LA LLEGADA
LA LLEGADA EE. UU., 2016
Título original: Arrival
Dirección: Denis Villeneuve
Guión: Eric Heisserer
Producción: Dan Levine, Shawn Levy, David Linde
Música: Jóhann Jóhannsson
Fotografía: Bradford Young
IMDb:
Reparto: Amy Adams (Louise Banks); Jeremy Renner (Ian Donnelly); Forest Whitaker (Coronel Weber); Michael Stuhlbarg (Agente Halpern); Mark O'Brien (Capitán Marks); Tzi Ma (General Shang); Julia Scarlett Dan (Hannah); Frank Schorpion (Doctor Kettler); Lucas Chartier-Dessert (Lasky); Christian Jadah (Combs)

Puede que sea por ese eterna búsqueda de la excelencia en el ámbito cienciaficciónístico que cuando salen a la palestra productos como éste, preciosista y aparentemente bien cuidado, se los intenta ensalzar más allá de sus verdaderos méritos, que para el caso son más bien pocos, y estéticos, que básicamente se fundamentan en unas cuantas fotos bonitas y una morosidad extrema a la hora de narrar la historia, porque ¡claro! es una película de pensar,

El problema de hacerte pensar es que ¡realmente pienses!

Yo empecé pensando que la premisa principal de la película no tenía ni pies ni cabeza. Veamos: llegan unos extraterrestres a la Tierra, con no se sabe muy bien que intenciones, y se quedan callados como... las socorridas gallinas, sin hacer el menor esfuerzo por comunicarse. Tienen que ser los anfitriones los que dediquen ingentes esfuerzos y recursos para hacerse entender y descifrar las intenciones de los huéspedes.

Venga ya.

Puede que las mentes alienígenas funcionen del revés, pero no hasta el punto de quedarse esperando como pasmarotes a que sean los otros quien se comuniquen. Nada, ni siquiera un socorrido Llevénnos ante su líder para romper el hielo. No me vale que para ellos el tiempo sea otra cosa. Peor todavía, si una de las premisas es que están en todos los momentos a la vez, o algo así ¿no se supone que ya saben el lenguaje humano por saberlo desde el futuro? Tampoco me sirve otro argumento visto por ahí: que si los humanos no tenían la inteligencia suficiente como para ser capaces de comunicarse no serían dignos de recibir los regalos. Seamos serios, ¿por qué piensan los huéspedes que los anfitriones van a esforzarse por comunicarse? ¿No están en su derecho de esperar, como ellos, a que la visita asome la patita para empezar a charlar?

Por no hablar de a cuento de que la espabilada de la lingüista desecha con un escupitajo la propuesta del científico, que es un inicio evidente: dos más dos son cuatro, aquí y en Aldebarán. No, ella a las bravas, directamente con conceptos abstractos altamente avanzados, al estilo Yo Tarzán, tu Jane, y gurrapatos aleatorios, al menos para la otra parte. Pero claro, al fin y al cabo es ella la que tiene una larguísima experiencia en tratar con alienígenas tecnológicamente avanzados. Paradójicamente, tras reírse en la cara del físico, la lingüista exprime las matemáticas de sus ordenadores para sacar sentido de los gurrapatos alienígenas.

También es inevitable pensar cuales son las verdaderas intenciones de los pulpos cojos espaciales para regalar, así por las buenas un alfabeto que parece pintado con las máquinas giratorias del Parque de Atracciones (¿alguien se acuerda?). Tampoco hay por donde coger que esos gurrapatos alteren hasta tal punto la estructura del cerebro que confundas ayer con hoy con mañana. Pero bueno, vale, admitámoslo como metáfora.

Por supuesto, es inevitable pensar que los militares de la película son unos zoquetes. Tácticamente es de locos liarse a bombazos con una nave de doce sin saber cuantas más han venido acompañándolas y que, para empezar a hablar, dispone de tecnología capaz de doblar la gravedad cuando por aquí no se sabe ni cual es su verdadera naturaleza.

Y así con otras tantas cosas.

Además tenemos el temita de la santurronería alienígena. Pensaba que los jipis eran una curiosidad histórica de los 70, pero no, resulta que de cuando en cuando nos van colando el mensajito flower power aquí y allá. Que me parece bien, oiga, cuanta menos diferencia y más armonía haya en el mundo mejor para todos, pero por favor, estamos en proceso y podemos tardar, como humanidad, quizá otros pocos miles de años en conseguir ese ideal (vía homogenización y uniformización, que es lo que está pasando), y además por nuestros propios medios, no gracias a que una bienintencionados (y sospechosos) extraterrestres nos lo tiren como tristes migajas, que ya podrían haber comentado algo respecto a la tecnología de control de gravedad... Ah, que no, que no estamos preparados... Los aliens y los pedrators son infinitamente más honestos que estos pulpos santurrones.

Pero si lo de la santurronería parecía poco, Denis Villeneuve van y recurre a presentar a una niña que se nos muere de un cáncer galopante. O algo así, el caso es que muere entre horribles sufrimientos. A mi me dan bastante asco estos recursos comodones que únicamente buscan el lagrimón fácil.

Amy Adams se pasa toda el tiempo con cara de pasmo, lo que por un lado es de alabar, puesto que la situación no es para menos. Sin embargo, según avanza la película, se empieza a hacer cargante porque se supone que ya está inmersa en su trabajo, conoce las intenciones de los alienígenas y debería demostrar algo más de despreocupación, aunque bien pensado, sabiendo lo que se le viene encima no es de extrañar que no abandone esa cara de pasmo. Por su parte, Jeremy Renner demuestra el entusiasmo necesario, pese a lo casi irrelevante de su papel. El que no se cree lo que hace es Forest Whitaker, quizá por exigencias del guión de Eric Heisserer, pero el rol de coronel cuartelero está bastante fuera de lugar, Anda que no tendrán los yankis oficiales de inteligencia con más... inteligencia.

En fin, que esta es la típica película de la que todo el mundo habla bien pero que a mi me ha dejado bastante frío.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.057 palabras) Créditos