UN AMOR ENTRE DOS MUNDOS
UN AMOR ENTRE DOS MUNDOS Canadá, 2012
Título original: Upside Down
Dirección: Juan Solanas
Guión: Juan Solanas
Producción: Claude Léger, Dimitri Rassam
Música: Benoît Charest
Fotografía: Pierre Gill
Duración: 109 min.
IMDb:
Reparto: Jim Sturgess (Adam); Kirsten Dunst (Eden); Timothy Spall (Bob Boruchowitz); Blu Mankuma (Albert); Nicholas Rose (Pablo); James Kidnie (Lagavullan); Vlasta Vrana (Mr. Hunt); Kate Trotter (Becky)

Aún siendo muy reciente, no tenía ni idea de la existencia de ésta película. Solo la casualidad hizo que mi mujer se la encontrara anunciada en la tele y nos pasamos parte del sábado noche viéndola. Por lo pronto el título que el distribuidor español le ha endilgado es como para hacérselo ver. Es el típico del rutinario melodrama televisivo en el que uno de los protagonistas es pobre/negro/socialista/minero/gitano y el otro rico/blanco/liberal/oficinista/payo. Vamos, nada que no se haya contado ya cien mil millones de veces: una de amores imposibles entre personas de estatus sociales entre lo opuesto y lo incompatible, y que a priori parece fabricado para un público altamente saturado de estrógenos.

Que nadie se lleve a engaño, la historia va exactamente de eso, pero además se rodea de un efectismo esteticista bastante importante. No se yo si en otro escenario la cosa hubiera funcionado igual, sospecho que si, y sin cambiar prácticamente una coma del guión. En realidad estos melodramas son historia románticas de suspense (en inglés, que mola más, algo así como romantic thriller), cuyo único objeto es mantener el vilo al lector/espectador mientras el chico y la chica (no, no pienses en BROKEBACK MOUNTAIN va amores imposibles pero por otros rollos distintos a la riqueza o el estátus) las pasan canutas driblando a sociedad, familia y amigos hasta el triunfo final.

El problema de UN AMOR ENTRE DOS MUNDOS es que no solo se hace muy cuesta arriba a causa del escenario elegido, si no que además el desarrollo la propia historia en si, más allá del argumento arquetípico, es más bien sosita.

La cosa empieza muy cogida por los pelos, el escenario es un sistema de dos planetas gemelos separados por apenas mil metros. Si es eres aficionado a la astronomía ya estarás protestando sobre lo imposible de la situación las fuerzas de marea que destrozarían ambos planetas por que sencillamente se pasan la ley de gravitación universal por el forro, etc, etc, etc. Pero vaya, no seamos tan quisquillosos, la mayor parte de la ciencia-ficción se pasa por el forro la física newtoniana, la relativista, la cuántica y el sentido común, pero no suele pasar nada, claro que como aquí la cosa es más evidente resulta muy desconcertante, pero hagamos el esfuerzo, supongamos que la vaca es esférica. Y más nos vale.

Más nos vale porque las premisas que rigen la gravedad de este mundo son más desconcertantes aún, los objetos originarios de un planeta son atraídos por este si o si. En cualquier circunstancia y bajo cualquier otra influencia. Nada que caiga en la superficie del otro se aguanta sobre ella, acaba cayendo hacia su planeta de origen. Como excepción, ciertas abejas zumbonas que van y vienen y que a la larga aportarán un importante elemento argumental. Además, si la materia de un planeta permanece demasiado tiempo en contacto con la del otro acaba ardiendo, tal cual.

Por si eso fuera poco, en ambos planetas se han desarrollado especies antropoides idénticas. Bueno, puede ser que en algún momento allá por el antiguoceno el intercambio de esporas fuera masivo y el desarrollo de la vida en ambos planetas haya sido paralela y simétrica. Nunca se sabe, pero otro punto en el debe de la película.

Con estos mimbres Juan Solanas se organiza una historia de ricos, pobres y amores imposibles, esencialmente muy poco innovadora, a la que si dejamos sin los fantásticos escenarios y un atrezzo más o menos elaborado no pasa de ser uno de esos dramones alemanes de tardes televisivas dominicales.

El chico, Adam (Jim Sturgess a la manera de Hugh Grant), que vive en el planeta pobre, no solo es pobre y además huérfano de padre, madre y tía. La chica Eden (Kirsten Dunst etérea y angelical), que vive en el planeta rico, no parece ser especialmente adinerada, pero en comparación con Adam vive en la opulencia, se conocen cabeza abajo siendo niños, y con los años consolidan la relación (siempre de cráneo) hasta que un día se produce un accidente y Eden cae de cabeza en su planeta provocándose una amnesia bastante importante. Pasan los años y, en su respectivos planetas, Adam se hace inventor, y Eden publicista. Adam ve a Eden en la tele y decide recuperar sus nunca superados amores adolescentes, y con esto están servidas las peripecias que Solanas desgrana a continuación hasta que el amor entre Adam y Eden triunfa. O no.

En realidad no hay encaje entre la historia, que en si es pequeña, y la grandiosidad del escenario. De acuerdo que no todas las historias grandes se desarrollan en escenarios grandes y viceversa, pero el problema es que se intenta hacer grandiosa una historia pequeña encajándola en un escenario grande, y no funciona. En la determinación de Adam por encontrarse con Eden y refrescarle la memoria falta pasión, y sobra obsesión. Tampoco ayuda que el personaje sea una mezcla de titubeante sabio despistado y especialista en infiltración, no se hace creíble. Eden está más en su papel de oficinista aburrida dejándose seducir por un divertido desconocido mientras intenta recuperar su pasado. Solo los dos secundarios principales Timothy Spall (Boruchowitz), como curtido oficinista, y Blu Mankuma (Albert), como sabio mentor tecnológico de Adam, aportan la solidez de sus muchos años ante las cámaras.

Apoyada en un entorno visual vigoroso e impactante, esta película de madre franco-canadiense y padre argentino acaba convirtiéndose en un ejercicio bastante insulso de esteticismo a caballo entre el noir, el art-deco cochambroso, la Bauhaus y el romanticismo rutinario. Como postal está bien, y la verdad es que no se hace pesada, pero no me extraña que no haya causado el menor impacto en los mentideros.

© Francisco José Súñer Iglesias,
(957 palabras) Créditos Créditos