TRILOGÍA DE EDÉN
Harry Harrison
AL OESTE DEL EDÉN INVIERNO EN EDÉN REGRESO A EDÉN
Título original: West of Eden Winter in Eden Return to Eden
Publicación Original: 1984 1986 1988
Editorial: Destino
Colección: Cronos nº 3 Cronos nº 7 Cronos nº 12
Traducción: Domingo Santos
Edición: 1988 1989 1990
Páginas: 576 473 422
ISBN:
Comentarios de: José Carlos Canalda

Si se me pidiera hacer una lista con los escritores de ciencia-ficción que me gustan, incluiría en ella sin dudarlo a Harry Harrison, ya que el conocido autor de BILL, HÉROE GALÁCTICO, LA RATA DE ACERO INOXIDABLE, EL MUNDO DE LA MUERTE, ¡HAGAN SITIO! ¡HAGAN SITIO! me ha hecho pasar muy buenos ratos leyéndole. De hecho, es uno de los pocos autores de los que me fío lo suficiente para comprar a ciegas un libro suyo sin albergar el temor de que acabe lamentándome de haberlo hecho.

Así pues, no dudé en comprar por Internet la trilogía de Edén, formada por los libros AL OESTE DEL EDÉN (1984) —aparentemente una paráfrasis de la célebre novela de John Steinbeck AL ESTE DEL EDÉN, más conocida por su versión cinematográfica—, INVIERNO EN EDÉN (1986) y REGRESO A EDÉN (1988). Unas novelas no demasiado populares en España, algo que no es de extrañar puesto que muchas de sus obras ni siquiera han sido traducidas, mientras éstas fueron publicadas en la poco conocida colección Cronos de la editorial Destino.

Edén —llamémosle así para abreviar— es una ucronía que parte de un planteamiento ciertamente original: la inexistencia de la catástrofe que provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. Gracias a ello estos animales han perdurado hasta nuestros días e incluso uno de ellos, los yilanè, han evolucionado hasta convertirse en el Dino sapiens dominante en el planeta.

La idea es interesante y permite explayarse al autor desarrollando toda una sociedad alienígena —aunque tan terrestre como la nuestra— que sirve de contrapunto a la humana, con sus coincidencias, sus discrepancias y sus peleas. Y no sólo en lo sociológico y lo cultural, sino también en lo tecnológico puesto que los yilanè, que ni siquiera conocen el fuego, han logrado dominar hasta tal punto la biología y la genética que lo que nosotros resolvemos con herramientas ellos lo hacen con animales y plantas genéticamente modificados hasta extremos tan sofisticados que sus ciudades son realmente vivas, ya que en vez de cortar un árbol para hacer un mueble con su madera, consiguen que este árbol se convierta en mueble y siga siendo un ser vivo.

He dicho ellos cuando en realidad debería decir ellas, ya que la sociedad yilanè es un matriarcado estricto; pero de ello hablaré más adelante.

Hasta aquí todo es perfecto, incluyendo el esfuerzo que realizó Harry Harrison para recrear el idioma de los yilanè basado no sólo en su parte oral, sino también en un complejo lenguaje gestual e incluso cromático, ya que estos dinosaurios evolucionados —también retomaré este tema en su momento— tienen la capacidad de cambiar el color de su piel a voluntad tal como hacen los camaleones.

A ello hay que sumar que la narración es dinámica y sigue la senda de las buenas novelas de aventuras, así como que los personajes están bien perfilados resultando creíbles en su personalidad.

Pero...

Resumiendo, la trilogía, como obra literaria, es buena; la sociedad alienígena —o dinosáurica— es original, y se nota claramente el esfuerzo realizado por su autor lejos de esas obras de compromiso escritas únicamente para hacer caja. Así pues, ¿dónde está el problema? Porque, ya lo anticipo, no todo el monte es orégano.

Y, lo reconozco antes de seguir adelante, la parte que no me gustó lo fue a causa de mi concepto particular de lo que es y no es ciencia-ficción, por supuesto subjetivo y condicionado por mi formación científica. Dicho con otras palabras, para mí la trilogía de Edén no es ciencia-ficción en sentido estricto sino una buena historia de fantasía, algo con lo que sin duda más de uno no estará de acuerdo. Así pues, y sin la menor pretensión de convencer a nadie, voy a explicar por qué me lo parece así.

Para mí la esencia de la ciencia-ficción reside en su propio nombre, pero no en el término español, una errónea y desafortunada traducción del original inglés science fiction, sino en su equivalente real de ficción científica. Es decir, en la conjunción de una historia inventada con un marco científico. Puesto que es mucho lo que se ha discutido y se seguirá discutiendo sobre la definición del género no voy a insistir en el asunto, salvo en lo relativo a mi interpretación particular por ser ésta necesaria para la explicación posterior.

En resumen, lo que para mí diferencia a la ciencia-ficción de géneros hermanos como la fantasía o el terror es precisamente el elemento científico ausente en éstos. Resulta evidente que habiendo por medio magia, fantasmas o zombies no se puede hablar de ciencia-ficción, lo que quiere decir que considere inferiores a estos dos géneros con los que también soy capaz de disfrutar, siempre y cuando —y esto es general— cuenten con la suficiente calidad.

He de advertir que en este contexto aplico el adjetivo científico como equivalente a verosímil; mientras una novela en la que aparezcan hadas, magos o espíritus, por excelente que sea, es evidente que no resulta verosímil, a la ciencia-ficción, o a lo que yo entiendo por ciencia-ficción, le exijo que lo sea. Y si se me apura, puedo cambiar verosímil por coherente. Por supuesto, esta verosimilitud o coherencia no tiene que ser necesariamente científica en el sentido literal de la palabra, tal como lo entienden esos autores de ciencia-ficción dura que, en su obsesión por respetar los conocimientos científicos actuales —recalco lo de actuales—, matan literalmente a la imaginación pergeñando ladrillos que tienen más de tratados científicos mejor o peor novelados, que de auténticas obras especulativas.

Voy a poner algunos ejemplos. 1984 o MERCADERES DEL ESPACIO no tienen nada de ciencia, pero son ciencia-ficción puesto que hacen una especulación sociológica del futuro de la humanidad. Las buenas novelas de space-ópera como la serie de Fundación parten de postulados incapaces de explicar por la ciencia actual tales como los viajes interestelares, pero nada impide pensar que esto pueda ser posible en un futuro más o menos lejano, del mismo modo que nuestra tecnología actual sería impensable para un científico de hace tan sólo un siglo. Incluso los viajes por el tiempo, algo que por pura lógica se antoja imposible sin más que analizar las situaciones metafísicamente absurdas a las que conducen las paradojas temporales, pueden dar mucho juego si se abordan con la suficiente habilidad, algo que no siempre ocurre.

Pese a todo, la ciencia-ficción tal como la interpreto sigue teniendo sus límites. Para mí el principal y el más insalvable es el ya expuesto de la verosimilitud. Yo no puedo aceptar a estas alturas —incluso cuando fueron escritas algunas conocidas obras convertidas en clásicos— que se me plantee un Marte moribundo habitado por una antiquísima raza condenada a la extinción, que unos extraterrestres cuyo metabolismo está basado en el silicio muestren apetencia por la carne —precisamente— humana o que una guerra nuclear haya provocado la aparición de toda una pléyade de mutantes a cada cual más variopinto, no porque esto atente contra la ciencia sino porque atenta contra la pura lógica.

Hecha esta aclaración, corresponde explicar qué es lo que me ha chirriado en la trilogía de Harrison, que no ha sido poco.

En primer lugar, la incoherencia que supone plantear, en un mundo que sigue dominado por los dinosaurios, la coexistencia con ellos no sólo de mamíferos, sino incluso de humanos. Voy a matizarlo. En realidad los mamíferos sí coexistieron con los dinosaurios e incluso son más antiguos que éstos, puesto que sus ancestros surgieron en el Pérmico, el último período de la Era Primaria, mientras los dinosaurios datan del Triásico, el primer período de la Era Secundaria. Lo que sí es cierto es que durante 135 millones de años los dinosaurios fueron los animales dominantes relegando a los primitivos mamíferos a un plano muy secundario, y sólo tras la extinción de éstos pudo tener lugar la expansión de los mamíferos que ha llegado hasta nuestros días, humanos incluidos.

Evidentemente no resulta posible saber lo que habría ocurrido de no haber tenido lugar la gran extinción de finales del Cretácico, pero si aplicamos el criterio del continuismo —al fin y al cabo lo que sucedió durante 135 millones de años podría haberse prolongado durante otros 65 millones más—, cabe suponer que en una Tierra dominada por los dinosaurios —o por los descendientes de éstos, conviene recordar que como cualquier especie también evolucionaban— los mamíferos siguieran estando marginados. Esto sin olvidar que en sentido estricto los dinosaurios no se extinguieron por completo, puesto que las aves descienden directamente de ellos.

Así pues los mamíferos previsibles en el mundo imaginado por Harrison serían escasos, posiblemente menos evolucionados y con toda probabilidad diferentes de los actuales, ya que la evolución depende de las condiciones ambientales y éstas resultarían muy distintas con los dinosaurios de por medio, por lo que no resulta verosímil encontrarnos con una extraña mezcolanza de mamíferos actuales —ciervos, osos ¡e incluso humanos! — con otros extintos, pero recientes en comparación con los dinosaurios como mastodontes, tigres dientes de sable o megaloceros.

Por si fuera poco, y a excepción de los animales manipulados genéticamente por los yilanè, algunos de los cuales todo hay que decirlo resultan pasados de rosca, y de los propios yilanè, la fauna dinosauria que aparece en la novela es en su mayor parte la misma cuyos familiares esqueletos podemos contemplar en los museos de paleontología. Resulta asimismo difícil de creer que los dinosaurios, que tampoco coexistieron puesto que evolucionaron a lo largo de toda la Era Secundaria, no cambiaran en los 65 millones de años que el autor les concede de prórroga, máxime cuando ya he comentado que las aves actuales descienden directamente de ellos, o mejor dicho de un tipo determinado de dinosaurios, y no se puede decir que se parezcan demasiado al archaeopteryx, el más conocido de sus ancestros.

Tampoco resulta demasiado creíble la fisiología de los yilanè, ya que no se nos presentan como el resultado de una evolución lógica de los dinosaurios sino como un extraño batiburrillo zoologico donde se entremezclan la capacidad de cambiar de color del camaleón —no existe constancia de que los dinosaurios la tuvieran, más bien se tiende a pensar que al menos parte de ellos desarrollaron plumas— o un método reproductivo del cual sólo encuentro un remoto parecido en algunos anfibios.

Lo explicaré más en detalle, porque la cosa tiene su miga. Aparte de su capacidad camaleonesca, resulta verdaderamente sorprendente el ciclo reproductor de estos seres, original sin duda pero ajeno por completo a la realidad. Pese a ser los yilanè tan terrestres como la totalidad de los dinosaurios —tanto los ictiosaurios y los plesiosaurios, acuáticos, como los pterodáctilos voladores no eran dinosaurios, aunque todos ellos aparecen también como artistas invitados—, sus huevos eclosionan en el agua y las larvas pasan por un primer período acuático, a modo de renacuajos, antes de salir a tierra para convertirse en adultos, algo que no hacen ni siquiera los reptiles actuales más adaptados a la vida acuática como los cocodrilos o las tortugas marinas. Los dinosaurios, por el contrario, tenían unos hábitos similares a los de las aves y ponían sus huevos en nidos, terrestres por supuesto.

Para darle más dramatismo, supongo, porque no existe la menor justificación biológica ni en animales extintos ni en los actuales, Harrison se inventa un matriarcado en el que no sólo son las hembras las que llevan la voz cantante, sino que reduce a los machos a un estado muy similar al de los zánganos de las abejas, útiles tan sólo para la reproducción y encerrados durante toda su vida en unos harenes masculinos. Y no acaba aquí a cosa. Tras la fecundación las hembras transfieren los huevos a los machos para que éstos los incuben en el interior de su cuerpo en una especie de bolsa marsupial, algo que no hace ningún reptil. Los casos más parecidos que conozco, en anfibios, son el del sapo partero macho, que los transporta colgados en sus patas traseras, y el de la hembra del sapo de Surinam, que los coloca en unos pliegues de la piel de su espalda sin llegar a introducirlos en el interior de su cuerpo. La faena se remata con un difícil parto en la orilla del agua —recordemos que las larvas recién nacidas son de vida acuática— que en muchas ocasiones acaba con la vida de los sufridos y muchas veces esforzados padres. Original sí que es, no lo discuto, pero de científico no tiene absolutamente nada.

Remata el dislate la trasnochada consideración de los dinosaurios, incluidos los yilanè, como animales de sangre fría, conforme a los criterios de la zoología antigua que los consideraba reptiles y, como tales, incapaces de regular su temperatura corporal. Aparte de que es cuestionable que fueran en realidad reptiles ya que, aunque derivaron de ellos, desarrollaron estructuras morfológicas muy diferentes, la opinión más generalizada entre los paleontólogos es que eran de sangre caliente o, cuanto menos, disponían de algún sistema de regulación de la temperatura corporal aunque éste no estuviera tan perfeccionado como el de los mamíferos y las aves. Y por pura lógica no cabe imaginar a animales del tamaño del brontosaurio o el tiranosaurio dependiendo del calor ambiental para poder moverse aun asumiendo que vivieran en climas más cálidos que el actual, pese a que resulta difícil admitir que durante sus 135 millones de años de existencia no padecieran ciclos climáticos adversos.

Todavía resulta menos creíble que los yilanè, con una capacidad intelectual similar o superior a la humana, sean capaces de mantener el metabolismo cerebral con las grandes limitaciones que supone la carencia de homeotermia; se entiende que un cocodrilo o una anaconda se las apañen sin problemas, pero un dinosaurio inteligente... a no ser que asumamos la conocida frase de se non è vero, è ben trovato.

Dejemos en paz a los baqueteados yilanè para enfrentarnos con otra bola todavía más difícil de tragar, la de los humanos que, como es de suponer, aparecen como los buenos de la película. Agárrense a la silla: Harry Harrison nos describe unas tribus de humanos prehistóricos —paleolíticos, para mayor precisión, aunque también aparece alguna que ha logrado dar el salto al neolítico— por supuesto de raza blanca y pelo rubio, y por supuesto también en Norteamérica... único lugar del mundo donde existen, ya que el resto de los continentes está dominado por los dinosaurios excepto aquellas regiones septentrionales en las que el frío supone una barrera eficaz que impide la llegada de los dinosaurios. Bueno, en realidad sí existe otra raza humana que vive en las zonas polares de forma parecida a la de los esquimales, sólo que sin necesidad de protegerse del frío con ropa ya que tienen tanto pelo como un mono y, a modo de propina, una hermosa cola. Si Darwin levantara la cabeza, seguro que se volvía a su tumba escandalizado.

Analicemos lo que acabo de exponer. En el mundo de Edén no existe nada parecido a los primates, tan sólo el Homo sapiens y tan sólo en Norteamérica. Con independencia del inevitable —y cargante— ombliguismo anglosajón, que tenemos que dar por descontado, se supone que cualquiera que haya ido al colegio debería saber que la especie humana —de hecho los homínidos— surgió en África y desde allí irradió a casi todo el planeta, primero a Europa y Asia y ya en una época más tardía entró en América por el estrecho de Bering, concretamente la rama que siempre se ha conocido como, corrección política mediante, raza cobriza.

Los blancos —perdón, caucasianos, no me vaya a tirar de las orejas o a hacer algo peor el inquisidor de guardia— no aparecieron por allí, o al menos no se asentaron en América —los viajes de los vikingos, si llegaron a existir, no tuvieron la menor relevancia— hasta que llegó Colón. Así pues, encontrarnos a unos humanos perfectamente blancos y perfectamente paleolíticos en pleno corazón de lo que debería ser los Estados Unidos, como los únicos o casi los únicos representantes —los esquimales peludos y rabudos cuentan poco— de la especie humana no es que sea un disparate, es que no hay por donde cogerlo. Vamos, que me recuerda a Raquel Welch, despampanante en su bikini de piel, peleándose con los dinosaurios en Hace un millón de años.

Y si la antropología física —en realidad biológica— chirría como si le estuvieran arrancando los intestinos en vivo, no ocurre menos con la social, porque Harry Harrison hace un pastiche entre el mito del buen salvaje que tanto daño ha causado desde que Rousseau tuviera la mala idea de promoverlo, y la idealización de las tribus indígenas a las que la sociedad norteamericana, después de haberlas masacrado sin el menor escrúpulo, pretende ahora desagraviar aunque sea de una manera tan simbólica como vacía. Aunque en realidad se sabe muy poco de los hábitos sociales de las tribus paleolíticas reales, Harrison no se corta un pelo a la hora de hacer el refrito describiendo —más bien inventándose— la vida de unos hombres primitivos racialmente europeos pero con los mismos hábitos sociales —incluido el nomadismo— de los indios norteamericanos. Ahí es nada.

A estas alturas escandalizará poco que añada que estas tribus han logrado domesticar ¡a los mastodontes! que utilizan como animales de tiro y carga. Haciendo abstracción del pequeño detalle de que los mastodontes se extinguieron hace ocho o diez mil años, y aun asumiendo que la trilogía no se desarrolle en la época actual sino, según algunos leves indicios, al inicio de una glaciación — ¿cuál de ellas?—, lo cierto es que aunque los humanos sí llegaron a coexistir con los mastodontes y sus parientes los mamuts, lo único que hicieron fue cazarlos para comérselos. El único animal que llegó a ser domesticado en el paleolítico fue el perro, que por cierto aquí brilla por su ausencia, ya que el ganado o los caballos no lo fueron hasta el neolítico. Y en Norteamérica todavía menos, ya que los caballos y el ganado fueron introducidos por los españoles, por lo que la imagen de una horda de jinetes apaches atacando a una diligencia tan común en las películas del oeste habría sido imposible tan sólo trescientos años antes. Así pues, como para domesticar mastodontes...

En resumen, que ya me he extendido bastante: si quieren pasar un buen rato —bueno, tres buenos ratos— leyendo aventuras seudoprehistóricas sin mayores pretensiones, les recomiendo que lean la trilogía. Si, por el contrario, les rechinan los dientes cada vez que intenten hacerles comulgar con ruedas de molino en el ámbito científico —a nivel de bachiller, tampoco hay que ponerse exigentes— o en el histórico y cultural, más vale que vayan convenientemente advertidos.

En cualquier caso, como dice el refrán, sobre gustos no hay nada escrito.

© José Carlos Canalda, (3.118 palabras) Créditos