LA HORA DE LAS ESTRELLAS
LA HORA DE LAS ESTRELLAS Robert A. Heinlein
Título original: Time for the Stars
Año de publicación: 1956
Editorial: Edhasa
Colección: Nebulae Primera Epoca nº 45
Traducción: Eduardo Salades
Edición: 1957
Páginas: 246
ISBN:
Precio: Descatalogado

Con el paso del tiempo me he dado cuenta que, de los viejos clásicos de la Edad de Oro, el más relevante y quien más peso específico tiene es Heinlein.

Asimov es demasiado simple, si quería podía, indudablemente, ser lo bastante complejo e incisivo, como demostró en la primera parte de las primeras fundaciones o en LOS PROPIOS DIOSES, pero me da la impresión de que era un vaguete desde el punto de vista intelectual. De acuerdo que tenía un flamante doctorado, que escribió miles de páginas de divulgación científica e histórica, pero como buen científico se limitaba a enumerar datos y hechos ciertos (al menos hasta donde se podía documentar) pero aparte de sus típicos toques humorísticos no se mojaba, no analizaba, no iba más allá de lo probable y mensurable.

Clarke era un soso, digámoslo claramente. Por supuesto que tiene unos cuantos relatos y alguna novela bastante notables, pero en general, y también como buen científico, no era un autor que emocionara, que fuera más allá de la enumeración ordenada y precisa de los hechos, particularmente solo hay dos obras que recuerde con nitidez: LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS (hay quien engañado por los falsos amigos lo traduce como LOS NUEVE BILLONES DE NOMBRES DE DIOS) y el fragmento del Velero Estelar de FUENTES DEL PARAÍSO. Por lo demás lo poco que he leído no me ha impulsado a buscar más de él. Tiene sus seguidores girando sobre todo alrededor de 2001 y CITA CON RAMA, pero aunque sea un autor muy citado, lo es de una forma más bien académica.

Heinlein, sin embargo, conseguía imprimir un fuerte carácter a sus obras. Por lo pronto el andamiaje ideológico que las sostenía era muchísimo más consistente que el de la mayoría de sus coetáneos. Su filosofía libertaría impregnaba cada una de sus páginas dotándolas de una serie de referencias bastante claras. Sus personajes, al fin y al cabo heraldos de esa ideología, se beneficiaban en su construcción de un trasfondo difícil de encontrar en otros autores. No es menos cierto que en Heinlein eran evidentes muchos de los tics y prejuicios de la época. Las mujeres podían llevar los pantalones en casa... pero la dirigían a gritos desde la cocina. También puede dar una impresión equivocada respecto a su tratamiento de la sexualidad, llegando a parecer absurdamente mojigato en ocasiones, pero solo hay que ver la fecha de la obra, verificar si se trataba de una novela juvenil y cotejarla con sus novelas más tardías para comprender que a Heinlein el sexo no le asustaba, en absoluto.

En LA HORA DE LAS ESTRELLAS se puede encontrar un poco de todo esto, mucha ideología heinleiniana, tratamiento pacato de algunos temas, un intento racional de aprovechar un fenómeno como la telepatía y aventura, mucha aventura.

La historia habla de cómo dos hermanos, Tom y Pat Bartlett, gemelos univitelinos, son seleccionados para embarcarse en el mayor viaje que ha proyectado al humanidad hasta ese momento. En realidad ellos no van a ser protagonistas de nada, son parte de un proyecto que busca gemelos telépatas para embarcarlos en la media docena de naves iónicas que se lanzaran a las estrellas en busca de planetas habitables, una vez que el Sistema Solar está ya suficientemente trillado. La premisa es que las comunicaciones vía radio serán inviables una vez las naves se hayan alejado lo suficiente de la tierra (esperar una respuesta cinco o seis años no anima a las conversaciones chispeantes). ¿Por qué no intentarlo entonces con telépatas? Algunos experimentos habían puesto de manifiesto que la telepatía es realmente instantánea, no depende de la distancia, así pues ¿qué mejor método de comunicación ya no solo con la Tierra, sino entre las propias naves?

Heinlein no se limita a meter a un gemelo en la nave (Tom) y dejar al otro en Tierra, el proceso de elección es largo, enrevesado, accidentado y profundamente emotivo, tampoco hace de la telepatía un don indiscreto y chafardero, como hace Silverberg en MUERO POR DENTRO, en un principio solo los gemelos idénticos, y más tarde gente muy vinculada a ellos y bajo estimulación química, es capaz de establecer un cierto vínculo, del que para más no son completamente conscientes.

A lo largo del viaje los tripulantes de la Lewis and Clark establecen los más variados vínculos entre ellos y los tripulantes de las otras naves (también se ha establecido un sistema de telépatas cruzados entre las naves para que la expedición no sea un rosario de cuentas desperdigadas) los efectos relativistas se muestran implacables y se producen curiosos efectos entre los gemelos (el pensamiento es instantáneo, pero la velocidad relativa del pensamiento no está sincronizada cuando las naves alcanzan la velocidad de la luz)

Heinlein tampoco deja de lado la exploración de los planetas, al cabo, el motivo fundamental de la expedición. Desde lugares casi paradisíacos hasta planetas llenos de peligros, pasando por infiernos inhabitables, todos marcan a los expedicionarios de una forma u otra e inclinan el destino del viaje según las circunstancias se ven modificadas por descubrimientos sorprendentes o trágicos accidentes.

Puede tratarse de un Heinlein menor, pero no deja de ser uno de los mejores ejemplos de cómo entendía la ciencia-ficción, con sus gotas de ideología, el claro interés por la astronáutica y la exploración espacial, el tratamiento racionalista y para nada sensacionalista de la telepatía, y un tratamiento de personajes que puede parecer esquemático, pero que en realidad, y para las pocas páginas que tiene el libro, es sorprendentemente consistente.

© Francisco José Súñer Iglesias, (919 palabras) Créditos