LA ISLA DEL DRAGÓN
LA ISLA DEL DRAGÓN Jack Williamson
Título original: Dragon´s Island
Año de publicación: 1951
Editorial: Martínez Roca
Colección: Super Ficción (1ª época), nº 95
Traducción: Eduardo Goligorsky
Edición: 1985
Páginas: 189
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Luis del Barrio

Al leer esta novela se me vino a la mente LA ISLA DEL DOCTOR MOUREAU. Las similitudes son varias, aunque cada cual ataca el tema de la creación de nuevas especies de forma muy distinta, desde la soledad y la locura del doctor Moureau humanizando animales en una isla remota, a las investigaciones que el científico Charles Kendrew financiado por un enigmático J. D. Messenger monta, de forma discreta pero no tan aislada, en Nueva Guinea.

Por lo que he leído por ahí ésta novela tiene el honor de ser la primera en la que la ingeniería genética es su principal protagonista. Pero ojo, Williamson se limitó a recoger el concepto y desarrollar una historia que, pese a lo entretenida que es, no es tan rigurosa en términos científicos, por lo que si bien es recomendable como lectura ligera y escapista, la idea de ingeniería genética que usa es muy poco exacta. Incluso hay cuestiones que se escapan a los que es la mera especulación científica, como puede ser la telepatía. Como con tantas otras novelas de la Edad de oro, su desarrollo de la ciencia y la tecnología se ha quedado no ya obsoleta, sino que ronda el mundo de la fantasía.

El título también es engañoso, en la novela no aparece ni un dragón, ni siquiera de Komodo. Hace referencia al parecido que tiene el mapa de la isla de Nueva Guinea, lugar donde se desarrollan los experimentos genéticos, con un dragón con las fauces abiertas. No es una relación que yo hubiera sacado, pero que quede claro que el contenido en nada se relaciona con el título, así que no esperen encontrar extraños híbridos dando sustos a la vuelta de las esquinas.

En ese sentido Williamson tiene los pies más pegados al suelo. Pese a los errores conceptuales y sus imaginativas invenciones abarcan desde plantas a humanos modificados, es decir, que al menos contempla gran parte de lo que ha acabado siendo el principal foco de la aplicación de esta rama; Algodón más resistente que el nylon. Látex mejor que cualquier plástico sintético. Maderas superiores a la caoba y la teca, extraídas de árboles que ningún botánico describió nunca. Lo del Homo Excellens que propone es harina de otro costal. De momento.

Sin embargo, se esconde a la hora de especificar que tecnologías se usan para crear semejantes maravillas, nada de complejo equipamiento de laboratorio con decenas de genetistas dejándose los ojos ante sus microscopios electrónicos, se mencionan, pero no los describen ni entra en muchos detalles. Hay que decir que la novela esta escrita en 1951, cuando la ingeniería genética era solo una posibilidad (como curiosidad, fue el propio Williamson, en ésta novela, quien acuñó el término) de modo que poco había que describir respecto a algo que no dejaba de ser una entelequia.

En lo que si profundiza, más o menos, el autor, es en la ética de las modificaciones genéticas y como se comporta la gente cuando descubre que éstas amenazan su propia seguridad. Es decir, ¿es bueno, o como mínimo deseable jugar a ser dios modificando lo que la naturaleza va creando de forma paulatina? ¿Son esas modificaciones una amenaza real para el resto de las especies naturales, incluido el ser humano? A día de hoy esas cuestiones están más que presentes, la modificación genética natural es una constante en la agricultura y la ganadería, pero los tiempos necesarios con los métodos tradicionales (selección, injertos, fertilizaciones cruzadas) daban opción a descartar los productos no deseados. Pero la rapidez con la que la ingeniería genética pone a disposición sus productos, hace la liberación de éstos puedan tener consecuencias imprevisibles... aunque algunas objeciones no dejan de ser paradójicas, si los Mosantos de turno venden a los agricultores semillas mejoradas, pero estériles, para que éstos estén atados a ellos como un yonki a su camello ¿cómo pueden entonces esas plantas multiplicarse locamente destruyendo el medio ambiente?

© Luis del Barrio (651 palabras) Créditos