NOCHES DE NUEVA YORK
NOCHES DE NUEVA YORK Eric Brown
Título original: New York Nights
Año de publicación: 2000
Editorial: Grupo AJEC
Colección: Albemuth Internacional nº 5
Traducción: Eva Verloop Van Der Meij
Edición: 2004
Páginas: 264
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Antonio Santos

El peligro de los prólogos mercenarios

En el prólogo, Tony Ballantine (ignoro quién es —dominó la pereza de buscarlo en Wikipedia —) hace determinadas exhortaciones que aprovecha para alabar la obra y trayectoria del autor, Eric Brown. Inicia el tiroteo inquiriendo: ¿Qué es lo que hace que la ciencia-ficción sea buena? y desmadeja luego sus conclusiones, entreveradas con las citadas referencias a Brown, el relato, su carrera.

NOCHES DE NUEVA YORK, Míster B, no es buena ciencia-ficción. Tampoco la embellece. Es pálida exposición de hipótesis futuristas que surfea la estela cyberpunk, que acababa de recibir un chute brutal de adrenalina merced al estreno de THE MATRIX[P] (olvidémonos de JOHNNY MNEMONIC[P], ¿vale?). Brown lo aprovecha, montándose ese tinglado de la RV (realidad virtual), los tanques de inmersión donde se puede gozar, casi indefinidamente, de una estancia en un compuverso a elección, y completa los capítulos con una presunta trama detectivesca que Mr. B ensalza como canto a la novela negra más tradicional.

Farfolla para vender un libro mediocre que desaprovecha su mejor baza para centrarse en una sucesión abstracta de tópicos de la ciencia-ficción/vertiente cyberpunk tampoco explotados correctamente.

Cuando más estimo NOCHES DE NUEVA YORK, más veo que su médula está en el introito. En qué promete y augura, vende con desvergüenza, sin que lo predicado responda a las enormes expectativas generadas luego.

NOCHES DE NUEVA YORK es narración parsimoniosa (aunque Ballantine la describe de vertiginoso) comandada por personajes planos, muy desafectos a nuestro recuerdo o interés. Sus tres protagonistas, los detectives Hal Halliday y Barney Kluger, y la novia china del primero, Kim, no llegan. Tienen esas personalidades amorfas, pero eficientes, que lubrican su tránsito intestinal por el relato sin dificultades, mas carecen de cualidades que los destaquen. Sin fobias. Manías. Señas de identidad.

Para colmo, la novela fracasa en todos los hitos que debieran hacerla remarcable, según Ballantine. Aferrándose al argumento de corte investigativo clásico, y aderezándolo con elementos cyberpunks más o menos vistosos (la RV, un decadente entorno social deprimido, las tibias especulaciones futuristas poco esperanzadoras, habituales de esta literatura no obstante...), Brown pergeña una historia cuyo principal valor reside en un hecho capital que el escritor, empero, arrincona cuanto puede en parcela mínima-nimia: atentados nucleares en EE. UU.

Circunstancia tan tremenda la restringe a casuales comentarios, similares a emplaste con el cual repletar los huecos de una hilera de ladrillos; en este caso, sus párrafos.

Brown no se paró, ningún momento, a reflexionar, en su gótica casa campestre inglesa, sobre la inconmensurable magnitud del suceso. Jamás se le ocurrió (y el 11-S 2001 nos ha surtido del ejemplo imprescindible) cómo explosiones nucleares en el centro y Costa Oeste de Norteamérica (¡adiós, Kansas, granero de América; adiós, Hollywood; adiós, Seattle, sede de Microsoft o Apple!) dañarían la moral y economía estadounidense, y cómo su desplome hundiría a Occidente. Como mayor mal, se limita a amontonar millones de inmigrantes en la Gran Manzana, que no comen, ni beben. Jamás enferman. Que plaguen las aceras y parques con sus lujosos lofts de cajas de cartón no lo provoca para dedicarles unas líneas.

Aun Harry Harrison, en ¡HAGAN SITIO! ¡HAGAN SITIO![P] realiza descripciones mucho más sombrías y apabullantes de lo que sería una Nueva York saturada. Para Brown, hijo de la era televisiva y una ciencia-ficción plagada de notables referencias (venga, JUDGE DREDD[P]), no valora lo que, para una economía atrozmente dañada por esos atentados terroristas, supondría.

En su fascinante recreación de Nueva York, cuanto cuenta es la tonta indagación en la que se empuerca Halliday (presunto prototipo del duro investigador, curtido en fieras lides callejeras, ladino, aun con una pizca de sádica crueldad), aglomerado con el rollo ese de la RV, y el chocho chino de Kim. El resto, no interesa. No merece análisis.

El principal rasgo del cyberpunk es cómo discurre sobre la evolución sociocultural, aun moral, de una población que vive lo más palpitante del futuro desde vertederos. Se les prometió un Mañana-Mañana estilo Planeta Mongo, con edificios de tacón de aguja y planeadores esbeltos, adosados en la Luna y numerosas lindezas robóticas. Buena ropa, ocio ilimitado, prosperidad.

Reciben, empero, desempleo, miseria, represión estatal, neofeudalismo salvaje, plagas, y un puñado de fruslerías-por-computadora que, a modo, anestesian sus ansias de ¡rebelión! o las exacerban.

Brown soslaya todo esto en su novela cyberpunk. Lo tiene como una moto que la clienta que encarga a Halliday la búsqueda de su amante lesbiana sea lesbiana. Hay un momento en que piensas que su libro es, realmente, una apología futurista de las relaciones sáficas, no cuanto Ballantine pormenorizó en el prefacio.

Todo lo potente, y feroz, de una Nueva York que debe estar al límite, con revueltas callejeras severamente sofocadas por la policía, la Guardia Nacional, o el ejército, pánico a que estalle la Gran Manzana debido a otro núcleo terrorista, y una profunda crisis económica, Brown lo resuelve diciéndote que esto es 2040 y El Barrio.

Ya está. Cumplió. Imagínate mi frenesí al leer esa línea. Hostia, tío. El Barrio. 2040. Cágate, Serpiente Plissken. ¡Panorama para matar! Y más, cebado con lo que Ballantine escribió sobre los artefactos nucleares, la superpoblación en Nueva York y los tugurios, en plan ASESINATO EN 8MM. que Halliday debería visitar para hallar a la lesbiana.

Insisto: nada de nada. ¿Qué hace la ciencia-ficción buena? Si vamos en serio, Mr. B, especular, con mayor o menor grado de acierto, sobre qué ha creado el mundo donde respira el trío de anodinos protagonistas. Para empezar. Luego, trabajar hondamente sus caracteres. Haber leído, realmente, novela negra. De calidad. Y haberla entendido. Y acabar por no destacar hasta lo protagónico lo secundario, o accesorio.

Brown no ha escrito ciencia-ficción buena. Ha ignorado cuanto debía encumbrar su narración para concentrarse en detallitos brillantes pero sin auténtica riqueza. Ha actuado como la urraca: vio que algo centelleaba en el cieno y lo atrapó. Que fuera un trozo de papel de aluminio, y no una tiara cuajada de diamantes, importó poco. Destellaba igual.

Los que pagamos su necio gesto somos los ingenuos a los que embaucó con su prólogo el malvado Ballantine, plagado de promesas embusteras.

© Antonio Santos, (1.022 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 13 de octubre de 2013