DESPUÉS DE LA BOMBA
DESPUÉS DE LA BOMBA VV. AA. (selección de Domingo Santos)
Título original: ---
Año de publicación: 1982
Editorial: Dronte
Colección: Biblioteca Básica De Ciencia Ficción, nº 10
Traducción: Varios
Edición: 1982
Páginas: 127
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Antonio Santos

Y, ahora, ¿qué?

La Biblioteca Básica De Ciencia Ficción, nº 10, editada por Nueva Dimensión, so pretexto de antologías destinadas tanto a contentar a los aficionados al género como a hacer cantera (tan importante), tocó la cuestión de la reanudación y/o continuidad de la Sociedad, o el propio ser humano, tras una catástrofe nuclear, tema persistente entonces. Supongo que continúa siendo de importancia todavía. En sus silos oscuros, las armas nucleares aguardan el momento de, con un cegador flash final/fatal, fulminarlo todo. Al parecer, sólo precisan cuatro horas. Una tarde.

Al Hombre le pone la Extinción y cómo la sobrellevaría. El muestrario de ejemplos es abundante y tenemos (casi) todos noción de varias y notables parábolas a las que recurrir. Sospecho que incide en el tema para demostrar que, por muy mal dadas que vengan, todavía haríamos porque cuanto más nos dignifica (la decencia, la honestidad, lo justo, la amabilidad, la razón...), resaltara en un ambiente de carnicerías salvajes.

También imagino que es por mostrarnos un compendio de horrores y privaciones que reemplazarías nuestras presentes comodidades y que, por muy cálido que sea el ardor bélico que dispare nuestro pulso en ese instante, mejor hallamos una solución menos radical al problema, pues lo que se perdería sería dolorosamente irremplazable.

Habrá asimismo interés monetario en el asunto, pues aun mirando de refilón nuestra producción literaria, o gráfica, o filmada, podremos apreciar cuán abultado es el índice de relatos de después de la bomba y sus trágicas consecuencias.

En el Hombre anida esa morbosa/mórbida necesidad de destruir, y lo evidencia a través de estos ejemplos, como tal vez, es de tener presente, tales relatos son una descarga de catarsis. Veámoslo: la ley se ha esfumado; los convencionalismos, normas y tradiciones, desaparecen; nuevas reglas de emergencia las sustituyen, con castigos draconianos (otra sed humana: el sadismo) por incumplirlas; la idea de que cualquiera puede ser el mandamás es corriente; sólo debe demostrar extraordinaria crueldad. Como no impera más concepto que el del más fuerte, ¡a romper cráneos! (Cuanto más visceralmente, ¡mejor!).

El autor de esta distopía puede trasuntar en éste o aquél tal figura y vengarse de él trasladándolo a este ambiente de Post-Juicio Final, dándole, junto a brutal muerte, las más viles intenciones morales o la apariencia más despreciable que justifiquen su fin.

Pero, por lo común, estos relatos no se ajustan del todo/completamente a lo que sería una Extinción en toda regla. Los cuentos sobre el Día Después, por inmensa que sea la desolación nuclear inicial, tienden a relativizar la barrena de la radiación, mucho más permanente e incisiva, el auténtico verdugo de esta catástrofe.

Es por culpa de una educación impartida durante Década 50 por Administraciones norteamericanas que tanto desconocían (voluntariamente) la secuela radiactiva como necesitaban el poder que otorgaba el potente átomo desatado para imponerse. Este compendio de cuentos vive a la sombra de esa instrucción y desconocimiento (como el del daño a la capa de ozono), que no obstante tenía una partida de científicos ya dispuestos a denunciar la locura de fabricar y almacenar dispositivos del Armagedón Garantizado. (Y cayeron, por tanto, en desgracia.).

Los autores contenidos en el recopilatorio (Richard Wilson, Carlos María Federici, Arthur Dekker Savage, Arthur Zerul, André Carneiro, Sergio Schaaff, Damon Knight, Philip K. Dick, sin olvidar a Domingo Santos —sin parentesco—, que prologa el libro), consciente de la debacle que servía de proscenio para sus historias, trataron, mejor, de reflejar el pulso de la Humanidad tras el shock termonuclear y cómo llevaba el día-a-día en tan feroz ambiente.

El grueso de textos (a destacar los de Federici y Dick) apela a un apaño moral o social suficiente o al enfrentamiento del hombre convertido en lobo con el hombre, tácticos deslizamientos sobre las escombreras y matanza. La causa podía ser una lata de comida o un tanque de gasolina. Tanto da. Lo importante era mostrar que nuestras pulcras normas actuales son una capa de tenue barniz deleznable, a desaparecer con un soplo de penalidades.

Bueno, tampoco se precisa un desastre de tamaña magnitud para tanto; una corriente algarada (no hablemos de guerra) lo expone.

La fábula de Federici tiene la virtud de, con sutil sarcasmo que invita a reflexionar, enseñarnos que cosas corrientes y que damos por hechas ahora (tanto, que hasta nos permitimos despreciarlas por su abundancia, o inmediatez), mañana-tras-la-catástrofe serán de una valía indiscutible, vital incluso. Y, de paso, que más vale maña que fuerza. El belicoso caudillo que relata el segmento queda impotente ante su dolor de muelas, y pese a su tonante fuerza, precisa de alguien más débil para curarse. Es la admisión de que el conocimiento derrota a la espada, pese a todo.

P. K. Dick cuenta la búsqueda de un superviviente por Norteamérica, sumida en un letal y persistente baño radiactivo, en pos de colonias como la suya. En tanto la Vieja Humanidad, refugiada en tanques, trata de llegar a mañana reciclando materiales hasta su desgaste, la Nueva Humanidad de seres extremófilos reconstruye, sui géneris, entre las ruinas y en medio de floraciones vegetales de intensos colores. El protagonista, Trent, se siente totalmente fuera de lugar en este mundo postnuclear.

Dick resalta que, ante la diversidad colorista de vivaces mutaciones, Trent es gris, proviene de un mundo oscuro (con la carga de símbolos que comporta), sin Sol, y debe viajar enfundado en un traje de plomo, no menos gris, y reflejo de una época anterior, preñada de miedos y violencias. Trent peregrina dentro de su coraza que es como carga de penitencia en castigo por haber asolado un planeta hermoso y esperanzador. El que lo reemplaza, no le quiere (le agrede con radiaciones), y tampoco le pertenece. Debe abandonarlo. Es la continuación de la sentencia, y saberlo aflige la moral de Trent.

Cada poco aparecen ejemplos, parábolas si mejor queremos, sobre el Fin y cómo sería después. Confío que sigan siendo eso, fantasías tenebrosas, y que jamás tengamos que llegar al extremo de comprobar nuestra resistencia ante tanta adversidad. Podríamos salir a cazar y terminar en la cazuela.

© Antonio Santos, (1.007 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 12 de marzo de 2013