CUANDO EL VIENTO SOPLA
CUANDO EL VIENTO SOPLA EE. UU., 1986
Título original: When the Wind Blows
Dirección: Jimmy T. Murakami
Guión: Raymond Briggs
Producción: John Coates
Música: Roger Waters
Fotografía: Roger Chandler, Ron Crees, Maureen Simons
Duración: 84 min.
IMDb:
Reparto: Peggy Ashcroft / Irene Gutiérrez Caba (Hilda Bloggs); John Mills / Fernando Rey (Jim); Robin Houston / Simón Ramírez (Presentador)
Comentarios de: Antonio Santos

Contiene un detalle esta película de animación, con canciones de David Bowie, que debe animarnos a reflexionar. Si bien es canto antimilitarista contra la guerra nuclear y sus poderosas y casi irreversibles secuelas filmado durante década 80, que consigue calar hondamente en el espectador, y que, sin duda, expresa un bien intencionado pensamiento, libre de sesgo ideológico, (estamos hablando de megamuertes en un conflicto final sin vencedores), que espera dibujarnos (nunca mejor dicho) un aterrador panorama, todas estas peticiones de desarme atómico, que satanizaban al ex presidente Ronald Reagan y otros líderes mundiales afectos a su política, todas, repito, procedían de Occidente.

No conozco un solo ejemplo de filme, drama, novela, documental, tebeo, aun chiste, antibelicista/antiatómico sincero surgido del lado rojo del Telón de Acero.

Oh, sí, recuerdo su Propaganda, que durante décadas vaticinó fatales apoqueclipses sobre el mundo, todos causados por cohetes con vitolas de banderas americanas (como si la URSS fuese una virgen desarmada, y lo que paseaban por la Plaza Roja de Moscú cada 1º de mayo fuesen embutidos). También clamaban pidiendo paz, el logro máximo de las comunidades civilizadas. Pero ellos, ahogados en hipocresía, sin cesar incrementaban su arsenal nuclear, abastecían regímenes totalitarios amigos a su política, financiaban grupos terroristas que pretendían socavar el Decadente Occidente del Rock´n´Roll plagado de libertades y derechos.

Países donde expresar un desacuerdo pacífico sobre la doctrina gobernante bastaba para sufrir largas condenas en prisión en condiciones brutales (esas que, al tratarse de naciones rojas, Amnistía Internacional prefiere ignorar), pedían la caída de naciones donde la Ley garantizaba, y defendía, al menos en el retórico papel, derechos de las personas inalienables. ¿Con qué autoridad moral los tiranos pueden reclamar eso? Pero ellos no son los peores, sino las alimañas occidentales que les apoyan.

Es la falsedad de la política y la demagogia populista. Debe tenerse cierta capacidad de distanciamiento para percatarse de todos esos trucos y trampas dialécticos que, edulcorados, se ofrecían a un populux muy susceptible de tragarse tamaños embustes sin pensar qué estaban contándole. Aun hoy, parte de esas mentiras siguen funcionando, actuando con notable eficacia.

Nada disfruta más la Izquierda (y sus nuevos domine canen, los Democracia Real ¡Ya! y adláteres) que tildar de fascista al oponente. Así le amordaza. Lo reduce a figura digna de agredir. Y colgarse medallas como valerosos luchadores antifascistas; pero si no piensas como ellos, eres un facha. Su dogma es incuestionable. Debe acatarse sin pensar, con férrea disciplina. ¿Dónde está su sano espíritu de debate y democracia, el que tanto gallean poseer?

Pero hay más mensajes insertos en este filme de Jimmy T. Murakami, basado en el texto (y novela) de Raymond Briggs. Uno principal que pudiera resaltarse es cómo una situación insólita tumba un inocente costumbrismo que se creía imbatible.

A través de la rutinaria e inofensiva vida de los ancianos Jim e Hilda Bloggs, se van mostrando facetas de una Sociedad que, a su pesar, aguanta sobresaltos bélicos periódicos, y cómo éstos moldean el carácter. Tanto Jim como Hilda, ama de casa perfectamente encastrada en su rol, que desempeña hasta el último aliento, intercambian, en un casi interminable diálogo, los clichés que nuestra Sociedad ha sacralizado como inmutables.

Recuerdan, con nostalgia y cierto cariño, los raids de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial; sorprende un tanto, en un discurso antibelicista tan marcado como posee CUANDO EL VIENTO SOPLA, que se defienda cierta postura militarista.

En realidad, evocan el espíritu de camaradería y superación, de sacrificio y apoyo mutuo, compartir las privaciones con bondadoso ánimo de colaboración y cooperación. Las terribles penalidades del conflicto fue un yunque que templó lo mejor del Hombre, que no dejó caer en el abismo de la barbarie sus más elevados principios.

Jim expresa un modo británico de ciudadano común cuyas inquietudes son puramente domésticas. En él vemos, también, cómo la sedante Propaganda gubernamental se infiltra merced a mensajes que, en la realidad, carecen de tejido práctico. En vísperas de la Tercera Guerra Mundial, Jim se surte de panfletos editados por el Gobierno, saturados de (inútiles) recomendaciones para sobrevivir al Máximo Estrago... especulaciones muy teóricas que la llana realidad aplastan.

Conforme la radiación (el asesino que no se esperaba) les enferma y deteriora, aislados en su casita de la campiña de Sussex, rodeados del polvo radiactivo y demás daños fruto de la tórrida bocanada inicial del estallido del núcleo, Jim se aferra maniáticamente a las estadísticas y consejos que el Gobierno, en teoría un ente cabal y responsable que vela por la comunidad y jamás miente, imprimió en los panfletos pues intuye el fin.

Se percata, instintivamente, que la muerte es inevitable, irremediable, y la teme. Recita datos porque aportan una familiaridad tranquilizadora; espera así ahuyentar a la Parca, y ambos siguen lustrando recuerdos de la Segunda Guerra Mundial (donde había héroes) para así equipararlos con el conflicto actual y poder sobrellevarlo.

Sólo que éste no tiene igual. No hay servicios de emergencias porque toda predicción, hipótesis ante todo, quedó anulada tras el primer impacto nuclear. El agua no volverá a fluir por los grifos. No se restaurará la corriente eléctrica. Con veraz necesidad de continuidad, la pareja aguarda que el señor cartero regrese para, tras el sobresalto, volver a repartir el correo. Mañana, mañana volveremos a plantar en el huerto...

Ese era el gran mensaje incrustado en la melancólica parábola con final tan angustioso y desolador: nos llevaron (siguen haciéndolo) de datos optimistas contra el Juicio Final especulados en un papel en un cuarto remoto por un puñado de sabios cuyo principal interés quizás fuese seguir cobrando sustanciosas becas de investigación.

Pero ¿cómo se investiga una guerra nuclear? ¿Existen antecedentes? ¿De dónde salen los datos que animan a Jim a construir un refugio antiatómico con las puertas de su casa, confiando que unos cojines disiparan el efecto de una letal radiación ambiental que perdurará milenios, no pocos días...? Tras esa pantalla, se orquestaba la debacle.

La trampa de la Propaganda, la desfachatez de las ideologías, que se permiten tratarnos como a títeres sin albedrío ni voluntad, dándonos, acaso, un remedo de ambos. Y, de nuevo, lo peor: lo consentimos.

© Antonio Santos, (1.018 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 11 de abril de 2014