El cine español de ciencia-ficción es poco menos que anecdótico. Los pocos ejemplos, por lo demás lastrados por una crónica falta de presupuesto, se tienen que contar por lustros y no por años. Lo del presupuesto es sangrante: ello implica que la estética tenga que ajustarse a una serie de escenarios y un atrezzo que parecen recuperados de los restos de cualquier serie B yanki al uso. Los argumentos tampoco es que sean especialmente fascinantes. A los guionistas parece gustarles la ciencia-ficción, pero no parecen ser conocedores demasiado exhaustivos del género, porque los argumentos llegan, en algunos casos, a convertirse en vergonzantes frikadas más propias de imaginaciones adolescentes.
Con AUTÓMATA pasa algo de esto. Aunque, afortunadamente, el argumento se salva como historia tradicional
de ciencia-ficción, el resto da la habitual impresión de pobreza
, si bien hay que reconocer que se ha intentado cuidar el detalle en la medida de lo posible, e incluso el propio argumento ayuda a ello. Por lo pronto, en un prólogo que solo se puede calificar de torpe (se me ocurren formas mejores de presentar ese futuro apocalíptico; por ejemplo, un colegial recitando la lección mientras el maestro le corrige) ya se nos advierte que la mayor parte de la humanidad ha sucumbido ante el empuje radioactivo de un Sol casi efervescente. Bien: menos extras, ya nos ahorramos un dinerito en ambientación
. Otro aspecto en el que se muestra la pobreza de medios es en los propios autómatas. Si bien el diseño es todo lo canónico
que se puede esperar, sus movimientos torpes y poco naturales —dentro de lo natural que puede ser un autómata— dan una sensación de falta de medios bastante descorazonadora. No me he puesto a bucear por Internet para averiguar si son animatrónicos (esa es la impresión que dan), sintetizados por ordenador o una mezcla de ambos. Desde luego, un poco más de agilidad en unas máquinas que se suponen enormemente versátiles se echa en falta.
Por lo demás, la película no está mal. No va a ser un clásico del género y resulta un tanto previsible, pero se ve con agrado. No hay vueltas de tuerca (aunque sí escenas impactantes), el guion prácticamente se telegrafía y los actores, si bien cumplen, en ocasiones se ven encorsetados por los personajes que les toca interpretar. Los sicarios son la misma pandilla de sicarios de toda la vida (chulos, sádicos y bastante tontos). El malo es el malo de siempre (ambicioso, calculador, tiránico); el bueno es Antonio Banderas —perdón, quería decir hastiado, amargado, resignado—, y no, no se llama Deckard. El resto de los actores hacen lo suyo sin complicarse mucho la vida, sobre todo Robert Forster y Melanie Griffith, a quienes con el oficio les basta para salir airosos de su papel.
La cosa va de que la Tierra ha quedado arrasada por las erupciones solares y la población ha quedado muy mermada. Los robots son la solución a muchos de los problemas planteados y se fabrican masivamente, con un remedo de las leyes de Asimov grabadas a fuego en su memoria. Jacq Vaucan (Antonio Banderas) es perito de la aseguradora del mayor fabricante de robots, y su trabajo consiste en comprobar los malos funcionamientos denunciados por los propietarios y perseguir las modificaciones ilegales de los robots. En cierto momento se descubre un robot con unas alteraciones bastante sorprendentes, y Vaucan se pone sobre su pista. Los descubrimientos son desconcertantes: robots que se autorreparan, robots que pueden producir dolor a humanos, robots que se suicidan... Naturalmente, Vaucan descubre algo que no tendría que haberse descubierto, la vida se le complica de una forma bastante fastidiosa, y esto, y aquello, y lo otro...
El cuidado al detalle viene en aspectos como la vida privada de Vaucan, no demasiado feliz pese a que espera un hijo con su mujer; los patéticos intentos de estafa a la aseguradora denunciando falsos accidentes provocados por los robots; la falta absoluta de escrúpulos de las bandas callejeras..., pero también hay detalles poco convincentes, como la crueldad gratuita con los habitantes del gueto o la artificiosa personalidad del policía interpretado por Dylan McDermott.
Un buen detalle del guion es que los autómatas, una vez liberados de su dependencia hacia los humanos y puestos a reinventarse, no lo hacen a imagen y semejanza de sus creadores. Este es un punto que se ha debatido en muchas ocasiones: ¿es la forma antropoide la más eficaz posible? Versátil es, desde luego, el ser humano; sin ser el número uno en ninguno de estos aspectos, corre, trepa, carga y nada de forma bastante competente, y desde luego hay pocos animales que le igualen en la media de todas estas disciplinas. Sin embargo, es su inteligencia, además del pulgar oponible (principalmente gracias al pulgar oponible), lo que le da la ventaja definitiva en el ecosistema terrestre. De modo que, si ya tenemos la inteligencia y comprendemos la importancia fundamental de los apéndices manipuladores, ¿por qué no mejorar el resto del diseño? Eso es lo que, con buen criterio —y cierta incomprensión por parte de algún que otro espectador—, hacen los autómatas.
En resumen, una película que no ocupará un lugar destacado en el corazón de los aficionados, pero de las que se echan en falta como forma de normalizar el género con producciones que se lo tomen realmente en serio, es decir, verdadera ciencia-ficción en vez de argumentos entre lo etéreo y lo desquiciado, con ambientación chula y más o menos futurista.
España, 2014