EL PÁJARO BURLÓN
EL PÁJARO BURLÓN Walter Tevis
Título original: Mockingbird
Año de publicación: 1980
Editorial: Plaza y Janés
Colección: Novelistas del Día
Traducción: Carme Camps
Edición: 1982
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Daniel Salvo

Las distopías clásicas como 1984 y UN MUNDO FELIZ nos muestran sociedades en las que la humanidad ha sido sometida por los poderes de turno, que controlan a la gente mediante el poder (1984) o la seducción (UN MUNDO FELIZ). En todo caso, en ambas, existe una voluntad de manipulación que evidencia que toda utopía es, a la larga, cualquier cosa menos vivir en libertad.

Walter Tevis va más allá. En EL PÁJARO BURLÓN (MOCKINGBIRD), asistimos al futuro más lúgubre de todos: un mundo en el que la humanidad simplemente se ha cansado de existir, y se limita a vegetar esperando su fin, a excepción de unos cuantos individuos ansiosos que deciden poner fin a su existencia de manera más expeditiva, esto es, el suicidio.

La sensación de cansancio que trasmite la novela es tal, que cuesta continuar con su lectura, a pesar de su excelente inicio (¡un robot que camina silbando!). No es que se trate de una historia aburrida, sino que Tevis consigue recrear una atmósfera de constante decadencia, en la que la acción propiamente dicha no conlleva una actitud de heroísmo o rebeldía ante el sistema, como podría esperarse. Ya en EL HOMBRE QUE CAYÓ A LA TIERRA, Walter Tevis demostró su soberbio manejo de los personajes, cuyos diálogos y monólogos bastan para ponernos al tanto del mundo que ha engendrado nuestro deseo de comodidad.

La novela se centra en los avatares de tres personajes. Inicia con el robot Robert Spofforth, rumbo a la universidad de la cual es rector. Y es que no se trata de un robot al uso: desarrollado a partir de la personalidad de un ser humano previamente existente, añora lograr un tipo de vida derivado de los deseos y anhelos de la persona de quien deriva. Pero tiene muchas cosas en contra, entre ellas, el carecer de sexo. Puede silbar, puede soñar, puede solucionar las peores crisis, pero jamás tendrá la vida humana que anhela. Es el robot más perfecto que se haya construido, y por ende, el más infeliz. No puede dar fin a su propia existencia por que iría contra su programación.

De otro lado, tenemos a Paul Bentley, profesor universitario que carece de alumnos por que nadie —ni siquiera el, ni la mayoría de robots— sabe leer. Ni falta que hace: la vida está totalmente automatizada, los autobuses se movilizan por telepatía, y hay robots de varias clases encargados de realizar todo tipo de tareas. En uno de sus tantos paseos, Bentley conocerá a Mary Lou, una chica que vive en soledad, en una memorable escena en la cual descubre que los niños que jueganen un parque son también robots, al igual que los animales de un zoológico cercano. Hace ya tiempo que no nacen niños en el mundo, y tanto Paul como Mary Lou son conscientes de que tal vez sean la última generación de seres humanos que habitará la Tierra. Entre drogas y suicidios indoloros, la humanidad va desapareciendo en medio de la indiferencia universal.

Aún así, Paul y Mary Lou iniciarán una relación, algo inusual en una cultura que enseña en sus universidades axiomas como el sexo rápido es el mejor. Y esta relación, en apariencia intrascendente, resulta que es contraria a las leyes vigentes, que postulan el desarrollo de interioridad, es decir, de la soledad y la apatía más extremas. Mary Lou acabará bajo la tutela de Spofforth, mientras que Bentley, quien ha aprendido a leer, será enviado a una prisión.

Los siguientes eventos nos muestran el grado de decadencia a los que puede llegar la humanidad. No hay violencia extrema, sino apatía. No hay cultura, sino condicionamiento. No hay religión — Tevis aporta una visión muy positiva de la figura de Jesús — sino fanatismo, encarnado en unas comunidades que aparentemente se han apartado de la decadente civilización creada por el culto a la comodidad y el mínimo esfuerzo, solamente para convertirse en victimas del culto al miedo y a la represión.

Si bien parece algo anticuado, el autor decide encarnar en Bentley los valores de la cultura clásica humanista, esto es, el amor por la lectura y el conocimiento y la exaltación del libre albedrío, Tras una epifanía, Paul decidirá ir en búsqueda de Mary Lou, y enfrentar a Spofforth para quedarse con ella e iniciar una nueva vida basada en sus —recién— descubiertos ideales.

Una vez reunidos los tres, se revela el verdadero origen y finalidad tanto de Spofforth como de los demás robots y las supuestas maravillas tecnológicas del mañana, que hoy pueden parecernos anticuadas (hay que tener en cuenta que la novela fue publicada en 1980), pero que encarnan muy bien nuestros contradictorios deseos de seguridad y libertad, así como la tendencia a creer en la comodidad material como un absoluto ante el cual hay que sacrificarlo todo, incluso esa cosa tan abstracta e inútil que es la humanidad.

Un clásico poco conocido de la ciencia ficción, a la espera de nuevos lectores.

© Daniel Salvo, (991 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Ciencia-ficción Perú el 17 de abril de 2015