ROBOTS: LA INVASIÓN
ROBOTS: LA INVASIÓN Reino Unido, 2014
Título original: Robots Overlords
Dirección: Jon Wright
Guión: Mark Stay, Jon Wright
Producción: Ian Flooks, Justin Garak, Steve Milne
Música: Christian Henson
Fotografía: Fraser Taggart
Duración: 90 min.
IMDb:
Reparto: Ben Kingsley (Robin Smythe); Gillian Anderson (Kate); Callan McAuliffe (Sean Flynn); Ella Hunt (Alexandra); James Tarpey (Nathan); Milo Parker (Connor); Craig Garner (Mediator 452)

Otra película de invasiones extraterrestres, esta vez una producción rara, rara, rara. Por lo pronto el reparto tiene su categoría, con ilustres como Ben Kingsley y Gillian Anderson, pero el guión es bastante desquiciado, pura serie Z: una pandilla de robots invaden la Tierra, zurran a las fuerzas terrestres y confinan a la población en sus casas excepto una serie de colaboracionistas que sirven de correos y enlaces.

Lo cierto es que el prólogo no se anda con sutilezas, describe la invasión de las máquinas y sin más ceremonias deja al espectador abandonado a su suerte. Debe ser para que no se pueda pensar en la gran tontería del planteamiento. ¿Robots? Pero... ¿Cómo que robots? ¿Por qué robots y no alienígenas reptilianos? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren? ¿Qué me estás contando, Jon Wright? El guión remienda descuidadamente estos y otros muchos costurones con grandes parches apresurados, pero a Wright le importa muy poco elaborar una historia mínimamente coherente, solo fabricar un producto adolescente, lo que no es malo, a toda velocidad y chapuceramente, que si lo es, pese al relumbrón de algunos protagonistas y los buenos efectos visuales.

Como confirmación de que los guionistas no querían que nadie se parara a pensar en todo eso, en la primera escena aparece un enajenado, gritando en mitad de la calle, mandando a los robots a tomar vientos y clamando por su libertad. Como hay toque de queda perpetuo y tal, el ciudadano es advertido para que vuelva a casa y, como por supuesto no hace caso, es desintegrado en un plis-plas. Entonces, ¡oh! ¡qué mono! su retoño sale corriendo a su vez de casa para reunirse con su volatilizado papa, menos mal que aparece Ghandi... digooo Ben Kingsley en su papel de ambiguo Señor Smythe, que indulta al chaval y se lo entrega en custodia a Scully... digooo Gillian Anderson, en su papel de Kate, la abnegada vecina.

Kate vive junto Sean, su hijo adolescente, Alexandra y Nathan, otro par de hermanos adolescentes y un simpático vejete en una casa de acogida, por llamarla de alguna forma. Todos ellos desplazados, desarraigados y dependiendo del Señor Smythe, que no deja de ser un sucio colaboracionista que no hace más que acosar (en neolengua, cortejar, hacer la corte, tirar los tejos) a Kate, por lo visto fueron jefe de estudios y maestra en el mismo colegio, ósea, que la cosa ya viene de lejos.

Los (tres) adolescentes son cargantes, como la gran mayoría de los adolescentes peliculeros, el crío un listillo, y el resto de los personajes giran a su alrededor como peonzas. Menos mal que la fuerza gravitatoria de Ben Kingsley puede con todos y cada vez que aparece el conjunto cambia de centro de rotación, pero la verdad, se hacen molestos. Lo malo es que el resto de la película va de la búsqueda del padre de Sean por el implacable comando compuesto por los tres adolescentes y el críejo. Ya saben, vidas ejemplares: la búsqueda de a mi papa es lo único (no lo primero, lo único) aunque os hunda la vida a todos. Y van esos todos y le siguen como corderitos, como si no tuvieran sus propios problemas. Será cosa del carisma.

La sensación de producto a medio hacer es evidente durante toda la película. Últimamente estoy harto de ver producciones que parecen episodios piloto de series de televisión: todo muy apresurado y cogido con alfileres, contrastando con algunos lujos incongruentes (¿qué hace aquí Gillian Anderson? ¡¡¿Y Ben Kingsley?!!) por no hablar de la indefinible sensación en este tipo de producciones británicas de que la Tardis va a aparecer en cualquier esquina.

Como ocurre con estas películas, no es apta para todos los públicos, estará bien mientras no se haya desarrollado un acusado sentido crítico y siga existiendo la necesidad de identificarse con algún héroe de edad similar, con las ideas claras (¡ja!), y que sepa cual es su fin en la vida, a ser posible con superpoderes, y mucha, mucha suerte.

Es decir, si no eres un adolescente, si es sábado por la tarde, si no tienes nada más que hacer, si el mando a distancia se ha quedado a dos dedos del alcance de la mano... cuidado, pasarás el rato y acabarás la peli con el rictus de vaaaya tela... Si tienes menos de 18 (o ahí te quedaste), puede que disfrutes con el espectáculo, pero tampoco garantizo nada.

© Francisco José Súñer Iglesias, (733 palabras) Créditos