de que lo bueno, si breve, es dos veces bueno.

El segundo es todavía más imperdonable, ya que partiendo de un argumento realmente espléndido Heinlein lo tiró por la borda a las primeras de cambio dedicándose a partir de entonces a marear la perdiz. Díganme si no tengo razón: la novela comienza de forma trepidante —hago caso omiso de los ligues dignos de bolsilibro rosa— relatando como un ingeniero genial ha construido un artilugio capaz de desplazarse por los infinitos universos paralelos o al menos por un buen puñado de ellos, lo cual parece no agradar demasiado a unos alienígenas infiltrados, probablemente procedentes de un universo alternativo, que deciden quitar de en medio al inventor y a su invento, presumiblemente —aunque Heinlein no llega a especificarlo— para evitar una posible competencia.

Tras sufrir varios atentados de los que logran salvarse casi milagrosamente, el ingeniero y sus compañeros huyen de la Tierra —de esta Tierra, se entiende— a otro universo alternativo a bordo del coche aéreo de uno de ellos, una mezcla del Coche fantástico, Chitty Chitty Bang Bang e incluso la famosa cabina TARDIS del Doctor Who dada su sorprendente capacidad interior, al que han acoplado el artilugio del inventor.

Al llegar a este punto lo normal sería que el lector esperara —al menos eso esperaba yo— un tour de force entre los protagonistas y sus perseguidores, los enigmáticos y sanguinarios hombres de negro —así los llama—, pero lamentablemente me quedé con dos palmos de narices puesto que hacia la página ciento y pico Heinlein se desentiende de ellos y no vuelven a aparecer ni siquiera para un triste cameo.

Pero como todavía quedaban muchas páginas por rellenar, Heinlein se dedicó, aparte de las insufribles y absurdas batallitas entre los protagonistas, a describir sus andanzas por diferentes universos alternativos... lo cual podría haber resultado interesante de no tratarse de lugares tales como un extraño Marte habitable colonizado por unos mal avenidos rusos y británicos cuyo nivel tecnológico es el de la Inglaterra victoriana, sin que lleguemos a saber como han sido capaces de viajar desde la Tierra; el Reino de Oz —sí, literalmente—, el País de las Maravillas de Alicia con conejo blanco incluido o el Barsoom de Edgar Rice Burroughs; porque Heinlein se saca de la manga el argumento de que cualquier universo imaginario descrito por un autor tiene su contrapartida real en un multiverso de infinitas probabilidades, aunque en la práctica éstas correspondan exclusivamente a la literatura popular anglosajona... pero ésta es otra historia. Sinceramente prefiero la versión borgiana de EL LIBRO DE ARENA, cuyo conjunto infinito de páginas convierte en imposible buscar cualquiera de ellas.

Como traca final nos encontramos con una incursión al propio universo literario de Heinlein, concretamente al de Lazarus Long, con cuya astronave y tripulación se encuentran los protagonistas —obviamente conocían la novela— y, tras una serie de encuentros y desencuentros, acaban incorporándose a su clan olvidándose definitivamente de los hombres de negro.

Y colorín colorado, el ladrillo se ha acabado. Confieso que me costó un considerable esfuerzo terminar de leerlo y me sentí liberado cuando lo conseguí. Por cierto, la historia de Lazarus Long la leí hace muchos años y recuerdo que acabé con una impresión similar y sin la menor intención de releerla.

Es posible que a esas alturas Heinlein estuviera de vuelta de todo y que incluso se trate de una tomadura de pelo a los lectores o, según otras opiniones, que ya se encontrara senil puesto que la novela fue escrita en 1979 y él murió en 1988 a los 80 años de edad, aunque durante la década de los años 70 había sufrido serios problemas de salud que en ocasiones estuvieron a punto de acabar con su vida incluyendo trastornos circulatorios severos, lo cual podría haber influido en esta etapa tardía de su producción literaria.

© José Carlos Canalda,
(1.026 palabras) Créditos

Esta novela Heinlein retuerce unos cuantos mitos, para empezar uno antiguo, el número 666 asociado desde la antigüedad con el Diablo, y por otro la Saga de Barsoom, de Edgar Rice Burroughs, aunque esos son los más obvios, porque se despacha a gusto con alguno que otro más.

En el primer caso 666 se convierte en 6^6^6 (no se si es la notación correcta), es decir, seis elevado a seis elevado a seis, que son los universos a los que es posible acceder desde un lugar determinado, y que si no me he vuelto a equivocar calculando (más bien la calculadora de Windows) sale un número de 29 cifras empezando por 10314424798... Es decir, mucho.

Por otro lado, los personajes que pueblan la novela son homenajes directos a los protagonistas de la Saga de Barsoom. Zeb (Zebadiah) John Carter, Deety (Dejah Thoris) Burroughs-Carter o Jacob Burroughs, padre de Deety.

La cosa empieza de forma un tanto alocada. En una fiesta, Zeb y Deety se marcan un tango especialmente ardoroso y alguien les sugiere medio en serio medio en broma que están hechos el uno para el otro y deberían casarse. Al salir de la fiesta tienen que rescatar a Jacob de una vehemente discusión que está teniendo con un colega, y en esto se les une Hilda Corners, una influencer de la época y organizadora de la fiesta. Gracias a una corazonada de Zeb se libran por los pelos de un atentado con una bomba colocada en el coche de los Burroughs, huyendo los cuatro en el Gay Deceiver, el coche modificado de Zeb capaz de volar y otras muchas cosas gracias a la ayuda de... el ejército de Australia y un dispositivo que le acoplará más tarde el profesor Burroughs.

Con el Gay Deceiver huyen a Nevada, famosa por sus bodas express, y celebran un apresurado doble matrimonio, Zeb con Deety y Jacob con Hilda, y a partir de ese momento aventuras alocadas a través de los 10314424798... Universos y más allá.

EL NÚMERO DE LA BESTIA es una novela alocada que funciona como parodia de las viejas novelas pulp de los años 1930, de hecho el estilo es deliberadamente primitivo, aunque he leído por ahí que Heinlein chocheaba cuando la publicó, la referencia de los personajes y otras novelas fantásticas, como EL MAGO DE OZ, o las menciones que hace a revistas como Astounding o Weird Tales, de las más importantes del pulp, debería bastar para entender que Heinlein se estaba divirtiendo, homenajeando la literatura con la que había crecido y se había iniciado en la ciencia-ficción.

En ese sentido se escapa de la producción habitual de Heinlein, el libro es muy pop, está muy imbuido de la filosofía hippy de los años 60 y 70, y resulta bastante provocador, tanto por su falta de respeto por ciertos símbolos y mitos literarios como por la sexualidad que lo salpica. Supongo que a esas alturas (1979) Heinlein ya estaba de vuelta de todo y, como a la protagonista de TOMATES VERDES FRITOS, su seguro se lo pagaba todo y podría permitir escribir lo que le daba la gana sin tener que pensar si aquello iba a ser bien recibido o no.

Naturalmente, tanto homenaje y tanta libertad creativa tiene el problema de que la novela en acaba siendo tosca, y de hecho tiene todos los tics, digamos que poco recomendables, de aquella literatura popular dirigida a un público muy concreto.

Lo que tampoco ayuda es su extensión, casi 600 páginas en la edición de Martínez Roca se pueden llegar a hacer muy, muy largas. Una parodia tiene como función sorprender, meter al lector en un mundo distorsionado con el que arrancarle algunas sonrisas, por lo menos, pero alargarla demasiado sin más fin que la diversión del propio autor, tampoco es lo más recomendable, y así sucede que se va perdiendo el foco, el ritmo decae y al final la narración acaba convertida en una sucesión de estampas sin mucho sentido y menos hilazón que se sigue leyendo un poco por inercia.

De todas formas a mi me ha parecido, la mayor parte del tiempo, bastante divertida, no deja de ser un Heinlein atípico, y controvertido.


Notas

Que como todo lo que se traduce deprisa y mal, no parece ser muy exacto, y desde el griego antiguo en el que se escribió el Apocalipsis de San Juan debería transcribirse como 616, sin embargo, 666 mola más porque en números romanos es DCLXVI, que sería el acrónimo de Domitius Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit, que traducido es: Domicio César mató vilmente a los enviados de Cristo. Gracias a la Wikipedia por el apunte cultureta.

© Armando Parva (776 palabras) Créditos