Cuadernos de ciencia-ficción, 8
AZORIN, EL FIN DE UN MUNDO
por Alfonso Merelo

El autor

José Martínez Ruiz, Azorín
José Martínez Ruiz, Azorín

José Martínez Ruiz nació en Monóvar, provincia de Alicante, en 1873 y falleció en Madrid en 1967. Es hijo de un abogado, y político de tendencia conservadora, y una terrateniente alicantina, siendo el mayor de una amplia familia de nueve hermanos.

Desde muy pequeño demuestra una afición intensa por la lectura. Estudia en un internado de los Padres Escolapios en Yecla durante ocho años. Este internado no le reporta muy buenas experiencias como reflejará en su libro MEMORIAS INMEMORIALES. Posteriormente estudia Derecho en la Universidad de Valencia, en la que asiste muy asiduamente a tertulias literarias y políticas. Sus intereses se decantan por las ideas krausistas y anarquistas. Comienza publicando artículos periodísticos en diversos diarios nacionales como El País, El Progreso, El Globo, EI Imparcial, España o el ABC. Comienza a utilizar el seudónimo de Azorín en 1904 a partir de su libro ANTONIO AZORÍN, utilizando el nombre del protagonista de su novela. Participó en el llamado Grupo de los Tres junto a Ramiro de Maeztu y a Pio Baroja que publicaron un manifiesto de protesta por el desastre del 98.

En 1907 es elegido diputado por el Partido Conservador, abandonando sus veleidades revolucionarias de juventud. Fue diputado en cinco legislaturas y fue nombrado Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública.

EL FIN DE UN MUNDO

Azorín escribe un gran relato de ciencia-ficción titulado EL FIN DE UN MUNDO, O LA MEDITACIÓN DEL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA. Es publicado por el periódico El País el 7 de febrero de 1897. Se trata de un corto relato en el que un hombre, el último hombre sobre La Tierra, reflexiona acerca de lo que ha sido y será a partir de ahora.

Azorín adopta una postura prácticamente solipsista en ese dialogo interior del personaje protagonista. Se encuentra sólo, desengañado y al borde de la muerte. En su mente repasa todos los logros de la humanidad y ahí es donde Azorín se permite desplegar toda su imaginación para narrar lo que la humanidad fue desde nuestro presente hasta ese lejanísimo futuro que parece tan lejano como el descrito por Wells en LA MÁQUINA DEL TIEMPO. Las coincidencias son notables al concurrir ese último hombre con el viajero de Wells en un mundo tan alejado del presente que resulta prácticamente irreconocible.

Para llegar a ese futuro los seres humanos progresaron en el terreno tecnológico hasta unos niveles increíbles. Se consiguió, con el trascurso del tiempo, dominar totalmente la naturaleza. La humanidad de este relato roza casi la divinidad. La sociedad evolucionó tan magníficamente que se abandonó totalmente el odio, las rencillas, las peleas, la ambición, la crueldad. Los hombres vivían para el arte, para la contemplación, para la belleza. La vida era simple: sin derechos porque no había deberes, no había belleza porque no había fealdad y no había éxtasis porque tampoco había dolor. Pese a que Azorín pinta un paraíso, una utopía futura, ese mismo haber alcanzado la plenitud conlleva la cruel penitencia del hastío, del aburrimiento y de la falta de estímulos para seguir viviendo. Los dioses humanos se cansas y deciden comenzar a desaparecer. ¿Para qué vivir si todo lo saben, todo lo controlan y dominan?

Azorín crea un universo similar al paraíso original cristiano; Adan y Eva lo poseen todo y esa plenitud, ese aburrimiento, es lo que les hace pecar para ver que se oculta en el árbol de la ciencia. En el caso de esta humanidad su pecado es el mismo aburrimiento que les hace desear no existir más, y como pueden hacerlo lo cumplen.

Ese último hombre del relato piensa en que cuando el desaparezca, desaparecerá por completo en universo ya que nadie podrá pensarlo. Es una filosofía solipsista, como ya dije, que lleva al autor a pensar que fuera de él no existe nada. Y realmente esa así, al menos para el no creyente en paraísos y en vidas futuras. La muerte no sólo conlleva al desaparición de la persona sino el universo entero que era visualizado y percibido por ella. Para el difunto ya nada es, aunque para los demás lo siga siendo.

Un extraordinario relato de ciencia-ficción reflexiva, filosófica y sociológica a la vez, que debió de suponer un gran shock para los lectores de la época.

© Alfonso Merelo (701 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Desde Tartessos el 7 de noviembre de 2016