EL ELEGIDO
por Diego Escobedo
HARRY POTTER

Todas las grandes historias, y en particular las mejores sagas, de la literatura y de Hollywood suelen guiarse por una fórmula argumental, o arquetipo, común: el de El Elegido. Con mayúscula. Desde Harry Potter hasta Star Wars, vemos como todas estas historias tratan sobre un hombre especial, dentro de un contexto especial (ya sea un mundo de magia y hechicería, o una galaxia muy, muy lejana). Que descubre que es diferente a los demás, que puede hacer cosas que nadie más puede, y que está en sus manos salvar a su mundo.

¿Qué implicancias tiene hablar siempre de UN elegido? ¿Hay más mensajes ocultos tras esa palabra?

Veamos la expresión en inglés. The chosen one. Tiene que ser One uno solo, y nadie más que él. Y Cosen, escogido. Pero ¿escogido por quién? Que esté con mayúsculas y con el artículo indefinido the nos da a entender que es una gran elección la que se hizo, no una al azar. Fue escogido por algo superior. Dios, los dioses, el Karma, la Fuerza, la pachamama, la especia de DUNE, whathever. El caso es que la mera expresión de El Elegido nos da a entender que nos hemos sumergido en un universo donde existe cierto orden. Y una Profecía que anuncia a este elegido (las palabras Profecía y Elegido van casi de la mano en el cine, otorgándole un carácter sacro). Habría una predestinación, por parte de fuerzas superiores, que orientan la progresión de los hechos hacia la consecución del bien común. El libre albedrío se vuelve un tema complejo al existir esta predestinación explícita, sino fuera por el hecho de que los personajes puedan elegir el mal. El mismo Anakin Skywalker tuvo que elegir en dos cruciales momentos si destruir o no al emperador. Lo salvó para unirse al lado oscuro en la Venganza de los Sith, pero luego lo destruyó para salvar a su hijo en EL RETORNO DEL JEDI, redimiéndose por completo. En otras palabras, nuestras decisiones no harían más que retrasar lo inevitable.

EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA

Esta expresión es por lo menos panteísta. Reconoce un cierto orden en la naturaleza de las cosas. Atribuiría una naturaleza benigna al universo, el cual se encontraría casi en completa armonía. O funcionando como un reloj, o quizás un laberinto, con varios caminos posibles antes de llegar a un destino común a todos ellos. Pero esta noción de Armonía es, en mi opinión, peligrosa. Viene de la época de los pitagóricos, y en términos antropológicos brota de la necesidad del ser humano de atribuir cierto orden, o encontrar cierta seguridad en las cosas. Donde algunos vieron un universo bello (lo bueno es lo bello, para los aristotélicos), armónico y en orden, Howard Phillips Lovecraft vio un universo oscuro, hostil y caótico, donde los seres humanos son tan sólo una hormiga a punto de ser aplastada, en cualquier minuto, por cualquiera de los indescriptibles horrores que pululaban allá afuera. Esto rompe con muchas cosas, entre otras, con otra máxima del pensamiento griego (y por tanto base del pensamiento occidental). El bueno es el que acepta y defiende la naturaleza, y el malo es el que se levanta contra ésta y busca corromperla. Para Lovecraft la naturaleza es fea, o mejor dicho, indescriptible (tan inefable que conduce a la locura, de ahí su horror), pero no es que sea mala. Simplemente es indiferente a las vicisitudes humanas. Otro pensador que rompería de forma genial con estas creencias fue Nietzsche. En la misma línea, el hacía un llamado a ir más allá del bien y del mal. La moral humana y la naturaleza (si se quiere, el Derecho natural) no serían la misma cosa. Pues la moral humana es la mala, por lo que habría que hacer un eterno retorno a esa naturaleza, que ponga en contacto al hombre con sus instintos más primitivos, más bárbaros y salvajes. El súper-hombre o übermensch no sería más que un bárbaro de la edad media, que saqueaba, comía, bebía, holgaba, y hacía lo que quería con su entorno. Sin culpa alguna, sin la carga del pecado original, pues diseñaba su propio sistema moral. El Elegido para Nietzsche sería a todas las luces el villano para nuestra cosmovisión (o Weltanschauung como diría el filósofo alemán), el malo de la historia. Aunque para Nietzsche, éste sería el hombre auténticamente bueno y hasta noble. De forma similar, Tom Hiddelston, el actor que encarnara a Loki en AVENGERS, llegaría a afirmar que todo villano es un héroe en su mente. Claro que difícilmente veremos a una saga apostar por una fórmula distinta a los arquetipos tradicionales para mostrarnos a su héroe. Quizás el Neo de THE MATRIX es el único que rompió con la realidad conocida, alzándose como todo un súper-hombre por sobre ésta. El único que renegó del Destino, de este universo predeterminado, por algo él mismo llegaría a decir no me gusta la idea de que no controlo mi vida.

Nuestra cosmovisión judeo-cristiana occidental es muy afín a este arquetipo tradicional de héroe, y por una razón muy simple. De chicos, todos fuimos criados con la historia de Jesús de Nazareth. El Elegido, para medio planeta. Donde vemos a un Paul Atreides, o a un Avatar Aang (los que, por cierto, junto con ajustarse al camino del héroe, añadirían reminiscencias islamistas y budistas respectivamente) vemos, de un modo inconsciente, a ese salvador del que todos hemos oído hablar. Consciente de esto, fue que el director Bryan Singer, nos dibujó a un Clark Kent en SUPERMAN RETURNS con tomas casi calcadas de la pasión de Jesucristo.

AVATAR

Tan cliché se ha vuelto dentro de la industria de Hollywood que hasta en la película Año 1, Jack Black realizó una sátira bastante acertada de la temática de EL ELEGIDO. Incluso en MINI SPYS 3D hablarían de un the guy (el sujeto) como parodia. Y es que en términos antropológicos y sicosociales el ser humano no ha cambiado mucho. El éxito de AVATAR de James Cameron nos vino a demostrar que aún nos ilusionamos con las historias más clásicas. Las sociedades humanas requerirían de una mitología popular para su inconsciente colectivo. Junto con reforzar el sentido de pertenencia, nos permiten soñar y, de algún modo, completarnos a nosotros mismos ante una realidad que no nos satisface, como diría Vargas Llosa (LA VERDAD DE LAS MENTIRAS, 1990).

Los norteamericanos, un pueblo que construyó su capital basándose en los cánones griegos, intentó reemplazar al arquetipo de los dioses griegos con los héroes del Far West, los cowboys. Una moda que no duraría mucho, pues encontrarían un sustituto mucho mejor: los súper héroes. Stan Lee vendría a ser un auténtico Homero. Poeta creador de todo un universo. Los asistentes de las distintas Comic Con no harían más seguir el mismo patrón de rituales antiguos como la fiesta de la vendimia del dios Baco. Tramas catastróficas como la Guerra Civil de Marvel vendrían a ser mucho más que una analogía de la guerra civil americana, guardaría más bien semejanzas con las épicas batallas entre Dioses olímpicos de la ILIADA de Homero.

Haciendo un breve recorrido histórico, podemos señalar que, una vez que los mitos fundacionales le pusieron un orden más o menos estable a la realidad, pasamos de creer en el mito o la religión, de carácter sacro y trascendental, a la magia. Esta última de carácter más libre y caótica. No había una explicación divina para sus efectos. Dios no lo quería así, era obra azarosa u obra humana, lo que significaba un gran poder para sus practicantes. De ahí que fuera tan perseguida durante los años de la inquisición, en defensa del Dios único y todopoderoso. Pero los alquimistas, e incluso los campesinos más supersticiosos de la edad media, simplemente buscaban algo que les permitiera soñar de manera más libre el mundo. Y de paso empoderara a los seres humanos. De ahí la popularidad de personajes como el legendario doctos Faustus, hechicero que llegara a relacionarse con el diabólico Mefistófeles para obtener un increíble poder. Y luego del mito y la magia, daríamos el salto a la ciencia. Como consecuencia, nuestros nuevos héroes, poderosos y populares, no debían ser ni dioses ni hechiceros, sino científicos. Y la creencia en los mismos se volvió más relajada. Ya no es una doctrina religiosa, sino una afición recreativa. Menos trascendental, pero más divertida.

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Todo un cambio de paradigma, donde lo verosímil ya no es que la fuente de poder de nuestros ídolos sea sobre natural, sino algo medianamente razonable. Son productos de accidentes de laboratorio, o experimentos científicos. Así, estos seres indestructibles, súper poderosos, y salvadores de la humanidad, vendrían a cumplir la misma función que los ídolos olvidados. No obstante, habría un personaje que, curiosamente, lograría dar el salto de la era del mito a la era del cómic: Thor, dios del trueno en la mitología nórdica, y recuperado como súper héroe por Marvel. Una historia donde mito, magia y religión se entremezclan.

Todos estos personajes, del cine, cómic, y literatura, seguirían más o menos, el mismo camino del héroe (Camino que, según Christopher Vogler incluye, entre otras etapas, La llamada de la aventura; El encuentro con el mentor; Las pruebas, los aliados, los enemigos y La odisea). Algunos con una carga mesiánica mayor a la de otros. Ya sea en un escenario de magia, ciencia o religión, todos apelan al mismo interés del ser humano: el de encontrar una historia donde hay algo mayor a todos ellos, que guía sus acciones, y que lleva por el camino correcto a los hombres. Eso es lo que queremos creer, no sólo nos permitiría soñar, sino que nos completa y nos hace sentirnos realizados. Mucho más el poder admirar a un hombre capaz de controlar todas estas fuerzas. El ideal de trascendencia es algo inherente al ser humano, así como la necesidad de sentirse protegido, ya sea por un dios Thor o un Superman de otro planeta. El I want to relieve de Fox Mulder, va más allá de creer sólo en marcianitos verdes. Apunta a creer en algo que le dé sentido a todas las cosas. A todas las tragedias y milagros. Y es allí donde entra la figura de El Elegido a devolver el equilibrio, guiar a los hombres, y redimir a la humanidad. Marcando el principio o el final de una era. Podemos creerlo de manera seria como una religión, o como algo más libre a la manera de fan de tal saga. Nos hace bien para nuestra salud mental y espiritual. Al fin y al cabo, It´s funny to believe.

© Diego Escobedo, (1.755 palabras) Créditos