MAX BETAMAX
MAX BETAMAX J. Olloqui
Título original: ---
Año de publicación: 2018
Editorial: Drakul
Colección: ---
Traducción: ---
Edición: 15ª (¡Ja!)
Páginas: 398
ISBN:
Precio: 17,80 EUR

Es de antiguo conocido que los superhéroes se clasifican en a) nacidos como tales, b) transformados en, c) ricachones aburridos.

Los más obvios de los primeros son la pandilla de mutantes que pueblan los universos Marvel, DC, Dark House, etc., que por uno u otro motivo ya nacen en posesión de extraordinarias facultades que los hacen diferentes al resto de la humanidad. Si es que se les puede considerar humanos. Empezando por el mismísimo Charles Xavier hasta Lobezno (aka. Wolverine) vienen con sus rarezas de serie. Luego están los que habiendo nacido como simples mortales, adquieren sus poderes por picaduras de araña, sobreexposición a la radiación, o simple mala suerte. Spider-man es el más destacado, sin olvidarnos de La cosa o Catwoman. Por último están los que no tienen habilidades especiales pero gracias a la fortuna inabarcable que disfrutan se pueden permitir el lujo de comprar y construir juguetes que potencian sus pobres capacidades humanas (por no hablar de cómo engordan su ego) Batman es el más destacado, con Ironman casi a la par, con The Phantom o Doc Savage como ilustres abuelos. Superman es un caso especial. Como kriptoniano no es más extraordinario que Bruce Wayne o Tony Stark vestidos de smoking, pero debido a las muy ventajosas condiciones de la Tierra en comparación con la dureza de Kripton aquí resulta ser pues eso, Superman.

Sin embargo, hay pocos superhéroes que haya adquirido sus superpoderes tras un mal ciclo subidón-bajón de estupefacientes no ya solo ilegales, sino de origen, composición y clasificación indeterminados, el Dave Wong de JOHN MUERE AL FINAL. Este es nuestro Max Betamax, convertido en el rey del mambo tras haber sido drogado por Junior, su compañero de piso, durante una noche de fiesta.

Max Betamax es el nombre artístico de un fotógrafo nihilista, o eso dicen, especializado en pornografía que vive en una desvencijada nave industrial con Junior, un amigo del alma de esos que solo traen problemas. Su única alegría en la vida es su novia Diana, que en realidad le viene un poco grande. Por lo demás es un tipo con mala suerte, peor actitud y sin nada que se pueda llamar futuro. Hasta que un día Junior le hecha en la cerveza una sustancia estupefaciente que proporciona a ambos una especie de telekinesia potenciada. Por supuesto, el desastre está servido.

Si has tenido oportunidad de leer ¡MALDITOS TERRÍCOLAS! los paralelismos entre su héroes, Iván, y Max son evidentes. Ambos son dos nihilistas que se niegan a entrar en la edad adulta, y que por eso llevan una vida que no tiene objeto ni destino, sentimentalmente son un desastre, y encima se empeñan en proyectar sus afectos en tipos todavía más irresponsables y desquiciados que ellos. En el caso de Max, un Junior que es la viva esencia del solipsismo (no hay mundo, hay SU mundo). El caso es que al principio Junior me resultó fastidioso, vaya personaje más chapuceramente construido que se ha marcado el Olloqui pensaba. Hasta que me caí del guindo y empecé a enumerar a la cantidad de gente que conozco así. Junior es solo una exageración. De hecho mi simpatía por Max se acrecentaba según iba comprobando que la mayor parte de sus males son causados por lo que a Junior le parece lógico poner en marcha. Puedo contar algunas, demasiadas, historias al respecto.

Todas esas historias, contadas en clave de humor como en esta novela, dan para muchas y muy buenas horas de solaz y diversión (no es lo mismo vivirlas, por supuesto) y la clave de la novela es que J. Olloqui las cuenta estupendamente. Se nota que se lo ha pasado en grande escribiéndola, y además sin contenerse en lo que respecta al lenguaje, como advierte el editor en una nota previa, lo que la convierte, como ya ocurría con ¡MALDITOS TERRÍCOLAS! en una obra de exportación complicada más allá de la comarca situada entre los ríos Jarama y Guadarrama.

Pero no todo es diversión y jolgorio. Olloqui aprovecha, entre chanzas y veras, para dar una buena tunda a varias cuestiones de interés, empezando por el porno, y acabando por los populismos mágicos, pasando por ciertos ambientes laborales o los colectivos hiperconcienciados (que también viven su propio solipsismo). Especialmente mordaz es con el populismo mágico, poniendo en práctica toda una serie de medidas que dejan patas arriba la sociedad y economía española. Lo escalofriante de ese pasaje es que son propuestas que se hacen todos los días por los expertos de turno, dirigidas a arreglar problemas complejos con soluciones sencillas, cuando no infantiles. La aplicación y consecuencias de las medidas están expuestas en clave de humor, pero cuando se acaba el pasaje no quedan dudas de que las propuestas de esos formidables expertos, tendrías en mismo resultado en el mundo real.

Por ir acabando, una novela divertida que solo se hace un tanto, poco, no mucho, pesada cuando el detalle de las batallas superheróicas se hace demasiado granular. Por lo demás, genial para pasar el rato sin descuidar el cultivo del alma.

© Francisco José Súñer Iglesias, (839 palabras) Créditos