ATLANTIS, EL IMPERIO PERDIDO
ATLANTIS, EL IMPERIO PERDIDO EE: UU., 2001
Título original: Atlantis: The Lost Empire
Dirección: Gary Trousdale
Guión: Tab Murphy, Kirk Wise
Producción: Don Hahn
Música: James Newton Howard
Fotografía: ---
Duración: 95 min.
IMDb:
Reparto: Doblaje original en inglés Michael J. Fox (Milo James Thatch (voz)); Corey Burton (Gaetan ´The Mole´ Moliere (voz)); James Garner (Comandante Lyle Tiberius Rourke (voz)); Claudia Christian (Helga Katrina Sinclair (voz)); John Mahoney (Preston B. Whitmore (voz)); Phil Morris (Doctor Joshua Strongbear Sweet (voz)); Leonard Nimoy (King Kashekim Nedakh (voz)); Don Novello (Vincenzo Vinny Santorini (voz)); Jacqueline Obradors (Audrey Rocio Ramirez (voz))
Comentarios de: Antonio Santos

Una apuesta arriesgada de Disney­ que se saldó con fracaso. Amparándose en los diseños de Mike Hellboy Mignola, sospechamos un intento de atrapar, con esta cinta, a quienes solemos ser críticos con la Casa de las ideas de Mickey Mouse, para demostrarnos que, cuando quieren, pueden ser duros y maduros. Aun así, ATLANTIS es un híbrido incómodo poblado de momentos, pero la larga sombra de la reputación de la productora eclipsa, y bastante, otros muchos, prometedores.

ATLANTIS es entretenida (a Dios gracias, ¡no es un musical! Eso sería el maldito remate) y se libra, en gran medida, del animalito/mascota/secundario/coñazo que suelen deslucir este tipo de producciones. (Creo que ni a los niños a quienes se destinan tales personajes les agradan.) Pero aparecen secundarios internacionales y multiétnicos (por mor de complacer a lo políticamente correcto, que desprecia la Historia tal como fue incluso) que aspiran a ser estrafalarios alivios cómicos con toda su alma.

ATLANTIS respira un sano aire steampunk que, no obstante, en alguna parte decidieron trasladar a 1914 (¡error!); contemplado el relato desde 1868, o por ahí, éste entroncaría a la maravilla con esa imagen que se tiene de VEINTE MIL LENGUAS DE VIAJE SUBMARINO[N], decorando el relato de grata solera. Por alguna razón, las historias que versan sobre el hallazgo, o la búsqueda, de la mítica Atlántida, quedan estupendamente en un contexto decimonónico.

Percibimos el esfuerzo de ceñirlo a ese marco en toda máquina que aparece: el fantástico submarino (digno Nautilus), la perforadora a vapor, el dirigible, los aeroplanos catapultados con vapor, incluso los sugerentes navíos aéreos atlantes, pese a su recreación de vida marina, pretenden ser de acero, ¡MÁS ACERO! remachado por doquier. Pero, en medio del sueño, te recuerdan que es 1914.

También ATLANTIS confirma que el Bien y los Mansos heredarán la Tierra, amén, venciendo con su pureza a todo malvado. El protagonista, Milo Thatch, un joven apasionado y cuatroojos (los guionistas — Tab Murphy, Kirk Wise, Gary Trousdale, Joss Whedon, Bryce Zabel, Jackie Zabel y David Reynolds (y luego dicen de LA BIBLIA) —, tratan de reivindicar con él la siempre tiroteada imagen del escuálido empollón, víctima del musculoso abusón analfabeto que, por desgracia, compone el sólido pilar de la Sociedad), que desesperadamente intenta convencer a un caricaturesco y anquilosado cuerpo docente de que conoce el paradero de la Atlántida (haciendo así un guiño a VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA[N]), esperando que apoyen su expedición allí en vano, halla repentina financiación en Preston B. Whitmore, viejo amigo de su abuelo, Tadeus, que le surte de equipo y competentes profesionales (The Mole, Vinny, Audrey, Packard, Harcourt y Cookie Farnsworth) para que confirme la veracidad de su teoría.

ATLANTIS tampoco anda lejos de INDIANA JONES Y LA ÚLTIMA CRUZADA, porque el objeto que en este filme simboliza al Grial es una fuente, potente e inagotable, de energía que otrora sumergiera, por su empleo erróneo y desmedido, el continente en el océano. El comandante Rourke y Helga Sinclair, su rubia platino-mano derecha, codician tal poder para venderlo al mejor postor. Milo, como buen científico idealista, ya se siente recompensado con lo que va encontrando del fabuloso reino, y lo ofende la intención de la pareja.

La Atlántida, con cierto parecido con las culturas polinesias, está preservada en un capullo de roca gigantesco, tanto que da apariencia de espacio abierto incluso, pero su civilización decae milenio a milenio. La longevidad de los atlantes abre un pavoroso abismo entre ellos y nuestras breves existencias (quizás, pese a todo, una bendición, porque los exquisitos atlantes, especie de esas razas a lo Michael Moorcock, languidecen presenciando los últimos días de su edén sin poder impedirlo, tormento extraño que supone tal quasiinmortalidad), algo que aprecia Milo cuando la princesa Kidagakash le confirma que tiene ochenta y seis mil años de edad. (Escalofriante dato que, empero, apenas le afecta.).

Los atlantes, dentro de su reino sitiado por un incesante río de magma candente, apenas logran recordar el esplendor que antaño gozaron. Han olvidado prácticamente su lengua escrita que, dispersa por distintos murales, relata lo ocurrido, qué liquidó su añejo esplendor, lo cual constituye, de paso, una hábil estratagema para impedir la pregunta de por qué gente tan avanzada persiste en su exilio y, luego, no imperaban en la antigua Tierra, erigiéndose faraones o césares.

Aunque se nos venden como una raza pacífica, melancólica porque todo se consume sin remedio, no obstante el rey Kashekim Nedak le comenta a Kida que un milenio antes habrías exterminado a los intrusos. Para dinamizar la trama, hacen colisionar dos corrientes de pensamiento opuestamente generacionales: Kida ve en la llegada de Milo, armado con el diario que fuera compilando su abuelo (otra referencia a La Última Cruzada), un estímulo vital, frescor intelectual, regeneración. Pero su augusto padre, ciego como una traslación de algún personaje griego, especie de Edipo, o víctima de un castigo por el cataclismo que su soberbia del ayer provocara, teme a Milo por lo mismo.

A todo intruso, en verdad. El nuevo viene aportando ideas, preguntas, incómodos planteamientos que, pronto o tarde, desembocarán en renovada debacle. Él ya tuvo la suya; está pagándolo caro. No quiere que su hija sufra similar destino.

La codicia se impone (al fin y al cabo, estamos en esto por la pasta) y Kida, capturada por Rourke y Helga, imbuida de la inmensa fuerza que nutre sus milagrosos cristales curativos y fuente de potencia motriz de sus máquinas (aquí, cameo de LA AMENAZA FANTASMA[P], la Fuerza y los Midiclorianos), es empaquetada entre acero para su viaje a la superficie.

Pero Milo, con su bienaventurada ingenuidad, consigue despertar los remordimientos de los mercenarios y los embute en la gran batalla por la libertad y la dignidad que es destino final de los héroes de su pelaje. Para ser un producto Disney, se atisban zarpazos de violencia y crueldad (pero, ¡qué digo! Ellos mataron al padre de Bambi. ¡Saben del tema!) que no parecen habituales de la firma, pero logran edulcorarla hasta hacerla todos los públicos, y evitar algún reproche que mermara la recaudación.

ATLANTIS está bien. Pero, quizás en una productora menos escrupulosa, hubiera destacado inmensamente. En todo caso, los fans de Mignola podemos disfrutar del festín de diseños que ha esparcido por la cinta con sumo deleite.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos, (1.046 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 9 de diciembre de 2011