EL AJEDREZ VIVIENTE DE MARTE
EL AJEDREZ VIVIENTE DE MARTE Edgar Rice Burroughs
Título original: Chessmen of Mars
Año de publicación: 1922
Editorial: Pulp Ediciones
Colección: Omean nº 4
Traducción: Román Goicoechea Luna
Edición: 2001
Páginas: 249
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Antonio Santos

Las barrocas pasiones marcianas

Edgar Rice Burroughs entrega una nueva (y extensa) colección de hazañas ocurridas en las graves y desamparadas planicies de Barsoom, y otra vez enfocadas, cómo no, en John Carter o su prole. En concreto, esta ronda de audacias puede atribuírsele a su hija, Tara, otro ejemplo de hermosura y gallardía que combina, en su fina entalladura, cualidades de sus sobresalientes progenitores.

Reclamará, sin embargo, la atención del lector (en especial, del iniciado) el comienzo del primer capítulo. ¡Ahí hay tomate, quater! El breve diálogo entre Tara y Uthia, su esclava (!), contiene suficientes análogos como para inducir sospecha que entrambas hay más que una... eh, relación profesional... el (grato) sometimiento de la esclava a su ama, intemperante y caprichosa, cosa que la meterá en líos, y dotada de las consabidas medidas de represión y castigo que el imaginario pornográfico ha perpetuado.

Lo siguiente es el habitual atracón de duelos a espadas emprendidos por el héroe solar de turno y los enfrentamientos con la exótica fauna o flora de Barsoom, reflejo de la Norteamérica salvaje del tiempo de Burroughs, y gigantesco remedo de Camelot que el autor fue apilando, novela tras novela, de forma improvisada, azarosa, toda la edificación guardando precario equilibro que aguantaba tanto por la benevolente paciencia y simpatía del lector como por la noción de que estas sagas jamás ostentarían los auríferos laureles de la Alta Literatura, ramplona e insípida pese a su fastuosa cuna.

Puede imputársele a Burroughs una fecunda imaginación que, no obstante, quedaba deslucida por su misma convicción de qué escasa entidad poseía su prosa. Se trataban, sus relatos, de meras vías de escape de su exuberante capacidad para idear fantasías, pero ya está. Algo así como mi lugar son los arrabales literarios, jefe. No me aturda con las grandes bibliotecas, ¿quiere?... cuando a ellas podía aspirar dignamente.

Sugiere que jamás consideró respetable su trabajo. Sólo desechable. Indicativo es qué improvisado, y a golpe de súbita y brillante ocurrencia, muestran sus novelas, éstas de Barsoom particularmente.

Tomando un conjunto de sucesos de capa y espada, llenó de tenue erotismo y fetish sus páginas, y concibió un fantabuloso mundo, moribundo, detalle que aumentaba su dramatismo poético (y granjearía la querencia del lector por los personajes, situados al límite-límite de la existencia), empotrándole a sus secuelas una vez tras otra los mismos elementos, alterando ligeramente su ubicación en la trama para no hacerlas clónicas.

Podemos contemplar esta inspiradora mas mecánica figuración de los romances de Barsoom como un Meccano donde sus piezas pueden moverse sin esfuerzo, pero dentro de un fijo esqueleto siempre.

Induce tristeza comprobar cómo uno de los pilares de la ciencia-ficción era maltratado por su creador. No tenía respeto ni por el género, más antiguo que lo que sus estudiosos quieren datarlo (¿no son la ILÍADA o la ODISEA grandes relatos de ciencia-ficción?), ni por su labor. Era modo cómodo de ganar dólares, en cierta interesante cantidad. Punto.

Nuestras creaciones merecen las cuidemos. Principalmente, por qué esfuerzo tuvo traerlas al mundo. Es el estigma de la ciencia-ficción; desprestigiada y despreciada por el vulgo y la crítica experta, sus autores deben andar a la disculpa, al perdone por existir, por ocupar mi novela lugar en la estantería, cuando podría exhibir una obra de concepción más elevada, algún best seller de fabricación vertiginosa y sintética, ¿eh?

¿Por qué la ciencia-ficción debe soportar esta humillación? ¿Por qué sus autores no reclaman la dignidad inherente al esfuerzo que posee su labor? Pretenden que vayamos avergonzados por escribir ciencia-ficción, cuando géneros como el terror, el gótico o la novela histórica contienen más porquería y truños todavía. Pero son cacas sagradas de los tontainas entendidos. ¡Aclamadlas! pues. Lamentable.

Bien, al lío. Siempre ha destacado qué contenido de sensualidad incluyen las sagas de Barsoom. Hoy día no causa escándalo, sólo anécdota. Pero si nos retrotraemos al momento sociohistórico de su redacción, el hecho debe generar nuestro pasmo.

Estas aventuras, de regusto victoriano, parecen asimismo válvula de escape de las represiones sexuales o morales de una Sociedad encorsetada, a caballo entre el atroz pecado del alcoholismo y la iglesia mitinera itinerante redentora, adquiriendo notable cantidad de hipocresías en el galope.

¿Cómo los contemporáneos de Burroughs veían estos relatos, las constantes referencias a la desnudez, los utillajes de cuero, las retenciones en mazmorras? ¿El sáfico sadomaso sutil que inaugura este título? No me consta causaran soberana polémica. ¿Hubo?

Tal vez, empiezo ahora a ver, la misma falta de reverencia que Burroughs imprimía a su trabajo lo dotaba de un aura protectora que hacía considerar estas historias absurdas quimeras estrafalarias estilo las mil y una noches. Bajo ese manto, empero, el peligro se deslizaba, feliz y tranquilo, por el subconsciente del colectivo.

Astuto Burroughs. Astuto.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos, (788 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 6 de noviembre de 2014