HÉROES DE CIENCIA FICCIÓN
por José Carlos Canalda

Como creo recordar que ya he comentado en más de una ocasión, el género de la ciencia-ficción surgió a partir de varias fuentes distintas, dos de las cuales podemos considerar como principales. La primera, haciendo abstracción de presuntos precedentes más o menos remotos, fue la protociencia-ficción del siglo XIX y los primeros años del XX, mal conocida hasta hace relativamente poco. Quienes la cultivaron fueron por lo general escritores de lo que se acostumbra a denominar la literatura general, los cuales por lo general realizaron incursiones esporádicas en unas temáticas que ni constituían entonces un género literario propio, ni los propios autores lo consideraban como tal. Posiblemente el primer escritor de ciencia-ficción propiamente dicho procedente de esta corriente culta fue H. G. Wells, y una vez consolidado el género podemos seguir su rastro en autores como Ray Bradbury, por poner uno de los ejemplos más conocidos.

Sin embargo, la corriente más caudalosa, que a la larga acabaría amalgamándose con la anterior, fue la procedente del pulp americano, no en vano se considera a Hugo Gernsback como al padre, o a uno de los padres, de la ciencia-ficción. Aunque en Europa no existía el pulp sí se contaba con la larga tradición del folletín, por lo que el pulp fue asimilado de forma natural. Esta corriente plebeya surgió hacia la década de 1910, de forma independiente a la culta, del tronco de la literatura popular y, más concretamente, de la de aventuras, muy prolífica entonces sobre todo en géneros como el del oeste, el policíaco, el de capa y espada o el de aventuras en países exóticos.

Como es sabido, con anterioridad a la revolución de John Campbell la ciencia-ficción pulp era básicamente una narración de aventuras con todas las virtudes y todos los defectos de este tipo de literatura popular, variando apenas los escenarios al limitarse a trasladar los ambientes exóticos de lugares todavía poco conocidos, o del Oeste americano, a un espacio de opereta que no tenía de éste más que el nombre, a los malayos, los indios o los aborígenes africanos por marcianos, venusianos o mongonianos, a los revólveres y los rifles de repetición por pistolas desintegradoras y a los caballos o los galeones por astronaves. Estamos hablando, en definitiva, de la primigenia space-opera que aún hoy resulta atractiva por su fresca ingenuidad.

Flash Gordon

Esta ciencia-ficción, cuyos exponentes más conocidos son las novelas marcianas y venusianas de Edgar Rice Burroughs —padre también de Tarzán — o los cómics de Buck Rogers, Flash Gordon y Superman, compartía con sus hermanos de cuna aventurera toda una serie de tópicos, uno de los principales era el esquematismo de los personajes, cada uno de los cuales adoptaba un rol muy definido cuando no decididamente berroqueño: los alienígenas perversos, el pérfido villano, la chica indefensa —y escultural, dicho sea de paso—, el científico genial o loco, según las circunstancias, el abnegado compañero del héroe, al que servía de contrapunto... y por supuesto el héroe de una pieza y sin fisuras, que aunque en ocasiones aglutinaba todo un interminable e inverosímil compendio de virtudes como era el caso de Doc Savage, por lo general se solía limitar a los comportamientos más primarios, pero no por ello menos efectistas, de quien hoy consideraríamos un macho alfa.

Es preciso tener en cuenta que la mentalidad de la época, hace un siglo año más o menos, era bastante distinta de la actual y no sólo en España, por lo que estos machomanes que tanto nos chirrían eran aceptados entonces sin mayores reticencias; y no es de extrañar que en vísperas del auge del nazismo y del fascismo, con su culto desaforado al líder, junto con el machismo socialmente aceptado entonces, estos personajes pasados de rosca no sólo no estuvieran mal vistos sino que incluso alcanzaran una notable popularidad.

Con el tiempo las cosas fueron cambiando en la ciencia-ficción literaria, que evolucionó hacia planteamientos más complejos, quedando relegados estos héroes de una pieza a lo que los norteamericanos denominaban novelas juveniles, como fue el caso del pecadillo del mismísimo Asimov con la serie de Lucky Starr que, eso sí, firmó prudentemente con seudónimo.

ALIEN, RESURRECCIÓN
ALIEN, RESURRECCIÓN

Por el contrario el cine de ciencia-ficción, siempre a la zaga de su hermana mayor, siguió explotando el filón hasta fechas muy recientes, repitiéndose este rol en todos o casi todos los anónimos protagonistas de las películas de serie B así como en personajes, muchos de ellos recientes, como Han Solo / Indiana Jones, Richard B. Riddick, la teniente Ripley —cambió el sexo, pero no el arquetipo—, Neo, Terminator, Robocop o muchos de los papeles encarnados por Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone o Jean-Claude Van Damme... sin contar con la pléyade de héroes tomados de los cómics como Flash Gordon, Conan o los innumerables y estomagantes superhéroes. Y esto sólo en la ciencia-ficción, porque en otros géneros cinematográficos los héroes de esta calaña fueron legión.

En España, dada la situación de aislamiento en la que estuvo sumido nuestro país tras la Guerra Civil, la influencia exterior en nuestra ciencia-ficción se retrasó durante varias décadas, por lo que en las colecciones que empezaron a surgir hacia mediados de siglo los autores recurrieron a lo que conocían, tanto de origen español como las anticuadas novelas de José de Elola, como extranjero, básicamente los pulps llegados a España con anterioridad a 1936, ya que la ciencia-ficción que se escribía entonces en los Estados Unidos, la de la Edad de Oro, no llegaba a nuestro país o lo hacía con cuentagotas a través de ediciones argentinas, por lo que no estaba al alcance de todo el mundo.

Sí disponían de una vía de información contemporánea, el cine, que más o menos masacrado por la censura llegaba con regularidad a las pantallas de nuestro país y era extremadamente popular a través de las baratas sesiones continuas tan habituales entonces. Yo estoy convencido de que el cine norteamericano, tanto el de ciencia-ficción como el de otros géneros, supuso una fuente de inspiración fundamental para estos escritores, tal como se aprecia analizando con detalle muchas de sus novelas.

La suma de estas circunstancias, fuentes literarias anticuadas y fuentes cinematográficas —básicamente las películas de serie B— poco sofisticadas, junto con el cerrojazo conservador y moralista impuesto por el régimen franquista, creó un caldo de cultivo sumamente favorable al arquetipo del héroe tal como ha sido definido, siempre y cuando, claro está, éste se comportara conforme a los pacatos dictados del Movimiento Nacional.

Sin embargo la realidad fue otra, y no porque no se intentara sino porque la forma en la que evolucionó la ciencia-ficción popular española condujo por otros derroteros. Por razones que desconozco el modelo mayoritario al que recurrieron las editoriales fue el de los bolsilibros, ya que los cómics de ciencia-ficción, aunque existieron, siempre fueron minoritarios y en la mayor parte de los casos efímeros, por lo que ninguno de ellos cuajó lo suficiente como para llegar a convertirse en un referente como sí ocurrió con otros ajenos al género como El Capitán Trueno, El Jabato, El Guerrero del Antifaz o Roberto Alcázar, todos los cuales asumían sobradamente, cada uno a su manera, el arquetipo que estamos considerando.

En el campo de los bolsilibros las circunstancias fueron distintas, pero los resultados acabaron siendo similares. Aunque existieron colecciones longevas, y algunas incluso muy longevas, en éstas primaban los episodios autoconclusivos o, como mucho, las series cortas, lo que dificultaba la citada consolidación de los personajes. Y la televisión, por último, llegó demasiado tarde; las emisiones de Televisión Española comenzaron en 1956, pero su cobertura no se generalizó hasta finales de la década de 1960 y se nutrió, salvo contadas excepciones, de series y películas norteamericanas.

Diego Valor
Diego Valor

En consecuencia, la ciencia-ficción española creó muy pocos héroes nacionales. No obstante haberlos haylos, aunque no sean ni numerosos ni demasiado conocidos. El precursor patrio fue posiblemente Diego Valor, muy popular en su época, que contó con un programa radiofónico propio (1953-1958) y una adaptación al cómic (1954-1958). Incluso, según la Wikipedia, llegó a tener varias adaptaciones para teatro y hasta una serie de televisión de 22 episodios, emitidos entre 1957 y 1958, que he sido incapaz de localizar. Resulta llamativo que no diera el salto a los bolsilibros, y en cualquier caso fue una excepción hasta el punto de que hoy es conocido tan sólo por los estudiosos, permaneciendo olvidado para la mayor parte de los aficionados.

Volviendo a los bolsilibros, nos encontramos con tan sólo dos series lo suficientemente largas para poder engendrar héroes, la Saga de los Aznar y el Orden Estelar, pero debemos descartar la segunda puesto que Ángel Torres la pergeñó a escondidas de la editorial Bruguera ya que ésta no quería series, por lo que no pudo esbozar a sus personajes más allá de unos pocos episodios. Además el autor gaditano pertenecía a una generación literaria posterior, ya más formada, y escribía en una España más moderna, por lo que estaba libre de los corsés de sus colegas más veteranos.

Caso muy distinto es el de la Saga de los Aznar, con treinta y tres novelas publicadas entre 1953 y 1958 en Luchadores del Espacio y posteriormente reeditadas, salvo dos de ellas, dos décadas más tarde, junto con otras veinticuatro nuevas. Casi sesenta títulos son muchos títulos, pero la fórmula utilizada por Pascual Enguídanos de describir el futuro de la humanidad a través de una familia cuyos miembros se van sucediendo unos a otros tampoco era la más adecuada para crear a un héroe, ya que por definición éste es siempre él, sin que los años —reales o los de su propia cronología— mellen su inmarcesibilidad e incluso su inmortalidad. En la Saga, por el contrario, sus protagonistas envejecen y mueren siendo reemplazados por nuevos miembros de la familia. Y si bien Enguídanos lo intentó con un par de sus personajes, Miguel Ángel Aznar de Soto, el fundador de la dinastía, y su descendiente directo Miguel Ángel Aznar Aznar, acabó matando a ambos mientras el resto de los Aznares que aparecen a lo largo de la Saga no llegan a cumplir ni de lejos estos requisitos.

Poco más hay que se pueda rastrear en el ámbito de los bolsilibros de ciencia-ficción. Alfonso Arizmendi, que firmó sus novelas como Alf. Regaldie, escribió dos series cortas en la colección Luchadores del Espacio. Ambas, con cinco y cuatro entregas respectivamente, tienen por protagonistas a unos personajes —intercambiables entre sí— tan chulescos, matones y machistas que resultan repelentes incluso para los parámetros de su época; lo cual, teniendo en cuenta que Arizmendi combatió en el bando republicano durante la Guerra Civil, lo que le costó siete años de cárcel en las prisiones franquistas, no cuadra demasiado con la mentalidad cavernícola de sus personajes, a no ser que se viera obligado, como parece probable, a recurrir a los tópicos al gusto del nuevo régimen para sobrevivir.

EL HOMBRE ROJO DE TACOM
EL HOMBRE ROJO DE TACOM

Ramón Brotons, firmando como Walter Carrigan, publicó también en Luchadores del Espacio la serie del Kipsedón, de cuatro entregas, una magnífica historia de aroma pulp en la que se da la originalidad de que el héroe no es terrestre, sino originario de otro planeta llegado al Sistema Solar a bordo de una fantástica nave, el Kipsedón, con la que se tendrá que enfrentar no sólo a las potencias terrestres de la época, soviéticos y norteamericanos, sino también a la amenaza de una raza extraterrestre enemiga secular de los tripulantes del Kipsedón. Aunque la serie es de lo mejor que se publicó en las colecciones de bolsilibros, su falta de continuidad impidió la consolidación de este héroe extraterrestre.

© José Carlos Canalda (1.933 palabras) Créditos