RECONQUISTAR PLENTY
RECONQUISTAR PLENTY Colin Greenland
Título original: Take Back Plenty
Año de publicación: 1992
Editorial: Martínez Roca
Colección: Gran Superficción
Traducción: Albert Solé
Edición: 1992
Páginas: 497
ISBN:
Precio: Descatalogado

Un tema muy querido de la space-opera es el de los navegantes independientes, los transportistas espaciales que en sus desvencijadas naves mantienen vivo el comercio del Sistema Solar, la Galaxia o el Universo entero, si se tercia. Solos, en parejas, como tripulaciones heterogéneas, sus aventuras llenan páginas y páginas con peripecias siempre al borde del desastre de mano de clientes imprevisibles y cargamentos dudosos. Siempre con la ruina llamando a la puerta y procurando no convertirse en centro de atención de la policía, estos arrojados aventureros surcan el espacio sin que nada se lo impida. O eso intentan, al menos.

Como muchas figuras románticas recreadas en entornos ciencia-ficciónísticos, estos transportistas independientes no dejan de tener su punto absurdo e irreal. La única figura que se le puede equiparar a día de hoy sería la del camionero que recorre kilómetros y kilómetros arrastrando de una ciudad a otra mercancías de lo más variado. SPACE TRUCKERS fue una desquiciada película que transponía de forma casi literal los Peterbilt y los Kenworth de las carreteras del Medio Oeste americano al Espacio Profundo. Sin embargo, esa caótica independencia que demuestran los transportistas espaciales poco tiene que ver con la muy estructurada hoja de ruta que cualquier camionero autónomo cumple escrupulosamente.

Tabitha Jute, la protagonista de RECONQUISTAR PLENTY se ajusta a la perfección al estereotipo de camionera espacial, no es especialmente agraciada, pero vive al día y gracias a los trabajillos que le van saliendo sobrevive mal que bien. No es una capitana ambiciosa, su nave, la Alice Lidell se complementa perfectamente con ella. Se trata de una Bergen Kobold, una de las barcazas de transporte más legendarias del Sistema Solar gracias a su robustez. No es muy grande, no es muy bonita, pero es la mejor de su segmento, Además cuenta con la ventaja añadida de una personalidad cibernética que le da a Tabitha horas y horas de charla durante las travesías. En una de estas Tabitha, necesitada de una nueva inyección de dinero, se ve envuelta en un particular incidente con unos alienígenas del que sale apaleada y con una multa que deberá pagar en 24 horas o le confiscará a Alice. Desesperada, se deja embaucar por Marco, un apolíneo artista teatral, que le ofrece trabajo y pagar sus deudas con la justicia. Por supuesto todo se complica, Marco es adorable, si, pero a la vez un fullero bastante importante, la pandilla de la que se rodea no es menos peculiar, un loro alienígena, unos gemelos de laboratorio, un recombinado de ADN y por si fuera poco, el representante de la compañía es una no-muerta que, por si acaso alguien siente como le pitan las alarmas, no es zombi ni vampiro.

Por si esto fuera poco deben enfrentarse-huir-aliarse con toda una caterva de razas extraterrestres que han entre invadido y colonizado el Sistema Solar, con los capellanos al frente, proveedores de una avanzada tecnología que no dejan destripar a nadie, los eladeldi, sus esbirros policiales, y una patulea de razas que les han seguido o directamente parasitado. Una de esas razas, los frasques, son los constructores de la Plenty del título, una estación espacial de tamaño y finalidad desquiciados, alrededor de la que debería girar la historia pero que en realidad tiene un desconcertante papel secundario.

Greenland se dedica a desgranar las hazañas sexuales y vitales de Tabitha Jute en compañía de los artistas y, mediante oportunos flashback en forma de conversaciones con Alice, de sus años anteriores. Ni unas ni otras carecen de interés, al menos hasta cierto punto, porque Greenland no debía conocer las máximas de Baltasar Gracián (o más bien su homólogo anglosajón) y hace correr a esta pandilla de fenómenos una aventura tras otra, algunas sin un sentido claro, llegándose a hacer verdaderamente monótono. También se deja llevar por la dactilorrea, una cantidad excesiva de pasajes se pueden saltar tranquilamente porque no aportan absolutamene nada a la novela, aunque si a la gloria como escritor de Greenland, pero prescindiendo de ellos hubiera ganado en dinamismo y ligereza. Las conversaciones entre Tabitha Jute y Alice también acaban por hacerse pesadas, vale que le dan a la protagonista más relieve humano, y algunas son hasta graciosas, pero no eran necesarias para construir la personalidad de la capitana. Todo esto en conjunto hace que una novela que en realidad debería tener 200 páginas se haya ido a las casi 500 (siempre hablando de esta edición de MartínezRoca) sin que se pueda decir que eso haga que gane en interés.

En resumen, a Colin Greenland le dio por reinventar la space-opera y algo de éxito debió tener porque ganó unos pocos premios con esta novela y alargó la serie de Plenty con varios relatos y libros más, pero francamente, según que tipo de narraciones no soportan bien que las estiren como a los chicles, sobre todo cuando el estiramiento es a base de introducir largas parrafadas, episodios inconexos y colar de rondón una metanovela. Normalmente la narrativa dinámica y aventurera no necesita de mucho espacio para desarrollarse, suelen ser obras contundentes y directas, sin más artificios, cuando se intenta mezclar esa transparencia con elementos propios de narrativas más reflexivas el resultado suele ser un algo que no termina de funcionar adecuadamente como es, desde mi punto de vista, el caso que nos ocupa.

© Francisco José Súñer Iglesias, (886 palabras) Créditos