El mundo del río, 5
DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO
DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO Philip José Farmer
Título original: Gods of Riverworld
Año de publicación: 1983
Editorial: Ultramar
Colección: Ciencia Ficción nº 11
Traducción: Domingo Santos
Edición: 1984
Páginas: 330
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Antonio Santos

¡Terminado! Philip José Farmer concluye con este libro la influyente saga de los grandes nombres, o los más anónimos y modestos, que fueron resucitados a la orilla de un largo-largo y retorcido río. La ingente masa revivida procede de antes de las cavernas hasta finales del siglo XX. Habitan aquí con ligeras estrecheces, y rozan sin parar sus diferencias, que liman con guerras tribales. Mas todos deben resolver por qué fueron resucitados. Con qué objeto real. Porque les han hablado de una finalidad, pero se resisten a creerla en su más íntimo fuero. La desconfianza es innata del Hombre. Procede de arcaicos instintos, de cuando éramos fieras más básicas. Intuiciones muy fiables. Reveladoras.

En estas novelas, Farmer hace constar, mediante los distintos participantes del extenso relato, que la Humanidad, por fin liberada de ciertas penurias y atavismos sociales y morales constrictores, degradantes, causa de enfermedades y epidemias, prefiere hacer la guerra antes que entregarse a un placentero y bien abonado ocio como el que brinda el Mundo del Río.

Pero esta licencia no quiere que la Humanidad se entregue a perezas e indulgencias carnales diversas. Debe emplear el tiempo que les consumía en tareas agotadoras y que acortaban mucho-mucho la vida en sanear su carácter y purificar su alma. La estancia de los renacidos en el Mundo del Río es limitada. Deben evolucionar hacia una última y definitiva meta: la absoluta integración con Dios. Para eso regresaron a la existencia. Es la única exigencia que les imponen sus bienhechores.

Al protagonista por excelencia, sir Richard Francis Burton, el dinámico y audaz aventurero, espadachín, lingüista, etc., le subleva tal propósito. Individualista de carácter, abomina perder su albedrío para, a cambio, ganar esa difusa meta moral con estructura de mentalidad de colmena.

Farmer escogió un elenco protagónico compuesto, en esencia, por individualistas. Los héroes que cita, como todos los que podamos señalar, ora la realidad, ora la ficción, son individualistas natos que pueden combatir por el bien y la justicia, pero a su manera, siempre, y fuera del marco legal por el común acatado.

El héroe es un anarquista bien intencionado. Admite que las leyes son indispensables; para nosotros, no para él. Apenas vislumbre algo torcido, lo endereza saltándote todo reglamento (que subyuga al resto). Reposa entonces, pero siempre vigilante. Semeja un tácito acuerdo que el héroe llegó con la Ley, el Reverso Tenebroso de la Justicia: no te perjudico y aconsejo serte obedecida, pero cuando algo se desmande, la única norma que acataré es la mía. Y, a modo, el pacto se respeta.

Una de las claves como al norteamericano le gusta describirse es como individualista. Y Farmer, socarrón estadounidense, parece que cumplió la consigna. Eligió héroes que solían encarar el mundo a su manera, ¿reflejo de su sentir nacional?

Debemos considerarlo. Pues la meta que describe en estas novelas, ni él la cree. De sutil modo, se mofa de ella; la desdeña. Los Éticos, los desconocidos benefactores del Polo Norte (¿ironía a costa de Santa Claus?), tienen un Plan que tampoco dimana la bondad que presume. Loga, el Ético rebelde, declara: su raza concede a la Humanidad un plazo para evolucionar. Pasado, todos volverían a morir. Para siempre, esta vez. ¿Es eso ético? ¿No lo sería darles cuanto tiempo fuese indispensable? ¿No es por eso, esta salvación, por la que se denominan Éticos?

Su apreciación rebosa razón, y es como Farmer desconfía del altruismo Ético y la nebulosa salvación prometida. Y Loga, así vemos, se vuelve el individualista-contra-el-Sistema que podría encajar con la figura del héroe. Loga es el héroe de la Humanidad. A toda costa quiere nuestra salvación inmaterial; así lleve la eternidad conseguirla. Sus compañeros, no. (Pícaramente, empero, omite sus personales y más egoístas fines.).

DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO, por otra parte, intenta ser estudio de las flaquezas y fortalezas humanas. Sitúa a sus esforzados protagonistas, los que sobrevivieron a tantas luchas y carnicerías, en un entorno donde la avanzada HI/TECH de los Éticos les convierte en seres casi omnímodos. Para que el engreimiento no termine de nublarles los sesos, incluye Farmer un misterio quasidetectivesco en la trama (el asesinato de Loga por un desconocido, otra serpiente que se deslizó en este extraño Paraíso tecnológico con fines nefarios), que a su vez le vale para efectuar especulaciones biográficas más profundas de sus personajes.

Este es otro fondo de la novela: una gran semblanza sobre ellos y que, sin duda, quedó colgada del material principal que componía la saga. Por condicionamiento editorial, o porque ralentizaba el curso del relato, se amputó. Lo reciclo así y gano unas perras. Soy listo, ¿eh?

Aun poseyendo elementos de interés, sin embargo DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO deja la desamable sensación de ser superflua, apéndice a un tiempo necesario y del que podíamos pasar. Farmer lo ceba de intriga, acción y aventura; hace un bosquejo pseudohistórico con las hazañas de los personajes que semeja un intento de mostrarle a un gran público, no lector de ciencia-ficción, su talento para otras letras. Pero... ¿la necesitábamos? EL LABERINTO MÁGICO cerraba el ciclo tan admirablemente...

Creo que esta novela impulsó a Poul Anderson escribir LA NAVE DE UN MILLÓN DE AÑOS, su anti-Mundo del Río. Pero mientras Farmer, pese a todo, lo cuadró, Anderson nos sumió en un pretencioso sopor, de fecunda fatua erudición.

Resalta de DIOSES DEL MUNDO DEL RÍO el que los esforzados elegidos, dueños del poder inconmensurable que reciben al morir Loga, en vez de abocarse a cumplir promesas (como resucitar, prioritariamente, a los camaradas caídos durante el viaje), se entregan a distracciones y libertinajes que desacreditan su presunta evolución moral, ética. Lo reflexiona Burton, percatándose de que, aunque mejoró de forma considerable durante todos esos años y demoledoras peripecias, está lejos de ser el distinto hombre por el que ahora se tenía. Ninguno ha mejorado lo suficiente.

¿La moraleja a sacar de la novela, pues, es que, inquilinos del Paraíso, siempre estamos condenados a perderlo?

© Antonio Santos, (992 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 8 de septiembre de 2013