KALLOCAÍNA
KALLOCAÍNA Karin Boye
Título original: Kallocain
Año de publicación: 1940
Editorial: Gallo Nero
Colección: ---
Traducción: Carmen Montes
Edición: 2012
Páginas: 219
ISBN:
Precio: 19 EUR

Entre finales del siglo XIX y principios del XX hubo una buena cantidad de literatura de corte utópico, y hasta distópico, centrada en denunciar las indudablemente groseras condiciones de los asalariados de la época y ponderar el bienestar que traería un estado socialista para el obrero, hasta entonces prácticamente esclavizado.

La más conocida quizá sea TALÓN DE HIERRO, de Jack London, en la que se describe la lucha obrera a primeros del siglo XX, otra obra con cierto renombre es EL AÑO 2000, UNA VISIÓN RETROSPECTIVA, escrita por Jack Bellamy en 1888, nos muestra un paraíso socialista, aunque todavía bastante poco progresista.

Sin embargo, las visiones idealistas de un mundo futuro en el que reinaría el igualitarismo, la paz y la concordia quedaron muy en entredicho cuando los regímenes fascistas tomaron el nombre del socialismo en vano y la aplicación real en la Unión Soviética de aquellas fórmulas derivó en la represión, la creación de un nuevo orden social (como lo definió Orwell todos somos iguales, pero algunos más iguales que otros) y, en general, una sociedad tan alejada de lo que el socialismo romántico defendía que la contestación desde el Europa y América no tardó en llegar. Quien más se destaco en denunciar desde la literatura ese estado de cosas fue Orwell que con REBELIÓN EN LA GRANJA y 1984 lanzo dos claras proclamas contra el comunismo en particular y los regímenes totalitarios en general. Otra autora que se destacó en contra, aunque más bien habría que hablar de a favor de un liberalismo (objetivismo) Ayn Rand sin límites, fundamentalmente con EL MANANTIAL y LA REBELIÓN DE ATLAS. Incluso en la Unión Soviética, aunque resultaba perjudicial para la salud, hubo quien se atrevió a denunciar el estado de las cosas, como Evgueni Zamiatin con NOSOTROS.

Karin Boye unió KALLOCAÍNA en 1940 a la lista de obras que señala claramente la abominación de los estados totalitarios. Describe el Estado Mundial (no es el único, está en guerra con su vecino el Estado Universal) en el que el individuo queda supeditado a lo que el Estado disponga en cada momento. Trabajo, familia, actividad social, servicio policial y militar, todo, está reglado y ordenado por el Estado. Queda algo de tiempo libre que, en la mayoría de los casos, se dedica al cuidado de la familia y a cumplir con los trámites y papeleo impuesto por el estado.

La desconfianza y la paranoia es una forma de vida. Los delitos comunes no son infrecuentes, pero los que realmente persigue y reprime el régimen son los delitos de pensamiento. La expresión de cualquier mínima duda acerca del buen hacer y la sabiduría del Estado es motivo, en caso de ser mínima y duda, de una declaración pública de arrepentimiento. Si no es mínima y se convierte en afirmación de pena de muerte.

En ese estado de cosas el químico Leo Kall desarrolla una sustancia, que bautiza de forma harto egoísta (y socialmente sospechosa) como kallocaína. Esta droga anula la voluntad, elimina todas las barreras y se convierte en el suero de la verdad perfecto.

Para sorpresa de los interrogadores, lo que la kallocaína destapa no es tanto la oposición de los individuos ante el régimen omnipresente y omnipotente como sus más íntimos pensamientos respecto a cualquier aspecto de sus vidas. En un episodio significativo, uno de los sujetos experimentales declara su inmensa felicidad porque, en lo que cree una demostración definitiva de confianza, su pareja le ha revelado una actividad ilícita merecedora de infinitos castigos. En contrapartida, no piensa denunciar ese comportamiento anómalo puesto que considera que esa muestra de lealtad debe ser igualmente correspondida.

Otra cuestión que la novela pone encima de la mesa es la autocensura. Sin duda, convertirse en centro de atención de un ente como el Estado Mundial resulta bastante aterrador, así que lo mejor es ocultar bajo capas y más capas de autoconvencimiento los verdaderos pensamientos, y refinar el comportamiento para que ni un solo gesto, ni una sola palabra puedan ser interpretados de forma equívoca, que ni una sola sombra de sospecha pueda extenderse por el entorno.

Eso es algo que de un modo u otro siempre ha sucedido, las sociedades han tenido sus códigos éticos y morales que han demonizado, y hasta penalizado legalmente, cualquier manifestación contraria, incluso se han sucedido las épocas en las que expresar libremente esas disonancias era perseguido legalmente, con otras en las que resultaba (resulta) recomendable proclamar la disidencia. Los años 70 y 80 del siglo XX supusieron la época más libre al respecto en el mundo occidental, pero poco a poco restricciones y censura, precisamente promovidas desde posiciones éticamente justas, ayudadas por cierto sentimiento de culpa ante situaciones pasadas, han ayudado a que en esta segunda década del siglo XXI no ya posicionarse en contra, sino simplemente señalar las contradicciones de la moralidad imperante, es suficiente para ser condenado al ostracismo social, sin que se pueda hablar de ciertos asuntos con un poco de racionalidad. Sin embargo, estoy seguro que un poco de kallocaína pulverizada descubriría una interesante cantidad de gente que prefiere callar sus opiniones y asumir el discurso dominante simplemente por no ser señalado y entrar en debates estériles donde mandan más las tripas que el cerebro.

No me he preocupado demasiado en averiguar si Orwell conocía la novela y hasta que punto le influyó. Hay muchos puntos en común, así que no me extrañaría que éste trasladara directamente muchas de las ideas de Karin Boye a 1984. Lo que si es cierto es que Boye se pudo inspirar más que de sobra para escribir KALLOCAÍNA, tuvo oportunidad de visitar la Unión Soviética y la Alemania Nazi, y no hay duda que ambas experiencias la impactaron vivamente.


Notas

De hecho, este artículo está autocensurado porque hacía referencia a dos cuestiones muy de moda, y en apariencia «éticamente» intachables, pero que despiertan a cualquiera que reflexione y se informe seria y profundamente sobre ellas una serie de dudas que, de ser expuestas en público, son garantía de ataques furibundos sin entrar siquiera en ese debate racional y amplio. Es lo que sucede cuando las ideas se convierten en doctrinas, y las doctrinas en dogmas. Del dogma se pasa a la criminalización y al pensamiento único. Mala época la que vivimos.

© Francisco José Súñer Iglesias, (91 palabras) Créditos