HOLCAUSTO SAMURAI
HOLCAUSTO SAMURAI EE. UU., 1998
Título original: Six-String Samurai
Dirección: Lance Mungia
Guión: Jeffrey Falcon, Lance Mungia
Producción: Leanna Creel
Música: The Red Elvises, Brian Tyler
Fotografía: Kristian Bernier
Duración: 91 min.
IMDb:
Reparto: Jeffrey Falcon (Buddy); Justin McGuire (El chico); Kim De Ángelo (Madre); Stephane Gauger (Muere); Clifford Hugo (Loco); George L. Casillas (Mariachi); Oleg Bernov (Red Elvis); Igor Yuzov (Red Elvis); Zhenya Kolykhanov (Red Elvis); Avi Sills (Red Elvis)
Comentarios de: Antonio Santos

Película sin complejos ni complicaciones, enfocada plenamente a entretener, honesta, pues, por esta exposición de objetivos. Serie B que roza a veces la Z, pero que contiene bastante dignidad como para granjearse nuestro respeto por el conjunto y el resultado.

También es amasijo de las querencias de sus realizadores, Jeffrey Falcon y Lance Mungia, quienes debieron romper la hucha con forma de cerdito para invertir sus ahorros en la creación del filme, entusiastas cineastas mitómanos situados en la estela de autores como Sam Raimi, Robert Rodríguez o Kevin Smith, por citar los ejemplos más representativos del cine de guerrilleros y que, convencidos de la calidad de su historia y la firmeza de su talento, lo arriesgan todo esperando la recompensa de un respetuoso reconocimientos y, ¿por qué no? recuperar, con amplio margen de beneficios, lo puesto en la producción.

HOLOCAUSTO SAMURAI (SIX STRING SAMURAI) plantea ser un interesante trabajo de análisis respecto a la influencia de la mitomanía y el homenaje que un autor realiza sobre sus ficciónes preferidas. Falcon y Mungia replican, a modo, la premisa de LONE WOLF AND CUB, el manga mítico de Koike Kazuo y Kojima Goseki: un hierático y lacónico espadachín invencible que abate turbonadas de adversarios o a duelistas solitarios tan diestros con el sable como el protagonista, o aún más. Desde esa idea, que expresa la admiración por el manga, o los diversos filmes o teleseries sobre el asesino del Shogun, Ogami Itto (quizás incluso al RONIN de Frank Miller, que trazas contiene), Falcon y Mungia se explayan proporcionándole un entorno especial y un objetivo singular.

Su héroe es un guitarrista llamado Buddy (por Buddy Holly) que acude, en larga-larga peregrinación, a Lost Vegas, último bastión norteamericano de la libertad. EE. UU. es un erial postnuclear gobernado por el decadente Ejército Rojo, invasor del país tras el bombardeo atómico de 1957.

Es esta fecha detalle para recabar nuestro interés; las películas del cataclismo nuclear siempre suelen fijarse a algunos años después del hoy del lector/espectador, salvo que pretendan insertar un poderoso elemento dramático (como en EL DÍA DESPUÉS o LA HORA FINAL) donde, mostrando una cotidianeidad norteamericana, se quiera impostar al espectador la pavorosa barrena de una guerra nuclear en su entorno familiar, para concienciarle profundamente del acuciante problema, y que actúe, o participe, sin dilación en su solución. Falcon y Mungia lo retrotraen a un momento histórico donde esta fantasía pudo ser una candente realidad.

Habrán estimado que poco importa qué época sea la del holocausto: la barbarie resultante trasladará igualmente la civilización al Paleolítico.

Igualmente aluden a un momento fértil para la ebullición del rock and roll; en Lost Vegas mandaba Elvis Presley como rey. Pero tras cuarenta años de mandato (por cierto, ¿qué tiene el cuarenta, número tan bíblico e histórico?), fallece y Lost Vegas reclama nuevo monarca que marque (o perpetúe) el sonido de la libertad (a la americana): el rock.

De toda Norteamérica parten virtuosos de la Fender y la katana, o armas similares, pretendiendo la regia vacante. El temple de su persona y la calidad de su reinado lo dará superar el enfrentamiento con numerosos enemigos y acontecimientos adversos, como los que viven Buddy y un chaval, David (Justin McGuire), al que rescata de morir cuando el chico y su madre (Kim De Ángelo) son asaltados por unos obtusos cavernícolas en un coche pura chatarra.

Otro mito interesado: The Road Warrior, que añade trama a la tralla. David, a la larga, será útil a Buddy, en especial para la adquisición de transportes.

En el cuantioso capítulo de referencias que podamos señalar (como UN CHICO Y SU PERRO), hay sitio hasta para AMERICAN GRAFITTI, pues un legendario disc jockey, WEREWOLF, radia los avances o percances de los aspirantes a monarca de Lost Vegas.

Entre éstos está la Muerte (Stephane Gauger), trasuntando ser un solista de heavy metal que, inexorable e implacable, va eliminando candidatos y coleccionando las púas de sus guitarras como trofeo. Codicia la de Buddy, además de su guitarra, y ambos sostienen un duelo final (y fatal para Buddy) en los aledaños de Lost Vegas.

La Muerte (que resulta serlo realmente; aquí a los amigos, puestos en plan ¡Vamos por todas!, se les fue la olla, haciendo incongruente el segmento) tampoco escapa bien del duelo, y sus ineptos sicarios, tres heavys en función de arqueros, se marchan tras dejar a David su tarjeta de visita, por si alguna vez precisara teloneros.

El chico recoge el testigo legado por Buddy, que con renuencia le entrenara y cogiera un hosco afecto, y por esto se proclama rey de Lost Vegas, último y único guitarrista-espadachín superviviente. En verdad, ocupa el trono la herencia de ideales y virtudes de Buddy, trasplantados al muchacho merced a su ejemplo e instrucción.

SIX STRING SAMURAI destaca de cintas similares, o con ese aire de homenaje, en que, hasta cierto punto, es lo que copia. Algunas inefables producciones, al amparo de filmes como MAD MAX, TERMINATOR o CONAN, los replican pero en fatal, gracias a un deficiente rol de actores y equipo. Falcon y Mungia exponen: Vale, hasta aquí, puede ser Lone Wolf, pero lo siguiente es Buddy, somos nosotros, y terminamos la historia a nuestra manera porque no queremos pertenecer al montón de mantas; deseamos que esto nos diferencie, esperando lograr más aciertos que defectos, pues lo contrario sería insultar a esos mitos.

Lo tomado recibe el homenaje merecido; Buddy es un héroe competente que refleja con respeto sus orígenes. En cosas como ATOR EL PODEROSO o LOS NUEVOS BÁRBAROS, cuanto más hacen es, como rémoras, pegarse al costado de un buen trabajo y succionar de él. Los actores no son los mejores, o están desmotivados; el director sólo pretendía malgasta rollos de celuloide y que en la cartelera constase su nombre ¡bien grande! Los efectos especiales no estarían jamás nominados a un Óscar, por su ínfima calidad. En SIX STRING SAMURAI no había dinero para más, pero se logró invertir con decencia y buen hacer. Películas más ostentosas y ¡aclamadas! ni se acercan.

© Antonio Santos, (1.004 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 18 de marzo de 2013