TODA LA CARNE ES HIERBA
TODA LA CARNE ES HIERBA Clifford D. Simak
Título original: All Flesh is Grass
Año de publicación: 1965
Editorial: Grijalbo
Colección: La puerta de plata
Traducción: Mireia Carol Gres
Edición: 1993
Páginas: 387
ISBN:
Precio: Descatalogado

De entre todas las invasiones extraterrestres descritas en la historia de la ciencia-ficción esta sea, probablemente, la más curiosa de todas. Los invasores toman la forma de flores moradas para hacerse con el planeta, no se sabe muy bien con que intenciones, pero desde luego es la manera menos sospechosa de extenderse a lo largo y ancho de llanuras y valles.

No es la única invasión vegetal que podemos recordar, John Wyndham ya puso a sus trífidos a hacerse con el planeta en, propiamente, EL DIA DE LOS TRÍFIDOS, Ward Moore también propuso algo similar en MÁS VERDE DE LO QUE CREÉIS, aunque estrictamente hablando, estos casos no se trataban de invasiones extraterrestres, sino de experimentos que se habían salido de madre. LOS LADRONES DE CUERPOS, de Jack Finney, si es una aproximación más específica a los vegetales inteligentes, en esa ocasión las legumbres que daban el cambiazo a todo aquel que se les pusiera por delante eran invasores malignos de un corte más clásico.

Pero las flores moradas de TODA LA CARNE ES HIERBA no dejan de ser unos adorables tribbles vegetales deseosos de agradar a la humanidad. Naturalmente, en su propio beneficio.

Todo empieza cuando Bradshaw Carter, Brad para los amigos, camino de una relajante jornada de pesca, choca contra una barrera transparente. A la sorpresa del extraño accidente se une al poco el descubrimiento de que rodea el pueblo, Milville, a modo de gigantesca cúpula (mira tu de donde sacó Stephen King la idea para... LA CÚPULA) que solo pueden atravesar los objetos inanimados, dejando a los lugareños aislados del resto del mundo.

Afortunadamente, a Simak le interesaba más el porqué de la cúpula que las miserias (que también) de los habitantes de Milville dejados a su suerte, así que pronto se descubre el misterio, Brad encuentra en su despacho un extraño teléfono, sin disco (recordemos, años 60) ¡ni cable! En el que recibe una sorprendente llamada de los responsables de haber levantado la cúpula ofreciéndole un trabajo como diplomático, podríamos decir que de representante plenipotenciario.

Poco a poco, en sucesivas interacciones con algunos vecinos que fueron reclutados hace tiempo por los propios alienígenas, y las experiencias que Brad vive a causa de su papel en la invasión, se va haciendo una idea de cuales son las verdaderas intenciones de las flores, aunque el final, otra curiosa vuelta de tuerca, pone patas arriba todo lo que se estaba planteando hasta entonces.

Entre tanto Simak le da a King toda la munición que necesitó para escribir LA CÚPULA. Por supuesto, los habitantes de Milville se ponen muy nerviosos ante su encierro tras la barrera, aunque el desconcierto es el principal sentimiento que los embarga, el encontrar en la figura de Brad un chivo expiatorio les va convirtiendo poco a poco en una horda con bastante poco seso. Instigados por Hiram Martin, el jefe de policía (más bien el único policía del pueblo) que mantiene con Brad una antigua y consistente enemistad, le hacen culpable de todos sus males, solo la intervención de Higgy Morris, el alcalde, y la protección de algún que otro aliado ocasional, consiguen mantener a Brad a salvo de las iras de la masa. Simak no descubre nada nuevo al describir esa necesidad de encontrar un culpable de las cosas, aún cuando los sucesos sean no ya accidentales, sino sencillamente ineludibles.

Los extraterrestres también resultan del todo atípicos. Manejan el tiempo y el espacio a su antojo y el caudal de conocimientos del que disponen es abrumador, sin embargo, por su propia naturaleza, no disponen de capacidad para ponerlos en práctica. Aunque no se explicita del todo en la novela, si es fácil comprender que su relación con las razas que ya conocen es simbiótica, ellos ponen el intelecto, los demás el músculo. Pero Simak necesita un casus belli, y en una rara demostración de impaciencia y falta de habilidad diplomática, hacen una serie de peticiones a los representantes de la humanidad (si, hay algo así como un llévenme ante su líder) con tan poco tacto que causan un gran desconcierto y la desconfianza a nivel mundial.

Ese es uno de los ejemplos de una narración bastante deslavazada, las ideas planteadas son buenas pero Simak debió escribir la novela a toda velocidad porque en ocasiones el desarrollo resulta francamente extraño. O eso, o que la edición de Grijalbo y la traducción de Mireia Carol Gres no son del todo afortunadas.

Existe una edición anterior, de 1968, por parte de Edhasa titulada FLORES FATÍDICAS con traducción de Antonio Ribera Jordá. Sería interesante hacer una comparativa de ambas.

© Francisco José Súñer Iglesias, (762 palabras) Créditos