EL HOMBRE ESTOCÁSTICO
EL HOMBRE ESTOCÁSTICO Robert Silverberg
Título original: The Stochastic Man
Año de publicación: 1975
Editorial: Editorial Edaf, S.A.
Colección: Colección Ciencia ficción
Traducción: Andrés Linares
Edición: 1978
Páginas: 326
ISBN:
Precio: Descatalogado
Comentarios de: Luis del Barrio

Para ser sincero, EL HOMBRE ESTOCÁSTICO es uno de los peores títulos de novela de ciencia-ficción que he tenido ocasión de encontrarme. Aún incluso más que el horroroso PATRULLAS SELENITAS que no hace mucho comenté por aquí. El agravante es que se trata de la traducción literal del título original: THE STOCHASTIC MAN. Siendo estrictos no hay nada de erróneo en el título, la estocástica estudia los sucesos en términos de probabilidad, es decir, si son posibles de acuerdo a un análisis estadístico además de una serie de variables aleatorias añadidas. Por ejemplo, la psicohistoria es estocástica, los brokers usan métodos estocásticos para intentar predecir el comportamiento de la bolsa, y así otras tantas cosas.

Lew Nichols es el hombre estocástico, un estadístico con excelente olfato que trabaja estudiando tendencias para Paul Quinn, un carismático político con una fulgurate carrera hacia la presidencia de Estados Unidos vía alcaldía de Nueva York. Lew no es un adivino, sino muy bueno en su trabajo de olfatear el futuro. Es decir, el título está más que bien puesto, pero es feo hasta decir basta.

Con todo, la novela no se centra exclusivamente en las habilidades de Lew, una de las motivaciones de Silverberg es poner en negro sobre blanco la desmesurada ambición política que guía a los candidatos a la presidencia, en este caso con Paul Quinn como muestra, la gran esperanza de un país que trata de regenerarse, pero al que Lew considera íntimamente un peligro a causa de su falta de escrúpulos.

Como contrapunto aparece Martín Carvajal, un multimillonario que va más allá de los métodos estocásticos y es capaz de ver literalmente el futuro. Lew es lógicamente escéptico respecto a los poderes de Carvajal, pero a la vez le fascina y se siente atraído por su particular forma de ver la vida, ya que en vez de estar pletórico gracias a esas habilidades es un hombre quebrado y deprimido. Carvajal tiene la total certeza de lo que ocurrirá en el futuro, eso le quita la capacidad de controlar su vida. Sabe con precisión como será, y no puede hacer nada para cambiarlo, en consecuencia, carece totalmente de alicientes. Carvajal se ha enriquecido a base de de jugar en bolsa, pero eso no le provoca ninguna alegría, es solo una forma de obtener dinero para vivir con holgura pero que no le llena en absoluto. En cierto modo es de nuevo el David Selig de MUERO POR DENTRO, que con toda su telepatía nunca ha pasado de ser un hombre gris y apático.

Al respecto, es interesante el dilema de Lew ante el libre albedrío que incluso toda su intuición y toda sus matemáticas no pueden romper, ya que sus pronósticos son solo eso, pronósticos de alta probabilidad pero en absoluto infalibles, y las afirmaciones de Carvajal, hijas de la plena certeza de lo que ocurrirá en el futuro.

Silverberg se preocupó muy poco por la tecnología o futuros más o menos plausibles, prefería a las personas, sus personajes siempre van en busca de algo, sus vidas suelen ser satisfactorias pero incompletas, raramente están satisfechos con lo que tienen (lógicamente, menos aún con lo que no tienen) y se mueven entre el miedo a perderlo y la búsqueda de nuevos horizontes.

Rebuscando por ahí he leído que Silverberg consideró esta novela como una especie de cambio de etapa. Ya había dado un giro a su producción a finales de los 60 orientándose hacia unos temas más reflexivos, alejado de la influencia de la space opera de su primera época para acercarse a la corriente de la new wave y autores como Ballard, Disch o Delany, entre otros, que estaban produciendo ficción más literaria y experimental. Sin embargo, la corriente se agotó, quizá porque como dice el mismo:

Lo que fue divertido para los escritores, sin embargo, no lo fue tanto para la mayoría de los lectores, que con razón se quejaban de que si querían leer Joyce y Kafka leería a Joyce y Kafka. Ellos no querían ciencia-ficción joycediada o kafkadiada. Así que en su mayoría se mantuvieron alejados de ella, y en 1972 la revolución ya se había acabado.

Silverberg volvió entonces a temas más clásicos, en incluso a los medievalizantes con la serie de Majipur.

© Luis del Barrio,
(708 palabras) Créditos Créditos