UN LOBO EN EL REDIL
Star Trek TOS: UN LOBO EN EL REDIL EE. UU., 1967
Título original: Wolf In The Fold
Dirección: Joseph Pevney
Guión: Robert Bloch
Producción: Gene Roddenberry y Gene L. Coon
Música: Gerald Fried y Alexander Courage
Fotografía: Jerry Finnerman
Duración: 50 min.
IMDb:
Reparto: William Shatner (Kirk); Leonard Nimoy (Spock); Deforest Kelley (McCoy); James Doohan (Scott); Nichelle Nichols (Uhura); George Takei (Sulu); John Fiedler (Hengist); Charles Macauley (Jaris); Pilar Seurat (Sybo).
Temporada: 2, Episodio: 14

Sinopsis

Fecha estelar 3614. 9. Tras sufrir un accidente, el ingeniero Scott es llevado por Kirk y McCoy al planeta Argelius II para que se recupere. Se trata de un mundo extremadamente pacifico, donde son muy raros los delitos. Sin embargo, la visita de los tres oficiales de la Federación coincide con una serie de asesinatos de mujeres, y el principal sospechoso es Scott. Aunque todas las pruebas apuntan a su ingeniero jefe, Kirk, que no puede creer que Scotty sea un asesino, decide participar activamente en la investigación, a pesar de la opinión en contra de Hengist, el comisionado de policía.

Recibimiento
Recibimiento

El guión de UN LOBO EN EL REDIL es obra de Robert Bloch, lo que ya es una garantía de calidad, pues fue también el autor de ¿DE QUÉ ESTÁN HECHAS LAS NIÑAS PEQUEÑAS? y LOS CUATRO GATOS. Bloch adaptó para Star Trek SINCERAMENTE SUYO, JACK EL DESTRIPADOR, relato que en principio escribió para la serie Thriller6shy;. No obstante, esta versión es muy superior, gracias sobre todo a las características de la ciencia-ficción en general y de Star Trek en particular.

UN LOBO EN EL REDIL es uno de los capítulos más originales de la serie, pues en él se conjugan con acierto elementos propios del terror y el misterio, con referencias incluso a las ciencias ocultas. La acción del episodio se desarrolla durante buena parte del metraje en Argelius II, un mundo cuyos habitantes son gente simpática, muy amable y amante de los placeres de la vida. Consideran los celos como algo nefasto, que debe ser erradicado de la sociedad, y desconocen la violencia física, por lo que los asesinatos que se van sucediendo les aterrorizan sobre manera. Lo cierto es que Argelius II es un mundo muy peculiar, una especie de paraíso en el que recalan los navegantes espaciales que necesitan descansar. Viene a ser casi como un planeta turístico, en la línea del Risa de TNG. Por otro lado, y a pesar de encontrarnos en el siglo XXIII, las mujeres argelianas parecen representar un rol bastante convencional. Sin embargo, algunas mujeres argelianas dominan una antiquísima técnica de intuición empática. Sybo, la esposa del prefecto Jaris, es una de ellas, y se ofrece a utilizar ese poder para intentar descubrir al asesino. Huelga decir que éste, ante la posibilidad de verse descubierto, la mata también.

Como el asunto cada vez se complica más, Kirk sugiere que se trasladen todos a la Enterprise, pues confía en que el ordenador de la nave les ayude a resolver el misterio. Hengist se opone, pero Jaris, que es quien tiene la última palabra, accede. Una vez en el navío estelar, y gracias a la avanzadísima computadora central, averiguan que el responsable de todas las muertes no es una persona de carne y hueso, sino una criatura cósmica, de naturaleza gaseosa, que se nutre del miedo. Este ser, que puede introducirse en una persona y adueñarse de su voluntad, va pasando de un cuerpo a otro para cometer sus crímenes. Sus víctimas son siempre mujeres, pues, como dice Spock, se aterrorizan más intensamente y con más facilidad. Para una criatura semejante, un mundo como Argelius II es el perfecto coto de caza. El ser ha vagado durante siglos por el espacio, cometiendo crímenes sin cuento. Estuvo en la Tierra del pasado, donde fue, entre otros asesinos, nada menos que Jack el destripador. Antes de manifestarse en Argelius II actuó en el planeta natal de Hengist, que se revela como la última persona en ser ocupada por la criatura. Viéndose descubierto, el ser abandona el cuerpo de Hengist y se introduce en el ordenador, poniendo en grave riesgo la nave. Su intención es provocar el pánico entre la tripulación, pues de esta emoción obtiene el sustento para vivir. Pero Kirk y Spock, con una inteligente argucia, logran mantener la computadora permanentemente ocupada, de modo que el ser no pueda hacerse con su control. La criatura vuelve a ocupar el cuerpo de Hengist, animándolo otra vez a pesar de que está muerto, pero Kirk y Spock consiguen reducirlo y se deshacen de él utilizando el transportador, preparado para materializar el cuerpo del policía en el espacio profundo y con un grado de dispersión máxima, de modo que sea literalmente desintegrado.

Pasándolo bien
Pasándolo bien

Es de destacar la estrategia que emplea el capitán para hacer frente a la amenaza que representa ese ente. Como la criatura se alimenta del miedo, Kirk ordena a Bones que el equipo médico inyecte a toda la tripulación una droga sedante, que les impida sentir cualquier emoción negativa. Como resultado, los tripulantes de la Enterprise se muestran alegres y risueños, como si padecieran una borrachera colectiva, lo que provoca algunas situaciones verdaderamente cómicas.

Los actores invitados son excelentes, destacando entre ellos ese eterno secundario, nunca suficientemente valorado, que fue John Fiedler, que encarna a Hengist. El hombrecillo le cae mal al espectador desde el principio, más que nada por su obsesión por condenar a Scotty. Charles Macauley está perfecto como el altivo y digno Jaris. En cuanto a la desdichada Sybo, la interpreta la bella y exótica actriz Pilar Seurat, un rostro habitual en las series televisivas americanas de los sesenta.

Los decorados de la Enterprise son los de siempre. En cuanto a los del planeta, la acción se desarrolla principalmente en la casa de Jaris, muy original y acogedora, un decorado que, con algunas variantes, aparecería mucho en la serie.

La estética de la sociedad argeliana es un tanto oriental, lo que se revela más claramente en los primeros pasajes del episodio. Vista hoy resulta algo kish, pero eso hace que resulte más entrañable todavía.

© Antonio Quintana Carrandi, (934 palabras) Créditos