EL IMPERIO CONTRA DIOS
EL IMPERIO CONTRA DIOS Andrés Díaz Sánchez
Título original: ---
Año de publicación: 2008
Editorial: Equipo Sirius
Colección: Tansversal
Traducción: ---
Edición: 2008
Páginas: 541
ISBN:
Precio: 21,90 EUR

La space opera es un género que me ha encantado de siempre. Aventura, emoción, paisajes exóticos, héroes de una pieza, malos astutos aunque finalmente torpones y habitualmente, aunque no obligatoriamente, humor, mucho humor. Desde los tiempos de E. E. Doc Smith hasta los más recientes ejemplos de ciencia-ficción militarista (space-opera en estado puro) de la mano de David Weber o Jack Campbell, los aficionados siempre hemos tenido a mano una buena ración de aventuras, incluso con algunos autores hard optaron en su momento por darle a sus novelas un giro más emocionante para que no resultaran tan áridas, como Hal Clement o Robert L. Forward.

En España hemos tenido muy buenos cultivadores de esta forma de entender la ciencia-ficción, los Guillardos (Eduardo Gallego y Guillem Sánchez) o José Antonio Suárez tienen a sus espaldas una buena cantidad de novelas en las que sobre todo prima la aventura y los grandes escenarios (además de personajes un poco pasados de vueltas) Por no hablar de los clásicos de las novelas de a duro (el pulp español). Pascual Enguídanos, Ángel Torres Quesada, Luis García Lecha, capaces de poner patas arriba medio Universo en apenas setenta páginas.

Andrés Díaz Sánchez, siguiendo esta línea, decidió en su momento embarcarse en un largo viaje (más de quinientas páginas) con esta novela, y el resultado final no me ha resultado para nada satisfactorio. Tiene una buena cantidad de problemas que se resume en una única cuestión: exceso de ambición. Andrés Díaz ha querido dibujar un marco grandioso con dos imperios enfrentados por la hegemonía de su trozo de la galaxia, incluyendo además terceras partes igualmente poderosas, pero con sus propios objetivos más allá de la simple gloria. Por si fuera poco, decenas de razas inteligentes pueblan los planetas en disputa, cada una con sus propios objetivos y expectativas, lo que complica aún más la cosa.

En el marco geopolítico que conforma la novela tenemos, por un lado, al Imperio Dauar, movido originalmente por el pragmatismo y la mano izquierda que, finalmente corrupto y degenerado, acaba siendo barrido por el pujante Enjambre Uracsano, imbuido de un ciego fanatismo religioso que a la larga también acabará por minarle desde dentro. A la expectativa, la Liga de Comerciantes Libres del Sistema (Liga de Ur, para abreviar) a los que únicamente interesa que las condiciones políticas y jurídicas sean propicias para su bolsillo.

En el fondo se trata del enfrentamiento de dos razas, los duares y los uracsanos por la hegemonía, la Liga es una amalgama heterogénea de negociantes y transportistas, y en medio, otra buena cantidad de razas que o bien esconden terribles secretos, o bien solo quieren vivir tranquilos y en paz, pero que en cualquier caso son víctima de los enfrentamientos de unos con otros.

Desarrollar la historia en una parte del Universo donde nunca han oído hablar de los humanos es una idea estupenda, ya he dicho que la buena space-opera debe tener su punto de exotismo. Lo que ya no es tan bueno es el desconcertante panorama alienígena. Así, los duares, principales protagonistas de la mayor parte del relato, se me antojan una raza que malamente puede llegar muy lejos... porque solo dispone de un ojo. Efectivamente, son una especie de cíclopes, de los que no pongo en duda su fuerza e inteligencia, pero el tema de la visión estereoscópica es importante cuando se pretende medrar en un ecosistema medianamente competitivo y, una vez conseguido eso por alguna chiripa biológica que no viene al caso, ir por el mundo presumiendo de excelente piloto de caza no es algo que haya resultado muy creíble (especialmente cuando un servidor tiene un ojo vago, lo que le convierte en un perfecto inútil cuando hablamos de todo aquello que requiere una fina puntería).

La estructura de la novela, narrada desde diversos puntos de vista de los diferentes protagonistas también resulta interesante. Así se da al lector la oportunidad de conocer bien las motivaciones y particularidades de cada una de las partes implicadas. El problema es que se baja demasiado al detalle. La primera parte, se alarga innecesariamente con el periplo de los muchachos del capitán de la Armada Dauar Ocram Lar huyendo de sus archienemigos. Persecuciones, tiros, huidas por los pelos... todo bien para el tipo de novela que se trata, pero cuando el esquema es repetitivo deja de tener emoción. Llegado un punto ya se sabe que en la siguiente peripecia volverá a caer uno de los camaradas, dejando el grupito mermado de modo que solo puede quedar uno. Y casi no hace falta decir quien. En el último tercio de la novela, en casa de los uracsanos, el tema es distinto. Se supone que no son humanos, no piensan como humanos ni sienten como humanos. Pues nada de eso, lo único que no tienen de humanos es su aspecto insectoide. Por lo demás, como si se hubiera narrado en una amalgama de todas las sociedades feudales desde el fin de los romanos hasta la restauración meiji.

El estilo tiene unos considerables altibajos. Desde luego Andrés Díaz, al menos en el momento de escribir EL IMPERIO CONTRA DIOS, no era un fino estilista. En el libro se entreveran pasajes competentemente redactados y otros realmente pobres. Es otra muestra del exceso de ambición del autor. Cualquiera que haya escrito sabe que el principal problema de una novela no es escribirla, proceso que resulta divertido y gratificante, la mayor parte de las ocasiones, lo malo llega cuando se ha puesto el punto final y hay que volver al primer folio para empezar la tediosa y exasperante labor de corrección. Quitar, poner, mover, pulir todas las veces que sea necesario hasta que el libro brille, deslumbre. Algo para lo que se necesita paciencia y la minuciosidad de un relojero, y con tantas páginas estas dos virtudes han de ir de la mano y en grandes cantidades, de lo contrario no se detectan los diálogos envarados, las descripciones repetitivas, los pasajes cursilones... y ahí quedan a la vista del lector.

Otra cuestión que dificulta particularmente la lectura es que Andrés Díaz, en un arranque de ingenio, decidió que cada raza alienígena tuviera sus propios sistemas de medida, con sus correspondientes unidades de tiempo, distancia y masa, de modo que en la mayor parte de las ocasiones no hay forma de ubicarse temporal ni espacialmente, y si en algún momento parece que se está diferenciando las unidades de medida de las de tiempo, cambiamos de planeta y de raza y a empezar desde el principio. No sé, se me ocurre que ya que todos hablan en un correcto y uniforme español, podrían haber tenido unos sistemas de medidas algo más homogéneos; el azumbre para el volumen, la libra para la masa, la vara para la longitud, y que se yo, el rato para el tiempo. En fin, que se puede ser exótico sin necesidad de ser obsesivamente original, lo que únicamente consigue confusión y desconcierto.

En resumen, acumulación de ideas malogradas por un exceso de ambición que solo se puede leer como entretenimiento ligero al que sobran muchas, demasiadas páginas.

© Francisco José Súñer Iglesias, (1.181 palabras) Créditos